PLEAMAR #7
—Tenemos que estar ahí a más tardar a las ocho —anunció, con el tono solemne de quien dicta la hora de una misa.
Las maquillistas llegaron puntuales a las seis y comenzaron su magia.
—Ayúdenme con estas ojeras, por favor —les pedí, hundiéndome en la silla.
—Esta carita, más que cansancio, lo que tiene es mal de amor —sentenció la maquillista mientras cubría las sombras bajo mis ojos.
Me quedé en silencio; se me notaba demasiado. No saber nada de Miguel me estaba volviendo loca, pero mi orgullo era un muro que me impedía escribirle.
Estaba en el vestíbulo esperando a que mi abuela bajara cuando el chofer entró con un arreglo de orquídeas blancas y una pequeña caja en la mano.
—Es para usted, señorita. Lo acaban de traer.
Las flores eran preciosas, pero fue la caja de terciopelo azul marino la que me hizo contener el aliento.
La abrí. Dentro descansaba un broche de ballena en oro blanco: una silueta limpia y moderna, recubierta por decenas de zafiros diminutos en distintos tonos de azul.
Cuando lo acerqué a la solapa de mi saco azul cielo, la ballena pareció cobrar vida, nadando sobre la tela.
Saqué la tarjeta del sobre; solo tenía una frase escrita a mano: «Todo va a estar bien».
El recuerdo del sueño de mi padre cruzó mi mente por un instante, pero me pareció una coincidencia imposible.
De inmediato, las palabras de Miguel en el camarote susurraron en mi oído.
No quería hacerme ilusiones, así que, sin darle más vueltas, me prendí el broche y decidí que el ánimo misterioso me serviría de armadura.
Salimos cinco minutos después. Mi abuela vio el broche, pero no hizo un solo comentario.
Para las ocho de la mañana, con el maquillaje intacto, el pelo recogido y la ballena brillando a la altura del corazón, subía las escalinatas del Senado flanqueada por mi abuela y Piero.
Intentaba convencer a mis piernas de que no flaquearan; había dado conferencias y exposiciones a lo largo de mi carrera, pero siempre ante personas apasionadas por el tema.
Hoy era diferente. Debía crear conciencia sobre la protección de las rutas migratorias ante las personas que representaban el rumbo de nuestro país.
Sabía que el nuevo secretario de Medio Ambiente estaría presente tras el escándalo de su predecesor.
El murmullo en el salón se fue apagando hasta convertirse en un zumbido contenido.
Senadores, asesores y cámaras apuntaban hacia el frente.
Yo mantenía las manos entrelazadas sobre la carpeta, intentando ocultar lo mucho que me sudaban.
—Damas y caballeros —la voz del presidente de la Mesa Directiva retumbó en las bocinas—, les pedimos ponerse de pie para recibir al ciudadano Presidente de la República y a su esposa.
Las bancadas se levantaron al unísono, un movimiento sincronizado de sillas y telas.
Sentí el peso de la ballena en mi solapa al ponerme de pie.
Las puertas del fondo se abrieron; primero entró una marea de fotógrafos y luego la pareja presidencial, saludando con esa sonrisa perfectamente entrenada.
Detrás, la comitiva: secretarios, escoltas y militares.
Y entonces lo distinguí.
Miguel caminaba a un lado del jefe de la escolta, con el uniforme impecable y la mirada fija al frente.
Por un segundo, el ruido del recinto se volvió sordo; solo escuché mis propios latidos golpeando justo debajo del broche.
Sus ojos barrieron el salón en un recorrido profesional hasta que se detuvieron en los míos.
Fue un instante fugaz: un destello de sorpresa, una mirada rápida hacia mi solapa y de nuevo la vista al frente, como si nada hubiera pasado.
Tuve que recordarme cómo respirar. Mientras el presidente Julián y su esposa avanzaban hacia el estrado, sentí que mis rodillas amenazaban con doblarse.
Me obligué a seguir el protocolo: aplaudí cuando todos aplaudieron y me senté cuando todos se sentaron, ignorando el hecho de que un pedazo de mi alma estaba parado a tres metros de donde yo iba a alzar la voz.
Cuando oí mi nombre, no dudé. Sentí que me había preparado para ese momento toda mi vida.
Me puse de pie y mis ojos se cruzaron un instante con la mirada de Miguel, que ahora me observaba sin disimulo.
Di el primer paso hacia las escaleras; él se adelantó desde su lugar y extendió la mano, ofreciéndome apoyo para subir.
La tomé. No porque me faltara el equilibrio, sino porque necesitaba tocarlo para convencerme de que era real.
El contacto provocó que mi corazón se acelerara sin remedio.
—Veo que te gustó —murmuró. Su mirada bajó hacia el broche. El regalo era suyo.
—Gracias —alcancé a decir.
Terminé de subir con la carpeta apretada contra el pecho y la ballena brillando en mi solapa, repitiéndome la frase de la tarjeta como un mantra: todo va a estar bien. Me acerqué al micrófono y dejé que la pasión tomara el control.
