PLEAMAR #10
Me desperté antes de que sonara cualquier alarma.
Por un segundo, en ese espacio difuso entre el sueño y la vigilia, estiré la mano hacia el otro lado de la cama.
Estaba vacía. Por supuesto: mi abuela, Karina y Ariela se habían asegurado, con una eficiencia militar, de que Miguel no pisara mi camarote esa noche.
Él había protestado lo justo, con esa media sonrisa que yo ya sabía leer, antes de rendirse.
«Está bien, pero es la última noche que pasamos separados», había sentenciado.
Me quedé mirando el techo, escuchando el arrullo del mar. Hoy me casaba. Hoy. Me lo repetía despacio, como si fuera un mantra en otro idioma: hoy me caso, hoy me caso. Seguía sonando irreal.
Dos toques suaves sonaron en la puerta. El corazón me dio un vuelco; por un instante pensé que era él, rompiendo las reglas. Abrí de inmediato.
—Buenos días, señora —dijo Triana. Tenía un café en una mano, su bolso colgando del brazo y el celular en la otra. Llevaba el pelo en un moño perfecto y esa sonrisa suya que nunca pedía permiso—. ¿O todavía es señorita? Aprovecha tus últimas horas.
Solté una carcajada antes de poder evitarlo.
—¿Cuándo llegaste?
—Miguel fue a buscarme al aeropuerto. Ya somos mejores amigos, por cierto. Te lo aviso para que no haya sorpresas —confesó. Era parte del complot—. ¿Vas a dejarme pasar o tengo que esperar una invitación formal?
Me hice a un lado y ella entró como solía entrar a todas partes: como si ya conociera el lugar, dejando sus cosas en el primer sitio que encontró y asomándose por la ventana del camarote.
—Qué bonito es el Marea —murmuró—. En serio, Cris, todo es precioso. Tal y como lo soñaste.
Me sentí profundamente feliz de tenerla allí. Tuve que reconocer que Miguel realmente había pensado en cada detalle.
—¿Cómo estás? —preguntó, sentándose en la orilla de la cama con su café entre las manos.
—Nerviosa —admití.
—Normal.
—Feliz.
—Mejor todavía.
—Asustada.
—Eso también es parte del proceso —bebió un sorbo—. ¿Sabes qué es lo que no es normal?
—¿Qué?
—Que tú, Cristina Sánchez, la misma que juró en el internado que jamás se casaría porque el matrimonio era una «institución burguesa diseñada para limitar a las mujeres»…
—¡Y lo seguía pensando hasta ayer! —exclamé riendo.
—…estés a punto de casarte hoy, en Acapulco, con un capitán de la Marina que además es cardiólogo —hizo una pausa dramática—. Pero no te preocupes, traigo conmigo el manual de “Cómo casarte en menos de veinticuatro horas sin morir en el intento”.
Salimos a cubierta a desayunar con las demás.
No paramos de reír y de disfrutar el momento.
Fredy se había marchado con Miguel para darnos espacio a nosotras.
Ariela y Triana ya parecían mejores amigas de toda la vida, mientras mi abuela y Karina me observaban con un cariño que me hacía sentir protegida.
Nada ni nadie iba a robarme esa alegría.
—Señorita Cris —Juan Pablo subió a la cubierta—, la señora Ivette Ortiz se acerca en una lancha con otras personas. ¿Autoriza el embarque?
Miré a mi abuela; yo no tenía idea de quién era aquella mujer y, por su expresión, ella tampoco.
—¡Ay, Ivette! Claro, ¿qué hora es? —dijo Karina, levantándose de un salto y consultando su reloj—. ¡Ya es la hora!
Eran las doce del día. ¿La hora de qué?
—Cris, Ivette es amiga mía y una experta en bodas y moda —explicó Karina—. Ella y Triana eligieron algunos modelos de vestidos y tocados para ti. Pero si hay algo que no te guste, por favor, dímelo. Lo más importante es que tú estés radiante.
—Gracias, Kari. Seguro que me van a encantar. Por mí, me casaba en traje de baño.
—Y no lo dice en broma, ¿eh? —remató Triana con una carcajada.
Ivette y Triana transformaron mi estudio en una vorágine de tul y seda en cuestión de minutos. Lo convirtieron en una verdadera suite nupcial: percheros improvisados, cajas abiertas, velos colgando de las repisas y zapatos perfectamente alineados sobre la alfombra.
—Todos se te ven divinos, Cristina. Va a ser una elección difícil —comentó Ivette mientras caminaba a mi alrededor, analizándome desde todos los ángulos mientras yo me observaba en el espejo.
Triana se recargó en mi escritorio con los brazos cruzados y una chispa de picardía en la mirada.
—Bueno, al menos esto sí lo decides tú —soltó—. Ya hemos decidido demasiadas cosas por ti en estas semanas.
—¿Cómo que “decidimos”? —pregunté, buscándola a través del reflejo.
—Ajá… —se mordió el labio, debatiéndose entre el secreto y la confesión—. ¿No te contaron lo del grupo de WhatsApp?
—¿Qué grupo de WhatsApp?
—Miguel organizó uno: lo llamó “Operativo Boda” —levantó las manos en señal de inocencia—. Tu abuela, Karina, Ariela, Paty, Ivette y yo… todas estábamos ahí opinando.
Me quedé helada.
—¿Paty, la esposa del presidente?
Triana se limitó a asentir. Sentí que el calor me subía a las mejillas.
—Y todas opinaban por mí.
—No de esa forma —se acercó, poniéndose seria por un instante—. Te juro que todos los días él nos preguntaba lo mismo: “Si fuéramos Cristina, ¿qué haríamos? ¿Qué escogeríamos?”. Nadie jugaba a decidir por ti; simplemente intentábamos adivinar qué te haría feliz.
