Marea MAR DE FONDO #2
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MAR DE FONDO #2

Haber usado el nombre de mi padre había sido un golpe bajo, pero estaba desesperada.

—Gracias, Simón.

Colgamos casi al mismo tiempo. El aire se sentía mucho más pesado que al inicio de la entrevista.

Sentía una necesidad urgente de ducharme.

Mientras me lavaba las manos en el baño de locutorios, mi cerebro intentaba procesar todo lo que Simón había callado.

Quería borrar el olor a sudor metálico que se me había impregnado en la piel al sostener el auricular.

Ahí estaba la clave: en sus silencios, no en sus palabras.

—Perdona… tú debes de ser Cristina.

Una voz a mi lado me obligó a levantar la vista.

Una mujer madura estaba junto a mí, observándome a través del espejo empañado.

Era más o menos de mi altura, guapa y sumamente atractiva.

Su vestimenta contrastaba drásticamente con la precariedad del lugar; iba perfectamente peinada, con el pelo negro azabache recogido en una cola de caballo impecable.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, no necesitó presentarse. Sus ojos la delataron de inmediato. Era la madre de Miguel.

—Ya me reconociste, ¿verdad?

—Sí, señora. Y lamento mucho….

—No me digas señora, soy Karina —dijo, extendiendo su mano hacia mí.

La tomé, aunque no con la firmeza que me habría gustado.

—Y no te lamentes —añadió—. Sé perfectamente que has sido tan víctima de todo esto como mi hijo.

Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta.

—Solo te quiero pedir que, si está en tus manos, ayudes a esclarecer la situación de Miguel. Tú sabes que es inocente.

—Lo sé —respondí con firmeza—. Por eso estoy aquí, tratando de ayudar. Nadie merece una injusticia así.

—Sí, él me lo dijo. Vengo de hablar con él. Te lo agradezco, Cristina. Sé que mi hijo está muy arrepentido de cómo te trató….

—Karina, por favor —la interrumpí con suavidad—. Lo de Miguel y yo… ya entendí que la vida no siempre se da como uno quisiera.

—Dímelo a mí, Cristina —su voz se quebró por primera vez—. Llevo cinco años viendo al amor de mi vida encerrado en un cuerpo que no responde, postrado en una cama. Y ahora veo a mi hijo, que siempre ha luchado por salvar vidas, encerrado en una cárcel injustamente.

Sus palabras se me clavaron en el pecho como puñales.

Karina intentó mantener la espalda recta, pero los hombros se le hundieron bajo el peso de su propia confesión.

Llevó su mano libre al puente de la nariz, intentando contener unas lágrimas que finalmente ganaron la batalla.

Una de ellas escapó, trazando un camino brillante sobre su maquillaje perfecto.

Aquello terminó de romperme. Sentí cómo se me nublaba la vista, primero por la rabia y luego por una vergüenza profunda; no por mis actos, sino por mi impotencia.

—Lo siento —susurré, dejando que el instinto tomara el control.

Di un paso hacia ella y la abracé. No la abracé como a la madre o la esposa de alguien; la abracé como a una mujer que estaba perdiendo a los dos hombres más importantes de su vida al mismo tiempo.

Karina tardó un segundo en reaccionar, pero luego me devolvió el abrazo con una fuerza desesperada, como quien se aferra a un madero en medio del naufragio.

—No te estoy pidiendo que vuelvas con él —murmuró contra mi hombro—. Solo te pido que no lo dejes solo. No permitas que lo conviertan en algo que no es. Tú sabes quién es él.

Las lágrimas ya me corrían por la cara, mezclándose con el olor a jabón barato del baño y el perfume caro que ella emanaba.

—No tengas duda de ello —logré decir, apartándome apenas para mirarla a los ojos—. Si está en mis manos que se sepa la verdad y que Alfredo pague por lo que hizo, lo voy a hacer.

Karina asintió, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano.

—Entonces ya somos dos —dijo con una chispa de renovada determinación.

Miguel

Los dos días siguientes se acomodaron en una rutina extraña: el mismo uniforme beige, los mismos pasillos, las mismas puertas metálicas y un custodio nuevo, plantado casi todo el tiempo afuera de mi celda.

Los abogados lo llamaban “medida de protección”; aquí adentro aquello se traducía en miradas de curiosidad y en susurros que se apagaban en cuanto yo pasaba.

En el comedor, el ambiente no mejoraba. Cada vez que entrábamos en fila con la charola en las manos, sentía los ojos clavados en mi nuca. No hacía falta voltear para saber quiénes estaban midiendo cuánto tiempo iba a durar el capitán allí dentro.

Simón y Teo siempre llegaban a sentarse conmigo. No sabía si lo hacían para sacarme información o por simple protección; a esas alturas me daba igual. No me interesaba conversar con ellos, así que me limitaba a contestar con monosílabos y a escucharlos.

Poco a poco, fui conociendo y entendiendo más sobre la vida de Cristina.

Supe que Simón había trabajado para su padre, al igual que Alfredo, y que tras su muerte se convirtió en el hombre de confianza de este último.

Alfredo, a su vez, se había casado con Liliana poco después de enviudar, justo durante el proceso de la guardia y custodia de Cristina con su abuela.

