Marea MAR DE FONDO #4
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MAR DE FONDO #4

En ese momento, Naty, una de las mujeres que ayudaba en la casa, apareció en el umbral.

—Señora, perdone que las interrumpa, pero la licenciada Proal y sus abogados acaban de llegar. Ya los instalamos en su despacho.

—Gracias, Naty. Diles que los alcanzamos en un momento —respondió mi abuela.

—Con permiso —dijo ella, retirándose.

—Cris, se me había pasado decirte que Camille me habló temprano; necesitaba hablar contigo de forma urgente en su oficina —añadió mi abuela—. Pero le pedí que mejor viniera ella para dejarte descansar un poco más.

—Ay, abuela, qué pena recibirla así, estoy en pijama. Subo a cambiarme rápido. Pero deja esa plática pendiente, por favor.

—Déjala ir, hija… —murmuró ella—. Muchas veces se vive más feliz sin saber tanto.

Entré al despacho minutos después, ya cambiada con lo primero que encontré: mi ropa de ejercicio. Camille, como siempre, lucía impecable con un conjunto de la última colección de Chanel. Estaba sentada junto a dos de sus abogados, los mismos que llevaban el caso de Freddy.

—Buenos días. Perdón por haberlos hecho esperar.

—No te preocupes, Cristina —respondió Camille—. ​ Estábamos conversando con tu abuela; siempre disfruto mucho de su sabiduría.

—Es mutuo —terció mi abuela—. Pero basta de halagos. Siéntate, Cristina. Una vez más, mi instinto no me falló.

Camille cerró la carpeta que tenía delante y me miró con una seriedad que me heló la sangre.

—Cristina, necesito que entiendas algo antes de que te diga lo que viene —empezó—. Legalmente, hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos.

Tu caso está perfectamente armado, la evidencia es contundente y, en condiciones normales, deberías estar muy tranquila.

Sentí cómo se me apretaba el estómago.

—Pero no estamos en condiciones normales, ¿verdad?

Camille dudó un instante.

—Ayer empezamos a notar movimientos inusuales en el juzgado —continuó—. Acuerdos que se “atoran”, oficios que no salen, citas que se postergan sin motivo… y un cambio muy evidente en la actitud del juez.

—¿Qué tipo de cambio?

—Antes escuchaba. Mostraba interés por las pruebas técnicas y por el expediente psicológico de tu infancia.

—Camille, ve al grano —intervino mi abuela con firmeza.

—Hay indicios de que alguien se acercó al juez —soltó al fin—. No puedo afirmarlo al cien por ciento, pero esto se parece demasiado a otros casos donde después se comprobó que hubo “arreglos”.

—¿Estás diciendo que lo compraron?

—Estoy diciendo que su criterio cambió exactamente hacia donde les conviene a Alfredo y a tu mamá —respondió—. Y eso, en este medio, rara vez es casualidad.

Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué implica eso para nosotros?

—Que el proyecto de resolución niega tu solicitud de custodia y mantiene la patria potestad con tu madre, presentándote a ti como la parte inestable —dijo, directa.

—¡Eso no es verdad!

—Lo sé. Pero cuando hay dinero e influencias de por medio, la verdad suele pesar menos.

Mi abuela intervino de nuevo:

—¿Se puede hacer algo todavía?

—Sí, pero no será una batalla fácil.

—Entonces… ¿lo más probable es que Freddy se vaya con ella?

—Sí —respondió Camille con pesadumbre—. Al menos en esta etapa del proceso.

Mientras íbamos en camino a dejar a Fredy en el departamento donde Liliana cumplía su arraigo domiciliario, traté de hacerme la fuerte explicándole que todo aquello era temporal.

Pero el dolor de cabeza era punzante y sentía el cuerpo pesado; la gripe se estaba instalando justo cuando menos podía permitirme el lujo de enfermarme.

En cuanto subí a la camioneta, no aguanté más y lloré.

Lloré de rabia, de frustración y de un miedo atroz a perder también a Fredy.

—Cris, ya no llores, por favor… —me pidió Juan Pablo.

—Sí… ya me voy a tranquilizar —logré decir entre sollozos.

Habíamos decidido partir hacia Los Cabos de inmediato. El Marea zarpaba al día siguiente para una ruta de siete días que ya habíamos trazado por el Mar de Cortés. Si no llegábamos mañana, tendríamos que esperar hasta finales de la próxima semana para alcanzarlo en Puerto Vallarta.

Traté de serenarme conforme nos acercábamos a la Terminal 2 del aeropuerto Benito Juárez.

—Juan Pablo, si quieres ve pasando el filtro de seguridad. Déjame entrar rápido al baño a lavarme la cara; debo de estar toda hinchada.

—Si quieres te espero aquí afuera.

—No, adelántate. Ve buscando dónde comer algo, me muero de hambre.

—Está bien, perfecto. Te veo adentro.

Estaba peor de lo que había imaginado: la cara enrojecida, el pelo desordenado y unas ojeras que delataban mi falta de descanso. Me lavé como pude con el agua fría. El chorro me despejó apenas, pero el ardor en la garganta y el cansancio seguían allí, pegados a mis huesos.

De pronto, mi celular comenzó a sonar. Era un número desconocido con lada de la Ciudad de México. «Será el chofer», pensé, creyendo que había olvidado algo en la camioneta.

—¿Hola?

—Señorita Cris, qué bueno que me contestó. Ya me estaban obligando a colgar —era la voz de Simón.

De inmediato, las paredes del baño parecieron cerrarse sobre mí. El nombre de Miguel fue lo primero que cruzó mi mente.

