PLEAMAR #4
—Buenos días, secretario —me cuadré en cuanto apartó la vista de los documentos.
—Miguel, qué bueno que ya regresaste, muchacho. ¿Todo bien con la embarcación?
—Sí, todo en orden —respondí escuetamente. No quería decir mucho porque, quizás era mi paranoia, pero ya no confiaba en nadie.
—Aquí solo estamos esperando la confirmación de que aborden el vuelo. Ayer por la noche confirmaron que colocaron el dispositivo de rastreo y audio en su portafolio. Mandaron estos documentos que estaba revisando.
Tomé la carpeta y empecé a pasar las hojas. Estados de cuenta. Transferencias cruzadas. Empresas fantasmas. El nombre del secretario de Medio Ambiente aparecía lo suficiente como para no dejar margen de duda.
—Con esto ya no hay forma de que se escape —dije, cerrando la carpeta.
Él asintió. Pero algo no me terminaba de cuadrar. Un golpe seco interrumpió el silencio del cuarto; la puerta se abrió de golpe.
—Señor, nuestro infiltrado en la SSP acaba de activar una alerta —dijo el oficial—. Reportan un infarto del reo Alfredo Sánchez… y ya están pidiendo autorización para el protocolo de traslado.
Sentí cómo las piezas se acomodaban en mi cabeza. Demasiado rápido. Demasiado oportuno.
—¿A dónde lo trasladan? —pregunté.
—Al Hospital Central… la ambulancia ya va en camino.
Negué con la cabeza.
—No.
El secretario me miró con extrañeza.
—¿Qué estás pensando?
—Que, si sale de ese lugar, no lo volvemos a encontrar.
Se hizo el silencio.
—Preparen un vehículo —ordené—. Yo voy personalmente. Traten de frenarlo.
Afuera, el aire de la madrugada golpeaba frío y limpio. Dos motos de la Marina ya estaban encendidas, esperando. No pregunté nada; solo tomé el casco que me extendieron.
—Vamos —dije.
Montor subió a la otra moto sin dudarlo.
Los motores rugieron y en segundos ya estábamos sobre el asfalto vacío.
La ciudad todavía dormía: semáforos en verde, calles abiertas, ni un solo obstáculo.
Aceleré. El viento me pegaba en la cara mientras cortábamos la ciudad en línea recta.
No era una carrera; era la necesidad de llegar antes de que alguien más moviera la siguiente pieza.
Cuando llegamos a la SSP ya lo estaban sacando. Camilla, oxígeno, movimiento urgente. Todo era demasiado perfecto.
—¡Detengan ese traslado! —ordené al entrar.
Los guardias dudaron.
—Capitán, es una urgencia médica…
Me acerqué a la camilla. Lo vi. Alfredo no estaba luchando por respirar; no estaba fuera de sí. Me estaba mirando, tranquilo.
—Me siento mal, doctor —dijo, apenas moviendo los labios—. Yo creo que no me operó bien.
Ahí lo confirmé.
—Regrésenlo al área médica interna —ordené, sin apartar la mirada de él—. Nadie sale de aquí sin mi autorización.
—Capitán, tenemos una orden firmada…
Tomé el documento y lo analicé. Falsa urgencia. Firma correcta, pero intención equivocada. Lo rompí frente a ellos.
—Ya no. Regrésenlo, es una orden.
Alfredo sonrió apenas mientras giraban la camilla.
—Esto no se acaba aquí… —murmuró.
—No —respondí—. Apenas empieza.
Lo llevaron de vuelta al área médica interna, tal como yo había dispuesto: sin traslados ni salidas de urgencia montadas.
—Qué buena suerte, doctor —dijo él cuando volvimos a estar a solas—, justo llega ahora que me siento tan mal.
Me acerqué hasta quedar a un lado de su cabeza. El oxígeno silbaba despacio; el monitor marcaba un ritmo demasiado ordenado para alguien al borde de la muerte. Yo lo sabía. Él también.
—Te lo advertí, Alfredo —dije en voz baja, solo para él, mientras simulaba tomarle el pulso—. Te dije que no te metieras con Cristina.
Sus ojos se afilaron, divertidos.
—Ah… mi hijastra —murmuró, saboreando el título—. Usted la cuida mucho, capitán.
No contesté.
—No se preocupe —siguió, apenas curvando la comisura de los labios—. Ella va a caer conmigo tarde o temprano. Todas caen. Y cuando lo haga… usted no va a estar ahí para verla.
Sentí el golpe directo en el estómago, pero obligué a mi mirada a quedarse fija en el monitor. Frecuencia estable, presión controlada, sin cambios eléctricos de infarto. Era un teatro y yo estaba harto de aplaudir. El médico de guardia se acercó con la tableta en la mano.
—Doctor, ¿necesita algo?
Respiré hondo, forzando una calma profesional que no sentía.
—Sí. Ha tenido episodios de dolor torácico desde la angioplastia y el acceso femoral sigue reciente. Si se agita, puede descompensarse y perder el catéter. Prefiero sedarlo y mantenerlo estable aquí.
El médico asintió, visiblemente más tranquilo al recibir una orden técnica.
—De acuerdo, doctor. Lo preparamos enseguida y le traigo el medicamento.
Cuando nos volvimos a quedar solos, me incliné hacia Alfredo, lo suficiente para que solo él pudiera oírme. El aire entre nosotros estaba cargado de un odio tangible.
—Le toca volver a salvarme, doctor —dijo él, con una sonrisa que no duró mucho.
