Mareas de Sangre
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Capítulo 1
La llamada
El teléfono sonó a las dos y cuarenta de la madrugada.
Elena Vargas llevaba despierta desde la una, mirando el techo de su apartamento en el barrio de Lavapiés, escuchando cómo la lluvia golpeaba el cristal de la ventana con esa insistencia característica de Madrid en noviembre.
No era que tuviera insomnio exactamente.
Era que su cerebro se negaba a desconectarse, a separarse de los expedientes que tenía apilados sobre la mesa del comedor: tres casos abiertos, dos en espera de sentencia, uno que olía a prescripción antes de que pudiera cerrar el círculo.
—Vargas —respondió sin mirar el número. A esas horas, con ese tono de vibración, solo podía ser trabajo.
—¿Estás despierta? —Era Rodrigo Montoya, inspector jefe de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta.
Su voz tenía esa textura grave y sin matices que adoptaba cuando el asunto era serio.
Montoya llevaba veintiocho años en el cuerpo y había aprendido que las llamadas nocturnas no admitían preámbulos.
—Lo estaba —respondió Elena, incorporándose en la cama. Encendió la lámpara de la mesilla. La luz la hizo parpadear. —¿Qué pasa?
—A Coruña. Una chica desaparecida, estudiante universitaria, veintidós años. Llevan tres días buscándola y el inspector local dice que hay elementos que sugieren que no es una desaparición voluntaria. El comisario regional ha pedido apoyo de la UDEV.
Elena procesó la información en silencio.
Tres días era mucho tiempo. En los casos de desaparición, las primeras veinticuatro horas eran oro; las siguientes cuarenta y ocho, plata; a partir del tercer día, las probabilidades de encontrar a alguien con vida empezaban a declinar de una manera que ningún manual de criminología se atrevía a formular con claridad, pero que todos en la unidad conocían de memoria.
—¿Qué elementos? —preguntó.
—Su móvil fue localizado apagado en el puerto. Su bolso apareció en un contenedor a dos manzanas de su piso. El dinero seguía dentro. Las tarjetas. El DNI.
—Alguien quería que desapareciera sin rastro pero tuvo prisa.
—Eso piensan. O que quería que desapareciera con un rastro controlado. Hay cámaras en la zona. El equipo local está revisando la grabación, pero necesitan más recursos y un ojo fresco.
Elena miró el reloj. Las dos y cuarenta y dos. Si salía en el primer AVE tendría que estar en la estación a las seis. Cuatro horas para preparar el equipaje, repasar lo que tuviera en los archivos sobre Galicia y dormir algo que no iba a dormir.
—¿Nombre? —preguntó.
—Lucía Andrade. Estudiante de tercer año de Medicina en la Universidade da Coruña. De Lugo. Sin antecedentes. Sin problemas conocidos.
Elena repitió el nombre en silencio. Lucía Andrade. Era el momento en que la persona dejaba de ser un expediente y se convertía en algo más. Siempre ocurría con el nombre. Era la primera vez que la realidad aterrizaba.
—Dame el contacto del inspector local.
—Tomás Ferreiro. Te mando el número ahora. Elena... —Montoya hizo una pausa que ella conocía bien. —Este caso tiene presión mediática desde el principio. La familia de la chica conoce a gente. Ve con cuidado.
—Siempre voy con cuidado.
—Con más cuidado del habitual, quiero decir.
Colgó y se quedó sentada en el borde de la cama.
Desde la ventana, la lluvia seguía cayendo sobre Lavapiés con esa determinación que tenía el agua cuando decidía que el otoño había llegado de verdad.
Elena Vargas, treinta y ocho años, inspectora de la UDEV con doce años de servicio, seis de ellos en delincuencia especializada, miró el techo durante exactamente treinta segundos más.
Luego se levantó y empezó a hacer la maleta.
No era la primera vez que el trabajo la mandaba al norte.
Había estado en Bilbao, en Santander, una vez incluso en Gijón durante un enero que prefería no recordar.
Pero A Coruña era diferente. A Coruña tenía ese peso atlántico particular, esa luz que cambiaba diez veces al día, esa relación con el mar que lo impregnaba todo: el lenguaje, la comida, la manera en que la gente miraba el horizonte.
Lo sabía de oídas, de compañeros que habían pasado por allí.
En doce años nunca había tenido razones para ir.
Metió dos mudas, el neceser, el reglamentario y la placa en la maleta de ruedas pequeña.
Sobre la mesa del comedor dejó los tres expedientes abiertos, perfectamente ordenados, con una nota para el subinspector García que le cubría las espaldas en Madrid.
Luego preparó café, se lo bebió de pie en la cocina mirando por la ventana la calle mojada y vacía, y cuando el reloj marcó las tres y cuarto salió a buscar un taxi hacia Atocha.
En el trayecto leyó el archivo que Montoya le había enviado al correo.
Lucía Andrade. Veintiún años, no veintidós.
Oriunda de Lugo, primera de su familia en cursar una carrera universitaria.
Fotos del expediente: una chica delgada, de pelo oscuro y rizado, con una sonrisa amplia que no tenía nada de estudiada.
La última vez que fue vista con certeza fue el lunes por la tarde, saliendo de la biblioteca de la facultad a las siete y media de la tarde.
Después, nada. El vacío limpio y aterrador de alguien que simplemente deja de existir.
Elena cerró el correo y guardó el teléfono en el bolsillo.
El taxi atravesaba la Gran Vía desierta a velocidad de fantasma.
Había algo en esos primeros momentos de un caso, cuando todavía no sabías nada pero ya lo sabías todo, que la ponía en un estado de alerta particular.
No era miedo. Era concentración. Era el momento en que el cerebro empezaba a trazar sus primeras hipótesis sin datos suficientes, como un músico que afina el instrumento antes de que empiece la música.
Lucía Andrade. Tres días desaparecida. El bolso en un contenedor. El móvil apagado en el puerto.
El puerto.
Elena miró por la ventanilla del taxi. Las luces de Madrid pasaban a su lado como si huyeran. Pensó en el mar, en esa oscuridad enorme que había más allá de la costa, en todo lo que el agua podía esconder. Luego dejó de pensar y se centró en llegar.