MAR DE FONDO
Cristina
Salimos del juzgado de lo familiar más rápido de lo que había imaginado.
Llevaba a Fredy de la mano, apretándolo con suavidad.
Nos habían citado para que la psicóloga nos evaluara a ambos; también a mi mamá, aunque no sabía cómo habían manejado sus abogados aquella situación.
Ya le preguntaría después al representante del despacho que nos acompañaba, pero no pensaba hacerlo delante del niño.
—Cris… ¿ya con esto me voy a poder quedar contigo siempre? —preguntó él, mirándome con curiosidad.
Lo atraje hacia mí. Lo sentí distinto, como si en estos pocos días en el mar hubiera crecido de golpe.
—Vamos paso a paso —le respondí—. Pero lo de hoy fue importante. Nos escucharon y supieron que queremos estar juntos.
Asintió, convencido.
—Yo le dije a la psicóloga lo mucho que te admiro —añadió—. Le conté todo lo que aprendí esta semana y que no falto ni un día a mis clases en línea.
Sonreí, conmovida.
—Qué bueno, campeón. Yo también le dije lo mucho que me gusta que estés conmigo. Pero acuérdate: vamos un día a la vez.
—Pero vamos bien, ¿no?
Lo miré a los ojos, transmitiéndole toda la seguridad que pude reunir.
—Sí. Vamos muy bien.
Pasamos rápido a dejarlo en casa de mi abuela.
Me cambié por algo menos formal y regresé al coche donde Juan Pablo ya me esperaba.
Estábamos listos. Juan Camilo y la teniente Montor llevaban desde temprano intentando conseguir el acceso para que yo pudiera hablar con Simón, y al parecer lo habían logrado.
Ya íbamos en camino al Reclusorio Norte.
El trayecto fue de casi una hora; una hora para pensar, para repetir en mi cabeza cada pregunta que necesitaba hacerle a Simón y para repasar todo lo que no podía permitir que ocultara.
Manejaba el chofer de mi abuela. El abogado del despacho iba de copiloto y Juan Pablo permanecía a mi lado, en silencio.
—Cris… todavía estás a tiempo de no ir —dijo él en voz baja—. Miguel lo entendería.
Cerré los ojos un segundo.
—Tú no, por favor —respondí—. Ya tuve esta discusión con mi abuela todo el día de ayer, después de la junta con los abogados.
Me giré hacia él.
—No te diste cuenta porque te fuiste con Lisa, pero creo que nunca había discutido así con ella.
—No es un lugar para ti —insistió—. Déjame hablar con él. Yo también lo conozco desde niño.
Respiré hondo. El dolor de cabeza empezaba a instalarse detrás de mis ojos.
—Te lo voy a decir como se lo dije a ella —sentencié, sosteniéndole la mirada—, y con esto quiero cerrar el tema. Si está en mis manos, no voy a permitir que ese hombre se salga con la suya.
Mi voz bajó de volumen, cargada de una determinación fría.
—Lo que más deseo es verlo en la cárcel. Sobre todo, después de todo lo que ahora sé.
Juan Pablo no hizo más preguntas. Solo asintió.
—Está bien. En eso tienes razón. Cuenta conmigo.
—Gracias.
Mi mirada se perdió entre las calles, los coches y los edificios. Todos cargaban historias que, en algún punto, quisieron dejar atrás. Pero siempre llega el día en que toca enfrentarlas.
Conforme nos acercábamos al reclusorio, sentí cómo algo dentro de mí se movía, como una corriente que cambia de dirección sin pedir permiso.
El Reclusorio Norte imponía desde antes de cruzar la primera reja: muros de concreto gris, torres de vigilancia y filas de personas con bolsas transparentes, niños medio dormidos y mujeres con el rostro marcado por el cansancio y el llanto.
El chofer se detuvo unos metros antes de la entrada.
—Hasta aquí puedo entrar, señorita —dijo, girándose un poco—. Lo demás es caminando.
Asentí. El abogado bajó primero; Juan Pablo me abrió la puerta como si con ese gesto pudiera amortiguar el impacto de lo que venía.
Miré a Juan Pablo.
—Te espero aquí —me dijo—. No tardo en organizarme con Lisa.
Cruzamos la explanada hasta el primer filtro.
El ruido allí era distinto al de un juzgado: órdenes cortas, altavoces y el golpe metálico de las puertas.
El abogado se identificó en la ventanilla, dio mi nombre y el de Simón.
El custodio revisó una lista, hizo una llamada y nos entregó un gafete de visitante.
Otra reja, otro pasillo y aquel olor penetrante a cloro, humedad y soledad. Yo sentía el corazón golpeando contra mis costillas con cada puerta que se cerraba detrás de nosotros.
—Cristina —me susurró el abogado justo antes de entrar—. Recuerda que no estás sola. Lo que te diga Simón lo vamos a usar nosotros, no él contra ti.
Asentí. La nave de locutorios era una hilera de cabinas de acrílico con teléfonos negros colgando a cada lado. Algunas ya estaban ocupadas: manos pegadas al vidrio y labios moviéndose en un silencio que el plástico apenas permitía romper.
—Ahí —señaló el custodio—. Le van a traer al interno.
Me senté en el banco frío. El abogado se quedó unos metros atrás, lo suficientemente cerca para intervenir si era necesario, pero lo bastante lejos para darme privacidad.
Por el pasillo del otro lado del acrílico, escoltados por custodios, apareció un grupo de internos.
