MAR DE FONDO #3
—Gracias por venir —intenté desviar la conversación—. Platícame de mi yegua. ¿Ya parió? El fin de semana el capataz me dijo que no tardaría.
—No me distraigas, Miguel —me cortó con esa mezcla de paciencia y firmeza que conocía de toda la vida—. Dime cómo te sientes tú, hijo. No me gusta lo que veo en tus ojos. Pensé que encontraría rabia y frustración, pero no… veo una profunda tristeza.
Me froté el rostro con las manos, como si pudiera borrar lo que ella estaba leyendo con tanta claridad.
—Explícame, mamá… ¿por qué me duele tanto aquí? —me señalé el pecho.
Su expresión se suavizó.
—Mi amor, yo sé que aquí el cardiólogo eres tú —dijo con una media sonrisa triste—, pero hay algo que no se estudia en los libros. Ese órgano que conoces muy bien también guarda uno de los secretos mejor guardados del universo: el amor.
Con esas palabras, terminó de nombrar lo que yo había estado intentando esquivar desde que conocí a Cristina en Acapulco.
La visita se terminó antes de que pudiera ordenar todo lo que quería decirle. El custodio hizo la seña de siempre, mi madre apretó con fuerza su bolso y me regaló una última sonrisa que no lograba alcanzar sus ojos. Colgamos al mismo tiempo.
Caminé de regreso por el pasillo, con el eco de sus palabras todavía vibrando en mi pecho. No quise voltear hacia los primeros locutorios; sabía que, aunque Cristina ya no estuviera allí, mi cuerpo la seguiría buscando por instinto.
Al cruzar la última reja, antes de llegar a los dormitorios, lo vi.
Simón estaba recargado contra la pared, con las manos atrás y esa mirada alerta de siempre, esperándome como si conociera exactamente mi ruta.
No tenía ganas de juegos. Aún conservaba las imágenes de mi madre y de Cristina grabadas en la retina.
—¿Qué, capitán? —dijo en cuanto me vio—. Ya vio lo que le decía: su novia sí me conoce.
Asentí sin detener el paso. Él se despegó del muro y comenzó a caminar a mi lado.
—Lo que me sorprendió es que viniera a verme a mí y no a usted —añadió con una media sonrisa cargada de intención.
Cruzamos miradas. No le iba a dar el gusto de provocarme.
—Ya basta de pláticas, a sus celdas —intervino el custodio que me custodiaba.
—¿Nos permite hablar un poco más? —pregunté con un tono de autoridad que creía haber olvidado en este lugar.
El guardia me sostuvo la mirada un segundo.
—Está bien, capitán. Pero si aparece el supervisor, se mueven de inmediato —advirtió.
Dio media vuelta y se alejó unos metros, lo suficiente para fingir que no escuchaba. Si es que la privacidad era algo que realmente existiera tras estos muros. Simón se acomodó de nuevo contra la pared.
—Pero eso sí, no se ponga celoso —dijo, bajando la voz—. Ella fue muy clara: está aquí para ayudarlo a usted. La señorita Cristina es un alma buena. ¿Sabe? Ella le salvó la vida a mi hija hace seis años.
Aquello me detuvo en seco.
—No lo sabía… ¿Por qué?
Simón respiró hondo.
—Le diagnosticaron una de esas enfermedades raras de la sangre. En el seguro me la desahuciaron. Imagínese lo que sentí. Ella apenas tenía veinte años.
—Lo siento, Simón —respondí—. Soy médico, entiendo perfectamente de lo que hablas.
—Pues la señorita Cris no aceptó aquel diagnóstico —continuó—. Voló desde donde estaba estudiando, muy lejos, y vino por ella al pueblo, cerca de Acapulco. Se la llevó a Europa, a una clínica con un tratamiento experimental… y se salvó.
Por primera vez, vi a un hombre auténticamente vulnerable frente a mí.
—Ya hasta abuelo soy —dijo con una sonrisa que le quebró ligeramente la voz.
Era el momento.
—Simón —lo miré fijamente—, ¿dónde está tu lealtad como hombre?
—No diga eso, capitán. Yo sí…
—¿Sí qué? —lo interrumpí de golpe—. ¿No crees que fue suficiente con lo que ese malnacido le hizo cuando era niña? ¿Todavía quieres permitir que siga destruyéndola?
—Eso seguro se lo dijo Juan Pablo —respondió Simón—. Él fue el que empezó con esos rumores. A mí me aseguraron que lo inventaron porque estaban resentidos con el jefe. Ya ve cómo son los niños… Pero…
No lo dejé terminar. Sentí cómo la sangre me empezaba a hervir bajo la piel.
—Me lo dijo Juan Pablo, sí, pero también lo confirman los exámenes periciales de su expediente. Y lo vi en su mirada, Simón. Ahí no hay lugar para la mentira.
Simón bajó la vista un segundo, buscando algo en el suelo de concreto.
—A mí siempre me juraron que aquello no había pasado así —murmuró—. Que lo habían exagerado todo para perjudicar al jefe, porque su carrera iba en ascenso.
—¿Estabas buscando la verdad o lo que te convenía creer? —le espeté—. ¿Preferiste la comodidad o lo que tenías frente a los ojos? Has trabajado años al lado de Alfredo. No me digas que nunca te resultó sospechosa su obsesión con ella.
Se quedó callado. El silencio se volvió denso, casi irrespirable, entre nosotros dos.
—Hay cosas que uno aprende a no ver, capitán —soltó al fin, con la voz apagada.
