MAR DE FONDO #8
Cuando terminé, doblé la hoja con un cuidado casi ritual. En la hoja, escribí solo su nombre: “Miguel”.
Miguel
El caballo avanzaba con un ritmo constante y firme, como si conociera el camino mejor que yo.
El aire se sentía distinto: limpio, abierto, infinitamente lejano al encierro.
Mis pulmones se llenaban de ese oxígeno puro que tanto me había hecho falta durante los últimos meses.
El oro líquido del amanecer se filtraba entre las copas de los árboles, encendiendo las partículas de polvo que flotaban en el ambiente.
Fue entonces cuando la vi.
Cristina cabalgaba delante de mí, montando a pelo. Se reía por encima del hombro cada vez que su caballo aceleraba el paso. Su cabello ondeaba suavemente con el viento y mantenía una postura relajada, como si no hubiera prisa alguna por llegar a ningún lado.
—Alcánzame, doctor —me retó, girando apenas el rostro.
La alcancé. Sabía que, sin importar lo que pasara, siempre la alcanzaría.
—Mi reina… —susurré.
No volteó de inmediato, pero no hizo falta. Me acerqué despacio hasta quedar justo a su lado.
—¿Te vas a quedar ahí o vienes conmigo? —le pregunté.
Ella giró apenas la cara, lo suficiente para dejarme ver su sonrisa. No dijo nada. Me incliné hacia ella y, en un solo movimiento, la pasé a mi caballo. Se acomodó frente a mí con una naturalidad que me desarmó; como si su lugar siempre hubiera sido ese: protegida entre mis brazos.
El caballo retomó el paso. Sentí su espalda contra mi pecho y su respiración marcando el ritmo de la mía.
No había prisa, ni ruido. En ese instante, el mundo entero dejó de existir.
Acerqué el rostro a su cuello, rozando apenas su piel, y todo encajó.
Fue como si el cuerpo recordara antes que la cabeza; como si no existiera la distancia, ni el tiempo, ni nada que explicar.
El paisaje cambió sin previo aviso. Un segundo estábamos cruzando los prados del rancho y, al siguiente, rodábamos juntos sobre el pasto, riéndonos, mientras los caballos pastaban a unos metros de distancia.
Ella me miró desde abajo, con las manos enredadas en mi cuello, los labios entreabiertos y las mejillas encendidas por el frío… o por algo más.
—No te vayas —decía Cristina mientras se acercaba.
Nos besamos como si hubiéramos estado esperando ese momento toda la vida.
El calor de su cuerpo, el sabor de su boca y el cielo inmenso sobre nosotros me hicieron creer que la libertad era eso.
Mis manos recorrieron la curva de su espalda, buscando el calor de su piel bajo la playera.
El universo se redujo al sonido de su respiración y al temblor de su cuerpo bajo el mío.
—No te vayas —repitió, esta vez al oído.
La frase se me clavó en el pecho como un anzuelo.
Abrí los ojos.
El aroma a pasto se disipó de golpe, sustituido por el olor rancio a desinfectante del reclusorio.
La luz del amanecer ya no era oro, sino un parpadeo fluorescente y pálido sobre mi cabeza.
No había caballos, ni cielo abierto, ni Cristina.
Solo quedaba la litera dura, la sábana áspera y el eco de mi propia respiración agitada dentro de la celda.
Escuché la voz del custodio rebotar contra las paredes de concreto.
—Rodríguez. Levántate.
Me incorporé despacio. El golpe seco de la macana contra los barrotes me obligó a apresurarme.
—Vámonos. Recoja sus cosas.
—¿Qué pasa? —pregunté con la voz ronca, bajando de la litera todavía con el sueño pegado al cuerpo.
Agarré la bolsa de plástico con mis pocas pertenencias y doblé la cobija por pura costumbre. La reja se abrió con un chirrido metálico que me caló en los dientes.
—Tiene una visita —respondió el custodio sin mirarme.
No era hora de visitas; no debían de ser ni las siete y media de la mañana.
Aquí no había relojes, pero la rutina nunca fallaba, y esto estaba fuera de toda norma.
Mientras caminábamos, noté que la ruta no era la de los locutorios ni la de los cubículos de abogados.
Empecé a sudar frío. No me gustaba nada la situación.
Esposado y a su merced, me sentí vulnerable, especialmente sabiendo quién estaba detrás de mi encierro.
Llevaban muchos años en el poder; seguramente tenía contactos y favores pendientes por cobrar.
—Entre y espere. Suerte, Rodríguez —dijo el custodio, abriendo la puerta de un pequeño cubículo antes de cerrarla a mis espaldas.
Mi instinto me gritó que me mantuviera alerta. Era un cuarto de cemento que apestaba a humedad, sin ventanas, solo con una rejilla de ventilación en el techo. No había cámaras. Cuando la chapa volvió a sonar, me coloqué detrás de la puerta para intentar jugar con el efecto sorpresa.
—Está bien, licenciado, yo espero aquí con él —escuché una voz conocida.
Reconocí a la teniente Montor al instante. Sentí cómo el cuerpo se me aflojaba de golpe y los hombros se me caían por el alivio. Nunca me había dado tanto gusto escuchar su voz.
—Buenos días, capitán —saludó al entrar—. Le tengo buenas noticias.
