Marea MAR DE FONDO #9
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MAR DE FONDO #9

Las dos horas de trayecto se me hicieron eternas, una agonía de kilómetros y paisajes borrosos.

Sin embargo, en cuanto cruzamos las rejas de la entrada, la adrenalina se disparó, recorriendo cada rincón de mi cuerpo.

Entré por la cocina, siguiendo la costumbre de toda una vida.

El olor a café recién colado y a pan caliente me golpeó de inmediato, envolviéndome en la calidez del hogar que tanto había extrañado.

—¡Nana! —llamé, sin disminuir el paso.

Dominga apareció desde el fondo, secándose las manos en el mandil, con el rostro iluminado por la sorpresa.

—¡Miguelito, mi niño!

—¿Dónde están? —pregunté. No hubo saludo; la urgencia me quemaba la garganta.

—Tu mamá está con tu papá en su cuarto —respondió ella, asimilando mi prisa—. Y Cristina… se subió hace rato a bañarse. Está en tu cuarto.

Sentí cómo algo dentro de mí se aflojaba de golpe y, al mismo tiempo, una nueva tensión me erizaba la piel. Estaba allí. Arriba. En mi espacio.

—Gracias —alcancé a decir antes de dejarla atrás.

Subí las escaleras de dos en dos, con el pulso desbocado.

Lo único que ocupaba mi mente era la necesidad de tenerla entre mis brazos, de hundir mi rostro en su cuello y respirar ese aroma a coco y mar que había sido mi único faro durante el encierro.

Entré en mi habitación sin llamar, con un «perdón» que se quedó suspendido en el aire.

No había nadie. El silencio de la estancia me resultó inquietante. Me acerqué a la puerta del baño y toqué suavemente con los nudillos.

—Cris… ¿estás ahí?

Tenía el corazón en la garganta. No hubo respuesta. Giré la manija lentamente, consciente de que estaba invadiendo su privacidad, pero el miedo me ganaba.

—¿Cristina?

Abrí del todo. Nada. El baño aún conservaba la humedad del vapor; ella había estado allí apenas unos instantes antes.

Regresé a la habitación buscándola con la mirada.

El aire todavía conservaba su rastro, una mezcla de salitre y algo dulce que solo le pertenecía a ella.

Noté que la silla de mi escritorio estaba fuera de su lugar.

Me acerqué y vi, sobre la madera, un sobre de manila que definitivamente no era mío.

No tenía remitente, pero pesaba lo suficiente como para saber que contenía algo importante.

Con las manos temblorosas, saqué los documentos y las carpetas; al voltear el sobre, el contenido se desparramó sobre la mesa: cuatro memorias USB y una hoja doblada que terminó cayendo al piso.

Me agaché para recogerla. En el exterior, leí mi nombre con una caligrafía que nunca había visto, pero que reconocí como suya al instante: “Miguel”.

La abrí con una mezcla de ansiedad y miedo.

“Miguel:

Te escribo desde tu escritorio, en tu cuarto, en la casa donde creciste. No sé cuánto tiempo tenga antes de que todo esto cambie, así que iré al grano.

Simón me buscó el día después de que nos vimos; me pidió que fuera a su pueblo por todo lo que encontrarás en este sobre.

Los papeles y las memorias son lo que me entregaron.

Mi plan es dárselo a la teniente Montor.

Si estás leyendo esto, es porque probablemente ya lo hice…

y ahora tú tendrás que decidir qué hacer con todo.

Te pido dos cosas que se contradicen, como casi todo entre nosotros.

La primera: que no me busques. No te metas donde me metí yo. No quiero que nadie vuelva a encerrarte por mi culpa, ni que te usen como escudo para lo que viene. Tienes una madre maravillosa, un padre que te necesita, una familia, una carrera y un futuro que te espera limpio.

La segunda: no olvides lo que eres por intentar sobrevivir a esto. Si algo me ha mantenido de pie es saber que, en cualquier lugar, sigues siendo tú. Que tu brújula sigue apuntando al mismo norte, aunque la marea nos haya arrastrado por caminos distintos.

Si todo sale bien, algún día vas a odiarme un poco por haber desaparecido así.

Prefiero eso a verte muerto, encerrado o convertido en algo que no eres.

Si todo sale mal… entonces al menos tendrás la verdad en tus manos.

Haz con ella lo que tu conciencia y tu uniforme te dicten, no lo que yo hubiera querido.

Te debo una disculpa por no haberte esperado, por no haberte contado todo desde el principio, por haberte amado a destiempo. También te debo las gracias: por haber entrado en mi refugio y por ayudarme a vencer mis miedos.

Te mentí aquel día. La verdad es que agradezco profundamente haberte conocido. Porque, a pesar de todo, siempre vas a ser de lo más bonito que me ha pasado”.

Cristina .

Cristina

D ormí poco, o nada.

Cuando Dominga llamó a la puerta, todavía estaba oscuro, pero el cuerpo ya sabía que era la hora.

Me puse la ropa de montar que me habían dejado casi sin pensar: leggings, botas y una sudadera ligera.

Bajé en silencio, con la extraña sensación de estar huyendo y, al mismo tiempo, caminando hacia un destino inevitable.

El aire afuera era gélido y puro. En altamar, el amanecer siempre me había sabido a sal y brisa; aquí, en cambio, olía a tierra mojada, a establo y a pasto recién cortado.