Volví la vista al espejo. Yo, en el Marea, en plena bahía de Acapulco, vestida de novia. Triana sonrió detrás de mí y se acercó a mi oído.
—Te digo algo: si yo fuera tú, escogería este. Te ves hermosa y lo vas a dejar sin palabras.
—Por eso te quiero —respondí despacio, sin poder apartar la vista de mi propia imagen.
—¿Y bien? ¿Cuál decidiste? —preguntó Ivette mientras sacaba un delicado tocado de una caja.
—Este —respondimos Triana y yo al unísono, señalando el mismo vestido. En ese momento, tuve la certeza de que todo iba a estar bien.
Unos golpecitos suaves en la puerta dispararon mis nervios. Ya faltaba poco; ya navegábamos con suavidad hacia el punto de encuentro y yo seguía sin encontrar mis aretes favoritos, esos que estaba segura de haber dejado en México.
—¡Adelante!
—Soy yo, corazón. ¿Puedo pasar?
—Claro, abuela. Qué bueno que vienes, justo iba a buscarte; no encuentro mis aretes.
Mi abuela se quedó petrificada en el umbral, sujetándose del marco de la puerta con los ojos clavados en mí.
—¿Qué pasa, abuela? ¿Todo bien? Me estás asustando.
—Ven, ayúdame a sentarme, que me mareé un poco —me pidió.
La alcancé rápidamente y la ayudé a acomodarse en mi cama. Estaba pálida.
—¿Quieres que les pida que bajen la velocidad? Seguro es el movimiento al salir de la bahía.
—No, no es eso. Ya estoy bien, fue solo el impacto de verte tan bonita —tomó mis manos entre las suyas—. Ven, siéntate a mi lado. Quiero aprovechar estos cinco minutos que tenemos a solas.
Me senté junto a ella.
—Estás radiante, Cristina. Nunca dudes de la inmensa capacidad que tienes para amar y ser amada —dijo, y sentí que las lágrimas empezaban a traicionarme—. Hoy te unes a un gran hombre que te adora, porque tú eres una mujer extraordinaria.
Nos abrazamos con fuerza. Ella siempre había sido mi ancla en medio del océano.
—Gracias a ti soy esta mujer —susurré—. Tú me enseñaste a sobrevivir a las tormentas, a actuar en plena marejada y a entender que el amor es incondicional, sin importar de donde venga la marea.
—Y hoy, corazón, te toca a ti enseñar eso en tu propia familia —añadió apretando mis dedos—. Pase lo que pase, acuérdate siempre de que sabes navegar.
Las lágrimas finalmente rodaron por mis mejillas.
—¡Abuela, se me va a arruinar el maquillaje!
De ninguna manera; la maquillista fue muy clara: es a prueba de agua. Pero basta de melancolía, vamos a entregarte tu regalo de bodas.
—No tenías que hacerlo, de verdad no me hace falta nada.
—¿No dijiste que te faltaban aretes? Pues aquí los tienes. Según la tradición, necesitas algo prestado, algo nuevo, algo antiguo y algo azul.
—¿Qué es eso? Yo no sé nada de protocolos de bodas.
—Pero nosotras sí, y tu futuro marido se ha vuelto un experto en la materia en las últimas semanas.
Reí, imaginando a Miguel estudiando tradiciones nupciales entre operativos y guardias. Mi abuela sacó un estuche de su bolsa de mano.
—Te traje estos aretes. Eran de mi madre y hoy quiero que sean tuyos, para que te acompañen al altar.
—Están preciosos —le di un beso y corrí al espejo para ponérmelos.
En ese momento, la puerta que comunicaba con el estudio se abrió y Triana asomó la cabeza.
—¿Ya está lista la novia?
—¡Lista! Vamos, abuela.
—Tranquila, todavía no vas al altar. Faltan varios pasos en el “minuto a minuto” del capitán. Ven al estudio, que ya estamos todas aquí.
Entré en mi estudio y me encontré con un despliegue de elegancia en tonos azules; evidentemente, Miguel había establecido un código de vestimenta. Karina, Ariela y Paty me recibieron con exclamaciones de asombro.
—¡Cris, a mi hermano le va a dar un síncope cuando te vea! ¡Estás espectacular! —exclamó Ariela.
—Gracias a ustedes por todo esto.
Paty se acercó a mí con una sonrisa cálida.
—Cristina, me toca empezar a mí. Debo entregarte “algo prestado”. Yo decía que ya te estábamos prestando al amigo, pero me dijeron que eso no contaba para la tradición —todas reímos—. Quiero que lleves esto; para mí siempre ha sido mi guía y mi protección.
Se quitó de la muñeca una delicada pulsera de piedras finas con un dije engarzado y me la colocó en la misma mano donde llevaba el reloj de mi padre.
—Es el Arcángel Miguel. Ya te mandé hacer una especial, pero con las prisas no llegó a tiempo.
La abracé conmovida, dándole las gracias.
—Y a nosotras —intervino Ariela, acercándose con su madre— nos toca entregarte “algo nuevo y algo azul”.
Sacaron un tocado delicado, adornada con zafiros que hacía juego perfecto con la ballena de mi broche y con mi anillo. Era una pieza delicada y hermosa.
—Y yo, que me autonombré dama de honor —anunció Triana con orgullo— ¡tengo el ramo!
—Bueno, hay que darnos prisa —advirtió Karina—, que al capitán no le gusta la impuntualidad y ya estamos llegando. Cris, a mí me toca acompañarte en este tramo, así que ven conmigo.