—No te equivoques conmigo —susurré—. Te advertí que no te metieras con Cristina. El hecho de que sea médico y esté del lado de la justicia no significa que vaya a dejar de defender lo que es mío.
Sus ojos brillaron con una chispa enferma, una mezcla de malicia y triunfo.
—Entonces admite que es suya —susurró—. Así le va a doler más cuando la pierda.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolieron los oídos. Me enderecé, sin apartar la vista de él, y recuperé mi tono de mando.
—Doctor —dije, esta vez en voz alta para que todos en la sala me escucharan—. Necesito sedación. Dosis para control completo y observación mínima de setenta y dos horas en área controlada. Ningún traslado, ningún movimiento sin mi firma.
El médico dudó, mirando los monitores que seguían marcando estabilidad.
—Pero, capitán, los parámetros…
—Yo me hago responsable de la indicación —lo corté tajante—.
Déjelo asentado: riesgo elevado de evento cardíaco.
En su situación, un traslado podría causarle la muerte —lo dije con los ojos fijos en Alfredo, dejándole claro quién tenía el control ahora—.
Se queda aquí, dormido y monitoreado, hasta nuevo aviso.
Alfredo soltó una risita ahogada, aunque sus párpados ya empezaban a pesarle.
—Mírese, doctor… con todo y todo me tiene que salvar. Usted, que me desea muerto.
Tomé su muñeca para mantener el brazo quieto mientras la enfermera conectaba la línea. Sentí su pulso: fuerte, vivo, exactamente lo contrario al reporte de infarto que habían falsificado.
—No te estoy salvando, Alfredo —dije, sin bajar la voz—. Te estoy cerrando todas las salidas.
El medicamento entró por la vena. Vi cómo la burla en sus ojos empezaba a volverse pesada, viscosa, hasta que la consciencia se le escapó por completo.
—Esto… no se acaba aquí… —alcanzó a murmurar, con las sílabas pegándosele a la lengua.
—Para ti, sí.
El monitor se estabilizó en un ritmo más lento. El médico respiró hondo, anotando en la tableta.
—Sedación profunda —anuncié—. Lo dejamos en vigilancia estricta setenta y dos horas.
Solté por fin su brazo. Tenía la marca de mis dedos grabada en la piel.
Salí de la sala con la sensación de seguir teniéndolo agarrado, con los puños todavía cerrados.
Sabía que la indicación no había sido limpia; ningún manual de medicina enseñaba a sedar a un hombre por rabia, por miedo o por la necesidad visceral de proteger a alguien.
Ese día crucé una línea que siempre juré que nunca cruzaría. Lo peor no fue hacerlo. Lo peor fue saber que, por Cristina, lo volvería a hacer mil veces más.
Cristina
Los días siguientes transcurrieron entre vaivenes, con las mareas que nos llevaban de regreso a Acapulco.
Había mañanas en las que sentía que todo empezaba a encajar —entre las videollamadas con Fredy, los correos con la licenciada Camille y las llamadas de mi abuela—, y otras en las que el peso de la realidad volvía a hundirme en la soledad de mi estudio.
Los noticieros comenzaron a saturarse con encabezados sobre el operativo en el Ajusco, el secretario de Medio Ambiente y las filtraciones del caso.
Intentaba evitarlos, pero siempre encontraban la forma de alcanzarme.
Esa noche, mientras revisaba Instagram sin prestar mucha atención, me topé con una historia.
La abrí por inercia. Era un fragmento de un noticiero, uno de esos clips editados para redes sociales.
Apareció Miguel. Lucía su uniforme y caminaba detrás del presidente; se veía serio, concentrado, como si nada en el mundo pudiera afectarle. Me quedé petrificada un segundo. Era demasiado. Cerré la historia de inmediato y apagué el celular, pero la imagen ya se había quedado grabada en mi mente.
Llevábamos dos días atracados en el Club de Yates de Acapulco cuando mi celular vibró sobre la mesa del estudio. El nombre de Fredy iluminó la pantalla. Contesté al instante.
—¿Fredy?
—Cris… —su voz sonaba ahogada, rota—. Mi mamá se puso muy mal.
Me puse en pie de un salto.
—¿Qué pasó?
—Está gritando, aventando cosas. Rompió un florero, un plato… dice que todos estamos en su contra. Dice que si me voy contigo la voy a dejar sola, que se va a matar —las palabras le salían atropelladas, escoltadas por el pánico—. Estoy encerrado en mi cuarto, pero no sé qué va a pasar.
Sentí un vacío helado en el estómago.
—¿Te ha tocado? ¿Te ha intentado pegar?
—Hoy no, pero ayer me empujó. Y hoy lanzó una taza contra mi puerta. Tengo miedo de salir, Cris.
Cerré los ojos con fuerza, tratando de recuperar el aliento.
—Fredy, escúchame bien. Quédate en tu habitación. No abras la puerta, aunque grite. ¿Tienes puesto el seguro?
—Sí.
—Quédate ahí hasta que te vuelva a marcar. No descuides el celular, ¿entendido?
—¿Te vas a enojar conmigo si… si ya no aguanto?
—Lo que me enoja es que tengas que vivir esto —respondí con un hilo de voz—. No estás solo, ¿me oyes?
Colgué y, sin dudarlo, empecé a lanzar ropa dentro de una maleta. Juan Pablo apareció en la puerta del estudio justo en ese momento.
—¿Cris? Venía a ver qué querías comer.
—Es Fredy. Mi mamá está mal, está rompiendo todo. Él está atrapado en su cuarto. Me voy ahora mismo a la Ciudad de México.