Vestían uniforme beige, llevaban las manos atrás y la mirada al frente.
Uno de ellos caminaba con la cabeza ligeramente inclinada, como si cargara un peso mayor.
Lo reconocí antes de que mi cerebro pudiera procesarlo.
Era Miguel. El corazón se me fue al piso.
El uniforme, la barba descuidada, las ojeras…
y, aun así, era él. El mismo hombre que había tenido entre mis brazos en medio del mar.
El mismo al que le había escrito aquellas palabras hirientes.
Cuando levantó la vista, nuestros ojos se encontraron.
Vi cómo frenaba el paso de manera casi imperceptible, como si su cuerpo quisiera abalanzarse hacia mí por puro instinto.
El custodio a su lado lo empujó con el antebrazo.
—Siga —le ordenó.
Miguel apretó la mandíbula y volvió a avanzar hacia su cabina. No vino hacia mí, pero sus ojos no soltaron los míos ni un segundo. Alcancé a leer un “gracias” en sus labios antes de que se perdiera pasillo abajo. Sentí un nudo asfixiante en la garganta y una extraña sacudida en el cuerpo.
Simón era el último de la fila. Llevaba el mismo atuendo beige, pero conservaba su gesto de siempre: alerta y medido. Cuando me vio, se detuvo un instante; no fue sorpresa lo que vi en su rostro, sino algo parecido al alivio. Se sentó frente a mí y tomó el teléfono. Yo hice lo mismo.
—Señorita Cristina —saludó con una media sonrisa—. Nunca pensé verla por aquí.
—Ni yo —respondí—. Pero aquí estamos. Quiero que me hables con la verdad, Simón. Sin rodeos.
Del otro lado, él dejó de sonreír. Apoyó los codos en la mesa, acercándose al vidrio.
—Claro que sí. Adelante, señorita. ¿Para qué soy bueno? Ya sabe que le estoy muy agradecido por lo que hizo por Esther.
—No confundas las cosas. Sabes que tu hija es como mi familia, igual que Juan Pablo. A ella no la metas en esto; yo no estoy cobrándote favores.
—Lo sé —dijo bajando la mirada—. Dígame qué necesita saber.
—Es sobre Miguel….
—Sí, ya conocí al capitán, su novio —dijo despacio, con un rastro de recelo—.
«Debería desmentirlo, pero esa mentira esperaba que jugara a mi favor». Pensé.
Yo había ensayado mil formas de empezar, pero en ese momento la franqueza fue mi única salida.
—Es sobre él —respiré hondo—. ¿Es cierto que Miguel y Alfredo han hecho negocios juntos desde hace tiempo?
Simón negó con la cabeza con total seguridad.
—Ni lo uno ni lo otro. Ah… ¿es por eso que el capitán está aquí con nosotros?
—Sí. Dicen que su relación conmigo fue una estrategia de negocios entre ellos. De lo nuestro estoy segura de que no fue así, pero no sé si ellos tenían tratos previos.
—Mire, yo no necesito mentirle —afirmó Simón—. El capitán se ve buena persona. Hemos estado platicando y se nota que la quiere bien.
Intenté fingir una sonrisa que no llegó a completarse.
—A Teo no lo dejó hablar nada de usted —continuó Simón—. Y también nos confesó que amenazó a Alfredo por usted.
En ese momento ya no me quedó ninguna duda: la detención de Miguel tenía la firma de Alfredo grabada por todas partes.
—Deduje que le contó que lo odia porque se casó con su mamá —añadió él, observándome con cautela.
—Son muchas cosas, Simón —respondí, sintiendo cómo se me tensaba la voz—. Pero no me parece justo que un hombre inocente esté pagando por esto.
—Pero va a salir —dijo él, en un intento por tranquilizarme—. Tiene influencias, por lo que he oído. Además, eso de los negocios con Alfredo no me lo trago.
—Ahí es donde necesito que me ayudes —me incliné un poco hacia el vidrio, acortando la distancia—. Debes tener datos de los contactos reales en el gobierno.
No quería que mi voz sonara desesperada, pero no lograba controlarla del todo.
—Yo de eso no sé nada, señorita. Usted sabe que soy un simple chofer —al decirlo, evitó mi mirada.
Seguía creyendo que yo era la misma niña de antes, o una tonta—.
Es más, aquí estamos Teo y yo embarrados solo por haber estado ahí ese día, por curiosos.
Ni abogado tenemos; ya nos van a poner uno de oficio.
Estaba a punto de decirle que yo me haría cargo de su defensa, cuando él continuó:
—Me imagino que Alfredo sigue mal, porque no ha llegado aquí. Según dijeron, lo traerían el fin de semana, pero nada.
—Simón, sé que puedes ayudarnos. Por favor, piensa en algún dato, un nombre, un lugar donde debamos investigar.
—Voy a pensar seriamente si recuerdo algo —dijo al fin.
Cada vez que aseguraba no saber nada, rompía el contacto visual conmigo; era su forma de mentir. No sabía cómo presionarlo más y el tiempo se agotaba.
—Te lo agradecería mucho. No dudaría en pedirle a mis abogados que los ayuden a ustedes también —me escuché decir. Sonó a chantaje, pero ya no me importaba.
El abogado me hizo una señal: quedaban tres minutos.
—Gracias, Simón. Te lo pido por la memoria de mi papá.
Él tragó saliva con dificultad.
—Sí, señorita… trataré de recordar y de localizarla —respondió finalmente—. Hasta luego.