Capítulo 2
La ciudad de cristal
A Coruña la recibió con cielo bajo y un viento que venía del noroeste cargado de sal.
Elena bajó del tren en la estación de San Cristóbal a las once menos cuarto de la mañana y sintió el contraste inmediato con Madrid: el aire era otro, la luz era otra, incluso el ruido tenía una calidad distinta, más húmeda, más redonda.
Se ajustó el abrigo y buscó con la mirada al hombre que había dicho que estaría esperándola.
No fue difícil encontrarlo. Tomás Ferreiro era alto, de espaldas anchas, con ese aspecto de gallego de costa que parecía construido para resistir la intemperie.
Tendría treinta y cuatro o treinta y cinco años.
Llevaba una chaqueta impermeable sobre una camisa de cuadros y miraba el reloj cuando Elena se acercó.
Cuando la vio, guardó el teléfono en el bolsillo con un gesto que tenía algo de alivio.
—Inspectora Vargas —dijo, tendiéndole la mano. Tenía acento gallego marcado, las vocales abiertas y las consonantes suaves. —Subinspector Ferreiro. Bienvenida a A Coruña, aunque en mejores circunstancias sería más apropiado decirlo.
—Lo mismo digo. —Elena le estrechó la mano. Apretón firme, mirada directa. Bien. —¿Hay novedades desde anoche?
—Nada que cambie el panorama. El equipo de imagen ha revisado seis horas de grabación de las cámaras del puerto y sus alrededores.
Tenemos a Lucía Andrade en cámara a las ocho y doce de la noche del lunes, caminando por el Paseo Marítimo en dirección al muelle.
Sola. Sin señales de coacción visibles. Después... nada.
—¿Las cámaras del muelle?
—Hay dos que cubren la entrada principal. Ninguna la recoge después de esa imagen. O entró por un acceso sin cámara, o alguien sabía qué cámaras evitar.
Salieron de la estación y Ferreiro la condujo hasta un Renault gris aparcado en doble fila con la luz de emergencia puesta. Elena metió la maleta en el maletero y ocupó el asiento del copiloto. Ferreiro condujo con la habilidad tranquila de quien conoce cada curva de su ciudad.
A Coruña se desplegaba ante ella en capas: el centro moderno con sus edificios de cristal, la ciudad vieja agazapada en la península, el Paseo Marítimo como columna vertebral que unía todo con el mar.
Las galerías de las fachadas captaban la luz gris del cielo y la devolvían multiplicada.
Elena entendió por qué la llamaban la ciudad de cristal.
—¿Conoces a la familia? —preguntó.
—Hablé con la madre el martes. El padre llegó desde Lugo el miércoles.
Son gente normal, asustada. La madre no para de llamar.
—Ferreiro hizo una pausa. —La chica no tenía historial de desapariciones anteriores.
No había problemas familiares conocidos.
No consumía. Sus compañeras de piso dicen que era aplicada, responsable.
El tipo de chica que avisa cuando llega tarde.
—¿Y no avisó.
—No avisó. Su última comunicación fue un mensaje de WhatsApp a las siete y cuarenta y cinco, minutos antes de salir de la biblioteca. A su compañera de piso. Decía: 'Voy al puerto un momento. Luego vuelvo y pedimos pizza.'
Elena procesó esto. Un mensaje casual, cotidiano. Sin señales de alarma. Una chica que iba al puerto 'un momento', como quien va a un recado rápido. Lo que implicaba que tenía un motivo concreto para estar allí. O que había quedado con alguien.
—¿Revisasteis sus contactos? ¿Con quién podría haber quedado?
—Revisamos el teléfono con autorización judicial. Nada que señale una cita en el puerto. Hay conversaciones con dos chicos de la facultad, nada serio según sus amigas. Un grupo de estudio. La familia. Nada fuera de lo ordinario.
—¿Antecedentes en la zona? ¿Desapariciones similares en los últimos meses?
Ferreiro tardó un momento en responder. Ese momento fue suficiente para que Elena lo mirara de perfil.
—¿Ferreiro?
—Hay una denuncia de hace cuatro meses —dijo, con una voz que había bajado de tono. —Una chica, también estudiante, también desapareció durante una semana. Luego volvió a aparecer. Dijo que había estado en casa de un amigo en Ferrol y que se había olvidado de avisar. Retiraron la denuncia.
—¿Le creíste?
Otra pausa.
—Yo no estaba en el caso. Pero el inspector que llevaba el expediente dijo que la chica parecía... diferente. Como ausente. No quiso ampliar declaración. Luego desapareció definitivamente dos semanas más tarde. Esa segunda vez no volvió.
Elena miró por la ventanilla. El mar apareció entre dos edificios: gris, agitado, inmenso.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó.
—Raquel Sousa. Veintitrés años. Portuguesa, estudiante Erasmus.
—¿El caso sigue abierto?
—Técnicamente sí. En la práctica, lleva meses sin movimiento.
Ferreiro aparcó frente a la Jefatura Superior de Policía de Galicia, en la calle Hércules. Antes de bajar del coche, Elena lo miró directamente.
—A partir de ahora ese caso tiene movimiento. Quiero el expediente de Raquel Sousa en mi mesa antes de comer.
Ferreiro asintió. No dijo nada, pero en sus ojos había algo que se parecía al alivio de quien llevaba tiempo esperando que alguien dijera exactamente eso.
El vestíbulo de la jefatura olía a café rancio y a papel húmedo.
Los fluorescentes parpadeaban con esa frecuencia característica de las instalaciones oficiales que nadie repara porque nadie sabe bien de quién es la competencia.
Elena Vargas cruzó el umbral con su maleta de ruedas y sintió, como siempre en estos momentos, el peso particular de llegar a un territorio que no era el suyo. Había que ganarse ese espacio. Siempre.
Pero también había una chica de veintiún años que llevaba tres días desaparecida.
Y eso era lo único que importaba.