Capítulo 7
El faro
El nombre no llevaba a ningún resultado en los archivos de la UDEV.
'El Armador' no aparecía en las bases de datos de la Brigada Central de Información, ni en los ficheros de la UDCO, ni en ningún expediente de los últimos cinco años que Ferreiro pudiera consultar de manera rápida.
Era un alias sin cara, una referencia que flotaba en el mundo del puerto como un rumor que nadie había tenido hasta ahora razones para documentar formalmente.
Elena lo anotó en su cuaderno con mayúsculas y dos signos de interrogación.
—Necesitamos alguien del entorno portuario —le dijo a Ferreiro esa tarde, mientras revisaban juntos en la sala habilitada. —Alguien que conozca la estructura real del muelle. No lo que dicen los papeles, sino cómo funciona de verdad.
—¿Un informante?
—Un informante, un testigo, un jubilado con mala memoria selectiva. Lo que sea.
Ferreiro estuvo callado un momento. Luego se rascó la nuca con esa reserva que tenía cuando iba a decir algo que no estaba seguro de decir.
—Hay un hombre —dijo. —Se llama Benigno Losada. Exmarino mercante, retirado. Lleva quince años en A Coruña desde que dejó el mar. Vive en el barrio de los Pescadores, en la calle de San Andrés. A veces ha dado información en casos menores, siempre de manera informal.
—¿Es de fiar?
—En la medida en que cualquier informante lo es. Sabe cosas. Y le importa lo suficiente el puerto como para que ciertas cosas le duelan.
Fueron a verlo esa misma tarde, sin previo aviso.
La casa de Benigno Losada era una de esas casas gallegas de planta baja y primer piso que parecen encogerse sobre sí mismas con los años, como si el peso del cielo fuera literalmente bajándolas hacia la tierra.
La puerta tenía una aldaba de hierro con forma de pez. Elena la usó dos veces.
Benigno Losada tenía sesenta y tres años y el cuerpo de quien ha pasado décadas expuesto al viento atlántico: seco, nudoso, con la piel curtida y los ojos acostumbrados a mirar lejos.
Cuando abrió la puerta y vio a Ferreiro, no se sorprendió.
Cuando vio a Elena, la evaluó durante dos segundos completos.
—Pasa —le dijo a Ferreiro. Y a Elena: —Usted también.
El interior de la casa olía a café, a tabaco de pipa y a libros.
Había mapas enmarcados en las paredes, el tipo de mapas náuticos antiguos con las corrientes dibujadas como líneas de caligrafía.
Sobre la mesa del comedor había una radio que emitía las previsiones meteorológicas marítimas en voz baja.
Benigno les puso café sin preguntar si querían. Se sentó frente a ellos con su taza y miró a Elena.
—Usted es de Madrid —dijo. No era una pregunta.
—Sí.
—¿Y viene por la chica que desapareció?
—Y por otras cosas que creemos que están relacionadas.
Benigno bebió café. La radio siguió murmurando datos de presión atmosférica y alturas de ola.
—He visto cosas en el puerto —dijo finalmente. —Cosas que no debería haber visto o que alguien no quería que viera. Durante años pensé que era mejor no meterse. Soy viejo y solo.
—Benigno —intervino Ferreiro suavemente. —Esta vez es diferente. Hay chicas jóvenes.
El marinero dejó la taza sobre la mesa con cuidado.
—Sé que hay chicas jóvenes —dijo. —Llevo tiempo sabiéndolo.
Elena se inclinó hacia delante.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres años. Quizás un poco más. Al principio pensé que me equivocaba.
Que interpretaba mal lo que veía. Un barco que descarga de madrugada, unas figuras que suben a una furgoneta.
En el puerto hay movimiento raro a todas horas, no todo tiene que ser algo malo.
Me convencí de eso durante mucho tiempo.
—¿Y luego?
—Luego reconocí a uno de los hombres. Un hombre que yo conocía de antes, de cuando trabajaba en el mercado. Un hombre que no debería estar gestionando ese tipo de operaciones. Y entendí que no me había equivocado.
—¿Quién era?
Benigno miró la ventana. Afuera el barrio de los pescadores tenía esa quietud de las tardes de invierno en los lugares donde el trabajo empieza muy temprano y termina cuando el cuerpo lo decide.
—No le doy un nombre si luego ese nombre aparece en un expediente con mi firma.
—Entiendo eso —dijo Elena. —Cuénteme lo que pueda. Sin nombres si no quiere. Solo necesito entender la estructura.
Benigno asintió despacio.
—Hay un corredor —dijo. —Así lo llaman los que saben.
Una ruta. Empieza en el norte de África, pasa por los puertos del Mediterráneo, y desde el Mediterráneo viene hacia aquí.
Galicia. Y desde aquí... no sé exactamente adónde.
A Europa, supongo. A cualquier parte donde haya demanda de lo que transportan.
—¿Y qué transportan?
Benigno la miró fijamente.
—Personas. Mujeres, sobre todo. Jovencitas. Las usan para... lo que usan a las mujeres cuando se les trata como mercancía.
El silencio en la pequeña sala era ahora de una densidad que pesaba.
—¿Y hay alguien aquí, en A Coruña, que coordine este corredor? ¿Un organizador local?
—Hay un hombre al que llaman el Armador. No es marinero, aunque se hace llamar así. Es un hombre de tierra, de dinero y de influencias. Nadie que trabaja en el muelle dice su nombre en voz alta si puede evitarlo.
—¿Usted sabe quién es?
Benigno volvió a coger la taza de café y descubrió que estaba vacía. La dejó de nuevo sin haber bebido.
—Tengo una idea —dijo. —Pero no certezas. Y sin certezas, un nombre es solo un rumor. Y los rumores en este puerto cuestan caro.
Elena sacó su tarjeta y la dejó sobre la mesa junto a la taza vacía.
—Si llega a tener certezas —dijo. —Llámeme.
Cuando salieron a la calle, el frío de la noche ya había caído sobre el barrio de los pescadores y las farolas dibujaban círculos de luz amarilla sobre el adoquín mojado. Ferreiro y Elena caminaron en silencio durante media manzana.
—Un corredor —dijo Ferreiro finalmente.
—Un corredor —repitió Elena. —De norte a sur. O de sur a norte. O las dos cosas.
Pensó en el parte de operaciones de Pesqueros Seoane. En los barcos que llegaban a Málaga de vez en cuando.
—Ferreiro, mañana a primera hora quiero los registros de entrada y salida de embarcaciones en este puerto para los últimos dieciocho meses. Las que vengan del Mediterráneo. Las que vayan al Mediterráneo. Y especialmente las que lo hagan de noche.
—Son miles de registros.
—Entonces mejor que empecemos pronto.