Marea PLEAMAR #6
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PLEAMAR #6

Abrí el expediente. Fotografías, listados, cruces de información. Recorrí cada hoja con una atención casi obsesiva. No buscaba pruebas contra el secretario; buscaba una ausencia. Buscaba un nombre que no apareciera: el de Cristina.

Pasé una página más. Y otra. Nada. Sentí cómo algo en mi pecho se liberaba, aunque fuera solo un poco.

—¿Algo relevante, señor? —preguntó Montor.

—No —negué, cerrando la carpeta con una calma ensayada.

Pero importaba. Importaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Porque si su nombre no figuraba allí, si no había rastro de ella en nada de lo que habíamos asegurado, entonces, al menos en ese aspecto, estaba a salvo.

Me recargué en el respaldo de la silla por primera vez en horas.

El operativo había concluido. El funcionario estaba detenido y Alfredo contenido.

Todo estaba bajo control, excepto una cosa.

Saqué el celular y busqué su nombre por inercia.

Sin mensajes, sin llamadas, nada… ella también había cumplido su parte: no me buscó.

Pero aquel silencio no hacía que la distancia fuera más fácil de sobrellevar.

Apagué la pantalla. Todavía no era el momento.

Primero debía asegurarme de que nada ni nadie pudiera alcanzarla.

Después… después vería si aún tenía el derecho de volver a buscarla.

Días después, con las aguas más tranquilas —si es que se le podía llamar así al caos de ruedas de prensa y declaraciones oficiales sobre la detención del gabinete—, recordé que yo también tenía un asunto pendiente: mi propia situación legal.

En el expediente era casi un trámite, pero para mí significaba cerrar un capítulo oscuro. Tenía una cita con Juan Camilo en su despacho; desde que empezó a llevar mi caso, nos habíamos vuelto buenos amigos. Confiaba en él y en su madre.

—Adelante, Miguel, pasa —dijo Juan Camilo, levantándose de su escritorio para saludarme.

—Gracias. Perdona que no haya venido antes, pero ya te imaginarás cómo han estado las cosas.

—No te preocupes —sonrió de lado—. Pero es fundamental que pongamos fin a esto y limpiemos tu nombre de una vez por todas.

Hicimos un repaso rápido de los tiempos y los oficios que faltaban. Era la parte sencilla: fechas, firmas y artículos legales. Nada de eso se sentía tan pesado como las decisiones que llevaba semanas tomando. Habíamos terminado cuando su celular vibró sobre la mesa de forma insistente.

—Discúlpame, tengo que contestar —dijo, mirando la pantalla—. Es Cristina.

Sentí el nombre como un golpe directo al estómago, pero disimulé el impacto. Me incliné sobre el expediente, fingiendo un interés repentino por una cláusula cualquiera.

—Hola, Cristina, ¿todo bien? —contestó él—. ¿Qué pasa?

Su voz cambió al instante. Se volvió tensa, más baja. Aunque no escuchaba con claridad lo que ella decía, alcancé a captar fragmentos que me pusieron en alerta máxima: Fredy, rompiendo cosas, legalmente. Tragué saliva. La sala de juntas pareció encogerse a mi alrededor.

—Tranquila, yo me encargo —dijo Juan Camilo.

La desesperación y la impotencia se apoderaron de mí. En ese momento, deseé con todas mis fuerzas ser yo la persona a la que ella recurriera.

—Yo voy al departamento ahora mismo y mando a Víctor al Ministerio Público para solicitar una medida provisional. Hoy mismo —remató él antes de colgar.

«Medida provisional». «Departamento». «Fredy encerrado». El mapa se dibujó con cruel nitidez en mi cabeza: violencia en casa y el hermano de Cristina atrapado en medio. Juan Camilo exhaló con pesadez.

—Perdón —dijo, volviendo la mirada hacia mí—. Se puso feo.

—¿Qué pasó? —pregunté, aunque ya sospechaba la mitad de la historia.

—La mamá de Fredy tuvo un episodio psicótico fuerte —resumió—. Está fuera de sí, rompiendo todo. Él está encerrado en su cuarto. Cristina viene hacia acá, pero tengo que ir a ayudarlo; necesito gestionar la custodia temporal de inmediato.

Asentí. El uniforme me pesó un poco más sobre los hombros.

—Voy contigo.

—No tienes por qué, Miguel…

—Van a necesitar a alguien que pueda valorar a la madre si está descompensada —lo corté con firmeza—. Alguien con autoridad que pueda certificar que el riesgo es real para que la medida proceda.

Nos miramos un segundo. Él entendió que no estaba pidiendo permiso, sino informando de mi decisión.

—Está bien —cedió—. Salimos ya.

Recogimos las carpetas a toda prisa. Mientras caminábamos por el pasillo hacia la salida, tuve la incómoda sensación de que, tras tantos operativos de alto impacto, la batalla más crucial de esos días se libraría en un departamento ordinario.

Y, aunque no lo admitiera, sabía que no iba solo por protocolo.

Iba porque, cada vez que algo se rompía en el mundo de Cristina, mi instinto me impedía seguir observándolo desde la distancia.

En el camino, escuché atento las instrucciones que Juan Camilo daba a sus abogados y a su madre, mientras yo le escribía a Montor —quien nos seguía de cerca— para que investigara lo que pudiera rescatar de la situación.