—Dígame, teniente —alcancé a decir, todavía con la garganta seca.
—El juez autorizó su libertad provisional. Hoy mismo sale de aquí.
Gracias, gracias, gracias, repetí en mi mente.
—¿Qué sucedió?
—No voy a entrar en muchos detalles —respondió ella, desviando la mirada hacia la puerta.
Asentí. —Pedro me habló a las cinco de la mañana —supuse que se refería al secretario de Julián—.
Me pidió que localizara a su abogado y que estuviéramos aquí antes de las siete.
El licenciado Proal está con el papeleo; yo vine para asegurarme de que usted estuviera bien.
—Gracias, Lisa. De verdad, no sé cómo agradecerte tu lealtad.
—No se ponga sentimental, capitán. Hay algo que me preocupa y quiero comentárselo antes de que venga el licenciado.
—Dime, ¿qué pasa?
—Ayer por la tarde recibí un mensaje de la señorita Cristina.
—¿Le pasó algo? ¿Está bien? —el corazón me dio un vuelco.
—No lo sé, eso es lo que me inquieta.
—Dime qué pasa, no te quedes callada.
—Capitán, no me estoy quedando callada, es que no me deja hablar.
—Sí, perdón. Continúa.
—El mensaje decía: “Necesito verla. Estoy llegando a CDMX. A solas. No es algo que deba decir por aquí”.
—¿Fuiste a verla?
—Capitán…
—Ya, perdón. Al grano.
—Lo extraño es que yo sabía que ella y Juan Pablo se habían ido el martes por la tarde a Los Cabos, y que ayer zarpaban al Mar de Cortés. El mensaje no sonaba a ella.
No entendía nada, pero hice un esfuerzo por no interrumpir.
—Así que le marqué a Juan Pablo para verificar —prosiguió—. Él me dijo que Cristina se había quedado en México de último momento para estar con su abuela. Fui a buscarla a la casa de la señora, me recibió muy amable, pero cuando le pregunté por Cristina, me dijo que estaba en el Mar de Cortés.
—¿Cómo? ¿Entonces dónde está?
—No quise preocupar a la abuela, así que fingí que se me había olvidado y me salí.
—¿Contestó el mensaje?
—Quería hablar primero con usted, pero de camino hacia acá le escribí: “¿Dónde nos vemos”?
—Carajo —mascullé. Sentí una frustración asfixiante. Tenía las manos atadas, literalmente.
Salimos del reclusorio pasadas las nueve de la mañana.
Debería haberme sentido libre, pero la incertidumbre sobre el paradero de Cristina me estaba volviendo loco, y para colmo, mi celular no tenía batería.
Veníamos en una camioneta del Gabinete de Seguridad; Julián quería verme en su oficina y nos escoltaban dos unidades más.
—Teniente, revise su celular, por favor —le pedí.
Me quedé observándola mientras leía. Su expresión de sorpresa me puso los pelos de punta.
—¿Qué pasa?
—Lea esto —me pasó su teléfono.
La puedo ver hoy en el rancho de la familia de Miguel. 5:41am
No comprendía nada. Abrí el teclado del celular de la teniente y marqué el número del rancho, ese que me sabía de memoria desde que era niño. Tardaron en contestar y mi ritmo cardiaco se aceleraba con cada tono.
—Diga —la voz de mi nana Dominga me devolvió un poco de paz.
—Nana, soy Miguel. Necesito hablar con mi mamá.
—¡Miguelito! Qué bendición oírte. Tu mamá salió a montar muy temprano con tu mujer; deben de estar ahora en las caballerizas. Ya nació tu potranco.
Lo último apenas lo registré. Lo único importante era la verdad: Cristina estaba allí.
—Nana, voy para allá.
—¡Ya saliste! ¡Bendito Dios! Aquí te esperamos.
—Vamos al rancho de mi familia —ordené en cuanto colgué.
El chofer intercambió una mirada con el otro guardia a través del retrovisor.
—Lo siento, mi capitán. Tenemos órdenes de llevarlo primero a la oficina del jefe.
Sentí cómo la rabia me subía por la garganta de nuevo.
—Páseme mi teléfono —le dije a la teniente.
En cuanto encendió, marqué el número de Julián. Contestó al segundo tono.
—Mike, ya me informaron que vienes en camino. Hay mucho que platicar.
—Julián, da la orden de que esta camioneta me lleve al rancho ahora mismo. O me bajo aquí —sentencié.
Hubo un silencio breve y denso al otro lado de la línea.
—Miguel, necesito verte —insistió él.
—Y yo necesito llegar con mi familia. Tu guerra arréglala tú.
La atmósfera dentro de la camioneta se volvió densa, casi sólida. Sin apartar la mirada de los hombres que me custodiaban, puse el teléfono en altavoz.
—Estás en altavoz, Julián —le advertí con frialdad.
Se produjo otro silencio, esta vez más breve, cargado de una capitulación invisible.
—Llévenlo al rancho —ordenó al fin—. Espérenlo allí… y me lo traen de regreso en cuanto termine.
Nadie dijo nada más. El chofer asintió apenas, mirando por el retrovisor, y tomó la desviación hacia el camino que conocía de memoria. Yo también guardé silencio, pero por primera vez en horas, sentí que mis pulmones se expandían de verdad. Podía respirar.