MAR DE FONDO #10
Sentí que el estómago se me hacía un nudo. Miré a mi alrededor: los prados, la paz del rancho… aquel lugar no merecía ser testigo de esta inmundicia.
—Ya debes de estar uniendo las piezas —continuó Alfredo—. Sabes que puedo hacerlo, Cristina. Ya sabes lo que le hice a tu padre cuando se puso «creativo».
Me quedé en un silencio sepulcral. Tenía la lengua pegada al paladar.
—¿Sigues ahí? —preguntó mi madre. El teléfono delató el temblor de mi respiración.
—Está —afirmó Alfredo, satisfecho—. Escucha bien. Si entregas esos documentos, hoy mismo firmamos lo que haga falta para que te quedes con Freddy. Limpio. Sin juicios ni escándalos.
—¿Y si no…? —susurré apenas.
Se hizo un silencio pesado.
—Si no —retomó él con una calma aterradora—, vas a perderlo todo. A tu hermano… y a tu doctor.
—Alfredo… —advirtió mi madre.
—¡Cállate! —la cortó él—. Miguel, creo que se llama.
No te hagas la tonta, sabes que puedo hundirlo con una sola llamada.
Que salga hoy del reclusorio no significa que esté a salvo.
Un accidente, una balacera mal contada… o que alguien se “equivoque” de expediente.
Lo pierdes a él, pierdes a Freddy y te pierdes tú.
Sentí que las piernas me fallaban. Me apoyé en la barda de piedra para no desplomarme.
—No sé de qué me hablas… —mi voz se quebró.
—Claro que lo sabes. Ya no te queda margen para hacerte la pendeja. Te estoy dando una oportunidad. Tú decides qué vale más: un montón de papeles o la gente que dices amar.
La línea quedó en silencio, esperando mi quiebre. Yo solo escuchaba los latidos frenéticos de mi corazón y una idea fija golpeándome la sien: tenía que irme antes de que Miguel llegara. Colgué. Por primera vez, no dudé.
Llegué a la casa como pude. Adentro todo era un caos de alegría, el polo opuesto al naufragio que yo llevaba por dentro.
—Señorita Cristina, ¿no quiere desayunar o espera a Miguelito? —me interceptó Dominga.
—Lo espero mejor, voy a subir a bañarme. Gracias.
Me encerré en el cuarto. Me bañé y me cambié con movimientos mecánicos y cerré mi maleta.
Tomé el sobre y lo acomodé sobre el escritorio.
Observé la habitación de Miguel por última vez y, en un impulso desesperado, abrí su clóset, saqué una de sus camisas y la guardé en mi bolsa. Necesitaba llevarme una parte de él.
Salí tratando de no hacer ruido. No tenía idea de cómo me marcharía de allí; ni siquiera sabía dónde estaba exactamente. El mapa marcaba una hora caminando hasta el pueblo. Solo esperaba que nadie me viera. Todavía no llegaba a la reja cuando una pick-up azul se detuvo a mi lado.
—Buenos días, señorita. ¿Quiere que la lleve? Voy para el pueblo.
—Yo… —miré hacia todos lados, asustada.
—No desconfíe, soy José, el que le surte las verduras a doña Dominga.
—Sí, claro. Muchas gracias, de verdad.
Subí la maleta a la caja y me subí a la cabina abrazando mi bolsa, todavía temblando.
—No tiene cinturón, pero manejo despacio, no se preocupe.
—Está bien. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
—José.
—Así se llamaba mi papá —susurré—. «Gracias, papá, por estar conmigo», pensé.
—Mire, señorita, de ahí salen taxis para casi todos lados: Pachuca, CDMX, Puebla, Querétaro….
—Querétaro, perfecto. José, te lo agradezco muchísimo.
Claro, Querétaro. ¿Cómo no lo pensé antes?
Marqué el número de Triana. Contestó a la primera, algo inusual en ella.
—¡No lo puedo creer! Juré que ya te había tragado una ballena.
—Pues todavía no lo logra. Mándame tu ubicación; llego en cuatro horas a Querétaro.
—¿Cómo crees? ¡Qué coraje! Voy llegando a la CDMX; salgo para Florencia esta misma noche.
—¿A qué vas?
—Oficialmente, a un congreso. Extraoficialmente… conseguí una master class de arte.
—¡No! Qué emoción, sé lo mucho que significa para ti. Avísame cuando regreses.
—Cristina… ¿qué tienes?
—Triana, ya no puedo más. Mi vida es un caos, quiero desaparecer.
—Tranquila. Dime dónde estás.
—Tulancingo, Hidalgo.
—Vente conmigo a Florencia —sentenció—. Estás a hora y media de mi departamento en Masaryk; te veo allí.
—Pero…
—Nada de peros, Cristina. No me hagas ir por ti.
—Eres una idiota, me estás haciendo reír.
—De eso se trata. De abrazarte y consolarte, como cuando éramos niñas. Mándame foto de tu pasaporte ahora mismo, porque eres capaz de no comprar el boleto.
D iez horas de vuelo no fueron suficientes para calmar mi mente. Las palabras se me atoraban y se desordenaban en la garganta, pero no podía dejar de hablar.
—No has pensado en escribir una novela, Cris —me dijo Triana.
Estaba acostada frente a mí, observándome, tal como dormíamos en el internado de Suiza el año en que nos conocimos. Todo había cambiado, pero en sus ojos seguía encontrando el único refugio que me quedaba.
—Deja que termine mi investigación primero —respondí, intentando esbozar una sonrisa que no terminaba de llegar a mis ojos.
—Ya en serio, Cris —insistió Triana, tomándome de la mano—, tómate estos días para descansar, para pensar.
