Marea MAR DE FONDO #5
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MAR DE FONDO #5

—No. Lo quieren en la sala de juntas. Lo esperan su abogado y la teniente Montor.

En el fondo de mi mente, guardaba la esperanza de que fuera Cristina. Solo pensarlo me provocó una punzada en el pecho. Dejé que me colocaran las esposas y salí al pasillo.

Caminé entre rejas que se abrían y cerraban a nuestro paso.

El eco de las botas sobre el piso de cemento me devolvió a los corredores de los cuarteles, a las guardias de madrugada; a aquellos días en que estar encerrado significaba estar de servicio y no ser un acusado.

Mientras avanzábamos, no pude evitar reflexionar sobre cómo la oportunidad que Julián me ofreció me había arrancado de mi mundo médico para lanzarme a una realidad que, aunque no me era desconocida, nunca imaginé vivir en carne propia.

En el área administrativa, el custodio abrió la puerta de una sala pequeña.

Juan Camilo estaba de pie, apoyado en la mesa, conversando con la teniente Montor.

Ella mantenía su expresión de siempre: seria, concentrada, como si estuviera encajando las piezas de un rompecabezas invisible. Ambos se giraron al verme entrar.

—Capitán —saludó la teniente con un breve movimiento de cabeza.

—Miguel —dijo Juan Camilo—. Traemos noticias.

—¿Cristina? —pregunté, antes de que pudieran articular otra palabra.

—Cristina está con su abuela y con la licenciada Proal, mi madre, trabajando en el tema de Fredy —respondió Juan Camilo con un tono marcadamente cortante—. Hoy les tocó pelear en otro frente.

Le sostuve la mirada. Era evidente que él sentía algo por ella.

No lo juzgaba; no tenía sentido armar una escena de celos al único hombre capaz de salvarme de la cárcel, pero tampoco pensaba ponérselo fácil.

Durante mis noches de insomnio, había tomado una decisión: iba a luchar por ella.

Su mirada a través del vidrio, las palabras de mi madre y el desfile de recuerdos de todo lo vivido no me dejaban mentirme más: la amaba.

—Tenemos poco tiempo y mucho que resolver —interrumpió Montor, devolviéndonos a la urgencia del momento.

—¿Qué noticias traen de mi caso? —pregunté, observando la carpeta que Juan Camilo mantenía abierta sobre la mesa.

—Lo que traemos —sentenció él con gravedad— es lo que la Fiscalía dice que eres. Y necesitamos que nos ayudes a desmontarlo, punto por punto. Mañana tienes la audiencia para declarar.

La teniente Montor carraspeó con suavidad, pidiendo la palabra.

—Antes de eso, hay algo que le debía —dijo mientras abría su portafolio y extraía un folder más delgado, sujeto con un clip negro—. ¿Recuerda lo que me pidió el día que lo detuvieron? Que investigara la camioneta que estaba afuera del hospital.

El estómago se me contrajo.

—Sí. ¿Pudo averiguar de quién era?

—Lo hice —respondió ella—. Y lo puse por escrito.

Empujó el folder hacia mí.

—Léalo. Es lo más delicado que tenemos hoy.

Abrí el archivo. El encabezado rezaba: “Informe de seguimiento vehicular. Placas…”.

Comencé a leer las líneas subrayadas: consultas a registros oficiales, flotillas, pólizas de seguro.

El renglón que me cortó la respiración estaba a mitad de la primera hoja: el propietario del vehículo no era Alfredo ni ninguna de sus empresas.

Pertenecía a las secretarías del Estado.

Era una camioneta de gobierno; una de las mismas que, según los contratos, se compraron «para las dependencias».

Más abajo, una anotación de puño y letra de la teniente: «Unidad pertenece al lote adquirido en contrato 35672-C; serie coincide con vehículos actualmente observados por posibles sobreprecios y desvíos».

La teniente Montor esperó a que cerrara el folder antes de sacar otro juego de hojas con varias fotografías en blanco y negro.

—No es lo único que revisé. Pedí también las grabaciones de las cámaras del hospital del día de tu detención y de las cuarenta y ocho horas previas.

Me pasó la primera hoja. Eran imágenes de pasillos que conocía de memoria: urgencias, elevadores, la entrada de médicos.

—Aquí no hay nada inusual —murmuré.

—Siga —me instó ella.

Pasé a la siguiente. La toma era de la entrada de servicio del hospital, esa que casi nadie utiliza.

En la esquina, el sello de fecha indicaba un día antes de mi arresto.

Un hombre bajaba de una camioneta oscura.

Vestía traje, corbata floja, cubrebocas y gorra.

Parecía alguien común, pero en la ampliación de abajo, el ángulo permitía distinguir sus rasgos: cejas gruesas, frente amplia, la forma cuadrada de la mandíbula.

—¿Lo reconoce? —preguntó Montor.

Lo había visto en alguna parte. Su fisonomía me resultaba familiar entre tantos eventos e inauguraciones del último año. Entonces, el nombre acudió a mi mente.

—Es… el secretario de Medio Ambiente del estado —dije, sintiendo un frío gélido recorrerme la espalda. Nunca me había caído bien, y ahora entendía que mi instinto no se equivocaba.