Teo me explicó detalles sobre el Marea. Entendí que llegó a trabajar con Cristina gracias a Simón y a su experiencia en el turismo de avistamiento de ballenas.

Él también era gente de su padrastro, aunque ella no lo sabía.

Cuando finalmente lo descubrió, ya estaban zarpando de Panamá y no podía permitirse quedarse sin capitán; aquello explicaba la profunda desconfianza que ella sentía hacia él.

Me di cuenta de cómo me había embarcado en un mundo tan desconocido y, a la vez, tan cercano sin haberlo sospechado. Todo aquello me tenía en una posición que nunca imaginé, pero no me arrepentía: al final, el camino me había llevado a conocerla, aunque ella opinara lo contrario.

—Rodríguez. Tiene visita.

Dejé la cuchara en la charola y me puse de pie.

—¿Quién es? —pregunté, fingiendo que me daba lo mismo.

—No sé —respondió el guardia, consultando rápido la planilla—. Una mujer.

Fue entonces cuando una idea se me instaló en la cabeza. Cristina. No tenía por qué ser ella, pero fue el primer nombre que me golpeó el pecho. La imaginé de pie, seria, como en la fiscalía, aunque no era así como me gustaba recordarla. Prefería su versión de mar.

—¿La teniente Montor? —alcancé a preguntar, dándome a mí mismo una salida lógica.

—No aparece el grado —dijo el custodio, encogiéndose de hombros—. Ya mejor camine, que no está usted para hacer preguntas.

Seguí sus pasos, con el nombre de Cristina todavía haciéndome eco en la cabeza.

—Simón, levántate. Tú también tienes visita —alcancé a oír justo antes de cruzar la puerta del comedor.

Caminé por los pasillos que ya empezaba a memorizar: las rejas de seguridad, el eco rítmico de las botas y ese olor espeso, mezcla de humedad y encierro. Doblé hacia la nave de locutorios y, antes de alcanzar las cabinas, me detuve en seco.

Allí estaba ella; sentada del otro lado del acrílico, frente a una de las primeras mesas.

Vestía una sudadera clara y jeans; llevaba el cabello recogido con sencillez.

Estaba de perfil, hablando con alguien de traje que permanecía de pie a su espalda.

No necesité verla de cerca para saber que era Cristina.

El cuerpo la reconoció mucho antes que la vista.

Automáticamente, el paso se me aflojó. No fue una decisión consciente; fue un puro reflejo, igual que el galope de mi corazón al acelerarse.

En un instante, como si algo la llamara, giró ligeramente la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron un segundo.

Solo uno. Fue lo suficiente para recordar lo que se sentía al perderme en ella.

Lo suficiente para que me dieran ganas de atravesar el vidrio a golpes.

Di medio paso fuera de la línea, girando apenas en su dirección.

—Rodríguez —me atajó el custodio, empujándome con el antebrazo hacia el frente—. Siga. Ella no es su visita.

Sentí el tirón en el alma como si me hubieran regresado de una borda por la fuerza. Volví a quedar de frente, pero la cabeza se me quedó anclada hacia ella. Quise gritar su nombre, pero la voz no salió. Lo único que pude hacer fue articular una palabra silenciosa con los labios: “Gracias”.

Porque en ese momento entendí que estaba allí; quizá no para verme a mí, pero sí para rescatarme. Para no dejar que aquel lugar me devorara por completo.

El custodio me obligó a avanzar hasta la cabina que me correspondía. Me sorprendí al ver a mi madre, tan impecable y elegante como siempre, sentada del otro lado. Esa imagen me trajo de golpe a la realidad. Yo esperaba encontrarme con la teniente Montor.

Ambos tomamos el teléfono y, por primera vez en muchos años, el habla se me escapó. Me sentí como la primera vez que, siendo residente, perdí a mi primer paciente: vacío y mudo.

—Miguel, mi amor… —susurró ella—. Te ves cansado. Sé que no debe ser fácil, pero sabes que cuentas con nosotros y que creemos en tu inocencia.

Las lágrimas comenzaron a brotar sin que pudiera contenerlas, a pesar de lo que se supone que aprendí desde niño. Los hombres no lloran, los hombres actúan. Eso era lo que me habían grabado a fuego. Traté de serenarme para aprovechar los minutos.

—¿Cómo estás tú, madre? ¿Y mi padre? ¿Cómo ha tomado todo esto?

—Nosotros estamos bien, no te preocupes por nada —respondió con ese tono que solía usar para cubrir las grietas de la vida—. Sabrás que no me querían dejar venir, pero necesitaba verte, saber que estabas bien. Aunque verte así me llena de impotencia. ¿Qué podemos hacer?

—Tranquila. Ya tengo abogados. Cristina los contrató.

—¿Cristina? ¿Tu Cristina la de la medusa, la que me mencionaste?

—No es “mi” Cristina… pero sí, es ella —admití—. De hecho, está en uno de los primeros locutorios.

Inconscientemente, mis ojos se desviaban hacia aquel lado, buscando su rastro, aunque fuera de reojo.

—Miguel, no entiendo… —dijo mi madre, frunciendo el ceño—. Lo que más nos preocupó fue la declaración de Ju… tu amigo.

Solo asentí. A mí también me carcomía su postura.