PLEAMAR
Miguel
Corté la llamada y miré a Julián directamente a los ojos.
—Es el Marea —dije—. Están varados cerca de una zona restringida, en el archipiélago de las Marías.
El presidente frunció el ceño, procesando la información.
—Miguel, estamos a cuarenta y ocho horas del operativo más grande de mi sexenio.
Tragué saliva, consciente del peso de mis palabras.
—Lo sé. Por eso necesito pedirte un favor personal.
—Habla.
—Dame veinticuatro horas para ir por ellos y regresarlos a puerto. Después de eso, me sentaré en esa mesa y no me volveré a levantar hasta que esto acabe.
Julián me sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual, escaneando mi determinación.
—¿Ella está ahí? —preguntó sin rodeos.
—No lo pregunté. Lo último que supe es que estaba en Italia, pero Julián... no puedo dejar que su sueño quede varado en las Islas Marías.
Él levantó el teléfono sin apartar la vista de mí.
—Preparen el Puma. El capitán Rodríguez despega en veinte minutos hacia las Islas Marías.
Quería salir corriendo de inmediato, pero me obligué a guardar la compostura.
—Tienes veinticuatro horas, Mike. Me la debes, cabrón.
No podía contestarle como quería debido al lugar donde estábamos y a los presentes, así que me limité a asentir con gravedad.
—Gracias, señor presidente.
—Capitán —la voz del secretario de Marina me hizo girar. Me cuadré al instante—. A sus órdenes.
—La aeronave ya está autorizada y hay embarcaciones en alerta en la zona para socorrerlos —añadió—. No nos falle.
—Gracias, señor.
Salí del despacho y me topé con la teniente Montor, que revisaba unos documentos en su iPad.
—Montor, vámonos.
—Sí, capitán. ¿A dónde vamos? —preguntó poniéndose de pie de inmediato.
—¿Trae su traje de baño en la mochila?
—Capitán, no estoy para bromas. Lo único que quisiera ahora mismo es mi cama.
—Qué lástima. Yo que la iba a llevar a rescatar el Marea… pero está bien, váyase a dormir.
—¿Qué?
—Entonces, ¿viene o no?
Ya estaba parado junto a la puerta de la camioneta.
—Por supuesto, capitán. Páseme las llaves, yo manejo.
El Puma de la Marina vibraba con un ritmo constante bajo mis pies.
Habíamos dejado atrás la costa hacía un buen rato; abajo, el Pacífico era una manta oscura que empezaba a aclararse por fragmentos.
Por la ventanilla, vi cómo el horizonte se teñía primero de violeta y luego de naranja, una línea de luz encendiéndose justo donde el mar se encontraba con el cielo.
El amanecer venía de frente, rebotando en el agua como si alguien estuviera iluminando el escenario en cámara lenta.
—Ahí están —dijo el piloto por el intercomunicador, señalando hacia abajo.
Me incliné contra el cristal. A lo lejos, recortado sobre el brillo nuevo del mar, apareció el Marea.
Estaba fondeado muy cerca de una isla pequeña: San Juanito, según había mencionado el copiloto.
Era un paraje prácticamente virgen, verde en su centro y rodeado de roca clara y arena fina.
Desde el aire parecía una maqueta perfecta.
—Vamos a bajar un poco más —anunció el piloto.
El helicóptero obedeció. A medida que nos acercábamos, la luz del amanecer se derramaba sobre la superficie y la escena se volvió dolorosamente nítida: una moto de agua se alejaba del catamarán como si quisiera alcanzar el sol.
Sentí un temblor en el pecho mientras mi cerebro reconocía la silueta de pie sobre la moto de agua: el cabello recogido y un bikini blanco que conocía demasiado bien.
El mismo del día de la medusa. Por un instante, el operativo, el despacho de Julián y las cuarenta y ocho horas críticas dejaron de existir.
Solo quedábamos el helicóptero, el cielo que despertaba y en el mar, ella.
No imaginaba encontrarla. Era un regalo que aquel amanecer me estaba entregando.
Estaba faltando a lo que ella me pidió: "No me busques".
Esa frase me había perseguido cada vez que abría su chat solo para ver sus fotos.
Pero técnicamente había cumplido: yo no la había buscado; la marea había decidido ponerla en mi camino otra vez.
—Capitán, solicito permiso para aterrizar.
La voz del piloto me trajo de vuelta. Yo lo único que deseaba era saltar de inmediato.
—Autorizado. La teniente y yo estamos listos para descender.
—Ya avisamos a la embarcación para que vengan por ustedes.
¿Sabría Cristina que era yo quien venía? Esta vez no tendría a dónde escapar y, en mi defensa, yo no sabía que ella estaría aquí.
Desde que Montor y yo bajamos del helicóptero con las mochilas al hombro, empecé a ensayar qué decirle. Había imaginado tanto este momento, pero nunca en medio de una isla en el Pacífico y mucho menos sin tener todavía la certeza de que nadie volvería a hacerle daño.
Mientras caminábamos por la orilla, dos motos de agua se acercaron: Juan Pablo y Cristina.
—Capitán, ¿ellos sabían que veníamos? —preguntó Montor.
—No. Y yo no sabía que ella estaba aquí, teniente…
—Diga.
—Hay tanto que debo decirle que no sé ni cómo empezar.
—Yo, si fuera usted, empezaría pidiendo perdón y después hablaría con el corazón —me aconsejó ella con naturalidad.
