Mareas de Sangre Capítulo 3
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Capítulo 3

La primera víctima

El expediente de Lucía Andrade tenía cuarenta y dos páginas.

Elena lo leyó de cabo a rabo en la sala habilitada para ella en la segunda planta de la jefatura, con un café que nadie le había pedido que se bebiera pero que alguien había dejado sobre la mesa con esa cortesía callada que tienen los policías cuando reciben a un compañero de fuera.

Lo leyó dos veces. La segunda vez tomó notas en el margen del cuaderno que siempre llevaba: no un portátil, no una tableta, un cuaderno de hojas cuadriculadas y tapa dura. Viejo hábito que no pensaba cambiar.

La foto que encabezaba el expediente era diferente de las que circulaban en los medios.

Era una foto de carné, formal, sin la sonrisa amplia de las imágenes de redes sociales.

En la foto de carné, Lucía miraba a la cámara con una expresión seria que tenía algo de voluntad.

Era la mirada de alguien que sabe lo que quiere y sabe que tendrá que trabajar el doble para conseguirlo.

Treinta y siete minutos. Ese era el agujero. De la biblioteca al Paseo Marítimo a pie eran unos veinte minutos andando. Eso dejaba diecisiete minutos sin contabilizar. ¿Una parada? ¿Un encuentro? ¿El acceso a un vehículo?

Elena subrayó esos diecisiete minutos con dos rayas.

Llamó a Ferreiro a las dos de la tarde.

—Necesito hablar con las compañeras de piso. Las dos. Juntas y por separado.

—Las tengo localizadas. La que recibió el mensaje, Marta Vidal, está en el piso. La otra, Andrea Cores, está en la facultad. ¿Cuándo quieres verlas?

—Ahora.

El piso de Lucía estaba en la calle Orzán, a cuatro minutos caminando desde la jefatura.

Un tercero sin ascensor, paredes con la pintura del color indefinido que adoptan los pisos de estudiantes con el tiempo, un sofá con una manta sobre el respaldo y fotos de las tres chicas pegadas con chinchetas en la pared del salón.

La foto más grande las mostraba en la playa de Riazor, en verano, con el pelo mojado y los brazos sobre los hombros de las otras. Lucía en el centro, sonriendo.

Marta Vidal tenía los ojos hinchados y las manos metidas en las mangas del jersey. Respondió a las preguntas de Elena con monosílabos al principio, como si las palabras costaran esfuerzo físico, pero fue abriéndose poco a poco. Era de A Coruña, conocía a Lucía desde primero de carrera.

—¿Lucía te habló de algún plan para ir al puerto ese día? ¿Alguna razón concreta?

—No. El mensaje me sorprendió. Lucía nunca iba al puerto así, de repente. No era de las que iba a pasear por allí sola de noche.

—¿Conocía a alguien que trabajara en el puerto? ¿Marineros, empleados, gente del gremio pesquero?

Marta pensó durante un momento largo.

—Hay un chico, Xabi. Un chico que conocimos en una fiesta en septiembre. Creo que trabaja en algo relacionado con el puerto. Lucía me habló de él una vez, dijo que le había mandado un mensaje. Pero no sé si quedaron.

—¿Apellido? ¿Forma de contactarlo?

—No sé el apellido. Sé que Lucía lo tenía en el Instagram. Me parece.

El teléfono de Lucía había sido intervenido, pero sus redes sociales seguían accesibles con la contraseña que Marta conocía.

En la cuenta de Instagram de Lucía, entre los mensajes directos, había una conversación con un perfil llamado 'xabi_mareas'.

Tres mensajes, fechados el 28 de octubre, una semana antes de la desaparición:

Lucía: 'Hola, qué tal, soy Lucía, nos conocimos en casa de Roi'

Xabi_mareas: 'Hola! Sí, claro que me acuerdo. Qué buena noche jaja'

Lucía: 'Oye, me dijiste que si alguna vez quería ver el puerto de noche que te avisara... ¿sigue en pie?'

La conversación se interrumpía ahí. Xabi_mareas no había respondido. Pero el perfil había sido consultado por Lucía el mismo lunes de su desaparición, a las siete y media de la tarde, desde la biblioteca.

Elena fotografió la pantalla con su teléfono.

—¿Ferreiro? —llamó al subinspector, que esperaba en el pasillo. Cuando entró, le mostró la fotografía. —Necesito identificar a este Xabi con urgencia. Nombre completo, domicilio, lugar de trabajo. Y necesito saber si tiene antecedentes.

Ferreiro miró la pantalla. En su mandíbula apareció una tensión que no estaba ahí antes.

—Xabi_mareas —dijo lentamente. —El nombre de usuario. Las mareas. —La miró. —En el puerto hay un encargado de turno que todo el mundo llama 'el de las mareas' porque lleva veinte años mirando las tablas de mareas para gestionar las operaciones de carga. Se llama Javier Pedrosa.

—¿Tiene un hijo?

Ferreiro tardó tres segundos en responder.

—Tiene un sobrino que trabaja con él. Xavier Pedrosa. Veintiséis años.

Elena asintió despacio. La primera línea concreta. El primer nombre.

—Localízalo. No lo detengas ni lo asustes, solo localízalo. Quiero saber dónde estaba el lunes por la noche.