PLEAMAR #5
—Busco un vuelo o llamo al chofer —reaccionó él en automático—. Nos vamos los dos.
Mientras cerraba la maleta y guardaba mi computadora, marqué el número de Camille, pero me mandó directo a buzón. Recurrí a mi segunda opción; contestó al primer tono.
—Hola, Cristina. ¿Todo bien?
—Juan Camilo, necesito tu ayuda.
—¿Qué ocurre?
—Es Fredy —resumí la situación lo más rápido que pude—. Mi mamá está sufriendo un episodio terrible; está rompiendo cosas y él está encerrado. Vamos para allá ahora mismo, pero necesito saber qué hacer legalmente.
Se hizo un silencio de pocos segundos al otro lado de la línea; se escuchaban voces de fondo.
—Tranquila, yo me encargo —sentenció—. Ustedes salgan de Acapulco cuanto antes, pero conduzcan con calma. Yo iré al departamento ahora mismo y enviaré a Víctor al Ministerio Público para solicitar una medida provisional.
—Quiero pedir la custodia temporal —dije sin rodeos—. Aunque sea mientras ella se somete a un tratamiento. No quiero que Fredy vuelva a pasar por esto jamás.
—Es posible —asintió—. Existe la guarda y custodia provisional y las medidas de protección urgentes, especialmente cuando hay violencia o riesgo para un menor. Tenemos que dejar constancia de lo que está viviendo.
Juan Pablo tomó mi maleta, dándome la señal de partida.
—Juan Camilo, salimos en este momento.
—Perfecto. Los veo en el departamento. Y Cris… graba los mensajes de voz que te mande Fredy, guarda capturas de lo que te escriba. Todo servirá ante el juez.
Asentí, tragando saliva. Antes de subir al coche, volví a marcarle a mi hermano.
—Fredy, ya voy en camino con Juan Pablo. Vamos a tardar unas horas, pero pronto estarás conmigo, ¿me oyes?
—Sí… —su voz sonaba un poco menos quebrada—. Solo no tardes mucho, por favor.
—Aguanta ahí. Si las cosas empeoran, llama al 911, pero mi amigo Juan Camilo ya va para allá. ¿Está claro?
—Está bien.
Colgué con el corazón en un puño. Mientras el coche devoraba la carretera rumbo a la capital, sentí que no solo huía de una tormenta: iba directo al ojo del huracán.
Pero esta vez no iba sola; tenía un plan.
Íbamos a lograr que la ley viera lo que ya era evidente: que Fredy necesitaba un lugar seguro y que yo estaba lista para dárselo.
Cuando llegamos, el pasillo del edificio me pareció eterno. La puerta del departamento estaba entreabierta. Al cruzar el umbral, el salón se reveló como un caos absoluto: fragmentos de vidrio salpicaban el piso, un cuadro colgaba torcido y una silla yacía volcada.
Liliana estaba recostada en el sillón, con la cabeza ladeada y los ojos entreabiertos, respirando con dificultad.
Una enfermera le ajustaba la mascarilla de oxígeno mientras un paramédico le tomaba la presión.
A un lado, un agente del Ministerio Público llenaba un formato sobre la mesa del comedor, entre manchas de café seco y cerámica rota.
Fredy estaba pegado a la pared del pasillo, rígido, con la mirada clavada en el suelo.
Juan Camilo permanecía a su lado, guardando una distancia respetuosa, como un centinela.
Cuando me vio, los ojos de mi hermano se inundaron de inmediato.
—Cris…
Corrí hacia él y lo envolví en un abrazo desesperado; sentí cómo todo su cuerpo temblaba.
—Ya estoy aquí —le susurré al oído—. Ya no estás solo.
El agente del MP se aclaró la garganta para llamar nuestra atención.
—Señorita Sánchez, ¿cierto? —señaló los documentos que sostenía—. Aquí tiene el acuerdo de medidas de protección y la autorización provisional para que el menor quede bajo su cuidado, mientras se resuelve la situación de la madre.
Asentí, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que la mano no me temblara al firmar.
—La señora Liliana será trasladada al hospital para una valoración psiquiátrica —añadió—. Existen antecedentes de episodios previos y, dada la gravedad de hoy, el médico determinó que no puede permanecer sola. Ya hemos dado aviso.
Miré a Juan Camilo buscando una confirmación más humana; él se limitó a asentir con la cabeza. Me acerqué a mi madre, dejando a Fredy bajo el cuidado de Juan Pablo. Me agaché frente a ella para hablarle en voz baja, sin intención de exhibirla, aunque apenas parecía reaccionar.
—Mamá —le dije con una calma que me sorprendió a mí misma—, te van a llevar a un hospital. No estás bien y allí te ayudarán a estabilizarte. Nosotros estaremos pendientes de ti.
Liliana parpadeó lentamente, como si mis palabras tuvieran que atravesar una neblina espesa para llegar a ella.
—No… me quiten… otra vez… a mi hijo… —la voz se le quebró en la última sílaba, y con ella, sentí el dolor de perder a mi madre una vez más.
—No te lo estamos quitando —respondí, conteniendo las lágrimas—. Lo estamos cuidando mientras tú te recuperas.
Me puse en pie y regresé con Fredy.
—¿Ya tienes tus cosas listas, campeón?
