PLEAMAR #2
Me jaló de la mano. En ese momento supe que no sería capaz de mantener el papel de "solo amigos". Mientras poníamos la moto en el mar y nos acercábamos al Marea, me contó que Teo había regresado.
Ya cambiado y con el equipo de snorkel, subimos de nuevo a la moto.
Cristina aceleró sin avisar, obligándome a sujetarme con fuerza de su cintura.
El viento nos golpeó de frente y ella soltó una carcajada que se perdió entre las olas.
Así, con sus manos en el manubrio y las mías en su cintura, recorrimos el perfil de la isla hasta encontrar una caleta pequeña, casi escondida, donde el agua cambiaba de azul a verde según la profundidad.
—Aquí —dijo, apagando el motor.
—¿Vienes conmigo?
—Siempre.
Salté detrás de ella. El mar allí era distinto: tranquilo, cristalino, con esa pureza que solo existe lejos de la costa.
Bajo la superficie, el mundo se volvió silencio.
Había arena blanca, corales y un banco de peces plateados que se movía como una sola criatura.
Cristina nadaba entre ellos con una naturalidad que me recordó por qué el océano era su casa y por qué yo, sin saberlo, quería quedarme en el.
En un momento dado, se detuvo y señaló hacia abajo.
Una línea negra se extendía hasta perderse de vista; eran langostas caminando sobre el fondo, perfectamente alineadas, moviéndose con esa dignidad absurda que poseen.
Me miró con los ojos brillando de emoción tras el visor y yo solo pude pensar que nunca había visto algo tan hermoso en mi vida; y no me refería a las langostas.
Cuando salimos, jadeando y con el cabello pegado a la cara, ella se recostó sobre la roca caliente con los ojos cerrados y los brazos abiertos, dejando que el sol le secara la piel. Me quedé sentado a su lado, en silencio, escuchando el pulso del mar.
—Miguel —dijo, sin abrir los ojos.
—Dime, mi reina.
—¿Por qué la vida hizo que nos cruzáramos, si no nos iba a permitir estar juntos?
Tuve ganas de prometerle que estaríamos así siempre, disfrutando del mar, que no quería volver a separarme de ella, pero no podía asegurar algo de lo que ni yo mismo tenía certeza.
Me acosté a su lado y la giré suavemente de la cadera para quedar frente a frente.
No sabía qué quemaba más: si la roca bajo mi piel o mi mano rozando la suya.
—Simplemente por estar hoy aquí, así, contigo, ha valido la pena cada segundo de lo que ha pasado. Me arrepiento de muchas cosas y creo que nunca me perdonaré no haber confiado en ti.
—Ya no sigas con eso. Ya pasó.
Subí mi mano lentamente recorriendo su cuerpo: su cintura, su torso, hasta llegar a su boca. Recorrí sus labios con el pulgar. Fue un déjà vu.
—El día que te conocí, viví este momento en mi mente.
Ella sonrió.
—Me di cuenta. No pudiste ocultarlo. Como ahora —su mirada bajó hacia mi entrepierna. Mi erección se marcaba claramente en los shorts.
—Qué pena, según yo lo había disimulado —negué con la cabeza—. Desde aquel momento, tú mandas en mi cuerpo, Cris.
Soltó esa risa que tanto me gustaba.
—No puedo cumplir la promesa de ser solo tu amigo. Te deseo demasiado; ya no es solo mi cuerpo, es mi mente y mi corazón.
—Seamos más que amigos por estas horas —susurró—. Te deseo, Miguel.
No había terminado la frase cuando la levanté y la acomodé a horcajadas sobre mí.
Me senté con ella y empezamos a besarnos; sus brazos se aferraron a mi cuello y sus manos se enredaron en mi cabello.
El mar parecía conectado con nosotros, pues las olas reventaban cerca y alcanzaban a refrescar nuestros cuerpos.
Bajé la boca hacia su cuello, saboreando la sal mezclada con su esencia. No necesité desabrochar su bikini, solo lo aparté. Mi boca reclamó sus pechos y sus gemidos se fundieron con el ruido del oleaje.
—Necesito más, Miguel… —susurró—. Hazme el amor.
Separé mi boca de su piel y la miré fijamente a los ojos.
—No hay nada que deseé más en el universo que estar dentro de ti —admití—, pero no tengo preservativos.
La vi parpadear, regresando un poco a la realidad ante una frase tan poco romántica como necesaria.
—Ah… tienes razón —murmuró, todavía agitada.
Apoyé mi frente contra la suya, tratando de recuperar el aire y el control.
—Déjate llevar —dije, recostándola con cuidado sobre la roca.
Volví a herirla con besos, más lento, sin prisa por llegar a ningún lado. Mis labios siguieron su camino, aprendiendo cada centímetro de su piel como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando llegué a su centro, moría por probarla, pero necesitaba asegurarme de que ella estuviera de acuerdo.
—Mi reina, ¿quieres que pare?
—No —susurró, y la palabra fue tan pequeña que casi se la llevó el viento.
Eso fue todo lo que necesité. Sus dedos se enredaron en mi cabello, primero con suavidad y luego apretando cuando encontré el lugar exacto.
El sonido que soltó —mitad suspiro, mitad mi nombre— se mezcló con las olas de una forma que no olvidaré mientras viva.
