MAR DE FONDO #7
—Ante nosotras apareció una construcción de dos pisos en tonos tierra.
Más que un rancho, aquello me pareció una hacienda.
No había alcanzado a dimensionar el poder adquisitivo de su familia hasta este momento.
Frente a la casa nos esperaba un señor de unos sesenta y cinco años.
La camioneta se detuvo y bajamos; yo seguía impresionada. El lugar era una joya.
—Buenas tardes, Pío.
—Seño Kari, qué bueno que llega. Tenemos un problema —el hombre no ocultaba su angustia.
—¿Qué pasa? No me asuste. ¿Le pasó algo a mi esposo?
—No, ni lo mande Dios. La yegua del joven Miguel entró en labor de parto. Ya llamamos al veterinario, viene en camino, pero el caballerango me mandó a buscarla; dice que se está complicando.
—Ay, Dios mío… Cristina, qué pena. Si quieres adelántate, yo ahorita regreso. ¡Chava! Lleva las cosas de la señorita adentro y dile a Dominga que la instale en el cuarto de Miguel.
La mención de su nombre me devolvió de golpe a la realidad. Estaba entrando en su mundo más íntimo.
—Mejor los acompaño —dije.
Dejé mi equipaje y caminé junto a ellos, siguiendo el sonido hueco de nuestras pisadas sobre el empedrado.
El aire olía a humedad, a caballo y a pasto recién cortado.
Al llegar a las caballerizas, el relincho ahogado de la yegua me encogió el estómago.
Había tres hombres alrededor, nerviosos, dándole espacio al animal.
—Aquí está, seño —dijo Pío, abriendo la puerta del box.
Sin pensarlo mucho, me desabroché la chamarra y la solté sobre una bala de paja. Me remangué la playera hasta los hombros y la ajusté en la cintura de mis pants. Esa era mi zona de confort: tenis, ropa cómoda y una urgencia que demandaba manos firmes.
—¿Qué está pasando? —pregunté, acercándome despacio a la yegua para que sintiera mi voz antes que mi presencia.
El caballerango me miró con escepticismo, dudando de mi capacidad para ayudar.
—El potro no termina de acomodarse, señorita. El veterinario viene en camino, pero dijo que no la toquemos hasta que llegue.
Sentí la mirada de Karina clavada en mi nuca.
—Tranquila —le dije, más para ella que para la yegua—. Vamos a esperar, pero si se complica, haremos lo que sea necesario.
El agua caliente me devolvió el alma al cuerpo.
Cuando salí de la regadera, el vapor empañaba el espejo y sentía los músculos relajados, con esa pesadez placentera que queda después de nadar.
Me puse ropa limpia y recogí mi pelo en una coleta alta.
Sentía que estaba invadiendo el espacio de Miguel, pero, al mismo tiempo, me fascinaba conocer esta faceta suya.
Me detuve a observar la habitación con calma.
Su refugio.
La cama estaba perfectamente tendida con una colcha en tonos azul marino y gris.
Sobre el buró descansaban un par de libros apilados, un reloj de madera y una foto enmarcada de él con un caballo que reconocí del corral.
En el clóset, la puerta entreabierta revelaba filas de camisas alineadas con precisión.
Sobre el escritorio vi notas médicas dobladas, una pluma y una sudadera colgada en el respaldo de la silla.
Una pared estaba dedicada a sus logros: diplomas, reconocimientos y fotografías.
Una imagen de él, siendo adolescente y vistiendo un uniforme de cabo, capturó mi atención.
Me acerqué a la foto sin tocarla.
—Así que este es tu refugio, doctor —murmuré para mis adentros.
Un golpecito suave en la puerta me hizo dar un respingo.
—Adelante, pasen.
Me coloqué frente a la cama, simulando que organizaba mi maleta abierta.
—Buenas noches, señorita. ¿Puedo pasar? Soy Dominga, me manda la señora.
—Sí, claro, pasa. Ya estaba guardando unas cosas para bajar a cenar.
La mujer, que aparentaba unos setenta o setenta y cinco años, me observaba con una fijeza que me puso nerviosa.
—¿Quiere que le lavemos la ropa que se ensució en el parto?
—Sí, gracias.
Iba a entregarle las prendas cuando, sin pedir permiso, me tomó las manos. Tenía las palmas ásperas y cálidas, cargadas de una sabiduría antigua.
—Ay, mi niña… —dijo en voz baja, mirándome con una mezcla extraña de ternura y lástima—. Ahora ya entiendo por qué sufre mi Miguelito.
Sentí que se me escapaba el aire de los pulmones.
—¿Cómo? —alcancé a preguntar apenas.
Ella sonrió de lado, con el gesto de quien custodia un secreto desde hace tiempo.
—Veo en tus ojos lo mismo que en los de él —continuó, apretando un poco más mis manos—.
Desde la última vez que volvió del mar hablando de una tal Cristina, supe que algo se le había quedado allá, lejos.
Pero viéndote aquí… —hizo un gesto con la barbilla, recorriéndome de pies a cabeza—, ahora entiendo el sufrimiento de los dos.
Me ardieron las mejillas. Quise soltar una risa nerviosa, negar sus palabras, decir que exageraba, que Miguel y yo no éramos nada. Pero las palabras se me quedaron atoradas en la garganta.