—Sí, ahí —señaló una maleta pequeña y su mochila.
Los paramédicos indicaron que era momento del traslado.
Entre ambos la ayudaron a incorporarse y la guiaron hacia la camilla en el pasillo.
El agente del MP los siguió con la carpeta bajo el brazo.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, el departamento quedó sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido del aire acondicionado.
—¿Nos podemos ir ya? —preguntó Fredy, apretando mi mano.
Juan Camilo se acercó con los documentos que yo acababa de firmar.
—Legalmente, sí. La guarda y custodia provisional es tuya, Cris. Él se va contigo esta noche. Después tendremos que comparecer ante el juez, pero por hoy está protegido.
Sentí el peso de aquellas palabras como un ancla y, al mismo tiempo, como un salvavidas.
—Entonces, nos vamos a casa —sentencié.
Fredy asintió. Antes de salir, lanzó una última mirada al departamento: el florero roto, la taza hecha añicos, el sillón vacío.
—¿Crees que se enoje mucho? —preguntó en voz baja.
Respiré hondo.
—Tal vez se enoje, sí. Pero también recibirá ayuda. Y tú vas a estar a salvo, que es lo único que importa.
Salimos los tres al pasillo. Mientras esperábamos el elevador, apreté contra mi pecho la carpeta de las medidas de protección. No sabía cómo sería el proceso legal ni cuánto duraría aquella provisionalidad, pero en ese momento lo único que importaba era que Fredy estaba a mi lado.
Al día siguiente, llegué temprano al despacho de Proal & Asociados. Sabíamos que debíamos actuar con rapidez.
—Ya te trajeron el té, Cris.
Camille entró en la oficina con una carpeta en una mano y un cigarrillo en la otra. Nunca dejaba de asombrarme cómo lograba lucir impecable a esas horas de la mañana.
—Gracias. Estaba revisando la carpeta que me diste —dije, señalando un párrafo que me había inquietado—. Aquí dice que debo estar casada. Que eso «demuestra estabilidad» para el niño. Como si nada de lo demás contara.
Desde el otro lado del escritorio, Camille soltó un suspiro.
—Cristina… los jueces exigen muchas cosas en el papel, pero la ley y la vida real no siempre caminan de la mano. Sí, hay jueces de la vieja escuela que se sienten más tranquilos viendo un acta de matrimonio, pero eso no es una verdad absoluta ni una condena.
—Pues aquí suena a que sí —murmuré—. A que, si no estoy casada, no tengo derecho a la custodia.
—No —respondió ella con firmeza—. El derecho a ser su tutora ya lo tienes.
Lo que no tienes es el formato que a ese juez en particular le agrada.
Y eso se puede pelear, se puede negociar o podemos buscar a otro juez.
Lo que no voy a permitir es que creas que vales menos por no tener un acta de matrimonio.
Guardé silencio, observando las conclusiones subrayadas en el documento.
—¿Y tú cómo lo hiciste? —pregunté con curiosidad—. ¿Cómo lograste criar a Juan Camilo sin… un padre?
La escuché reír con suavidad.
—Yo tomé una ruta distinta. Juan Camilo llegó por reproducción asistida porque yo elegí ser madre soltera. Nadie me esperaba en un altar, no había una foto de familia perfecta. Solo estábamos yo y mi deseo inamovible de ser madre. No fue fácil, pero no es imposible.
Por la noche, con el agotamiento del día pesando sobre mis hombros y lista para dormir, el sonido de una notificación rompió el silencio de mi habitación.
Era un correo electrónico dirigido al proyecto, con un asunto en mayúsculas que resultaba lo más institucional posible: INVITACIÓN A SESIÓN DE TRABAJO SENADO DE LA REPÚBLICA.
Abrí el mensaje.
«En el marco de la agenda global de medio ambiente de este gobierno, nos complace invitarla a la sesión de trabajo que se llevará a cabo en el recinto de la Cámara de Senadores…»
¡Piero! Fue lo primero que cruzó mi mente.
Miguel
El operativo en el Ajusco había salido mejor de lo que cualquiera se atrevía a decir en voz alta, demasiado limpio, demasiado preciso.
A las siete con doce minutos se ejecutaron las primeras órdenes.
Para cuando el sol terminó de alzarse sobre la ciudad, ya teníamos aseguradas las entradas, los dispositivos intervenidos y al secretario de Medio Ambiente sentado frente a nosotros, sin margen alguno para negociar.
Cuentas congeladas, servidores incautados y documentación asegurada.
Todo transcurrió en orden, como si hubiéramos ensayado cada movimiento durante meses. Y, en cierto modo, así había sido.
Las horas siguientes se desvanecieron entre reportes, firmas y llamadas que parecían no tener fin.
La tensión que había sostenido el operativo empezó a aflojarse poco a poco, como una cuerda que por fin dejaba de estar al límite.
Para el equipo, aquello era el cierre. Para mí, no lo era.
Había algo más que necesitaba confirmar personalmente.
—¿Ya terminaron de procesar el domicilio del Ajusco? —pregunté, sin levantar la vista del último informe.
—Sí, capitán —respondió Montor, deslizando una carpeta hacia mí—. Todo el material físico quedó inventariado. Lo digital sigue en análisis.