Marea PLEAMAR #13
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PLEAMAR #13

Sentí entonces el cambio en el ritmo del Marea: la vibración suave de los motores, el murmullo de la tripulación levantando el ancla y el peso del mar acomodándose bajo el casco. Me aclaré la garganta y levanté un poco la voz para captar la atención de los invitados.

—A ver, familia —dije, recorriendo sus rostros con la mirada—. ¿Están listos para vivir el momento favorito de mi esposa? El atardecer en la proa del Marea. ¿Verdad, mi reina?

Le di un pequeño beso en los labios y sentí cómo me apretaba la mano. Noté que varias miradas se clavaban en ella y, como era de esperarse, comenzó a ruborizarse.

—A ver, ¿dónde está mi hijo y quién es este hombre que habla tan bonito en público? —preguntó mi madre, a medio camino entre la burla y la ternura.

—Sí —remató Ariela—, devuélvannos al Miguel ogro, por favor, porque a este no lo reconozco.

Las carcajadas se mezclaron con el rugido del motor y el sonido de las sillas arrastrándose sobre la madera.

Por primera vez en mucho tiempo, no me importó ser el blanco de las bromas: si eso significaba que todos podían ver lo que sentía por Cristina, cada chiste valía la pena.

El sol frente a nosotros comenzó su descenso, tiñendo la bahía de Acapulco de tonos ocres y violetas.

La cálida brisa de primavera nos regaló un atardecer que, sabía, no olvidaríamos jamás.

Las aspas del helicóptero ya giraban cuando subimos.

Atrás habían quedado los últimos abrazos en el muelle: Fredy gritándonos algo que el viento se llevó, Ariela y Triana agitando las manos, y mi madre junto a Doña Conchita, tomadas del brazo mientras nos veían despegar.

A medida que ganábamos altura, el Marea anclado se hacía cada vez más pequeño en la distancia.

Cristina se acomodó a mi lado. Todavía llevaba el vestido de la comida y el cabello recogido, aunque ya estaba medio deshecho por la brisa de la cubierta. Le pasé el brazo por los hombros, atrayéndola hacia mí.

—Bueno, mi reina —le dije al oído, compitiendo con el estruendo del motor—. Tenemos tres días para desaparecer. ¿A dónde crees que vamos de luna de miel?

Ella volteó a mirarme. Tenía esa expresión suya, la de quien ya conoce la respuesta antes de que termine la pregunta.

—A Tamarindos.

Me quedé un segundo sin palabras. Era exactamente el lugar que había reservado.

—¿Cómo lo adivinaste?

—Le quedamos debiendo historia a ese lugar, Miguel.

No dije nada; yo había pensado lo mismo.

Ella volvió la vista hacia la ventanilla, observando el mar que se abría inmenso debajo de nosotros.

Apreté el botón del intercomunicador y le confirmé al piloto que siguiera el rumbo trazado.

Cristina recargó la cabeza en mi hombro, como si por fin le diera permiso a su cuerpo de soltarse y descansar.

El vuelo transcurrió en un silencio cómplice, marcado solo por las caricias en nuestras manos mientras la ciudad se convertía en un rastro de luces minúsculas.

Llegamos casi de madrugada. Esta vez no había nada que ocultar, ningún operativo encubierto ni historias que inventar. Nos recibieron con champagne y un camino de pétalos que guiaba hacia nuestra estancia.

—Ahora sí, ¿no puedes negar que lo planeaste todo tú? —preguntó ella con una sonrisa cansada pero feliz.

—Esta vez soy culpable de todo lo que suceda en estos días —me acerqué a su oído para que nadie más escuchara—. Traigo hasta las esposas y el látigo para que me castigues si quieres.

—¡Miguel! —exclamó entre risas.

Así entramos a la habitación, gozando de cada instante juntos, hasta que el sueño nos venció en algún punto de la madrugada.

Me desperté y encontré la cama vacía. Por un segundo, solo un instante, mi cuerpo reaccionó con la alerta de siempre antes de que mi cabeza procesara dónde estábamos. Entonces vi las puertas de vidrio abiertas de par en par.

Allí estaba ella. De pie en la terraza, frente a la alberca infinita, con el Pacífico abriéndose ante sus ojos hasta donde alcanzaba la vista.

La selva aún permanecía oscura a los costados y el cielo empezaba apenas a clarear con esa luz azul de las seis de la mañana, esa que no se parece a ninguna otra hora del día.

Estaba desnuda, mirando el mar. Como siempre.

Me levanté despacio, procurando no hacer ruido, y salí a su encuentro.

El aire olía a sal y a tierra mojada, a todo lo que ella representaba para mí.

No dije nada. Me acerqué por detrás y la rodeé con mis brazos, encontrando sus manos sobre su vientre.

Sentí cómo su cuerpo reconoció el mío de inmediato; ese acomodo perfecto, ese encaje natural que habíamos tenido desde el primer día.

Nuestros cuerpos embonaban sin esfuerzo.

Le besé el hombro con lentitud, dejando mis labios allí un momento. Ella exhaló un suspiro largo. Y sin girarse, con la mirada fija en el horizonte donde el sol comenzaba a asomarse, pronunció las palabras que le dieron sentido a todo:

—Siempre fuiste tú.

No contesté. No hacía falta. La apreté con más fuerza contra mí. Y el sol, inmenso, indiferente y perfecto, siguió haciendo su trabajo, iluminando el comienzo de nuestra vida juntos.

FIN.