Desconéctate de todo y de todos. Acuérdate de que no podemos controlar lo que va a suceder; confía en tu instinto.
Yo creo que hiciste lo correcto. El valiente vive hasta que el cobarde quiere.
—Tienes razón —admití, soltando un suspiro largo—. Solo voy a llamar a mi abuela cuando hagamos escala en Roma, para decirle que vine a acompañarte.
—Tu abuela me ama —rio ella, guiñándome un ojo—, ¡dile que te obligué!
—Sabes —añadí, mientras sentía cómo el avión comenzaba su descenso—, desde que despegamos siento que dejé en México ese peso muerto que cargaba encima. Por fin vuelvo a respirar.
El ambiente en la cabina cambió cuando las luces se encendieron y la voz de la jefa de cabina inundó los altavoces con ese acento italiano tan romántico y familiar:
«Signore e signori, benvenuti a Roma Fiumicino. Vi preghiamo di rimanere seduti fino al completo arresto dell’aeromobile e allo spegnimento del segnale delle cinture di sicurezza. Speriamo che abbiate trascorso un piacevole volo e ci auguriamo di rivedervi a bordo».
—Va a ser un viaje que no vamos a olvidar, ya lo verás —sentenció Triana, acomodándose en su asiento justo antes de que las ruedas tocaran la pista.
Miguel
Solo salí. El pasillo se me hizo más corto que nunca; cuando me di cuenta, ya estaba bajando las escaleras hacia el vestíbulo, con la carta todavía apretada en mi mano.
—Miguel —escuché la voz de mi madre antes de verla.
Frené en seco. Ella venía de la dirección contraria, con los ojos hinchados por el llanto.
—¿Dónde está? —pregunté, sin saludar. Ni siquiera tuve que especificar a quién me refería.
—Pensé que estaba en tu cuarto… ¿no estará en las caballerizas?
No la dejé terminar y salí corriendo a buscarla. Tenía que estar ahí. Tenía que seguir aquí. Me encontré a Pío a medio camino.
—¡Pío! ¿Has visto a Cristina?
—Eso venía a avisarle, joven. Un caballerango me acaba de decir que la vio caminando con su maleta; se subió a la camioneta de José, el que surte la verdura.
Se había ido. Me quedé parado allí, en medio de mi mundo, libre… pero con la impotencia de no haber llegado a tiempo y con la carta quemándome en las manos. “No me busques”.
—Joven Miguelito, ¿quiere ver a la nueva potranca? Y, si se pudiera, hay algo que me gustaría comentarle —insistió Pío.
—Perdón, Pío. Más tarde; deja que vaya con mis padres primero.
—Sí, joven.
Mi madre me esperaba sola en el vestíbulo cuando entré. Corrió a abrazarme. Ese abrazo que recibí no era de consuelo, era de contención; era lo que necesitaba en ese momento.
—Gracias, Dios… gracias a todos los ángeles que te trajeron de vuelta —murmuró ella. Poco a poco se fue tranquilizando en mis brazos y yo con ella, como cuando era un niño.
—¿Por qué no me esperó, mamá? —la voz se me quebró.
—Dale tiempo, mi amor. Ella te quiere. —dijo con ternura.
—Me pidió que no la buscara.
Ella sonrió y me dio un beso en la mejilla.
—Te falta experiencia con las mujeres. Aprende a leer entre líneas —me dijo. Doblé la carta y la guardé en mi pantalón—. Vamos a ver a tu padre. Debe de estar desesperado porque no entras a verlo.
Después de una larga plática con mi padre y de un buen baño, me encerré con la teniente Montor en el despacho para revisar el contenido del sobre.
—Capitán, esto es oro puro. Se arriesgó mucho al ir sola por esta información —comentó Montor—. Ya tenemos nuestra hipótesis sobre los movimientos de Cristina.
—Lo sé, teniente. Necesitamos actuar con cautela; ya vimos el alcance que tienen y no se van a dejar vencer tan fácil.
—Ya estoy respaldando la información, creo que debemos escalar esto.
—Sí, ahora sí es momento de ir a ver al presidente. Nadie debe saber cómo obtuvimos esto.
Un golpe en la puerta nos interrumpió.
—Diga.
—Joven, soy Pío. ¿Podría hablar con usted? Es importante.
Me urgía salir de inmediato hacia la ciudad, pero era la segunda vez que me lo pedía. Pío era un hombre de pocas palabras, así que debía de ser algo serio.
—Pasa, pasa. Teniente, pida que preparen las camionetas para salir.
—Sí, capitán, enseguida. Con permiso.
Pío entró y se quitó la gorra, visiblemente nervioso.
—Habla, Pío, ¿qué necesitas decirme?
—Joven, sabe que no soy una persona entrometida, pero sería peor si me quedo callado. Hace rato, cerca de las caballerizas, escuché a la señorita Cristina hablando por teléfono. La estaban amenazando.
—¿Cómo? —me incorporé de golpe.
—No alcancé a oír todo, pero le decían que, si no entregaba unos papeles, lo perdía todo. A su hermano… y a usted.
Sentí un latigazo en el estómago.
—Nomás alcancé a oír que hablaban de un accidente, de una balacera… Yo ya iba a acercarme, pero ella colgó de golpe y se fue hacia la casa.
Lo miré en silencio unos segundos. Las piezas comenzaron a acomodarse en mi cabeza con una claridad que me heló la sangre.
—¿Escuchaste algún nombre? —pregunté, endureciendo el gesto.
—La otra mujer que hablaba en la llamada lo nombró Alfredo, joven. Así, clarito.
El aire en el despacho se hizo más pesado.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo. Y la muchacha… estaba muy asustada.