Marea PLEAMAR #8
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PLEAMAR #8

Ahora estábamos los dos en el helicóptero rumbo a Acapulco.

Con los audífonos puestos y la Ciudad de México achicándose bajo nosotros, Cristina permanecía en silencio.

Estaba seria, sentada frente a mí, sin quitarme la vista de encima.

Sabía lo que eso significaba: estaba procesando la información, y en cuanto terminara, vendría el interrogatorio.

Solo pedía que todo siguiera el plan. Había demasiada gente involucrada y esa sensación de perder el control era algo que, por mi formación, nunca me había gustado.

—¿Estás cómoda? —le pregunté por el intercomunicador para romper el hielo.

—Sí, solo tengo un poco de calor. Me voy a quitar el saco.

Se despojó de la prenda con movimientos lentos y la acomodó sobre sus piernas. Vi cómo sus dedos acariciaban el broche en la solapa.

—Gracias por el detalle —dijo, y su voz me llegó nítida al oído a través de los auriculares.

—Estaba entre una ballena o una medusa —respondí. Ella sonrió de lado; íbamos por buen camino.

—Pues ahora mismo me siento más como una medusa: arrastrada por una corriente sin rumbo.

Cruzó los brazos y giró la cabeza hacia la ventanilla. Creo que celebré mi pequeña victoria demasiado rápido.

—Sé que no es el momento —habló después de un rato, señalando con la mirada al piloto y al copiloto—, pero espero que después de la visita podamos hablar. Teníamos un trato que no estamos cumpliendo, Miguel.

Vi cómo cerraba los ojos un segundo, como si estuviera contando hasta diez por dentro.

—Cuando lleguemos te explicaré todo —le aseguré antes de que pudiera replicar—. Te lo prometo.

Me miró de soslayo con una expresión que mezclaba el enojo con algo que se parecía mucho a las ganas de refutarme.

Era exactamente eso lo que me había enamorado de ella desde el principio.

Volteé hacia la ventana antes de que se me notara demasiado la sonrisa.

Abajo, el verde de las montañas empezaba a ceder ante la inmensidad del Pacífico.

Acapulco estaba a menos de diez minutos.

Me llevé la mano al bolsillo interior del uniforme solo para confirmar que seguía ahí. Respiré hondo. Primero lo importante; lo demás, ella lo decidiría.

Llegamos al catamarán, anclado en Playuela, a bordo de una lancha de la Marina. Nos acompañaba un oficial como parte del protocolo de seguridad para Julián y su familia. Luis ya nos esperaba en la plataforma para ayudarnos a desembarcar.

—Buenas tardes, señorita. Capitán, bienvenido.

—Gracias, Luis —respondí—. El capitán y el oficial están aquí para hablar con Teo. Avísale y pídele que esté en la mejor disposición.

—Claro que sí. ¿Le ofrezco un suero, señorita?

—Sí, por favor, llévalo a mi estudio.

—Señorita —añadió Luis con una naturalidad ensayada—, la temperatura del agua está extraordinaria. Si quiere, le preparo la moto o la tabla, ¿qué le parece?

—Suena tentador, Luis. Muchas gracias.

Ella se volvió hacia mí, dirigiéndome la palabra por primera vez desde que bajamos del helicóptero.

—¿Se va a tardar mucho con el oficial, capitán, o me da tiempo de dar una vuelta?

—Por supuesto, tiene tiempo de sobra para refrescarse —respondí, manteniendo el tono profesional.

—Gracias. —dijo y desapareció hacia su camarote.

Luis se acercó a mí con discreción.

—¿Cómo estuve, capitán? —susurró con una sonrisa contenida.

—Hasta ahora, has sido el mejor —le dije en voz baja—, pero hay que darnos prisa. ¿Y los demás?

—Todos en sus puestos, señor.

—Perfecto. Voy a cambiarme.

Diez minutos después, Cristina subió a cubierta con un traje de baño rojo y un pareo anudado a la cintura.

Luis la recibió con el suero; ella le dio un trago largo y lo dejó sobre la mesa.

Yo observaba la escena desde la plataforma, ya cambiado con el uniforme de la tripulación del Marea, sosteniendo la tabla y el remo.

Venía distraída, acomodándose el traje y recogiéndose el cabello en un moño alto. No me reconoció de inmediato. Los nervios hacían que me sudara todo el cuerpo.

—Gracias —dijo, estirando la mano para tomar el remo.

No lo solté. Fue entonces cuando levantó la vista y se encontró conmigo. Dio un pequeño paso atrás por la sorpresa, pero alcancé a sostenerla por el brazo.

—Ya te tengo —murmuré.

—¿Qué haces aquí? —giró la cabeza buscando a Luis, pero en la plataforma no había nadie más.

—Tenemos que hablar —mi voz no salió tan firme como había imaginado—. Y qué mejor que en el mar, donde nadie pueda interrumpirnos.

—Está bien —accedió finalmente.

Coloqué la tabla en el agua y la ayudé a subir.

Con el corazón a mil por hora, logré equilibrarme detrás de ella y empecé a remar alejándonos del catamarán.

Cristina iba sentada al frente. El silencio se instaló entre nosotros, roto solo por el rítmico chapoteo del remo y el graznido de alguna gaviota.

La brisa de la tarde jugaba un poco en mi contra, como casi todo desde que la conocí, pero allí estábamos.

