Marea PLEAMAR #3
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PLEAMAR #3

—¿Hoy? —pregunté, aunque la respuesta ya estaba en sus ojos.

—Hoy —confirmó—. Antes de que anochezca.

No quería que acabara el día. La idea de estar «sin él» se me atoró en algún punto entre el pecho y la garganta.

—Así yo regresaría con ustedes —añadió—. Al llegar a Vallarta, tomaré un helicóptero hacia mi base.

Teo comentó algo, con un tono serio y distinto. Realmente parecía otra persona tras su regreso.

—Al final, la que manda es usted, señorita —dijo.

—Me parece buena idea —contesté.

Me quedé mirando el mar, sintiendo cómo la idea de regresar en el barco con él para luego verlo partir en helicóptero me abría una herida nueva. Pero así lo había decidido el destino, y la amenaza de Alfredo no dejaba de sonar en mi cabeza. No era justo que otros pagaran por mi egoísmo.

Zarpamos una hora después y, a unas cuantas millas, nos encontramos con la familia de orcas que habíamos estado buscando.

—¿Estas ballenas no son tan grandes? —comentó Lisa. Todos estábamos fascinados viéndolas interactuar.

—Lo que pasa es que las orcas pertenecen a la familia de los delfines, no de las ballenas, aunque se les llame «ballenas asesinas» —le explicó Piero—. Son de los animales más inteligentes del océano; son realmente extraordinarias.

Seguimos nuestro rumbo y ellas nos acompañaron hasta que el sol comenzó a bajar. Miguel y yo nos quedamos solos en los sillones de proa viendo el atardecer; él con su café y yo con un té. Me estaba quedando dormida; los bostezos no paraban.

—¿No prefieres acostarte un rato en tu camarote? —me dijo, estrechándome más contra él.

—Pero contigo —me salió sin pensar.

—¿Está tratando de seducirme, señorita?

—No, yo creo que seducido ya estás. Lo que quiero es aprovechar las horas que nos quedan.

—Sus deseos son órdenes, capitana.

Me cargó en vilo y yo me colgué de su cuello; no paraba de reír por las cosquillas que me hacía. En ese momento no importaba nada más que nosotros dos, aunque fueran solo instantes.

Miguel cerró la puerta del camarote con el talón, sin soltarme. Me recargó suavemente contra la pared, pero no se acercó de inmediato; se quedó mirándome, como si quisiera memorizarme.

—¿En qué piensas? —pregunté, apenas en un susurro.

—En todas las noches que pasé soñando con esto —respondió sin apartar la vista—. Con estar así contigo otra vez. Fuiste mi faro, el que me mantuvo en rumbo cuando todo allá adentro era oscuridad.

Fue tan cierto que casi dolió.

—Siempre —susurré, acortando el espacio para besarlo yo primero.

Nos dejamos caer sobre la cama entre risas ahogadas y besos que ya conocían el camino.

Sus manos encontraron mi cintura como si hubieran estado esperando exactamente ese lugar; mi piel reaccionó antes que mi cabeza, encendiéndose al ritmo de cada caricia.

El mundo se hizo pequeño: primero el camarote, luego la cama, hasta que solo quedó la forma en que su cuerpo reconocía el mío, como si el tiempo de separación nunca hubiera existido.

Sentí el calor subirme desde el pecho hasta la garganta, una mezcla de deseo y el miedo sordo a que esa noche fuera la última.

Cada vez que sus labios encontraban un nuevo pedazo de piel, una parte de mí quería aferrarse y otra quería detener el reloj.

Hubo un rato en el que el universo se redujo a su olor, a su peso sobre mí y al balanceo suave del Marea, haciendo contraste con la tormenta de deseo en nuestros cuerpos.

Cuando por fin el silencio se instaló, solo se escuchaba el mar golpeando el casco y nuestra respiración intentando recuperar el ritmo.

Yo seguía con la mejilla pegada a su pecho, sintiendo cada latido como si mi propio cuerpo tratara de grabarlo, dibujando círculos distraídos en su piel con la yema de los dedos.

—Ese cuadro… —dijo él, entrecerrando los ojos—. Siempre he querido preguntarte qué significa. ¿Por qué esa ballena? ¿Y por qué 52 Hz?

Me separé apenas, siguiendo su mirada hacia la imagen de la ballena.

—Es la frecuencia del canto de una ballena real —respondí—. La llaman la «ballena de los 52 hercios». Canta en una frecuencia diferente a todas las demás. Ninguna otra ballena la escucha. Va por todo el océano, cantando sola.

Miguel frunció el ceño, tratando de asimilar la historia.

—¿Y por eso la tienes aquí?

Me escondí un poco más en su cuerpo; nunca lo había dicho en voz alta.

—Desde que conocí su historia me identifiqué con ella. He pasado la vida moviéndome de un lugar a otro, hablando un idioma que nadie entendía, sin pertenecer a ningún lado y sin permitir que nadie se acercara.

Me di cuenta de que lo había dicho demasiado rápido, con demasiada honestidad. Bajé la mirada, pero él me tomó la cara con una mano, obligándome a volver a verlo. Sus ojos, ese azul profundo que me hipnotizó desde la primera vez, estaban encendidos.

—Yo no sé de hercios —murmuró—, pero sí sé de pulsos. Y los nuestros, desde el día en que se conocieron, laten al unísono.

