Marea PLEAMAR #9
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PLEAMAR #9

—Creo que necesito refrescarme un poco más —dijo, sumergiéndose y echándose el cabello hacia atrás. Ahora lo llevaba suelto y caía empapado sobre su espalda—. Quedémonos unos minutos aquí; disfrutemos de la puesta de sol. Después habrá muchas cosas que tendrás que explicarme.

—Me parece un trato justo.

Apoyamos los brazos sobre la tabla, uno al lado del otro, codo con codo, viendo cómo el sol se hundía en el horizonte en uno de los atardeceres más espectaculares que recordaba.

—Es perfecto —dijo ella con la vista fija en el horizonte, mientras nuestras piernas jugaban bajo el agua.

—¿Te soy sincero?

—Siempre.

—Habría querido que una ballena saltara justo ahí, en este preciso momento —señalé el punto donde el sol tocaba el agua.

—¡Creo que te he perdido definitivamente! —dijo riendo, volteando a mirarme.

—Al contrario. Ahora me tienes para siempre. Ya aceptaste —le recordé, dándole un beso en la frente.

Estaba empezando a enfriarse el ambiente. Era el momento de iniciar la fase tres de mi plan.

—Vámonos, que nos están esperando.

Cristina

¿En qué preciso instante la vida había pasado de un helicóptero en la Ciudad de México a un «sí» rotundo sobre una tabla de paddle en medio del mar? Todavía tenía el pelo goteando y el corazón desacompasado cuando pusimos un pie de vuelta en el Marea.

Luis nos esperaba en la plataforma con dos toallas y una sonrisa que no lograba —o no quería— disimular. Detrás de él, en la estancia, aguardaban mi abuela, Fredy, Karina y una mujer a la que reconocí de inmediato por las fotografías: Ariela, la hermana de Miguel.

Subí la escalerilla aún empapada y corrí a refugiarme en los brazos de mi abuela. Fredy se unió al abrazo casi al instante.

—Soy muy feliz, abuela —susurré contra su hombro—. Nunca creí que viviría un momento así.

—Y yo soy feliz por ti —respondió ella con esa calma que la caracterizaba—. Aunque, a decir verdad, yo nunca dudé que este día llegaría.

Reí entre lágrimas, una mezcla extraña de emoción y agua de mar. Al separarme, abracé a Fredy; me sorprendió lo mucho que había crecido en apenas unas semanas, o quizás era yo quien ahora lo veía con otros ojos.

—Cris… —Karina me esperaba con los brazos abiertos, flanqueada por Miguel y Ariela.

—Perdón por no haberme despedido ni agradecerte como es debido la última vez —le dije mientras me estrechaba.

—No digas tonterías. Me hace inmensamente feliz verlos juntos; hacen una pareja maravillosa —me aseguró de corazón—. Te quiero, Cris. Y siempre voy a estarte agradecida por enseñarle a Miguel lo que significa amar de verdad.

Sus palabras me conmovieron profundamente. Me recordaron que, aunque mi madre no estuviera, la vida me estaba regalando una nueva familia a través de Miguel.

—Ya dejen de hablar, que me voy a poner celosa —intervino Ariela, provocando la risa general.

Pasé de los brazos de Karina a los suyos.

—Bienvenida a la familia. Aunque no nos habíamos visto en persona, lo sé todo sobre ti.

—No sé si eso debería preocuparme o halagarme —respondí, ajustándome la toalla.

Miguel se detuvo a mi lado. Se había despojado de la camisa y solo llevaba una toalla enredada a la cintura, luciendo una seguridad que me resultaba magnética.

—¿Estás bien? —me preguntó al oído, mientras los demás hablaban al mismo tiempo.

—Sí —asentí, buscándolo con la mirada—. Me imagino que ya todos vieron el anillo, porque nadie me ha preguntado nada —anuncié, captando la atención del grupo.

—¡Yo lo he visto como doscientas veces! —exclamó Ariela.

—Pero no lo he visto en ti, corazón. Enséñame —pidió mi abuela tomando mi mano. Vi cómo sus ojos se empañaban por un segundo; supe que en ese instante estaba pensando en mi padre.

—Muchachos, váyanse a cambiar —intervino Karina—. En veinte minutos el chef Diego nos tiene preparada una cena especial para la ocasión.

Miguel me escoltó hasta mi camarote y se detuvo en el umbral.

—Me encantaría entrar a bañarme contigo —confesó con una chispa de picardía en los ojos—. Pero sospecho que no sería una buena idea ahora mismo.

—Yo también lo sospecho. Anda, vete a bañar y no te tardes.

Diego había hecho magia en la cocina, como de costumbre, aunque aquella noche apenas probé bocado.

En mi estómago no cabían la comida y la felicidad al mismo tiempo.

La conversación fluía ligera alrededor de la mesa: Ariela relataba anécdotas de la infancia de Miguel que él intentaba censurar cada treinta segundos; Fredy reía con ganas y mi abuela mantenía esa sonrisa tranquila de quien sabe que todas las piezas del universo han encajado.

Yo solo escuchaba, manteniendo la mano izquierda sobre la mesa con una elegancia involuntaria, como si el anillo necesitara respirar. Fue entonces cuando Miguel carraspeó, reclamando la atención de todos.

—Hay algo que quiero hacer antes de que sigamos —dijo, con una solemnidad que apagó los murmullos de inmediato.