Era distinto, pero traía consigo la misma promesa de un comienzo.

Karina ya estaba allí, ajustando la montura.

Me sonrió por encima del lomo del caballo.

—Llegas justo a tiempo.

Cuando subí a la silla y sentí el movimiento vivo del animal bajo mi peso, algo en mi pecho finalmente se aflojó.

El mundo se redujo al ritmo de los cascos sobre la tierra y a esa línea anaranjada que empezaba a rasgar el horizonte.

El sol asomó despacio por encima de los cerros, tiñendo de oro las copas de los árboles.

Era el mismo sol que había visto nacer tantas veces desde la cubierta de un barco, pero ahora lo contemplaba desde lo alto de un caballo, rodeada de un verde infinito.

Por unos minutos, el pasado y el presente dejaron de pelearse. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí libre.

Fue imposible no imaginar a Miguel a mi lado, sobre la tabla, compartiendo el silencio de las guardias; recordar su forma de mirarme como si todo lo demás dejara de importar.

Supe, con una certeza que dolía, que siempre recordaría esos amaneceres, aunque ya no volviéramos a ver ninguno juntos.

Las lágrimas brotaron sin permiso, pero el viento se las llevó antes de que pudiera detenerlas.

Respiré hondo. No podía darme el lujo de quebrarme.

Solo quería una cosa: que Miguel saliera libre. Lo demás ya no me pertenecía.

Karina me llevaba mucha ventaja, pero poco a poco redujo el paso hasta que la alcancé.

—Montas espectacular —le dije con sinceridad.

—Gracias, son muchos años de práctica. Tú también lo haces muy bien.

—Gracias.

—¿Cabalgamos un poco más y vamos a ver a la potranca?

—Me parece perfecto. —respondí.

Las caballerizas bullían con un movimiento constante pero coordinado, como una coreografía bien ensayada.

Los caballerangos iban y venían con monturas al hombro; se oían relinchos, el crujir de la paja y el tintineo de las herraduras contra el cemento.

El aire allí olía a heno fresco y a la nobleza del animal.

La potranca estaba en el último box, recostada sobre una cama de paja bajo la vigilancia de su madre. Se incorporó torpemente cuando nos acercamos, todavía insegura sobre sus patas largas.

—Es preciosa —susurré, sin poder evitar una sonrisa.

—Le falta nombre —comentó Karina, apoyada en la puerta—. Te toca a ti. Te lo ganaste anoche.

Me quedé mirándola: el pelaje húmedo, el movimiento tímido, el esfuerzo heroico por sostenerse en pie una y otra vez. Era algo nuevo intentando entender el mundo.

—Marea —se me escapó, Karina alzó una ceja, intrigada.

—¿Marea?

—Sí —sentí el nudo en la garganta, pero esta vez no luché contra él—. Porque hay cosas que no se pueden controlar… solo se puede aprender a sortearlas.

Karina sonrió con dulzura.

—Marea, entonces.

Estábamos absortas observándola cuando escuché pasos apresurados sobre el empedrado.

—¡Seño Karina! —la voz de Dominga llegó antes que su figura—. ¡Seño Karina, mi niño Miguelito ya viene en camino! Él mismo habló a la casa.

El mundo se detuvo para mí. Karina soltó un jadeo que se convirtió en llanto y me abrazó con una fuerza que no supe cómo sostener.

—Gracias… gracias… —repetía, más para sí misma que para mí.

Salió corriendo hacia la casa junto a Dominga.

Yo, en cambio, no me moví. Miguel estaba libre.

Cerré los ojos un segundo. Eso era todo lo que había deseado.

Eso, y nada más. Miguel estaba libre y venía hacia mí.

No supe si eso era lo que más quería o lo que más miedo me daba.

No sabía si estaba lista para verlo, para explicarle, para sostener su mirada sin romperme en mil pedazos.

De pronto, mi celular comenzó a vibrar. Ni siquiera miré quién era; mi mente seguía fija en Miguel.

—¿Sí? —contesté con las manos temblorosas mientras me alejaba de las caballerizas.

—Cristina, no me cuelgues, por favor. Es importante. Es sobre Freddy.

La voz de mi madre me hizo frenar en seco.

—¿Qué pasa con Freddy? Ya está contigo, ¿no?

—Quiero que nos escuches porque te conviene, si tanto quieres quedarte con tu hermano.

Despegué el teléfono del oído y vi que era una llamada de tres. Activé el altavoz.

—¿Qué quieren?

—Mira, Cristina… —Esa voz provocó que un pánico gélido me recorriera la columna—. No se te ocurra colgar, porque te atienes a las consecuencias.

Era Alfredo. Su voz sonaba distinta a como la recordaba de niña: menos potente, pero mucho más fría. Las palabras no me salían. Quería colgar, pero el terror me mantenía anclada.

—Muy bien, aunque no hables sé que estás ahí. Escucho tu respiración. No tengas miedo: si cooperas, nadie saldrá lastimado.

—Ya, Alfredo, déjate de rodeos, no tenemos tiempo —intervino mi madre.

—Simón te dio algo que me pertenece. No lo niegues, te vieron en San Marcos. La cosa es simple: tú nos entregas lo que es mío y nosotros te entregamos la custodia de Freddy.