Capítulo 5
El armador
Adrián Seoane Vázquez tenía cuarenta y siete años, el traje caro y el apretón de manos de quien sabe perfectamente cuánta presión ejercer.
Lo recibieron en su despacho de la sede de Pesqueros Seoane S.L.
, en el polígono industrial de Pocomaco, un edificio de ladrillo visto con grandes ventanales que daban a la ría y que habían sido diseñados para decir, sin palabras, que el dueño era un hombre de éxito que no había olvidado de dónde venía.
El despacho de Seoane tenía un mapa náutico enmarcado en la pared detrás de su silla.
Diplomas de la Cámara de Comercio. Una fotografía con el presidente de la Xunta de hacía tres legislaturas.
Una fotografía con el alcalde actual en un acto de apertura.
La colección de imágenes hablaba con precisión de alguien que cultivaba las relaciones institucionales con la misma disciplina con que otros cultivan un huerto.
—Inspectora, subinspector, siéntense por favor. —Seoane ya estaba detrás de su mesa cuando entraron, aunque ellos no habían llamado al despacho sino a la empresa en general. Alguien le había avisado. —¿Les pido algo? ¿Café?
—No, gracias —dijo Elena. —Queremos hacerle unas preguntas sobre las operaciones de su empresa en el puerto.
—Por supuesto. —Seoane se recostó en la silla con la soltura de quien está acostumbrado a que le hagan preguntas. —Aunque le digo ya que si es por el tema de los permisos de la ampliación del muelle, eso lo lleva mi asesoría jurídica.
—No es por los permisos. —Elena lo miró directamente. —¿Conoce a Xavier Pedrosa?
La pausa fue brevísima. Si no hubiera estado mirándolo fijamente, quizás no la habría notado.
—Xavier. Sí, claro. El sobrino de Javier. Trabaja en el muelle, en la nave de los Pedrosa. Buena gente. ¿Por qué?
—¿Tiene relación comercial con la empresa de los Pedrosa?
—Compartimos muelle. A veces coincidimos en operaciones logísticas. El mundo pesquero de A Coruña no es tan grande como parece.
—¿Y a Lucía Andrade? —preguntó Elena. —¿La conoce?
Esta vez no hubo pausa. O la eliminó con suficiente eficiencia como para que no se notara.
—La chica desaparecida. La vi en las noticias. Una pena terrible. —Seoane negó con la cabeza con expresión de condolencia ensayada. —No la conozco personalmente.
—¿Sus barcos operaban el lunes por la noche en el muelle pesquero?
—Tendría que consultar el parte de operaciones. Pero en general sí, hay actividad varios días a la semana. Es un negocio que no para.
—¿Podría facilitarnos ese parte de operaciones del lunes?
Seoane abrió las manos con un gesto de generosidad.
—Ningún problema. Se lo digo a mi secretaria antes de que se vayan.
Elena asintió y lo observó mientras él tomaba el teléfono interno para llamar a su secretaria.
Adrián Seoane era el tipo de hombre que cooperaba con la policía de manera impecable porque sabía exactamente dónde estaban los límites de lo que la cooperación podía revelar.
Era tranquilizador en la superficie. Y precisamente eso lo hacía interesante.
—¿Cuántas embarcaciones tiene en activo actualmente? —preguntó Ferreiro.
—Dieciséis. Entre arrastrero, palangrero y bajura. Y dos de transporte de carga que hacemos en régimen de fletamento.
—¿A qué puertos llegan esas embarcaciones de carga?
—Varios. Vigo, Cádiz, a veces Huelva o Almería. Depende de la demanda del mercado.
—¿Málaga? —preguntó Elena.
La pregunta era casual, lanzada sin subrayar, mientras ella fingía anotar algo en su cuaderno. Pero la observaba por el rabillo del ojo.
Seoane sonrió.
—De vez en cuando. No es nuestro destino principal en el Mediterráneo, pero sí. ¿Por qué le interesa Málaga?
—Rutina —dijo Elena, mirándolo ahora. —¿Tiene socios en Málaga?
—Tengo clientes. Socios, como tal, no. Somos una empresa familiar.
La secretaria entró con el parte de operaciones en papel. Elena lo tomó, lo dobló y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta sin mirarlo.
—Una última pregunta —dijo, levantándose. —¿Conoce a alguien en el puerto que haya tenido problemas de conducta con chicas jóvenes? Acoso, situaciones incómodas. Cualquier cosa.
Seoane se levantó también. El gesto era cortés pero marcaba el fin de la reunión.
—En el puerto trabajan cientos de personas. No puedo responder por todos. Pero si supiera algo así, se lo diría. Sin dudarlo.
—Claro. —Elena le extendió su tarjeta. —Si recuerda algo que pueda ayudarnos a encontrar a Lucía, llámeme. A cualquier hora.
En el ascensor, de bajada, Ferreiro esperó a que las puertas se cerraran.
—¿Qué te ha parecido?
—Que es listo —dijo Elena. —Muy listo. Demasiado cómodo con las preguntas. Y que la pregunta sobre Málaga le importó más de lo que dejó ver.
—¿Crees que está implicado?
Elena guardó silencio durante los cuatro pisos que tardó el ascensor en bajar.
—Creo que sabe más de lo que dice. En este caso, eso es suficiente para seguir mirando.
El coche estaba en el aparcamiento del polígono, entre camiones de reparto y furgonetas de empresa.
Mientras caminaban hacia él, Elena sacó el parte de operaciones del bolsillo y lo desplegó.
Lo leyó mientras andaba, con esa capacidad de hacer dos cosas a la vez que le costó tres años de carrera desarrollar.
El lunes cuatro de noviembre, la empresa Pesqueros Seoane S.L. había tenido operaciones en el muelle entre las dieciocho y las veintidós horas. Dos embarcaciones. Carga de material pesquero para transporte. Destino declarado: Vigo.
Elena dobló el papel de nuevo.
Las dieciocho a las veintidós. Lucía Andrade fue captada por las cámaras a las veinte doce.
Las coincidencias no eran pruebas. Pero eran preguntas que buscaban respuesta.