—No sé qué le haya contado —balbuceé—. Yo solo…
—No me tiene que contar nada, mi niña —me interrumpió con suavidad—. A las viejas nos basta con mirar. Y créame, si él la viera ahorita, parada en su cuarto, con esa carita… se le olvidaría la tormenta que está viviendo.
Soltó una risita breve, casi muda, y recogió la ropa de la cama con movimientos parsimoniosos, como si todo hubiera quedado dicho.
—Nunca dudé que usted fuera su faro —añadió. Cerró los ojos un instante y se dio media vuelta—. La cena está lista, los señores la esperan.
Antes de que pudiera reaccionar, salió de la habitación. Me quedé sola en el espacio de Miguel, con el corazón latiendo demasiado rápido para un lugar tan quieto.
Bajé las escaleras siguiendo el rastro de un olor reconfortante a comida casera: caldo, tortillas recién hechas y algo que se horneaba a fuego lento.
El pasillo estaba en penumbra, iluminado apenas por un par de lámparas de pared que proyectaban sombras alargadas.
Aproveché el trayecto para revisar el celular; buscaba desesperadamente una respuesta de la teniente Montor, pero no había nada.
Al llegar al comedor, me encontré con una mesa larga de madera maciza, adornada con un camino de mesa blanco bordado a mano. La vajilla y las copas estaban perfectamente dispuestas, como si se tratara de una ocasión especial. En la cabecera, sentado en una silla de ruedas, estaba un hombre mayor.
Tenía el pelo blanco, peinado escrupulosamente hacia atrás, y la piel muy pálida.
Sus ojos, enmarcados por unas cejas negras y pobladas, se clavaron en mí en cuanto escuchó mis pasos.
Sus manos descansaban inmóviles sobre sus piernas.
Frente a él, sostenida por un soporte inclinado, había una tableta encendida.
—¡Cris! —Karina se levantó en cuanto me vio—. Pasa, siéntate.
Se acercó a mí, me rodeó los hombros con afecto y me guio hasta la silla a su derecha.
—Mi amor, ella es Cristina —dijo Karina con una sonrisa que le suavizó el semblante—. La amiga de Miguel.
El hombre me sostuvo la mirada un segundo y luego bajó la vista hacia la pantalla. Con movimientos lentos, casi solemnes, empezó a tocar el teclado virtual. Cuando terminó, levantó de nuevo la vista y Karina giró la pantalla hacia mí.
“Bienvenida a nuestra casa”, leí en letras grandes.
Tragué saliva, conmovida por el esfuerzo.
—Muchas gracias, señor —respondí, procurando que la voz no me temblara—. El lugar es… precioso.
Él parpadeó despacio, como si aquel gesto fuera una aceptación o una caricia. Dominga entró entonces con una sopera humeante. Me sirvió primero a mí, luego a Karina y, por último, al señor. El caldo desprendía un aroma delicioso a pollo, cilantro y limón.
Un enfermero joven asistió al hombre durante la cena, dándole de comer con paciencia, mientras Karina y yo platicábamos.
Me sorprendió darme cuenta de que sabían de mí más de lo que había imaginado.
Les hablé de mi proyecto de investigación y Karina, a su vez, me contó sobre los caballos; eran su pasión y competía como escaramuza.
Aquello me dejó impactada; ahora entendía por qué se mantenía en tan buena forma física.
Mis mejillas se encendieron y me puse roja como un tomate cuando el Almirante —porque para entonces ya conocía su rango— escribió que le contara la historia de la medusa.
Karina rio, comentando que todos en la familia pensaban que Miguel se lo había inventado.
Cuando el Almirante se retiró a descansar, nosotras nos dirigimos a una pequeña estancia.
Dominga nos llevó un té de tila para ayudarnos a conciliar el sueño.
—Cris, gracias por haber aceptado la invitación. Ahora que te conozco un poco más, entiendo perfectamente por qué Miguel se enamoró de ti —dijo Karina de pronto.
Sus palabras me provocaron un vuelco en el estómago.
—Agradezco tu hospitalidad infinitamente, Karina, pero por favor… no hablemos de Miguel. Y sobre el asunto de los abogados, yo hablaré con ellos para que acepten el pago, pero de verdad no es necesario que lo hagan ustedes.
—Nosotros preferimos que sea así —insistió ella con firmeza—. Gracias por todo.
—Creo que ya es hora de irme a dormir —dije, incapaz de reprimir un bostezo provocado por el agotamiento y la tila.
—¿Quieres montar mañana al amanecer? —preguntó ella antes de que me levantara.
—¡Me encantaría!
—Te veo a las seis en las caballerizas. Descansa.
—Igualmente. Y gracias de nuevo.
Nos despedimos y subí a la habitación. Había llegado el momento de enfrentar al elefante blanco que tenía en las manos. Me senté en el escritorio de Miguel, dispuesta a escribir.
Al principio, la pluma pesaba más que mi propia mano.
Sin embargo, las palabras terminaron brotando, una tras otra, como un torrente contenido.
Escribí para él y para mí; para lo que habíamos sido y para lo que nunca pudimos ser.
Le hablé de Simón, de los documentos y de lo que estaba por entregarle a la teniente Montor.
Le pedí que no me buscara más y, mientras lo redactaba, mi mente le suplicaba en silencio que no me soltara.