La sentí tensarse poco a poco, con los muslos temblando a los lados de mi cabeza y la respiración rompiéndose en pedazos cada vez más cortos.
—Miguel… —dijo, y ya no era una advertencia, sino una entrega total.
Cuando llegó al clímax, se arqueó hacia el cielo con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, casi en silencio, como si el placer fuera demasiado grande para caber en un grito. Solo quedó ese temblor largo y profundo que le recorrió el cuerpo entero mientras yo la sostenía.
Me incorporé despacio y la encontré con la vista perdida en el cielo, todavía jadeando. La besé en la frente, luego en la mejilla y finalmente en la boca, con extrema suavidad.
—Te tengo —murmuré.
Tardó unos segundos en volver a la realidad. Cuando lo hizo, me miró con esos ojos color miel que ya conocía de memoria y soltó una risa baja, casi incrédula.
—¿Cómo haces eso?
—¿El qué?
—Hacer que todo desaparezca.
No supe qué responder. Solo la abracé, dejando que el sol nos secara a los dos mientras el mar seguía haciendo su trabajo alrededor nuestro.
Cristina
El sol nos caía justo encima, en pleno mediodía, y las risas llenaban la mesa de la cubierta como si no existiera nada más que ese espacio y ese mar.
Sentía el corazón henchido por estar viviendo aquel momento.
La tripulación se había esmerado: montaron la mesa para todos, colocaron mi champaña favorita en una cubeta plateada con hielo y, lo más importante, me rodearon de la mejor compañía.
—Siéntense todos, que esto no espera —anunció Diego, entrando con una charola enorme de langostas abiertas que acabábamos de sacar; todavía chisporroteaban.
Luis descorchó la botella con ese «pop» corto y elegante que siempre me ha parecido el sonido oficial de que algo bueno está por empezar.
Sirvió primero mi copa; burbujas finas de color salmón treparon hasta la superficie.
Era mi favorita: Krug Rosé. En otro contexto podría haber sonado pretencioso; aquí, con ellos, solo se sentía como una costumbre que todos respetaban sin cuestionar.
Era mi manera de tener a mi abuela presente.
El lugar se fue impregnando del olor a vida marina, combinado con ajo, mantequilla y limón.
Miguel, a mi lado, no dejaba de buscar el contacto: su pierna pegada a la mía, su mano en mi muslo o acomodándome algún pelo suelto.
Emanaba un calor que no ayudaba mucho al estado de agitación con el que habíamos regresado de las rocas.
Juan Pablo y Lisa no estaban tan melosos como nosotros, pero había una chispa evidente entre ellos.
La plática giraba en torno a las odiseas del Marea en esas últimas semanas.
De pronto, la imagen de Freddy queriendo saber los detalles de las anécdotas y su sonrisa al disfrutar de la comida me dio nostalgia.
Solo él faltaba allí para completar el cuadro perfecto.
—¿Qué tienes, Cris? ¿Te sientes bien?
Sentí su mano en mi espalda, atrayéndome hacia él, y su beso en mi cabeza me hicieron regresar al presente con un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo.
—Estaba pensando en lo mucho que Freddy estaría disfrutando si estuviera aquí con nosotros.
Su brazo se cerró más sobre mí, dejando sus labios en mi frente.
Se estaba conteniendo. De qué, no lo sabía; solo sentía su cuerpo tensarse a mi lado.
Piero se puso de pie y tomó su copa por el tallo.
Con la otra mano, agarró un cuchillo y le dio tres golpecitos suaves al cristal.
El tintineo se elevó por encima de las risas y fue callando la mesa poco a poco.
—Cin cin, ragazzi… alla famiglia che si sceglie, non quella che ti tocca. —dijo, con ese acento italiano que hacía que todo sonara más importante.
Alzó la copa hacia el centro de la mesa. Sus palabras dieron en el blanco: esta era la familia que yo había elegido.
—Por este barco, por este mar, por las segundas oportunidades… y por estar hoy aquí, juntos, aunque la vida allá afuera esté hecha un desastre.
—¡Salud!
Todos brindamos. Sabía que aquel momento quedaría grabado para siempre en mi memoria.
Lisa y yo platicábamos, pero mi mirada se escapaba una y otra vez hacia Miguel, quien hablaba muy serio con Piero y Teo al otro lado de la cubierta.
—Ya, por favor —dijo Lisa, siguiendo mi dirección. Se inclinó un poco hacia mí y bajó la voz—. “Quédate con quien te vea como Cristina ve a Miguel”.
Sentí el golpe directo en el pecho.
—No lo veo así —susurré, aunque las palabras me supieron a mentira.
—Claro que sí —respondió ella, sin quitarme los ojos de encima—. Y en tu defensa… ese hombre está perdidamente enamorado de ti. Llevo un año trabajando con él, así que sé muy bien lo que digo.
Sentí el calor subirme al rostro de inmediato.
—¡Cris! Ven un momento, por favor —Miguel me salvó. Me levanté al instante.
—Ahorita vuelvo —le dije a Lisa.
—¿Qué pasó? —pregunté cuando llegué a su lado.
—Estaba revisando con Piero y con Teo lo del regreso —dijo, girando un poco la copa entre los dedos—. Van a llevar el Marea de vuelta a Puerto Vallarta.
Asentí, esperando el «pero».