Marea PLEAMAR #11
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PLEAMAR #11

Cuando salimos a cubierta, me di cuenta de que el Marea había echado el ancla justo en la entrada de la bahía de Puerto Marqués. El paisaje era sublime. Karina me venía platicando cosas ligeras para distraerme, guiándome hacia la proa.

—Aquí me pidieron que te dejara —dijo al llegar al extremo del barco. Yo solo pude asentir; las palabras se me habían atascado en la garganta. Karina me dio su bendición con un gesto cariñoso y se retiró, dejándome a solas.

Me sujeté del barandal, contemplando la inmensidad del mar que tanto amaba. El azul del agua se fundía con el cielo de la tarde. Cerré los ojos un momento, agradeciendo a Dios que, a pesar de todos los naufragios pasados, me permitiera vivir este momento de absoluta calma.

Miguel

Si alguien me hubiera dicho, al comenzar el año, que iba a terminar de esta manera, no le habría creído.

Y si hoy me preguntaran si volvería a vivirlo todo —cada operativo, cada noche en vela, cada decisión difícil y cada segundo de incertidumbre—, respondería que sí sin pensarlo.

Lo volvería a vivir mil veces. Porque al final de todo el ruido, estaba ella.

La encontré apoyada en el barandal de la proa.

Mantenía la mirada perdida en el horizonte, como siempre, contemplando su mar; el vestido blanco seguía la línea de su cuerpo, la cola del vestido caía en una línea perfecta sobre la cubierta, pero fue su espalda lo que me robó el aliento: un escote profundo en forma de rombo, enmarcado por el encaje que parecían dibujados a mano sobre su piel.

Tragué saliva, sintiendo cómo se me cerraba la garganta.

Exhalé despacio. En ese momento entendí las palabras que Ariela me había susurrado minutos antes: «Te vas a morir en cuanto la veas».

Se me nublaron los ojos, pero no me moví.

No quería romper el encanto. Ese segundo, ese silencio absoluto, era mío.

Era nuestro. Finalmente, di un paso al frente.

Cristina se movió ligeramente; sabía que era yo, podía sentirlo, pero no se volvió.

Vi cómo sus manos se aferraban con más fuerza al barandal, un temblor leve y casi imperceptible recorrió sus hombros.

Acorté la distancia con un paso más.

—Sé que el protocolo dice que no debo verte antes —murmuré—, pero necesitaba este momento contigo.

Silencio. Solo el viento y el mar respirando al compás de nosotros.

—Aquí… solos —añadí.

La vi tensarse apenas, reuniendo el valor necesario para girarse.

—No voltees todavía —mi voz salió suave, casi en un ruego—. Déjame quedarme así un segundo más.

Me acerqué hasta que sentí el calor de su cuerpo atravesando mi traje de lino.

Hoy no había rangos ni grados; solo éramos nosotros dos.

Su aroma, mezclado con el salitre del mar, llenó mis pulmones de la misma forma que el silencio llenaba nuestros corazones.

Con ella siempre era así: un silencio que lo completaba todo.

Por un instante, deseé ordenarle a Teo que levara anclas para perdernos mar adentro y evitar todo el protocolo que seguía.

Pero no podía. Había un compromiso que cumplir.

—Mi reina… no encuentro las palabras correctas para este momento.

—No las hay, Miguel. Es perfecto —respondió ella—. Gracias por todo.

La abracé con más fuerza, dejando que su espalda embonara a la perfección con mi pecho.

—Quisiera quedarme aquí toda la vida —le confesé, besándola en la sien y dejando mis labios allí un momento—. Pero también deseo que seas mi esposa hoy mismo. Así que, ¿qué te parece si vamos a casarnos?

—Me parece bien. Te amo, Miguel.

Sus palabras se quedaron resonando en mi pecho como un eco eterno.

Al llegar a la popa, toda la tripulación, ya vestida de gala para la ocasión, estaba alineada formando una valla de honor. Lisa estaba con ellos, al lado de Juan Pablo; ambos tenían los ojos brillantes de emoción.

—¡Que vivan los novios! —gritó Pancho con fuerza.

—¡Y que viva la capitana del Marea! —remató Juan Pablo, levantando el puño.

—¡Que viva! —respondieron todos al unísono, y los aplausos se fundieron con el rumor del oleaje.

En la planeación, el desembarque en el muelle de Punta Sirena parecía un operativo difícil, pero con una novia como Cristina, nada era imposible. Verla maniobrar con el vestido de novia para bajar al tender me recordó por qué esta boda había sido el reto más complejo de mi carrera.

—Miguel, no quiero terminar en el mar —me susurró mientras nos acercábamos al muelle.

—Yo estaba pensando lo mismo.

—No estás ayudando, ¿sabes?

—Vas a poder. Puedes con esto y con mucho más —le aseguré, apretando su mano—. Pero si terminas en el agua, te juro que me aviento por ti. Confía, todo va a estar bien.

—Contigo, siempre —respondió ella.

Fredy nos esperaba al inicio del muelle, vestido exactamente igual que yo.

Ese niño se había ganado mi corazón incluso más rápido que su hermana, si es que eso era posible.