—Teniente, pero yo creo…
—Entendí que me estaba pidiendo un consejo como mujer, capitán.
—Gracias.
—¡Lisa! ¡Capitán! —Juan Pablo nos gritaba desde la orilla.
La teniente corrió hacia ellos. Todavía quedaban unos veinte metros de playa.
Juan Pablo y Cristina aceleraron las motos y las vararon a unos metros de la arena.
Él corrió a abrazar a Lisa, dejándonos a nosotros solos.
A diferencia de los demás, nosotros caminábamos cada vez más lento, pero sin dejar de mirarnos ni de avanzar.
Estaba preciosa: un chongo alto y los mechones cayendo en un desorden perfecto. Mientras caminaba, la arena comenzó a meterse en mis zapatos. Me detuve para quitármelos. Cristina se frenó, dudosa, pero cuando vio que me descalzaba, reanudó su paso hacia mí.
—¿Qué pasa, capitán? ¿Ya se le olvidó cómo caminar en la playa?
Escuchar su sarcasmo y saber que no estaba furiosa por mi presencia hizo que la adrenalina me recorriera el cuerpo.
Dejé mi mochila y los zapatos en la arena.
Acorté la distancia. No le pregunté nada.
La tomé entre mis brazos y la besé. Sentí cómo me respondía, primero con una ligera tensión que pronto se transformó en entrega, como si todo lo que no habíamos dicho estuviera allí, comprimido entre los dos.
A lo lejos, escuché la voz de Juan Pablo diciéndole algo a Lisa y pasos alejándose sobre la arena. Luego, solo quedó el rumor del mar y nuestra respiración. Me separé apenas lo suficiente para verla a los ojos.
—¿Nos podemos quedar un momento? —pregunté con la voz todavía agitada—. Necesito hablar contigo.
No sabía si me mandaría de regreso al Puma o al fondo del océano, pero por fin la tenía enfrente.
—Está bien.
Una corriente de aire provocó que un escalofrío recorriera su cuerpo.
—Tienes frío, si quieres regresamos al barco.
—No, estoy bien. Vengo de estar a cinco grados en Europa.
Me desabroché la camisa y se la puse sobre los hombros. Ella metió las manos por debajo de la tela y se la cerró alrededor del cuerpo. De repente, comenzó a reírse.
—¿De qué te ríes?
—El escenario es un poco diferente, pero me acordé de Acapulco.
—Ven.
La atraje hacia mí y la abracé. Sentí cómo sus brazos correspondían el gesto con fuerza.
—Yo sé que tú eres el cardiólogo, ¿pero es normal que tu corazón suene así?
—Estoy nervioso.
—¿Por qué?
—Shh… —Le di un beso corto en los labios. Tomé su rostro entre mis manos y fijé mi mirada en la suya—. Perdón por no haberte escuchado en Manzanillo, por haber dudado de ti.
—No me conocías —susurró, y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, imitando los míos.
—No sabes cómo me arrepiento. No debí juzgarte sin escucharte primero.
—Ya pasó. Las cosas nunca son lo que parecen.
—Pero tú, en cambio… —Ella bajó la mirada—. Tú nunca dudaste de mí. —Estoy libre gracias a ti.
—Ya estamos a mano, tú también me salvaste a mí, así que ya no nos debemos nada.
Volvimos a besarnos, con el sabor salado de las lágrimas mezclándose con el de su piel.
—Miguel, lo nuestro es imposible. El caso de mi familia… nunca nos van a dejar en paz.
Sabía que la amenaza de Alfredo era lo que atormentaba su cabeza.
—Te propongo algo, ahora que recordaste Acapulco.
—No sé si quiero oír tu propuesta.
—Imagina que pediste ayuda y llegué yo a rescatarte.
—Estás loco.
—Pero por ti. Tengo… —consulté mi reloj; me quedaban veinte horas antes de tener que volver—. Diecisiete horas para que olvidemos todo. Aquí, en este paraíso en medio de la nada, solo seamos Cristina y Miguel. Como en Acapulco.
—Pero no es tan fácil, tú y yo no debemos… —sabía a qué se refería, habíamos logrado recuperar la llamada.
Quise decirle que, en cuarenta y ocho horas, si todo salía bien, todo habría acabado, pero no podía. No debía.
—Está bien, como amigos —cedí, aunque no tenía la menor intención de rendirme—. ¿Te parece? Vamos a que me ponga un traje de baño para explorar la isla.
Comenzamos a caminar hacia la moto de agua.
—Eso sí me parece. Y me encanta; desde que desperté aquí, estoy enamorada del lugar.
Me frené en seco.
—¿Qué? —preguntó ella, volteando a verme con confusión.
—Pensé que ibas a decir que estabas enamorada de mí.
—¿En qué quedamos, Miguel?
—Era broma. ¿Viste el amanecer? Desde el helicóptero se veía imponente. Y encontrarte allí abajo fue una sorpresa.
—¿Cómo? ¿No sabías que yo estaba aquí?
—No. Pensé que seguías en Italia; eso me había dicho Juan Camilo.
—Y yo emocionada, pensando que habías venido exclusivamente por mí —dijo ella con una chispa de picardía.
—Vine porque necesitaba saber que todos estaban bien. No podía permitir que perdieras tu sueño.
Sentí sus labios contra los míos; me había robado un beso.
—Gracias. Anda, ¡vamos! Que cuando venía hacia acá vi una línea de langostas. Diego se va a volver loco cuando se lo cuente.