Capítulo 6
Aguas turbias
Xavier Pedrosa llegó a la jefatura con su padre, lo que Elena no había pedido, y con un abogado, lo que indicaba que la familia sabía perfectamente que la situación era seria aunque no hubieran dicho nada.
El abogado era joven, de esos que tienen la seguridad de haber estudiado mucho sin haber visto aún mucho, y se llamaba Óscar Meis.
Elena lo saludó con la misma cortesía con que se saluda a cualquier elemento del proceso y lo ignoró con la misma eficiencia.
Xavier Pedrosa era un chico grande, de manos anchas y cuello de luchador, con un tatuaje en el antebrazo izquierdo que representaba un ancla y una fecha. Tenía los ojos castaños y la mirada de quien está acostumbrado a que la gente le pregunte cosas y no espera que le crean del todo.
—¿Conoces a Lucía Andrade? —empezó Elena, sin preámbulos.
—La vi en las noticias.
—¿Solo en las noticias?
—Solo en las noticias.
Elena puso el teléfono sobre la mesa, con la pantalla mostrando la conversación de Instagram. Xavier la miró. No parpadeó, pero su mandíbula se apretó ligeramente.
—¿Es tu cuenta este perfil?
Pausa. El abogado iba a intervenir, pero Xavier levantó la mano para detenerlo.
—Sí. Es mi cuenta.
—¿Reconoces esta conversación?
—Sí.
—Pero Lucía te preguntó si podía ver el puerto de noche contigo y no respondiste. ¿Por qué?
Xavier se miró las manos.
—Me olvidé. Trabajo mucho, llego a casa cansado, a veces no miro el móvil en todo el día.
—¿Y el lunes cuatro de noviembre por la noche, dónde estabas?
—En casa. Ya lo dijo mi padre.
—Tu padre no puede saberlo si estaba dormido, Xavier.
Silencio.
—Mira —dijo Elena, en un tono que bajó de temperatura sin hacerse agresivo.
—Lucía Andrade lleva cuatro días desaparecida.
Tiene veintiún años. Es la primera de su familia en ir a la universidad.
Su madre lleva cuatro días sin dormir. Si sabes algo, aunque sea algo pequeño, aunque creas que no tiene importancia, ahora es el momento. No dentro de una semana.
Xavier Pedrosa miró la mesa durante un tiempo que se fue alargando. El abogado volvió a moverse, pero esta vez Elena lo detuvo con una mirada.
—La vi —dijo Xavier finalmente.
La sala se quedó quieta.
—¿Cuándo?
—El lunes. Vino al muelle. Me mandó un mensaje esa tarde, uno nuevo, me dijo que quería hablar. Le dije que fuera a las ocho.
—¿Y fue?
—Fue. Estuvimos hablando unos veinte minutos, en la entrada del muelle, fuera.
—¿De qué hablasteis?
Xavier respiró profundo.
—Me había visto en el puerto un par de veces.
Yo no lo sabía, pero ella pasaba por allí para un trabajo de la carrera, algo sobre patologías en pescadores o no sé qué.
Y me dijo que había visto cosas que le parecían raras.
Que a veces llegaban barcos de noche y descargaban sin que hubiera registro en el tablón oficial.
Y que una vez vio a unas chicas bajar de uno de esos barcos.
—¿Chicas? —repitió Elena.
—Eso dijo. Dijo que tenían pinta de asustadas. Que no parecían allí por su voluntad.
Elena sintió el frío particular que recorre la columna cuando las piezas empiezan a encajar de manera que no quieres que encajen.
—¿De qué barco bajaban?
Xavier dudó.
—No me dijo el nombre. Me dijo que era grande, de esos de carga. Pintado de negro.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Le dije que tuviera cuidado. Que el puerto no era un lugar para andar haciendo preguntas si no sabías a quién se las estabas haciendo.
—¿La acompañaste al salir?
—Hasta la salida del muelle. Luego me fui a mi nave. La vi coger el Paseo Marítimo hacia arriba, hacia la ciudad. —Xavier levantó la vista. —Estaba bien cuando se fue. Te lo juro.
Elena lo creyó. No porque fuera inocente, no lo sabía todavía, sino porque el miedo que había en su cara ahora no era el miedo del culpable, sino el miedo del que sabe que hablar puede tener consecuencias.
—¿Por qué no viniste a contarnos esto cuando desapareció?
Xavier apretó los dientes.
—Porque la gente que descarga de noche en puertos sin registro no es gente a la que le guste que hablen de ella.
—¿Quién descargaba? ¿Sabes para quién trabajaban esos barcos?
Una pausa muy larga.
—Hay rumores. Solo rumores. Nada que pueda probarse.
—Xavier —dijo Elena. —Lucía fue a hacerte esas preguntas y desapareció esa misma noche. Si hay alguien que pueda llevarnos a ella, necesito saberlo.
Otro silencio. Y luego, en voz tan baja que Elena tuvo que inclinarse hacia delante:
—Pregunten por el Armador.