MAR DE FONDO #6
—Que nunca fui socio —respondí con firmeza—.
Ni operativo, ni de ningún otro tipo. Soy médico naval.
Entré en este entorno por una oferta de trabajo para servir a mi país, no por una conspiración criminal.
Si hoy mi nombre aparece en cuentas y contratos que nunca firmé, lo único que se demuestra es que fui utilizado como una pantalla. Yo no estaba al mando de nada.
Juan Camilo exigió que la respuesta quedara asentada íntegramente.
El interrogatorio se prolongó casi una hora más, hasta que la MP dio por concluida la fase de preguntas.
Me mantuve firme, sabiendo que el viento estaba empezando a cambiar, aunque el huracán era mucho más peligroso de lo que sospechábamos.
Sentí el peso del cansancio acumulado en la espalda, pero mi voz permaneció firme. Fue en ese momento cuando Juan Camilo se ajustó el nudo de la corbata con parsimonia y pidió la palabra.
—Licenciada —dijo, adoptando un tono solemne y formal—, al amparo de lo que se ha expuesto y de la documentación que hemos consignado, quiero dejar asentada una petición: que se revise la medida cautelar impuesta a mi defendido y se valore la sustitución de la prisión preventiva por una medida menos gravosa.
La agente del Ministerio Público lo observó con una expresión de fastidio, como si estuviera escuchando una solicitud de vacaciones fuera de temporada.
—¿Bajo qué argumentos? —espetó ella.
Juan Camilo abrió una nueva carpeta con movimientos precisos.
—Primero —enumeró con calma—, por el arraigo: el capitán Rodríguez cuenta con domicilio fijo, un trabajo acreditado —aunque actualmente se encuentre suspendido—, familia en el país y carece de antecedentes o cualquier intención de fuga.
Segundo, por su colaboración: ha atendido cada citatorio, ha respondido a todas las interrogantes y ha señalado hechos que podrían ampliar la investigación hacia funcionarios y contratos que no figuraban en el radar inicial.
Tercero, por proporcionalidad: hasta este momento, no se ha probado un solo acto de enriquecimiento personal y, sin embargo, se le mantiene bajo una prisión preventiva que resulta excesiva.
Hizo una breve pausa para enfatizar su punto.
—Solicitamos que se considere su libertad condicionada bajo las medidas que el juez estime pertinentes: firma periódica, prohibición de salida del país, el uso de un localizador... lo que se requiera. No existen elementos objetivos que justifiquen que él siga aquí encerrado.
La fiscal tomó nota sin comprometer su postura.
—Su petición se hará del conocimiento del juez de control en la audiencia correspondiente —respondió con frialdad—. Este Ministerio Público se reserva su opinión técnica hasta ese momento.
Cuando nos escoltaron de regreso, Juan Camilo logró caminar unos pasos junto a mí antes de que el custodio nos obligara a separarnos.
—No es garantía de nada —me susurró al oído—, pero ya hemos sembrado la semilla. Si el juez pretende justificar que sigas aquí mientras toda la verdad sale a la luz, va a tener que redactar una resolución impecable.
Asentí en silencio.
Al regresar al reclusorio, el aire se sentía distinto. Era como si, por primera vez, una puerta que siempre había permanecido sellada se encontrara, al menos, entreabierta.
Cristina
El vuelo de regreso a la Ciudad de México iba casi lleno, pero yo sentía que viajaba sola en el mundo.
El cinturón me apretaba, aunque la presión venía más de la carpeta que sostenía sobre las piernas que del asiento en sí.
Dentro, perfectamente resguardados, estaban los USB y las copias que Esther me había entregado en la cooperativa.
Me habría encantado visitarla en otras circunstancias; platicar con calma, cargar a su bebé, Simona, que estaba preciosa.
Pero aquello había sido un viaje exprés.
El miércoles temprano contraté un taxi desde el hotel cercano al aeropuerto donde me hospedaba; no podía permitirme llamar la atención al llegar a San Marcos.
Era una población a menos de dos horas de Acapulco y yo conocía bien el camino a casa de la familia de Simón, pero no imaginé encontrar tantas reformas en el trayecto.
Mi abuela tenía un dicho: «Ni el embarazo ni el dinero se pueden ocultar». Las palabras de Esther seguían resonando en mi cabeza como un eco persistente:
—Esto me dijo mi papá que era para ti. No lo guardes. Úsalo.
Miré por la ventanilla. Las nubes debajo parecían estáticas, pero yo sentía que todo se movía a una velocidad vertiginosa: el proceso de Miguel, la custodia de Freddy, la red de Alfredo, el juez comprado. Ahora, al menos, tenía algo de peso que poner del otro lado de la balanza.
Un mareo leve me obligó a recargar la cabeza contra el respaldo.
Cerré los ojos unos segundos. No terminaba de sentirme bien.
El cuerpo no siempre avisa con gritos; a veces, insiste con susurros.
Aun así, saqué el celular, todavía en modo avión, y abrí el chat de la teniente Montor.
Escribí un mensaje que se quedó en espera, suspendido en el vacío digital:
Necesito verla. Estoy llegando a la CDMX. A solas. No es algo que deba decir por aquí. 3:31pm
Dudé un segundo antes de bloquear la pantalla.