No lo dejé terminar. Acorté el espacio y lo besé, dejando que mi boca y mi cuerpo dijeran lo que mi voz todavía no se atrevía a pronunciar.

No quisimos volver a salir. El resto de la noche se redujo a eso: encontrarnos una y otra vez, memorizarnos como si pudiéramos guardar ese momento para cuando todo faltara.

Cuando el silencio regresó, solo se escuchaba el oleaje contra el casco.

Yo seguía con la mejilla pegada a su pecho.

No supe en qué momento me venció el sueño.

No fue un descanso profundo; más bien iba y venía, flotando entre la oscuridad del camarote y el sonido del mar, aferrada al calor de su cuerpo como si soltarlo fuera peligroso.

En una de esas medias vigilias, sentí que Miguel se movía.

Abrió los brazos con cuidado, como si tuviera miedo de despertarme, y se incorporó despacio.

Escuché el susurro de la ropa, el cierre de la maleta y el crujido leve del piso al acercarse al pequeño clóset.

Fingí seguir dormida, con los párpados pesados, mientras por dentro todo mi cuerpo gritaba por detenerlo.

Lo sentí acercarse de nuevo a la cama. El colchón se hundió junto a mí y sus dedos apartaron con cuidado un mechón de mi cara.

—Te amo —susurró, tan bajito que casi tuve que dejar de respirar para escucharlo—. Todo va a estar bien.

Y se fue.

Miguel

Nunca me había costado tanto trabajo abrir una puerta.

No era la madera del camarote ni la cerradura del Marea; era saber que, en cuanto saliera hacia el pasillo, iba a dejar a Cristina atrás.

Ya no solo como la bióloga que apareció en urgencias por una medusa, sino como la mujer a la que, por fin, me había atrevido a aceptar que amaba.

Admitirlo había sido la parte fácil. Lo difícil empezaba ahora: lograr que pudiéramos estar juntos.

Para eso no bastaban promesas susurradas en la oscuridad ni planes dibujados sobre una carta náutica; necesitaba hacer algo mucho menos romántico y mucho más urgente: cerrar este operativo sin dejar un solo cabo suelto.

Si quería que Cristina estuviera a salvo de Alfredo, del secretario de Medio Ambiente y de todos los que habían hecho negocio con ellos, tenía que poner todo mi enfoque en eso.

Debía asegurar que, cuando todo aquello reventara, nadie pudiera usarla como moneda de cambio.

Tal vez lo sensato sería renunciar, volver a los quirófanos y dejar de jugar a ser soldado y policía al mismo tiempo.

Pero si yo me bajaba del barco ahora, a nadie le importaría de verdad su seguridad más que a mí. Y eso no podía permitírmelo.

Respiré hondo, giré la perilla, apoyé la palma en la madera y la empujé hacia fuera. Primero, terminar el trabajo. Luego, si el futuro nos daba una tregua, pelear por la vida que quería con ella.

Aterrizamos en la Ciudad de México tres horas después. Montor venía muy callada; por lo que había visto con Juan Pablo, se encontraba en la misma situación que yo. A eso había que sumarle que llevábamos ya varias horas sin dormir, y las que faltaban.

—Montor —la llamé, mientras caminábamos hacia la entrada del edificio.

—¿Dígame, capitán?

—Quiero mantener a Cristina fuera del radar —solté, sin rodeos.

Montor apretó un poco más el agarre sobre su mochila y redujo el paso hasta ponerse a mi altura.

—Sí, entiendo —respondió—. ¿No le dijo que usted sabe lo de la llamada?

Negué, clavando la mirada al frente, hacia la puerta iluminada.

—No creo que ayude mucho que lo sepa. Es mejor que nosotros actuemos y dejar que ella siga con su investigación. ¿Hablaste con Juan Pablo para que esté pendiente de Teo y de cualquier sospecha?

—Sí —asintió—. Ya está enterado y cualquier cosa nos avisará de inmediato.

Llegamos a la puerta metálica. Pasamos el control, el lector de huella y escuchamos el sonido seco del seguro al abrirse.

—Y gracias por pedirme que lo acompañara —añadió ella mientras bajábamos las escaleras hacia el nivel del búnker—. Él se ha vuelto importante para mí.

—Lo vi, y me da gusto. Al menos ustedes sí pueden estar juntos.

Montor soltó una exhalación que no llegó a ser risa.

—Capitán, tampoco se ponga nostálgico. Para eso estamos aquí; confíe en el trabajo que hemos realizado y el operativo va a funcionar.

En el último descanso de la escalera, frené un segundo y la miré.

—Eso espero, Lisa —hubo momentos en que el formalismo quedaba atrás—. Sabe que en usted confío más allá de lo profesional.

Ella sostuvo la mirada, ya sin la chamarra y con el cabello revuelto por el vuelo y el mar.

—Lo sé, y se lo agradezco.

Reanudamos la bajada.

—Si me llega a pasar algo —añadí, sin verla y con la voz más baja—, habla de inmediato con la abuela de Cristina y que la saquen del país.

—Entendido.

—Voy a tratar de hablar con Juan Camilo en estos días, aunque no sé si sea posible. Así que confío en usted.

Solo asintió. Al fondo ya se escuchaba el rumor de teclados y radios: el búnker estaba despierto, aunque nosotros lo único que queríamos era dormir unas horas. El secretario de Marina revisaba unos detalles, solo, en la mesa de trabajo.