—¿Sigue ahí, señorita? ¿Se habrá cortado la señal?

Reaccioné como pude.

—Aquí estoy, Simón. ¿Todo bien? ¿Qué pasó?

—Sí, todos estamos bien. Pero necesito que me escuche con atención; no tengo mucho tiempo.

—Dime, te escucho —quise salir del baño para buscar mejor señal, pero temía que la llamada se cayera.

—Necesito que vaya a ver a Esther. Usted ya sabe dónde. Y dígale que yo le mando saludos.

—Pero, Simón, no entiendo nada de lo que me estás diciendo.

—Aquí hay marea roja, señorita. Vaya para allá sola.

—Simón… explícate, por favor. ¿Qué significa eso?

—Se lo debo a su padre y se lo debo a usted. Solo le puedo decir que él, hoy más que nunca, estaría muy orgulloso de usted.

—¿Simón? ¡Simón! ¿Bueno? ¡Dime algo!

La llamada se cortó. Me quedé con el teléfono apretado en la mano, repitiendo en un bucle mental cada una de sus palabras.

Piensa, Cristina. Piensa.

Salí del baño arrastrando mi equipaje de mano. Me enfrentaba a una encrucijada inevitable: ignorar las advertencias y seguir con el plan original hacia Los Cabos, o confiar en las crípticas palabras de Simón y desviarme hacia Acapulco.

Mis pies se encaminaron hacia el mostrador de Aeroméxico antes de que mi cerebro pudiera procesar el riesgo. Estaba dejando mi destino al azar.

—Buenas tardes, señorita. ¿En qué puedo ayudarle? —preguntó la empleada con una sonrisa ensayada.

—Quisiera saber a qué hora sale el próximo vuelo a Acapulco —dije, tratando de que mi voz no delatara mi nerviosismo.

La mujer comenzó a teclear con rapidez mientras consultaba el monitor.

—El próximo sale a las 17:55. ¿Va a documentar equipaje?

—No. ¿Por qué lo pregunta?

—Ah, entonces es perfecto. Tenemos solo cinco minutos antes de que se cierre el vuelo.

No lo pensé más. Saqué mis pertenencias con movimientos mecánicos.

—Aquí tiene mi identificación y mi tarjeta.

Me sentía como si estuviera operando en modo automático, dejando que una fuerza externa guiara mis acciones.

—Claro que sí, deme un momento —respondió ella mientras procesaba el boleto.

Una vez que logré pasar el filtro de seguridad a toda prisa, le marqué a Juan Pablo. Ya había ensayado la mentira en mi cabeza; solo esperaba que su confianza en mí fuera lo suficientemente ciega como para no cuestionarme.

—¿Qué pasó, Cris? —respondió él al segundo tono—. Ya estoy sentado en el Wings, acabo de pedir de comer. ¿Quieres que te pida algo?

—No, gracias. Escucha, me acaba de hablar mi abuela. Surgió un imprevisto en Banca Patrimonial y tengo que ir mañana mismo a firmar unos documentos.

—No te preocupes —dijo él de inmediato—. Dejo todo, cancelo el vuelo y me salgo ahora mismo para acompañarte.

—¡No!, no lo hagas —lo interrumpí, quizás con demasiada rapidez—. Es mejor que tú te vayas para allá. Para mí es mucho más importante saber que estás con el equipo, supervisando todo.

—Está bien… pero te esperaremos para zarpar.

—Sigan con el itinerario que ya establecimos. Yo los alcanzo en cuanto termine; iré monitoreando su posición desde mi celular para ver cuál es la mejor ruta para encontrarlos.

—Pero en el Mar de Cortés las comunicaciones son más complicadas, Cris…

—Juan Pablo, por favor —utilicé un tono más firme, cortando cualquier intento de réplica. Odiaba mentirle, especialmente a él, pero no tenía otra opción. Ya me encargaría de lidiar con las consecuencias después—. Confía en mí.

—Tienes razón, Cris. No te angusties, yo me encargo de todo allá. Estamos en contacto.

—Gracias por todo, Juan Pablo.

Colgué. El peso de la culpa me oprimió el pecho un instante, pero no había marcha atrás. Tuve que echarme a correr para encontrar mi sala de abordaje; el vuelo a Acapulco estaba a punto de partir y, con él, mi última oportunidad de descubrir la verdad.

Miguel

No era la primera vez que pasaba días enteros con el mismo uniforme, recorriendo los mismos pasillos y acatando las mismas órdenes.

Había estado encuartelado en el pasado; conocía de sobra los despliegues del Plan Marina tras el paso de huracanes, durmiendo vestido, comiendo cuando la oportunidad lo permitía y esperando, simplemente, la siguiente instrucción.

La diferencia fundamental era que, allá afuera, uno sabía exactamente por qué estaba allí.

Había un puerto al que regresar, un parte que rendir, una misión que cumplir.

Aquí adentro, en cambio, el único objetivo era aguantar sin convertirse en un número más del reclusorio.

Con el paso de los días, el encierro dejó de sentirse extraño para transformarse en rutina.

Ya conocía el horario del conteo, el chasquido de los candados y ese olor agrio del comedor antes de que sirvieran la comida.

El cuerpo se acostumbraba más rápido de lo que uno quisiera admitir; la cabeza, sin embargo, se resistía.

—Rodríguez —la voz del custodio rebotó contra las paredes del pasillo—. Prepárese.

Me levanté de la litera casi por reflejo.

—¿Locutorios otra vez?— pregunté.