—El mismo —confirmó ella—. Según los registros del hospital, ese día no tenía ningún familiar internado ni cita agendada. En el papel, no existe. Pero en las cámaras está su rastro.

Pasé a la siguiente foto: el mismo ángulo, minutos después. El secretario ya no llevaba la gorra; se la estaba guardando en el saco justo antes de entrar al área restringida donde habían mantenido a Alfredo bajo sedación.

—Esta es la más importante —señaló la teniente—. Aquí se ve su rostro con claridad. El perito en video ya emitió un dictamen preliminar: hay una probabilidad altísima de coincidencia.

En la siguiente hoja, la cámara captaba un pasillo interior. El secretario estaba junto a una camilla rodeada de aparatos médicos. Aunque la sábana cubría casi todo el cuerpo, yo sabía perfectamente quién estaba allí postrado.

—Alfredo —susurré.

—Días antes de que lo detuvieran, ese hombre fue a verlo. Sin registros, sin papeleo, entrando por la puerta de servicio —dijo Montor.

La última foto mostraba al secretario en el estacionamiento, hablando por teléfono junto a la misma camioneta que yo había visto el día de mi detención. En el recuadro ampliado, las placas coincidían exactamente con las del informe.

Cerré los ojos un segundo. Todo cobraba un sentido siniestro: la llamada de Julián, la vinculación de Cristina...

—El que mueve las piezas no es un simple funcionario —concluí.

La teniente asintió.

—Exacto, Miguel —resumió Juan Camilo—. Todo apunta a lo mismo: tu caso no es un asunto privado entre Alfredo y tú. Hay alguien mucho más arriba cuidando que él no caiga… y asegurándose de que tú sí.

Sentí que las paredes del reclusorio se cerraban todavía más sobre mí. Aquel descubrimiento lo cambiaba todo, pero la realidad era cruda: las fotos no servían aún como prueba procesal. Lo urgente era desestimar los cargos en la audiencia de mañana.

—Creo que ya tenemos nuestra estrategia para la declaración —dijo Juan Camilo, guardando las carpetas en su maletín—. Trata de descansar, Miguel. Mañana es un día decisivo. La espero afuera, teniente.

Ambos asentimos.

—Montor, tenemos que manejar esto con extrema cautela —añadí—. Necesito que analices toda la información recopilada bajo esta nueva luz.

—Así lo haré, capitán. Descuide.

—Y, por favor… mantente cerca de Cristina.

Montor esbozó una leve sonrisa.

—A sus órdenes, capitán —hizo el saludo militar y salió de la sala.

El custodio no tardó en entrar para esposarme y llevarme de regreso.

Mi cerebro intentaba procesar el alud de información; era difícil encajarlo todo, pero un nombre martilleaba en mi cabeza: Simón.

Él sabía más de lo que admitía. Intenté localizarlo con la mirada al volver, pero no lo vi en toda la tarde. Era como si se hubiera esfumado.

La sala de la Fiscalía olía exactamente igual que la primera vez: a café recalentado, papel húmedo y desinfectante barato.

La diferencia era que ahora yo sabía qué piezas de ese expediente eran una farsa.

Juan Camilo se sentó a mi lado y la teniente Montor se ubicó detrás.

Frente a nosotros, el fiscal y la agente del Ministerio Público abrieron el expediente con una parsimonia ensayada.

—Capitán Miguel Rodríguez —comenzó el fiscal—. Vamos a continuar con su declaración. Le recuerdo que tiene derecho a guardar silencio…

Asentí. Conocía el protocolo. Las primeras preguntas fueron idénticas a las anteriores: mis datos personales y mi relación con Alfredo, Simón, Teo y Cristina.

Juan Camilo me había instruido bien: responder solo lo necesario, negar con claridad las falsedades y anclar mis respuestas a los hechos documentados.

—¿Reconoce esta cuenta bancaria? —preguntó la agente, mostrándome una de las hojas que ya había revisado.

—No —respondí—. No la abrí yo, no poseo tarjetas de esa institución y jamás he realizado operaciones en ella.

—Sin embargo, aparece a su nombre.

—Mi nombre y mis datos son de dominio público en las fuerzas armadas.

Es sencillo abrir una cuenta con información robada —expliqué con calma—.

Lo que no encontrarán es un solo movimiento autorizado por mí: ni firmas, ni transferencias desde mis dispositivos, ni retiros en los que se identifique mi rostro.

Juan Camilo intervino de inmediato.

—Mi cliente ya ha sido claro. Solicitamos que conste en acta que hemos pedido los videos completos de las sucursales, no solo fotogramas aislados.

La agente frunció el ceño, pero prosiguió con los contratos y las empresas: —¿Ha trabajado para Logística Marítima del Pacífico?

—No.

—¿Conoce la empresa Servicios Ambientales del Golfo?

—No.

A cada negación, Juan Camilo entregaba copias certificadas donde esas empresas aparecían ligadas directamente a Alfredo. En un momento dado, la agente intentó el golpe directo.

—El Ministerio Público considera que usted, por su perfil, su acceso a información reservada y su cercanía con Alfredo Sánchez, fungió como “socio operativo” en el esquema de desvío de recursos. ¿Qué tiene que decir al respecto?

La acusación ya no me impactó como la primera vez. Las palabras se enfrentan mejor cuando ya las has visto escritas.