PLEAMAR #12
Vi cómo su sonrisa se iluminaba antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.
En ese gesto supe que sí; ella siempre decía que sí con esa mirada.
La llevé hacia el centro de la pista y la atraje hacia mí con lentitud, sin ninguna prisa, como si el momento necesitara espacio para terminar de acomodarse en nuestra memoria.
Entonces, la música comenzó a sonar.
“Yo vi cómo llegaste, con los pies sobre mi orilla...”
En ese instante, la noche se encendió con millones de luces blancas.
Los fuegos artificiales estallaron en el cielo, acompañando la melodía y el sentimiento que nos desbordaba.
Sentí cómo su cuerpo reaccionó antes que su voz: un pequeño quiebre en sus hombros, un suspiro contenido que se fundió con el aire salino.
“No es fácil escapar de lo que sientes cuando el mar decide hablar...”
Ella bajó la mirada un segundo, abrumada. Cuando volvió a subirla, sus ojos ya estaban anegados en lágrimas. No pude evitar sonreír; la estreché con más fuerza, protegiéndola del resto del mundo.
—Qué bonita canción —susurró ella.
“Yo soy la marea que los une..”
Se aferró a mí como si esas palabras fueran un decreto, como si la canción hubiera sido escrita únicamente para nosotros dos.
—Te amo —le susurré al oído—. ¿Me oyes?
“Dos almas que se buscan en la espuma...”
Cristina asintió contra mi pecho, dejando que sus lágrimas empaparan la solapa de mi traje. Comenzamos a movernos despacio, sin pasos perfectos, sin coreografías ensayadas. No había nada que pensar; solo estábamos ella, yo y el ritmo de nuestros latidos.
“No hay viento que los pueda separar...”
—No pienso volverme a separar de ti —le dije con una risa baja, besando su sien. Mis manos en su espalda desnuda parecían quemarme la piel; era una sensación eléctrica.
“Yo soy la marea. Yo soy marea.”
Negué levemente con la cabeza, prometiéndole en silencio. Ella levantó la cara, con los ojos brillando bajo la luz de la pirotecnia.
—No pienso dejar que lo hagas —me aseguró.
La besé. Fue un beso lento, profundo, de esos que hacen que todo lo demás —los invitados, los problemas, el mundo entero— pueda esperar.
“Y cuando el mar se calme...”
Y entonces, sentí el cambio en la atmósfera. El sonido del mar se volvió más nítido, más fuerte, demasiado cercano. Abrí apenas los ojos, intuyendo lo que venía.
—Creo que...
No alcancé a terminar la frase. La ola llegó de lleno, sin pedir permiso. El agua nos cubrió por completo, empapando el vestido, mi traje y la pista entera. El mar reclamó su lugar a nuestros pies.
Cristina soltó una carcajada limpia, de esas que nacen del alma y no se pueden contener. Me separé apenas un centímetro para mirarla: estaba empapada, despeinada y absolutamente perfecta.
—Definitivamente, esto no venía en el plan —dije, riendo con ella.
—Claro que sí —respondió, sin soltarme el cuello—. Es el mar, Miguel. Es lo único que no podías controlar.
Sonreí, rindiéndome ante la evidencia.
—Ni quiero hacerlo.
La atraje de nuevo hacia mí. Con el agua todavía escurriendo entre nosotros, supe que así, bajo el capricho del océano, todo era perfecto.
El camarote olía a sal y a madera de cedro, un aroma que siempre asociaría con nuestro refugio.
Entramos todavía entre risas, dejando un rastro de agua por el pasillo.
Cristina abrió la llave de la regadera antes de que yo terminara de cerrar la puerta con llave, y el vapor comenzó a empañar los espejos lentamente.
Me acerqué por detrás mientras ella probaba la temperatura del agua.
—¿Está bien así? —preguntó, mientras le rodeaba la cintura.
—Perfecta —respondió.
Se giró en mis brazos y, por primera vez en toda la noche, el ruido del mundo exterior se desvaneció.
No había fuegos artificiales, ni saxofonista, ni mar reventando contra las rocas.
Solo el sonido del agua corriendo y nosotros dos en ese baño pequeño que, de alguna forma, siempre había tenido el espacio exacto que necesitábamos.
Le aparté un mechón de cabello mojado que se le había pegado a la mejilla.
—Sé que todo fue muy rápido —dije con la voz apenas en un susurro—. Que en dos días reorganizamos el universo entero sin pedirte permiso.