—Muchas ballenas se están adaptando como pueden a un océano que cambia demasiado rápido —comencé—. Cambian su dieta, comparten recursos y cooperan para sobrevivir. Aun así, no pueden hacerlo solas…
A partir de ahí, las horas de mar, los datos y las historias de campo fluyeron con una elocuencia que me sorprendió. Hablé de las amenazas humanas y de cómo cuidar a estos gigantes es, en realidad, apostar por un planeta que todavía puede sanar.
—Las ballenas no son solo parte del océano —concluí— también son parte de la solución.
Los aplausos tardaron un segundo en llegar, como si el recinto necesitara digerir mis palabras. Luego, el estruendo creció hasta volverse envolvente. Vi a Piero de pie, aplaudiendo con orgullo, y a mi abuela con esa expresión neutra que solo se suavizaba en el brillo de sus ojos.
Al bajar de la tribuna, una asistente se inclinó hacia mí.
—Bióloga Sánchez, el señor Presidente y su esposa desean saludarlos en privado al terminar el evento.
Sentí que el estómago se me encogía de nuevo. Miré a mi abuela; ella asintió como si lo hubiera previsto todo. Seguimos a la asistente hacia una puerta lateral. No necesité voltear para saber que, detrás de mí, un par de ojos uniformados custodiaban cada uno de mis pasos.
Entramos en un salón protocolario amplio, decorado con muebles de caoba y obras de arte.
Nos sentamos a esperar hasta que las puertas dobles se abrieron.
Entraron dos elementos de seguridad, seguidos por el presidente Julián, su esposa Paty y Miguel.
Los dos primeros conversaban animados; Miguel solo asentía con esa seriedad gélida que reservaba para su trabajo.
Nos levantamos para recibirlos.
—Por fin conozco a la famosa Cristina —dijo el presidente, estrechando mi mano—. ¡Me ha sorprendido enormemente la importancia de las ballenas, nunca lo imaginé!
—Gracias, señor presidente —respondí, sintiendo cómo el rubor subía a mis mejillas.
—Doña Conchita, es un gusto saludarla —prosiguió él.
—El gusto es mío —contestó mi abuela con su habitual elegancia.
—Él es Piero, compañero de Cristina en el proyecto —intervino Miguel. Era la primera vez que se dirigía a mí en la sala.
—Yo soy Paty —interrumpió la esposa del presidente, rompiendo toda formalidad—. Conmigo no hay protocolos.
Saludó a Piero de mano, a mi abuela de beso y a mí me rodeó con un abrazo cálido.
—Moría de ganas de conocerte después de todo lo que Mike me ha platicado de ti —me susurró al oído, solo para que yo la escuchara.
—Gracias —atiné a decir, atónita.
Mientras Paty charlaba con mi abuela sobre sus libros y el presidente interrogaba a Piero sobre el proyecto, Miguel se situó a mi lado. Mi cuerpo reaccionó instantáneamente a su cercanía. Se inclinó y, muy cerca de mi oído, susurró:
—Estás preciosa.
No contesté. Me giré y mis ojos se encontraron con ese azul profundo que me había hipnotizado tantas veces, pero había algo nuevo en su mirada que no lograba descifrar.
—¿Verdad, Mike? —la voz de Paty nos devolvió a la conversación general.
—Perdón, Paty, no escuché. Aprovecho para saludarla, Doña Conchita —se movió hacia mi abuela con una soltura que me dejó helada.
—Ay, muchacho, tú siempre tan guapo. Ese uniforme te sienta de maravilla; ahora entiendo todo —comentó mi abuela.
Me quedé petrificada. ¿Mi abuela y Miguel se conocían? El rompecabezas no cuadraba.
—Cristina —Julián se dirigió a mí—, nosotros también queremos conocer el Marea y ver dónde se lleva a cabo la investigación.
—Claro que sí, cuando guste. Ahora mismo estamos atracados en Acapulco.
—Dime Julián, por favor, que estamos en confianza. Además, vamos a ser…
—¡Me parece increíble! —lo interrumpió Paty, colgándose de su brazo—. Mañana mismo podríamos ir para que nos acompañen los niños. ¿Cómo ven?
—Perfecto —asintió Julián—. Miguel, adelántate con Cristina a Acapulco en el helicóptero para que organicen todo. Doña Conchita, ¿le parece si mañana se une a nosotros temprano en el helicóptero presidencial?
—Me parece más que perfecto —respondió mi abuela sin vacilar.
Los miré a todos, procesando la velocidad de los eventos. ¿Era una coincidencia o estaba presenciando una puesta en escena perfectamente ejecutada?
Miguel
Menos mal que Julián era político y no actor; como actor se habría muerto de hambre.
«Vamos a ser...», había empezado a decir, como si estuviera a punto de soltar el discurso completo frente a toda la prensa y los invitados.
Paty lo había salvado, como siempre, manteniendo el daño en el límite de lo controlable.
En ese momento me di cuenta de que mi plan, tan meticulosamente trazado en el papel, estaba empezando a desmoronarse en la práctica.
Cristina me dedicó una de esas miradas cargadas de sospecha que yo conocía demasiado bien.
Tuve que sostenerle el contacto visual sin parpadear, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no soltar una carcajada ante el comentario de Doña Conchita.
Al final, contra todo pronóstico, la primera fase había salido bien.