Al desembarcar, me encantó observar su rostro de asombro mientras admiraba el lugar y reconocía a los invitados que nos acompañaban.

Le di un beso en la mano a Cristina y se la entregué a Fredy para que la escoltara.

Caminé hacia mi lugar, al lado de mi madre, frente a la estructura floral que enmarcaba la mesa de la ceremonia.

—Todo está precioso —me recibió mi madre con un beso—. Este lugar es un sueño; no existe un sitio más perfecto para ustedes dos.

—Nunca imaginé sentir esto al verla vestida de novia, madre.

—Es amor simple y puro, corazón —sentenció ella.

Cristina y Fredy se reunieron con Doña Conchita al final del muelle y los tres comenzaron a caminar hacia nosotros. Vi que se detenían un momento.

—¿Pasó algo? ¿Se rompió el vestido? —pregunté, nervioso.

—Tranquilo —me susurró mi madre—. Solo están soltando la cola del vestido. Relájate.

Julián se acercó a mi lado.

—Kari, no sé tú, pero yo nunca imaginé vivir este momento, y mucho menos tener el honor de ser el juez que los case.

—Te tengo que dar la razón, porque yo tampoco —dije, palmeándole la espalda.

—Yo sí; jamás perdí la fe —remató mi madre con una sonrisa.

Julián me dio un abrazo rápido.

—Me voy a mi puesto. Te quiero, hermano.

La música de fondo cesó para dar paso a la marcha nupcial. Cristina, del brazo de su abuela, comenzó a avanzar hacia el altar. Clavé mi vista en ella, negándome a parpadear para no perderme ni un solo segundo de sus reacciones.

—Tu papá y yo estamos muy orgullosos de ti —me susurró mi madre—. Recuerda lo que decía su carta: tu prioridad debe ser la familia que comienzas hoy. No lo olvides.

Solo alcancé a apretar su brazo, que estaba entrelazado con el mío, justo cuando Cristina llegó frente a nosotros. Saludó a mi madre y yo hice lo mismo con Doña Conchita.

—Miguel, hijo —dijo la abuela con solemnidad—, desde el día que te conocí supe de qué estabas hecho. No me defraudes; te estoy entregando mi tesoro más preciado.

—Y es el mío también. Gracias por la confianza.

Tomé la mano de Cristina. No sabía si era ella quien temblaba o si era yo.

—¿Lista? —le pregunté en un susurro.

—Contigo, siempre.

—Buenas tardes —la voz de mando de Julián interrumpió el murmullo, iniciando la ceremonia civil—. Nunca pensé que una de las decisiones más importantes que tomaría en este cargo… sería esta.

Julián sonrió hacia donde estaba Paty antes de volver a mirarnos con seriedad.

—Hay momentos en los que el protocolo se queda corto y la vida exige algo más personal. Miguel, a ti te he visto tomar decisiones difíciles bajo presión, sin margen de error. Y a ti, Cristina, te he visto sostener lo que amas incluso cuando lo más fácil habría sido soltarlo.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo.

—Lo que tienen no es casualidad. Es una elección. Es una decisión firme. Y eso vale más que cualquier certeza. Dicen que el mar no se puede controlar, pero sí se puede aprender a navegar. Ustedes ya demostraron que saben hacerlo.

Julián se dirigió a mí formalmente:

—Miguel… ¿Aceptas a Cristina como tu esposa, eligiéndola todos los días, incluso cuando la marea no esté a favor?

—Sí, acepto —respondí con toda la fuerza de mis pulmones.

—Cristina… ¿Aceptas a Miguel como tu esposo, sabiendo que el amor no es calma, sino permanecer incluso en medio de la tormenta?

—Sí, acepto.

Julián cerró el acta con un gesto decidido.

—Entonces, por las facultades que me otorga la ley y por el honor de hacerlo frente a quienes más los quieren, en este paraíso acapulqueño, los declaro marido y mujer.

Los aplausos estallaron, llenando el aire.

—Y capitana… buena suerte con este —bromeó Julián señalándome—. Ya puedes besar a la novia.

La cena fue exquisita. Debía reconocer que confiar ciegamente en el chef Eduardo Palazuelos había sido un acierto total. Cristina estaba radiante, moviéndose entre risas, brindis y felicitaciones de nuestros invitados más allegados. Era una celebración íntima, justo como la habíamos soñado.

La música del saxofonista flotaba entre las mesas, suave, mezclándose con el eterno sonido del mar.

Sabía que en cualquier momento llegaría la parte de nuestro primer baile.

Estaba nervioso; me había dejado llevar por el romanticismo y solo esperaba que no fuera demasiado y que Cristina no saliera corriendo al descubrir lo cursi que podía llegar a ser por ella.

Escuché los primeros acordes. Ahí estaba nuestra canción. Respiré hondo. Ya no había marcha atrás.

Me levanté, sintiendo el peso de todas las miradas sobre nosotros.

—Con permiso —murmuré a los invitados que nos rodeaban.

La pista de baile había sido montada justo a la orilla del mar. Como todo en el mundo de Cristina, estábamos siempre al borde de algo inmenso. Le tendí la mano con una mezcla de orgullo y reverencia.

—¿Bailas conmigo, esposa?