Marea MAR DE FONDO #12
80%

MAR DE FONDO #12

—La casa está mejor de lo que se veía en las fotos —comentó Triana. Había rentado una casa de dos pisos, con dos habitaciones en la parte de arriba y un estudio abajo que conectaba con la sala, el comedor y la cocina.

—¡Me encanta! El jardín está precioso, se antoja sentarse a leer.

—Pues si no trajiste libros, podemos ir a una librería a comprarlos.

—Traigo mi computadora, así que voy a aprovechar para trabajar en toda la información que tenemos recopilada hasta ahora.

—Me parece perfecto. Hay un restaurante que me recomendó mi papá. Mañana temprano tengo que registrarme en el congreso en la Fortezza da Basso… y de ahí me iré directo a la Academia. El curso empieza al mediodía y no quiero llegar tarde.

—Te oyes emocionada, me encanta verte feliz.

—Estoy cumpliendo un sueño. ¿Quieres ir a cenar algo o compramos provisiones y cenamos aquí?

—Prefiero quedarme. Me he sentido algo agripada; me tomé algo, pero no estoy al cien por ciento. ¿Te parece si mañana, cuando salgas de tu curso, te alcanzo y cenamos por ahí?

—Me parece perfecto.

En ese momento, entró un mensaje de Miguel. Lo abrí con el corazón en la garganta.

Gracias. 10:33 a. m.

—¿Quién es, que hasta te brillaron los ojos? Para qué pregunto… es Miguel, ¿verdad? —dijo Triana.

Solo sonreí y moví la cabeza.

—Solo me está dando las gracias por el sobre.

—No puedo creer que no tengas una foto de él. No me gusta no poder ponerle cara.

—Está la de su perfil de WhatsApp, mira.

Busqué la imagen y le volteé el celular.

—Está guapísimo, Cris. No imaginé que fuera así.

En la foto aparecía Miguel con su uniforme de gala, tal como lo conocí: firme, en la proa de un buque de guerra de la Armada de México. Mientras Triana inspeccionaba la foto con mi teléfono en la mano, yo me perdí en mis pensamientos. Confiaba en que él sabría qué hacer con aquella información.

Ahora, lo que yo necesitaba era descansar y disfrutar de estas minivacaciones.

Al día siguiente, antes de que la ciudad terminara de despertar, ya estaba sentada en el jardincito con la laptop abierta y los archivos extendidos frente a mí.

El aire todavía se sentía frío, pero en cuanto el sol empezó a asomarse, percibí ese calorcito suave que apenas alcanzaba para entibiarme las manos.

Era la parte más pesada; la que nadie veía.

Horas de registros, coordenadas, fotografías y notas de campo.

Todo tenía que ordenarse, cruzarse y tener sentido.

No había espacio para errores. Gracias a la tecnología, logré enlazarme con las computadoras del Marea.

No era lo que más me gustaba hacer, pero era lo que tocaba.

Florencia era una ciudad hermosa. Salí a caminar cuando el sol ya estaba en lo alto, sin un rumbo claro, hasta que me encontré frente a La Specola.

No lo pensé y entré. Allí no estaba el mar; eran huesos.

Estructuras perfectas, limpias e inmóviles.

Todo lo contrario, a lo que estaba acostumbrada.

Pero, por primera vez en horas, no sentí que estaba huyendo.

Comprendí que aquello era lo que necesitaba: paz, tranquilidad y reconectarme conmigo misma.

Lo que más me preocupaba era Freddy, pero sabía que estábamos luchando por él de la manera correcta.

No podía haber cedido al chantaje de Alfredo, y menos después de haber escuchado cómo trató de manipularme con la muerte de mi papá.

No cabía duda: el valiente vive hasta que el cobarde quiere.

Ya no te tengo miedo, Alfredo. Vas a pagar todo lo que has hecho y yo voy a estar ahí, viéndote a los ojos cuando ocurra.

Los días pasaron volando, pero fueron necesarios; sentía las energías renovadas. El vuelo de regreso lo hicimos por separado: yo volé primero de Roma a Puerto Vallarta y Triana volaría mañana de Roma.

El Marea había atracado la noche anterior en Puerto Vallarta. Yo esperaba mi maleta —la nueva, la que tuve que comprar para guardar toda la ropa de frío de Florencia, cortesía de la influencia de Triana— cuando vi el mensaje de Juan Pablo avisando que ya estaban afuera esperándome.

Salí con mis pertenencias y fue inevitable recordar que, hacía unas semanas, en ese mismo lugar y frente a la misma camioneta, vi a Miguel marcharse y todo cambió.

No había querido averiguar nada de la situación en México durante esa última semana; estaba evadiendo la realidad.

Solo me mantuve en contacto con Camille por el asunto de Freddy que, según su último mensaje, iba mejorando.

—Bienvenida, Cris, déjame ayudarte.

Juan Pablo me alcanzó a medio camino y me quitó la maleta más pesada de las manos.

—Gracias, por favor. ¿Cómo están todos? ¿Novedades?

—Ya estuviste viendo la información… por algo le dicen el acuario del mundo. El Marea ha estado a la altura.

—Vámonos, que me urge llegar al mar.

Juan Pablo dudó un segundo antes de seguir caminando.

—Cris… en la marina está Teo esperándote. Quiere hablar contigo. Pero tú decides.

Me mordí el interior de la mejilla. Durante días había evitado pensar en él, en lo que hizo y en lo que no.

—Está bien —respondí al fin—. Lo quiero escuchar.