Marea MAR DE FONDO #11
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MAR DE FONDO #11

—Gracias, Pío, y perdón por no haberte escuchado hace un momento. Te pido que no comentes esto con mi mamá.

—Pierda cuidado.

Ahora, con más razón, tenía que acabar con esto. Todavía había algo que no me quedaba claro: si Cristina había escrito la carta antes o después de la amenaza. Necesitaba saber que estaba bien y fuera de peligro.

Una vez pasado el filtro de seguridad, Julián abrió él mismo la puerta de su casa. No vestía traje, ni portaba la banda presidencial, ni mantenía ese aire ensayado de las transmisiones oficiales. Solo llevaba una camisa blanca remangada, barba de dos días y las ojeras de un año entero.

—Hasta que por fin te desocupas, cabrón —dijo, antes de que yo alcanzara a cuadrarme.

Me jaló hacia él y me dio un abrazo fuerte. Por un segundo, no había un presidente ni un capitán; solo dos adolescentes que se escapaban del internado para fumar detrás del gimnasio.

—¿Cómo estás? —preguntó después, en voz baja.

—Libre —respondí—. Falta ver cuánto nos dura.

Julián sonrió apenas y se hizo a un lado para dejarnos pasar a Montor y a mí.

—Pasen. Vamos a mi despacho. Veamos qué traen que amerite una visita nocturna y esa cara de cirugía complicada.

Nos instalamos en la mesa del despacho, despejada salvo por una laptop cerrada y una taza de café frío. Puse el sobre encima, entre los tres.

—Esto —dije—. Oficialmente, nadie sabe de dónde salió.

Julián lo miró como si fuera una granada sin seguro.

—¿Puedo?

Asentí. Montor deslizó hacia él una carpeta con impresiones.

El presidente fue pasando las hojas en silencio: estados de cuenta, correos, listados de empresas fantasma y rutas de permisos ambientales.

El nombre del secretario de Medio Ambiente aparecía lo suficiente como para descartar cualquier casualidad.

—Simón —dijo al llegar a la hoja donde aparecía la declaración firmada.

—Él fue quien nos dio acceso —confirmé—. No puedo detallarte cómo llegó esto a mis manos, pero sí puedo decirte que alguien se jugó la vida para que lo tengamos.

Cerró la carpeta y se recargó en el respaldo de su silla.

—Es lo que venimos buscando desde que tomé posesión.

—Así es. Ahora lo importante es actuar con absoluta discreción. ¿Qué tienes pensado?

—Cuatro cosas —contesté.

Julián levantó una ceja, pero no interrumpió.

—Primero: Alfredo. Mientras tenga margen para mover un dedo, cualquiera que haya colaborado con nosotros está en riesgo. Necesito que lo trasladen a un área de máxima seguridad con un régimen de incomunicación reforzado. Nada de celulares ni visitas sin filtrar.

—Mañana mismo firmo la orden de traslado. Lo quiero en un lugar donde ni su propia sombra le conteste el teléfono.

—Segundo: esquema de testigo protegido para Simón. Traslado, identidad reservada y seguridad para él y su familia.

—Lo merece. Lo gestionaremos con la Fiscalía.

—Tercero: Teo. Lo metieron en el mismo saco en los medios, pero él no trabajaba para ellos. Fue un capitán al que se llevaron por delante. Quiero que quede fuera del caso.

—¿Estás seguro? —preguntó Julián por puro protocolo.

—Completamente. Si revisas su expediente, solo encontrarás terquedad y mal carácter. Delitos, ninguno.

El presidente soltó una exhalación que pudo ser una risa.

—Te creo. Veré que limpien su nombre sin hacer circo.

—Y cuarto —continué— con esto podemos tumbar al secretario y a toda su red. Pero si lo hacemos mal, se nos escaparán y perseguirán a quienes nos ayudaron.

Julián volvió a abrir la carpeta.

—¿Tienes claro cómo propones hacerlo?

Montor deslizó otro folder más delgado.

—Hay elementos suficientes para un operativo financiero y judicial —explicó ella—. Si coordinamos a la Marina, la UIF y la Fiscalía, podemos congelar cuentas y detener a las piezas clave en un solo movimiento.

—El problema —añadí— es que ya saben que alguien sacó estos papeles. Han amenazado a uno de los testigos y a una persona que… no está aquí para defenderse.

Julián levantó la mirada. No necesitó que dijera el nombre.

—Cristina —dijo, constatando lo obvio.

Me limité a asentir.

—No quiero que ella aparezca en ningún lado —continué—. Ni como fuente, ni como testigo, ni como nota al pie. Si algo de esto se filtra, debe ser por una falla interna, no desde su vida.

Julián guardó silencio unos segundos. Al final, habló como cuando estudiábamos, no como el hombre que le habla a una cámara.

—Lo que estás pidiendo es que armemos el mayor operativo de mi sexenio con una pieza clave que, oficialmente, no puede existir.

—Exacto.

Me sostuvo la mirada fijamente.

—Confío en ti, Miguel. Siempre lo he hecho, aunque el mundo pensara lo contrario.

Apartó la carpeta y se inclinó hacia adelante.

—Vamos a hacerlo.

Sentí que, por primera vez desde que abrí la carta, podía respirar profundamente.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía —respondió con una media sonrisa—. Te va a tocar estar en primera fila cuando esto reviente.

