Marea MAR DE FONDO #13
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MAR DE FONDO #13

En cuanto llegamos a la marina lo vi, recargado en la barandilla, girando una llave vieja entre los dedos. Teo parecía más flaco, con ojeras profundas y la ropa colgándole de forma distinta.

—Hola, señorita Cristina —dijo, sin atreverse a acercarse del todo.

Me quedé frente a él con el Marea al fondo, tratando de encontrar las palabras correctas y sin ganas de suavizar nada.

—Hola, Teo.

Él bajó la mirada.

—No voy a justificarme —empezó—. Le fallé. Le fallé a usted, a la tripulación y al Marea. Me dejé arrastrar por gente con la que nunca debí meterme —se le quebró un poco la voz—. Si algo le pasa por lo que hice, no me lo voy a perdonar jamás.

Respiré hondo. Parte de mí quería darle la espalda e irme directo al barco; otra parte reconocía al mismo capitán que, durante semanas, había cuidado cada centímetro de esa cubierta como si fuera su casa.

—No confío en ti como antes —dije sin adornos—. Y eso no se va a arreglar con una disculpa en la marina.

Asintió, tragando saliva.

—Lo sé. Solo… necesitaba decirle que estoy arrepentido. Y que, si alguna vez puedo hacer algo para enmendarlo, lo voy a hacer.

Lo miré un segundo más, tratando de escuchar a mi intuición por encima del enojo.

—Tu lealtad demuéstrala en el mar —concluí—. Por ahora, solo necesito que no me falles otra vez.

—No volverá a ocurrir —prometió.

Me di la vuelta antes de que pudiera decir nada más. Juan Pablo me alcanzó y, juntos, caminamos hacia el Marea. En cuanto pisé la cubierta principal, sentí que el nudo en mi garganta se aflojaba. El olor a sal, a madera y a mar me devolvió algo parecido a un hogar.

—¡Capitana! —gritó Luis desde la proa, levantando los brazos—. Ya era hora, pensé que se nos quedaba a vivir en Italia.

Las risas estallaron alrededor.

Piero salió de la cabina con la gorra ladeada y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.

—Escogiste un buen día para volver, Cristina —anunció—. Hace un rato, al amanecer, vimos una manada de orcas cruzando mar adentro. No es común verlas tan cerca en esta temporada.

Sentí un cosquilleo recorrerme la espalda.

—¿En serio?

—En serio. Si tenemos suerte, todavía las alcanzamos más tarde —dijo, guiñándome un ojo—. El Marea ya te estaba esperando.

La tripulación se fue dispersando para seguir con sus labores.

Yo dejé las maletas en el camarote y me dejé caer sobre la cama.

El jet lag me caía encima con todo el peso de Florencia, de Triana, de Freddy, de Alfredo y de lo que estaba por venir.

Escuché el murmullo del motor auxiliar y el golpe suave del agua contra el casco.

—Solo un rato —me prometí, cerrando los ojos.

No supe cuándo el "rato" se convirtió en un sueño profundo. Salí a cubierta a las 5:33 a. m., todavía con el cansancio en el cuerpo. Había dormido casi ocho horas seguidas; el último mes me estaba pasando factura.

—Buenos días, señorita.

—Buenos días, Luis. ¿Dónde estamos? ¿Por qué estamos parados?

Seguí su mirada y entonces lo vi: frente a mí, muy cerca, se alzaba una isla, quieta en medio del mar, como si hubiera estado esperándonos.

—Tuvimos un problema en la madrugada —explicó Luis, bajando un poco la voz—. Chocamos con un tronco y se dañó la flecha. Juan Pablo ya habló a la Marina para solicitar permiso para estar aquí; estamos en una de las Islas Marías.

Sentí que, por un segundo, el estómago se me iba al piso, pero respiré hondo.

—¿Dónde están los demás? ¿Qué podemos hacer?

—No se preocupe, señorita. Ya estamos bien anclados y los demás están entre buceando y en el cuarto de máquinas resolviéndolo. Yo me quedé aquí cuidándola. Ya le traigo su té.

Si ya se estaban encargando, no ganábamos nada angustiándonos. El cielo comenzaba a prepararse para un nuevo día.

—Aquí tiene —Luis regresó con mi termo de té verde.

—Gracias.

—¿Sabe?, dice el capitán Teo que este lugar es famoso por tener los mejores amaneceres, porque el sol sale directamente del mar.

—¿De verdad? ¿Cuánto falta?

—No más de veinticinco minutos.

—Baja la moto en lo que voy a ponerme un traje. Lo tengo que ver desde el mar.

Minutos después, el Marea quedó atrás y yo avancé sobre la moto de agua, cortando el agua tranquila del amanecer. Llevaba el mismo bikini blanco del día de la medusa, con la piel ya salada.

El cielo empezó a pintarse despacio, primero de lila y luego de naranja, hasta que la luz se derramó sobre el océano.

Sentí cómo esa claridad me llenaba por dentro, dándome la fuerza que necesitaba para seguir adelante con mi proyecto.

Porque el mar lo merecía, al igual que cada vida que intentábamos proteger.

Detrás de mí quedaba la isla que me moría de ganas de explorar; ese pedazo de tierra en medio del océano que parecía sacado de un sueño.

Estaba tan concentrada en el juego de colores sobre el agua que tardé en notar el ruido.

Al principio fue solo un zumbido grave, lejano, como si un insecto enorme estuviera cruzando el cielo.

Alcé la vista. Un punto oscuro se recortaba contra la mañana que se abría.

Por un segundo pensé en un pájaro, luego en una avioneta.

Pero a medida que se acercaba, la forma se volvió inconfundible: un helicóptero venía directo hacia la isla.

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