Llegamos al edificio al mismo tiempo que una patrulla y el abogado Víctor, que venía acompañado de un representante del Ministerio Público.

Subimos todos juntos; la denuncia por escándalo de algún vecino nos facilitó la entrada.

Liliana no abrió de inmediato, solo lo hizo cuando los oficiales amenazaron con derribar la puerta.

Cuando por fin cedió, me impactó verla. Había envejecido años en pocas semanas; tenía el rímel corrido y la mirada perdida.

El interior del departamento era un caos de objetos y cristales.

Dejé que los oficiales y médicos se hicieran cargo de ella y fui directo a buscar a Fredy.

De una de las habitaciones provenía una música suave. Toqué despacio.

—Fredy, ¿estás ahí? —No hubo respuesta. Volví a tocar—. Soy Miguel, el amigo de Cris. No sé si te acuerdes de mí.

Escuché pasos cautelosos y la puerta se abrió apenas unos centímetros.

—Hola —murmuró. Parecía más alto de lo que recordaba de Manzanillo, pero la tristeza en sus ojos me partió el alma—. ¿Puedo pasar? —Él asintió levemente con la cabeza—. No sé si me recuerdas, nos conocimos en el hospital.

—Sí me acuerdo. Y sé perfectamente quién eres; he oído mucho sobre ti —contestó con una sequedad que no supe descifrar entre la indiferencia y el sarcasmo.

—Cris ya viene en camino por ti.

Él se encogió de hombros, como si la esperanza fuera un lujo que no podía permitirse.

—De nada sirve que venga. Mientras no esté casada, no podré vivir con ella. Eso dijo el juez.

—Pero Juan Camilo y su mamá están haciendo todo lo posible para ayudarlos.

—Mi mamá dice que Cris nunca se va a casar porque nadie la quiere —soltó él con una amargura impropia de su edad.

Sentí una descarga eléctrica recorriéndome la columna. Respiré hondo, conteniendo la rabia contra las palabras de Liliana, y solté el aire despacio.

—Te voy a decir un secreto, Fredy —él asintió con curiosidad—. Yo amo a tu hermana. Y daría todo lo que soy por ser su esposo.

Era la primera vez que lo decía en voz alta a alguien, y sentí que aquel era el momento de empezar a luchar por ese futuro. Los ojos de Fredy se agrandaron; reconocí en ellos la misma expresión de asombro que solía ver en Cristina.

—¿Me das permiso de casarme con ella? —pregunté.

Sus ojos se iluminaron de inmediato.

—¡Sí, sí!

—Perfecto. Pero vamos a hacer un trato: tú vas a ser mi cómplice. Guárdame el secreto mientras organizo todo para pedírselo formalmente.

—No diré nada —prometió con solemnidad.

—Aunque la última palabra la tiene ella, ¿eh? Cabe la posibilidad de que me diga que no —confesé, exponiendo mi mayor temor ante un niño de trece años.

—¡Va a decir que sí, Miguel! Ella te quiere, aunque crea que nadie se da cuenta. En el Marea todos hablan de ustedes.

Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro.

—Vamos a hacer una cosa: recoge tus cosas para que estés listo cuando llegue Cris. Yo voy a ver cómo puedo ayudar a que atiendan a tu mamá, ¿de acuerdo?

—Sí, Miguel… perdón, capitán.

—Dime Miguel. Somos amigos y estamos juntos en esta misión —levanté la mano y chocamos los puños—. Anota mi número para cualquier cosa que necesites.

En la sala, el clímax del caos ya había pasado. La ambulancia se escuchaba cada vez más cerca.

—¿Necesitas que haga la evaluación médica? —le pregunté a Juan Camilo en voz baja.

—No por ahora —respondió tras pensarlo—. Dejaremos que los paramédicos del Ministerio Público hagan la primera valoración. Si la situación escala o se resiste al traslado, entonces intervendrás tú.

Asentí. Tenía sentido; no quería convertir aquello en un espectáculo innecesario de uniformes.

—Estaré abajo para lo que necesiten.

—Gracias, Miguel.

Bajé al coche y abrí la puerta del copiloto. Montor ya estaba trabajando en su tableta.

—Ya tengo la información que me pidió, señor —me pasó el dispositivo.

Comencé a leer y confirmé que el niño no mentía. Una idea, quizá la menos coherente de mi carrera, pero la más necesaria de mi vida, empezó a tomar forma en mi cabeza. Tenía que arriesgarme. Para ello necesitaba aliados, y la primera estaba sentada a mi lado.

—Lisa, hay algo personal en lo que necesito que me ayudes… —ella dejó lo que estaba haciendo y me prestó toda su atención—. Escúchame bien, porque la idea apenas se está gestando.

Pasé las siguientes horas hilvanando el plan y moviendo los contactos necesarios. No me moví de aquel lugar hasta que vi a Cristina entrar al edificio y, poco después, los vi salir a todos, finalmente a salvo.

Cristina

A las cinco y media de la mañana, mi abuela entró en mi habitación con un café en una mano y mi té en la otra.

Yo no había pegado el ojo; Piero había llegado de Acapulco apenas el día anterior y terminamos de pulir la presentación a altas horas de la madrugada.

Por fortuna, mi abuela lo tenía todo resuelto: los trajes colgaban impecables en el vestidor, los zapatos estaban listos y sobre la mesa reposaba una carpeta con el programa de la sesión del Senado.