—Sin pedirme permiso —repitió ella, arqueando una ceja con fingida severidad.
—Lo admito —concedí—. Pero quiero que sepas algo: hoy no termina nada. Hoy empieza todo. Tenemos toda la vida para conocernos, Cristina, y no pienso desperdiciar un solo día.
Se quedó callada un momento, mirándome con una intensidad que me desarmó. Luego sonrió despacio.
—Pues entonces no me dejes dormir.
Reí y la besé con una urgencia que ya no teníamos que ocultar. El Marea siguió su curso, meciéndose suavemente en la noche, mientras nosotros nos deteníamos en el tiempo.
Esa noche no hubo barreras ni distancias.
No hubo nada entre su piel y la mía que no fuera el deseo puro que ambos compartíamos.
La conocí despacio, sin prisas, cumpliendo mi promesa.
Recorrí cada curva y atesoré cada suspiro, descubriendo cómo su cuerpo respondía al mío de una forma que me hacía cuestionar cómo había podido vivir tanto tiempo sin ella.
Cuando finalmente el silencio se instaló y el barco se convirtió en una cuna sobre la oscuridad del Pacífico, Cristina descansó la cabeza en mi pecho. Yo contaba sus respiraciones, memorizando su ritmo como si fuera la brújula de mi nueva vida.
—Miguel —murmuró, casi entregada al sueño.
—Dime.
—Soy muy feliz.
Cerré los ojos, sintiendo una paz que no conocía.
—Y yo, mi reina.
El mar continuó con su eterno trabajo afuera, y yo me quedé despierto un rato más, solo para no perderme ni un segundo de su presencia a mi lado.
Los invitados llegarían a las doce del día.
La tripulación, Cristina y yo ya teníamos prácticamente todo listo.
En retrospectiva, no estaba seguro de en qué momento me había parecido buena idea que todos comiéramos a bordo del Marea, pues cuando desperté, lo único que deseaba era quedarme en la cama haciendo el amor con mi esposa.
Me gustaba cómo sonaba esa palabra en mi mente.
—Capitán —Juan Pablo se acercó con paso apresurado—. Los buzos ya están en sus posiciones.
—Gracias. Supongo que no tardarán en llegar. ¿Ya mandaron al tender por Doña Conchita?
—Sí, ya salió. Lisa me avisó que su mamá y su hermana vienen con el licenciado Proal en su barco.
Me quedé pensativo. Había visto a Juan Camilo platicar con Ariela en algún momento de la noche anterior, pero también recordaba que él había llegado acompañado.
—¿Quiere que pregunte algo más, capitán? —preguntó Juan Pablo al notar mi gesto.
—No, déjalo así —respondí, pasando un brazo por sus hombros en un gesto de camaradería—. Ven aquí, Juan Pablo. Quiero darte las gracias por querer a Cris como la quieres y por haber creído en nosotros desde el principio.
Él asintió con una sonrisa honesta, y por un momento, el horizonte pareció más despejado que nunca.
—Les deseo que sean muy felices, Miguel —me dijo Juan Pablo con sinceridad.
«El Águila va en camino», interrumpió la estática de mi radio, recordándome mis obligaciones incluso en un día como este.
—Tenemos pendiente esta conversación, pero con unos tequilas de por medio, Juan Pablo —le aseguré.
—Me parece un excelente plan, capitán.
—Vámonos, que a nuestro presidente no le gusta esperar.
La tarde estaba superando las expectativas de todos. Los niños disfrutaban del mar y jugaban en la playa, permitiendo que los adultos pasáramos las horas entre risas, bromas y anécdotas, casi todas girando en torno a la boda y a nosotros dos.
—Deberías estar agradecido, Mike; gracias a mí conociste a Cristina —soltó Julián. Él no estaba acostumbrado a no ser el centro de atención y buscaba cualquier oportunidad para colgarse una medalla.
Justo cuando iba a contestarle, Paty intervino con elegancia.
—Mi amor, sé que nadie se va a atrever a llevarte la contraria, pero déjame decirte que la verdadera protagonista de esta historia de amor fue una medusa.
Todos estallamos en carcajadas. El eco de la risa llenó la cubierta.
—¡Por supuesto! ¡Bendita medusa! —exclamamos Cristina y yo al mismo tiempo, brindando por aquel accidente que lo cambió todo.