—Para eso acepté este trabajo.

Julián se levantó, tomó el teléfono fijo y marcó un número de memoria.

—Mañana a primera hora quiero al fiscal, a la titular de la UIF y al almirante en el Búnker —ordenó—. Sí. Y que nadie, repito, nadie fuera de esa mesa sepa de esta reunión.

Colgó.

—Listo —dijo Julián, mirándome fijamente—. Ya encendimos la mecha.

Y esta vez, no había forma de apagarla. Yo también me puse de pie, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre los hombros.

—Solo te voy a pedir una cosa más —añadió él, justo antes de que me diera la vuelta hacia la puerta.

—¿Cuál?

—Que no te mueras en este operativo.

Me reí, pero sabía que lo decía en serio; en sus ojos no había rastro de broma.

—Haré lo posible, señor presidente.

—Hazlo —replicó—. Porque, si no, no voy a tener a quién reclamarle cuando esto funcione.

Cuando salí de casa de Julián, tenía claro el mapa estratégico, pero mi mente seguía anclada en lo único que me importaba de verdad. ¿Dónde estás, Cristina?

Después de una semana, regresé finalmente a mi departamento.

La señora que se encargaba de mantenerlo en orden había hecho su trabajo a la perfección; todo estaba impecable, pero se sentía vacío.

Me serví un caballito de tequila, saqué la carta que llevaba en mi cartera desde que la encontré y la volví a leer.

Ya había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho, pero las palabras de mi madre resonaban en mi cabeza: “Aprende a leer entre líneas”.

Saqué mi celular, busqué su contacto y, tras dudar un segundo, le escribí un solo mensaje:

Gracias.3:33am

Durante los días siguientes, las piezas del tablero empezaron a moverse con precisión.

Alfredo salió del hospital escoltado rumbo al área de máxima seguridad de la secretaria de Seguridad Publica; la Unidad de Inteligencia Financiera congeló las primeras cuentas ligadas a sus empresas; Simón firmó su ingreso al programa de protección de testigos y Teo salió libre.

Logré tener una plática con él: estaba profundamente arrepentido de haberle fallado a Cristina y me confesó que su único deseo era regresar al Marea.

Eso, al final, ya no dependía de mí, sino de ella.

En una reunión posterior con Juan Camilo, mencionó que Cristina se encontraba en Florencia con su mejor amiga.

Al recibir la noticia, una parte de mí descansó.

Por primera vez desde que lo conocí, dejé de verlo como un rival.

No era el hombre que me la había «quitado»; era el amigo que la había sostenido cuando yo no pude estar.

El tablero entero estaba en juego.

Nos encontrábamos en el Búnker, a solo cuarenta y ocho horas de dar comienzo al operativo.

Llevábamos allí toda la noche. El área de inteligencia de la Marina y el equipo de élite de la Secretaría de Seguridad tenían todo estructurado; ya nada podía fallar.

Julián había enviado al secretario de Medio Ambiente a una gira en su representación, rodeado de elementos infiltrados que vigilaban cada uno de sus pasos.

De pronto, mi reloj comenzó a vibrar. En la pantalla apareció el nombre: «Juan Pablo». Eran las 1:55 de la mañana. Me aparté de inmediato y contesté.

—Adelante, Juan Pablo.

—Capitán… —Su voz llegó entrecortada, atravesada por el ruido del viento—. Disculpe que le llame a esta hora, pero tenemos un problema grave con el Marea.

Sentí cómo se me apretaba el pecho.

—Con permiso —comenté a la comitiva. Julián y los secretarios de Marina y Seguridad estaban presentes, así que les di la espalda y me moví a una esquina para no interrumpir el flujo de la reunión—. ¿Qué pasó?

—Hace una hora golpeamos con un tronco a la deriva —explicó—. Pegó directo en la flecha y se nos está metiendo el agua.

El mapa del Pacífico se dibujó entero en mi mente.

—¿Dónde están exactamente?

Tardó un segundo en responder. El fragor del oleaje y un golpe metálico contra el casco ahogaron parte de sus palabras.

—Estamos… en el archipiélago de las Islas Marías. Estamos aguantando con el motor que queda y las velas, pero no queremos movernos de aquí.

—Mándame tus coordenadas en tiempo real, de inmediato.

Julián ya me hacía señas desde la mesa, adivinando seguramente el tono de urgencia de la llamada.

—Tranquilo, capitán, no se asuste —dijo Juan Pablo, tratando de mantener la calma—. Ya se las estoy mandando.

—¿Las bombas de achique están funcionando bien?

—Sí, capitán. Quería molestarlo para ver si nos ayuda a solicitar un permiso para resguardarnos y poder cambiar los impelentes.

Volteé de inmediato a ver al secretario de Marina. El mensaje entró segundos después con la ubicación exacta:

21°44′56″ N, 106°40′32″ O. Islas Marías .

—Ya las tengo —confirmé—. ¿Tienen su canal de radio abierto en el 16?

—Sí, capitán.

Cristina

Definitivamente, venir a Florencia había sido la mejor opción. En Roma hablé con mi abuela; no me gustaba mentirle, pero aquella había sido una mentira piadosa: le dije que Triana me había pedido que la acompañara a un congreso y se quedó tranquila.