Según mi reloj, tenía exactamente cuarenta y cuatro minutos antes de que el sol se ocultara. Me senté sobre la tabla, dejando que las piernas colgaran en el agua, lo que provocó un leve balanceo.

—Cris… —noté que su respiración estaba alterada—. ¿Puedes voltearte? Necesito hablar contigo de frente.

—No quiero. Te pedí que no me buscaras, Miguel. Precisamente porque no debo estar cerca de ti. No puedo… —se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar.

La rodeé con mis brazos desde atrás, pegando su espalda a mi pecho.

—Tranquila. Necesito que me escuches, por favor.

—No me vas a convencer. Tú no lo entiendes… no podemos estar juntos.

La maldita amenaza. Había imaginado este momento mucho más romántico, pero la verdad urgía.

—Escúchame y luego tú decides —le dije al oído—. Te juro que si, al terminar, me pides que no vuelva a buscarte, lo cumpliré. Pero quiero que me lo digas viéndome a los ojos, no por un mensaje de texto, ni por una carta, ni porque alguien te amenazó.

Sentí cómo su cuerpo se tensaba bajo mis brazos.

—Pero ¿cómo lo sabes?

—¿Tenemos un trato?

—Sí.

Poco a poco se giró hasta quedar frente a mí. Se acomodó doblando las piernas, estableciendo una distancia de seguridad. Me partía el alma verla llorar, y más sabiendo que era por culpa de ese imbécil.

—Sé lo de la amenaza que te hizo Alfredo en el rancho, y lo de tu mamá —solté.

—¿Cómo? No se lo he dicho a nadie. Jamás.

—Pío alcanzó a escuchar algo —respondí—. Y gracias a eso encontramos la grabación del hospital.

Sus ojos se abrieron de par en par y se enderezó instintivamente.

—Te admiro porque tu ética fue más grande que tu egoísmo —añadí con sinceridad. Yo no podía decir lo mismo de mí—. No quiero entrar en detalles técnicos ahora porque no quiero arruinar este momento. Solo quiero que sepas que eso ya está resuelto. Alfredo no volverá a tocarte.

—Pero Miguel, ellos siempre serán mi familia, mi pasado. Y tú, con tu trabajo, podrías volver a cruzarte con ellos. Es demasiado complicado.

—Ven aquí —la atraje hacia mí hasta tenerla de nuevo entre mis brazos, obligándola a mirarme—. Ayer le presenté mi renuncia a Julián.

—¿Qué? No puedes hacerlo por mí, no es justo.

—No lo hago solo por ti —negué con la cabeza—. Lo hago por mí, porque no me gusta la persona en la que me estaba convirtiendo en ese puesto.

—¿Y por qué estabas hoy en el Senado? No entiendo nada.

—Por ti, mi reina.

No aguanté más y busqué su boca. Mis manos enmarcaron su rostro, obligándola a quedarse quieta un segundo antes de que nuestros labios se encontraran.

El contacto fue lento, casi precavido, como si ambos necesitáramos confirmar que aquello no era un sueño.

Sentí sus dedos cerrarse sobre mis muñecas, no para apartarme, sino para aferrarse a mí.

La tabla se balanceó peligrosamente mientras el mar hacía lo que mejor sabía hacer: sostenernos.

Nos separamos apenas unos centímetros, con la respiración agitada.

—Lo había imaginado más fácil —confesé.

—¿El qué? —preguntó ella, confundida.

—Ponte de pie en la tabla un momento, por favor.

Se puso de rodillas y luego se levantó, apoyándose en mis hombros para no caer.

—Perfecto. Ahora mantén el equilibrio.

Logré hincarme y poner un pie sobre la superficie inestable.

—Los dos de pie es imposible, Miguel. No entiendo qué pretendes.

—¿Confías en mí?

—¿De verdad quieres que te conteste a eso?

—Solo quiero que me contestes… si quieres casarte conmigo.

Abrí la mano izquierda. Allí, entre mis dedos, brillaba el anillo.

Cristina se llevó las manos a la boca, perdiendo el equilibrio por un segundo; lo recuperó aferrándose de nuevo a mis hombros.

Las lágrimas brotaron de nuevo, pero esta vez supe que eran de felicidad.

No había dicho una palabra, pero su sonrisa lo decía todo.

—Me has dejado sin palabras…

—Solo necesito una —sonreí—. La que me permita ponértelo.

—Sí. Sí, claro que acepto.

Extendió la mano y deslicé el anillo en su dedo.

Jamás olvidaré la sensación que recorrió mi cuerpo al ver su rostro en ese instante.

Quería memorizar cada detalle de ese segundo para siempre.

Con cuidado, tomé su mano y besé el lugar donde ahora brillaba el metal, ayudándola a arrodillarse frente a mí.

—Mi reina… —susurré, limpiando sus lágrimas con mis pulgares.

Ella apoyó las manos en mi pecho, sobre la camisa que llevaba el logo del Marea bordado, y clavó la vista en el anillo. Los últimos rayos del sol se reflejaban en la piedra.

—Es hermoso, gracias.

Había elegido un diamante engarzado entre zafiros.

—Tu abuela me recomendó la joyería, pero el diseño es mío.

—¡Lo sabía! —exclamó, dándome un empujón juguetón que nos hizo perder el equilibrio definitivamente.

Ambos caímos al mar entre risas. Salí a la superficie rápidamente para sujetar la tabla y que la corriente no se la llevara. Cristina nadaba a mi lado.

—¿Quieres que me suba primero para ayudarte? —le pregunté.