—Pues ya no estamos en edad ni en posición de hacernos los desentendidos —le respondí—. Si ese tipo fue capaz de semejante bajeza con una niña, dime de qué no será capaz ahora para protegerse. Mira dónde estamos nosotros… y dónde sigue él.
La expresión de Simón se transformó; el enojo afloró en su rostro, seguido de una sombra que se parecía mucho a la vergüenza.
—Ese infeliz… —masculló para sus adentros.
—Simón, escúchame bien —sentencié—. Piensa muy bien de qué lado quieres estar.
Él echó un vistazo rápido hacia el pasillo, evaluando quién podría estarnos observando desde las sombras de las celdas.
—Mañana hablamos —dijo sin mirarme directamente—. Si es que no nos trasladan antes.
Dio un paso para marcharse, pero se detuvo a mitad del movimiento.
—Y una cosa más, capitán —añadió, bajando el volumen hasta convertirlo en un susurro apenas audible—.
No se equivoque: Alfredo es peligroso, sí…
pero aquí hay gente mucho más arriba. Personas que ni siquiera se asoman por estos pasillos, pero que tienen los tentáculos bien hundidos aquí dentro… y mucho más arriba también.
Se enderezó, recuperando su compostura habitual, y retomó el paso.
—Por eso, como usted dice, necesito pensarlo —remató con un tono neutro—. No se trata solo de hablar… sino de a quién le va a rebotar lo que uno diga.
Se alejó, dejándome con la gélida certeza de que Alfredo no era la cima del problema, sino apenas un apéndice de un monstruo mucho más grande.
Cristina
—Abuela, en esta casa preparan los mejores huevos benedictinos del mundo.
No quería dejar ni rastro en el plato; el sabor era lo único que parecía mantenerme anclada a la realidad.
—¿Quieres que te traigan más? —preguntó ella, observándome con ternura.
—No, estoy bien. Solo comeré un poco de fruta y… —un estornudo me interrumpió de golpe.
—¡Salud!
—Gracias. Creo que me voy a enfermar, abuela; si es que no lo estoy ya. Siento el cuerpo cortado.
—No es para menos —sentenció ella, dejando su taza sobre la mesa—. Han sido demasiados cambios de temperatura y un estrés insoportable.
—Ayer, en cuanto terminó la reunión nocturna con el equipo del Marea, me quedé dormida. Por cierto, el proyecto va espectacular; no sabes la cantidad de información que hemos logrado reunir. Al menos hay algo bueno dentro de todo este caos.
—La vida es así, Cristina. Venimos a este mundo a aprender y, por más hundidos que nos sintamos o por mucho que creamos que no aguantaríamos un golpe más… sobrevivimos. ¿Y sabes qué es lo más importante? Que debemos estar preparadas, porque siempre viene más.
—Ya no más, abuela. De verdad, ya no puedo más.
—Cuando murió tu abuelo, pensé que no sería capaz de vivir sin él, pero aprendí a hacerlo —sus ojos se perdieron un segundo en el vacío del jardín—.
Pensé que esa era la prueba más dura que la vida me pondría.
Luego, a los pocos años, la muerte de tu padre me devastó.
¿Sabes qué fue lo único que me devolvió las ganas de vivir?
—No, abuela. ¿Qué fue?
—Tú.
Hizo una pausa deliberada, sosteniéndome la mirada.
—Fuiste mi brújula. Sabía que tenía que vivir por ti y ser fuerte. Y aquí estoy. Si tú no hubieras necesitado que yo luchara por tu futuro… yo me habría dejado morir.
Me levanté de mi silla y la abracé con fuerza, dejando que las lágrimas finalmente se desbordaran.
—Gracias, abuela, por todo. Y perdona que te hiciera enojar ayer.
—Shh… hiciste lo correcto —susurró, acariciando mi pelo—. Tengo que aceptar que eres una mujer justa y me haces sentir muy orgullosa.
Regresé a mi lugar, tratando de recomponerme. Era el momento de tocar un tema que me quemaba la lengua desde hacía tiempo.
—Abuela… ¿por qué mi papá no le dejó nada a mi mamá en su testamento? No es un reclamo, pero estaban casados cuando él murió. Ella, siempre que puede, repite que tuvo que buscarse la vida para sobrevivir porque mi papá me heredó todo a mí.
—Nunca te he hablado de la relación de tus padres porque consideraba que no me correspondía —respondió ella con lentitud—. Yo solo sabía lo que tu padre me contaba, y una relación siempre es de dos.
Bebió un sorbo de café, como si estuviera ordenando los recuerdos antes de soltarlos.
—Solo te puedo decir que, dos semanas antes de morir, me pidió que lo acompañara con el notario. Cambió su testamento para ponerlo todo a tu nombre y me dejó a mí como tu albacea. Recuerdo perfectamente sus palabras: «Solo en ti confío».
—No recordaba que estuvieran separados… —fruncí el ceño, tratando de buscar alguna imagen en mi memoria—. A veces los oía discutir, pero nada más.
—Tu padre tampoco era una blanca paloma, Cris —admitió ella—. Pero como hijo y como padre, nunca nos falló.
Hizo una pausa más larga y bajó el tono de voz, como si las paredes pudieran escuchar.
—Y ojalá la vida me dé la oportunidad de recordarle a Liliana el dinero que tu padre le entregó con el convenio de divorcio que firmaron apenas un día antes de que él muriera. Y no solo eso: el dinero que me exigió por firmar tu guardia y custodia cuando se enteró de que la albacea era yo.
—¿Qué? —pregunté, sin alcanzar a procesar la magnitud de lo que acababa de decir.