Guardé el teléfono, apreté la carpeta contra el pecho y respiré con lentitud.
Por primera vez en días, el miedo y la rabia empezaban a mezclarse con una sensación extraña: la certeza de que, ahora sí, las piezas que otros habían movido en mi contra podían empezar a caer sobre ellos.
Al aterrizar quité el modo avión. En cuanto recuperé la señal, entró una llamada de un número desconocido. Lo último que necesitaba en ese momento era que me ofrecieran una tarjeta de crédito, así que decidí ignorarlo. Minutos después, entró un mensaje:
Cristina, soy Karina Cruz. Me dio tu teléfono la teniente Montor. No quiero incomodarte, solo quería hablar contigo un momento, pero entiendo si no quieres . 4:11pm
Marqué de inmediato.
—Buenas tardes, Karina. Perdón, no suelo contestar números que no tengo registrados —me disculpé apenas tomó la llamada.
—No te preocupes, lo bueno es que ya estamos hablando.
—Dime en qué te puedo ayudar. Vengo aterrizando en el AIFA.
—Ay, qué cerquita —exclamó ella.
—¿De qué?
—No, nada... Te hablaba porque quería comentarte que he estado en contacto con el despacho de abogados que lleva la defensa de Miguel y no quieren aceptar que nosotros nos hagamos cargo de los gastos.
—Por mí no es problema —respondí de inmediato—. Al final, él está en esta situación por mi culpa.
—No, Cristina. Miguel es el único responsable de sus actos, pero no estamos aquí para ver quién tiene más culpa.
Quería insistir, decirle que sí, que todo era por mí, pero debía tener cuidado con mis palabras. Había demasiado en juego; aquello ya no era un simple tema de venganza, era un delito federal y nuestras vidas pendían de un hilo. De pronto, sentí que el aire se espesaba. Me faltaba el oxígeno.
—Cristina, ¿estás bien? —la voz de Karina sonó distante.
—No puedo respirar —alcancé a articular.
—¿Quién está contigo?
—Nadie… pero ya voy a pedir un taxi…
Lo siguiente fue una voz ajena gritando a lo lejos:
—¡Chava! ¡Salte, aquí vamos al AIFA, pero rápido, es urgente!
Cuando abrí los ojos, había cerca de cinco personas a mi alrededor observándome con preocupación. Estaba tendida en el piso y una paramédica me sostenía el brazo mientras me tomaba el pulso.
—Señorita, tranquila, fue solo un desmayo. Su pulso se está regulando. ¿Viene con algún familiar?
—Sí, conmigo —escuché una voz entrecortada por el esfuerzo. Era Karina.
—¿Estás bien? Me preocupé cuando dejé de oírte. Justo venía pasando por aquí. Y la señorita Sofía… —Karina movió la cabeza hacia un lado.
—Soy yo —dijo una chica—. Aquí tiene su teléfono.
—Gracias por todo, Sofía —Karina recibió mi celular y me lo entregó—. Ella lo recogió cuando te desmayaste y me fue indicando dónde estabas.
—Muchas gracias, de verdad. Mis cosas… —Una angustia punzante me atravesó; no podía perder el sobre.
—Aquí está todo —respondió Sofía—. No me he movido de aquí y nadie ha tocado sus pertenencias.
Ya más tranquila, nos sentamos en una banca. Necesitaba aclarar mis pensamientos y decidir mi próximo paso; no tenía respuesta de Lisa y no sabía a quién más acudir.
—Perdón, Karina, por tanta molestia. ¿No tienes un vuelo que tomar? Pienso tomar un taxi, no quiero ser una carga.
—No, Cristina, para nada. Nuestro rancho queda por estos rumbos y yo volvía de una cita en la ciudad. De hecho, estaba pensando… ¿no quieres venir a conocerlo? Un poco de campo y aire fresco te vendrán bien.
—Es que yo…
—Perdón, igual tienes algún compromiso y yo aquí entrometiéndome.
—No —la interrumpí—. En realidad, me encantaría. Creo que necesito descansar.
No tenía a dónde ir, y algo dentro de mi instinto me susurró que ese era el lugar correcto para citar a la teniente Montor.
Nunca imaginé llegar a un lugar tan imponente. La entrada de piedra, con puertas de herrería tan anchas que podrían entrar tres camionetas a la par, daba paso a un camino flanqueado por árboles cuyas copas se entrelazaban en lo alto, formando un túnel verde que robaba el aliento.
—Qué lugar tan hermoso, Karina. Gracias por invitarme.
—A ti por aceptar. Es un placer tenerte aquí —respondió.
Ella venía a mi lado mientras yo no dejaba de admirar los paisajes a través del cristal.
—¿Sabes montar, Cris? Digo… ¿Cristina?
—Dime Cris, está bien. Sí, en los internados era prácticamente obligatorio. Aunque soy amante del mar, estudié en Suiza y Escocia, así que también aprendí a amar el campo.
—Me da gusto. Así podremos ir a montar. Mira, él es Pío, el capataz del rancho.