Mareas de Sangre Capítulo 4
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Capítulo 4

El puerto

El Puerto de A Coruña era, visto desde el Paseo Marítimo a las seis de la tarde, una colección de luces y sombras que no terminaban de definirse.

Las grúas se alzaban contra el cielo plomizo como animales prehistóricos.

Los barcos pesqueros estaban atracados en fila, con sus cascos pintados de colores que el tiempo y la sal habían ido desgastando hasta convertirlos en versiones pálidas de sí mismos.

Olía a gasoil, a algas, a pescado y a algo más indefinible que Elena asoció con el concepto de 'trabajo real': el olor de los lugares donde los hombres hacen cosas con las manos desde mucho antes de que ella naciera.

Ferreiro la había acompañado. Habían dejado el coche en el aparcamiento del Paseo y caminaban ahora por el muelle comercial, siguiendo el recorrido que las cámaras habían captado de Lucía Andrade.

Elena llevaba el teléfono con las imágenes de la grabación: la figura de la chica, pequeña en el encuadre, avanzando con paso decidido hacia el muelle. Sin dudar. Sin mirar atrás.

—No venía a pasear —dijo Elena.

—No —coincidió Ferreiro.

—Venía a un punto concreto. Y sabía cómo llegar.

Siguieron caminando. La cámara siguiente, la que estaba en la caseta de control del acceso al muelle pesquero, no había captado a Lucía.

Pero había un margen: la cámara tenía un ángulo muerto en el flanco oeste, entre la caseta y el primer almacén.

Alguien que conociera ese ángulo muerto podría acceder al muelle sin ser registrado.

—¿Cuánta gente conoce ese ángulo muerto? —preguntó Elena.

Ferreiro resopló.

—Todo el que trabaje aquí. Todo el que haya trabajado aquí alguna vez. Todo el que se haya sentado diez minutos a observar las cámaras. El sistema de seguridad del puerto tiene veinte años. Está actualizado a medias. Hay zonas que van bien y zonas que van fatal.

—¿Quién gestiona la seguridad?

—La Autoridad Portuaria. Hay una empresa subcontratada para los vigilantes.

—Quiero la lista de todos los empleados del turno de tarde-noche del lunes. Vigilantes, estibadores, empleados de las conserveras, capitanes de barco en el muelle. Todo.

—Es mucha gente.

—Lucía también era mucha para su familia.

Ferreiro no respondió a eso. Apuntó en su libreta y siguió andando.

Llegaron al punto donde las cámaras perdían el rastro de Lucía.

Desde allí, el muelle se abría hacia el interior del puerto en varias direcciones: hacia el área de carga de contenedores, hacia las naves de los armadores pesqueros, hacia una zona de pequeños talleres y almacenes que parecían en uso permanente.

Había luz en algunas ventanas. De uno de los almacenes salía el sonido amortiguado de una radio.

Elena sacó el teléfono y amplió el mapa del puerto que había descargado esa mañana. Marcó el punto donde estaban.

—¿Cuál es el almacén de Pedrosa? Del Javier Pedrosa, el encargado de mareas.

—La nave cuatro —dijo Ferreiro, señalando hacia la izquierda. —La que tiene la puerta azul.

Elena miró. La nave cuatro tenía la puerta metálica cerrada y sobre ella un letrero oxidado que decía 'PESQUEROS PEDROSA E HIJOS'. Las ventanas de la parte superior tenían cristal traslúcido, del tipo que deja pasar la luz pero no permite ver el interior.

—¿Hemos localizado al sobrino?

—Xavier Pedrosa está en casa. Su padre dice que estuvo en casa todo el lunes. —Ferreiro hizo una pausa. —El padre dice. No hay testigos independientes.

Elena asintió y siguió mirando el almacén.

Había algo en ese edificio, en su cierre hermético, en el silencio que emanaba de él, que activaba algo en su cabeza.

No era intuición exactamente. Era el resultado de años leyendo escenas, de años aprendiendo que la ausencia de ruido en un sitio donde debería haberlo era tan informativa como cualquier pista material.

—¿Cuándo fue la última vez que ese almacén estuvo en operación? —preguntó.

—Oficialmente, Pedrosa tiene licencia de almacenamiento de material pesquero. Según las declaraciones fiscales, opera regularmente.

—No te he preguntado lo que dicen los papeles.

Ferreiro bajó la voz, aunque no había nadie cerca.

—Según los vigilantes del turno noche, el almacén tiene actividad irregular. Hay noches que no hay nadie y otras que hay mucho movimiento. No siempre acorde con los horarios declarados.

—¿Han reportado eso?

—El vigilante que me lo dijo prefirió no entrar en detalles sobre si lo había reportado.

Elena lo miró. Ferreiro sostuvo la mirada sin pestañear.

—Bien —dijo ella. —Mañana por la mañana quiero una orden de observación sobre el almacén cuatro. Nada de entrar, solo observar. Y quiero hablar con Xavier Pedrosa, en comisaría, en las próximas dos horas.

Emprendieron el camino de regreso por el muelle.

El viento había arreciado y traía ahora una llovizna fina que no era lluvia del todo pero que en diez minutos dejaba el pelo y la ropa húmedos de una manera que se colaba hasta los huesos.

Elena no se puso la capucha. Había aprendido, con los años, que mantener los sentidos despejados al aire libre era siempre más valioso que el confort.

Cuando pasaron junto a una de las embarcaciones atracadas, un barco pesquero de mediano tamaño llamado 'Santa Tegra', Elena se detuvo.

Había un hombre en cubierta, de espaldas, fumando.

Cuando sintió su presencia, se giró. Tenía unos sesenta años, cara curtida, ojos pequeños y claros.

Miró a Elena, luego a Ferreiro, y volvió a mirar al mar.

—Buenas tardes —dijo Elena.

El hombre asintió sin hablar.

—¿Trabaja usted aquí habitualmente?

—Desde hace treinta y cinco años —respondió el hombre. Tenía un acento que era más portugués que gallego, o quizás era la mezcla de los dos. —¿Pasa algo?

—Estamos buscando información sobre una chica que estuvo por aquí el lunes por la noche.

El hombre tiró el cigarrillo al agua. Lo hizo despacio, como si estuviera pensando.

—No soy de los que ven cosas —dijo.

—Entiendo —dijo Elena. Le tendió una tarjeta. —Si recuerda algo, llame a ese número.

El hombre tomó la tarjeta sin mirarla y la guardó en el bolsillo del impermeable.

Elena y Ferreiro siguieron caminando. Cuando llevaban unos veinte metros, Elena volvió la cabeza.

El hombre en el barco las seguía con la mirada.

Y en su expresión había algo que ella reconoció de inmediato, algo que había visto mil veces en mil testigos: no era indiferencia. Era miedo.