Epilogo
El Marea llevaba varias semanas anclado en la bahía de Acapulco.
Para Cristina, habían sido meses complicados.
Liliana continuaba internada, atravesando altibajos que obligaban a Cristina a viajar a la Ciudad de México cada vez que el médico llamaba con noticias desalentadoras.
Cada visita era difícil de una forma distinta: a veces la encontraba lúcida y arrepentida; otras, completamente perdida, incapaz de reconocerla.
Había aprendido a llegar sin expectativas y a marcharse sin culpa, aunque ninguna de las dos cosas le salía del todo bien todavía.
Fredy, por su parte, estaba en Suiza. Había sido una decisión difícil, tomada en conjunto el verano pasado con cuidado y dolor, pero al final resultó ser la correcta.
El objetivo era alejarlo del ruido mediático que siguió al caso de Alfredo y darle estabilidad; un lugar donde pudiera ser, simplemente, un niño de catorce años, sin apellidos complicados ni cámaras acechando afuera.
A Cristina le costó despedirse en el aeropuerto mucho más de lo que esperaba.
Fredy aguantó estoico hasta el último abrazo, y entonces rompió a llorar con el rostro escondido en su hombro, sin importarle quién estuviera mirando.
Pero el barco seguía navegando. Siempre navegaba.
Un año.
Hacía exactamente un año que había irrumpido empapada en las urgencias del Hospital Naval de Acapulco, pidiendo antihistamínicos a gritos. Sonrió para sus adentros al recordarlo. Fue entonces cuando sintió la primera contracción.
No fue suave, no fue la advertencia discreta que había leído en los libros. Fue directa, clara y sin margen de duda. Soltó la taza.
—Miguel —dijo, con una calma que la sorprendió a ella misma.
Él estaba a dos metros, con su café en la mano, leyendo algo en el teléfono. Levantó la vista y la miró. En menos de un segundo, el teléfono quedó sobre la mesa y él estuvo a su lado.
—¿Estás bien?
—Creo que fue una contracción.
—¿Estás segura?
—Miguel —lo miró fijamente—, soy bióloga marina, no cardióloga, pero sé perfectamente lo que es una contracción.
Él ya estaba llamando a Juan Pablo. Diez minutos después, el tender cortaba las aguas de la bahía a toda velocidad, rumbo al muelle del Hospital Naval, el mismo lugar donde todo había comenzado un año atrás.
Cristina iba sentada, apretando la mano de Miguel, observando cómo el edificio del hospital se agigantaba en el horizonte.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó él.
—Lo sé —respondió ella, sin apartar los ojos del muelle.
—Qué oportuna —Miguel soltó una risa baja—. Igualita a su mamá.
Llegaron al hospital con el sol todavía bajo sobre Acapulco; el mismo sol de siempre, ese que no le pide permiso a nadie.
Unas horas después, cuando el mundo finalmente se quedó quieto dentro de aquella sala, Miguel puso en los brazos de Cristina a la persona más hermosa que ambos habían visto en su vida.
—Hola, Mar —susurró Cristina.
Afuera, la marea seguía su curso.