Se puso de pie y miró primero a mi abuela.

—Doña Conchita, Fredy —empezó, con esa voz firme que usaba cuando algo le calaba hondo—.

Sé que no soy el hombre más fácil de querer.

Sé que mi trabajo ha complicado las cosas y que, probablemente, hay razones de sobra para no confiarme a Cristina.

—Hizo una breve pausa—. Pero les juro que no habrá nadie en este mundo que la cuide como yo. ¿Me dan su bendición?

Mi abuela lo observó durante un silencio largo, uno de esos que ella utilizaba para leerle el alma a la gente.

—Muchacho —dijo al fin, con una calma absoluta—, te la di hace tres semanas, en cuanto te conocí. Pero me alegra que finalmente hayas decidido hacer las cosas como es debido.

Las carcajadas estallaron en la mesa. Yo me quedé con la boca abierta, procesando sus palabras.

—¿Tres semanas?

Miguel se sentó, visiblemente aliviado, y buscó mi mano por debajo de la mesa.

—¿Cuántas cosas más has planeado a mis espaldas? —le susurré.

—Solo una más —respondió, sin apartar sus ojos de los míos—. La boda es mañana.

El silencio que siguió duró exactamente dos segundos. Después, el caos.

Ariela y Karina comenzaron a hablar atropelladamente sobre maquillaje, peinados y vestidos; Fredy acribillaba a Miguel con preguntas técnicas y mi abuela simplemente cerró los ojos, como atesorando el momento.

Yo me quedé allí, con el tenedor suspendido y el corazón en la garganta, mirando al hombre que había reorganizado mi universo entero sin pedirme permiso.

—Con permiso —dije, dejando la servilleta sobre la mesa—. Necesito aire.

Caminé hasta la proa y me sujeté de la barandilla. Dejé que la brisa nocturna jugara con mi pelo, intentando aclarar mis pensamientos. Todo era demasiado perfecto, como un sueño lúcido, pero me molestaba sentir que el guion lo escribía alguien más.

Escuché sus pasos acercándose.

—Sabes cuántas veces he imaginado esta imagen… —murmuró—. Miles son pocas.

Se acomodó detrás de mí, cubriéndome con su cuerpo y entrelazando sus manos con las mías sobre el metal. Encajábamos a la perfección, como si estuviéramos diseñados el uno para el otro.

Suspiré, tratando de no ceder tan rápido.

—¿Por qué tiene que ser tan pronto? Hay tantas cosas que me gustaría planear y organizar por mi cuenta.

—Lo sé. Entiendo que la ilusión de toda mujer es organizar su boda.

—La mía nunca lo fue —lo interrumpí de golpe—. No es eso, Miguel. Lo que no me gusta es que decidan por mí… ni siquiera tú.

Solté aquello por fin. Era el núcleo de mi molestia: esa seguridad suya de que yo simplemente me dejaría llevar por su corriente.

—Quiero que me escuches hasta el final y luego tú decides, ¿de acuerdo? —pidió.

Asentí y me giré para quedar cara a cara. El enojo seguía ahí, latente.

—Por mí, podemos casarnos en un año, en dos o en cinco. En Acapulco, en el rancho o en Las Vegas. Lo único que no estoy dispuesto a hacer… es volver a separarme de ti. Todo lo demás lo decidiremos juntos.

No respondí de inmediato. Solo asentí despacio, procesando su entrega.

—No quiero volver a sentirte cerca solo a través de una foto en mi celular —continuó él.

—Imagínate yo, que solo tenía tu foto de perfil de WhatsApp —reí, y él aprovechó para robarme un beso.

Me estrechó entre sus brazos, pero no apartó la mirada.

—Lo único que no había podido solucionar en estas semanas era que Fredy estuviera legalmente contigo.

Me quedé helada.

—¿A qué te refieres?

—El día que internaron a tu madre, yo llegué con Juan Camilo y hablé con Fredy.

—No te vi… —intenté recordar aquel día caótico.

—Estaba cumpliendo nuestro acuerdo de no acercarme a ti, pero Fredy me comentó que el juez te estaba poniendo trabas para la custodia porque no estabas casada.

Una sensación inexplicable comenzó a llenarme el pecho y a subir por mi garganta.

—Lo corroboré con Juan Camilo y de ahí surgió está loca idea. En mi cabeza no sonaba tan mal, perdóname —dijo él, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas de nuevo—. Pero no quiero que pienses que me caso contigo por eso. Si no quieres, no nos casamos mañana y…

—Shh… —puse un dedo sobre sus labios para callarlo—. En el atardecer, sobre la tabla, creí que había llegado al límite de lo que podía amarte. Pero ahora… no sé cómo explicarlo. Te amo más allá de lo comprensible, Miguel.

No me dejó terminar. Me abrazó y me levantó en el aire, haciéndome girar.

Me aferré a su cuello, riendo y llorando al mismo tiempo.

—Y yo te amo a ti, Cristina.

Nos besamos con una certeza nueva: la de saber que estábamos fundando una vida juntos.

—Debemos mejorar nuestra comunicación, y me incluyo en eso, Miguel —le dije mientras caminábamos de regreso con el resto de la familia.

—Estoy de acuerdo, mi reina. Vamos a tener que aprender eso y muchas cosas más —admitió con una sonrisa—. ¿Quieres que te explique lo de la boda de mañana?

—No. Sorpréndeme, confío en ti.