MAREA DE REFLUJO #10
El módulo de comedores olía a intento de café, pan dulce viejo y frijoles recalentados.
Era una nave larga con mesas de cemento fijadas al piso y bancas sin respaldo; el ruido rebotaba en las paredes como si todos hablaran más fuerte de lo necesario.
Nos habían formado por filas para bajar a desayunar.
Me senté en la primera banca libre que encontré, con la charola de plástico frente a mí: un vaso con algo que pretendía ser café, dos tortillas frías y una cucharada de frijoles.
No tenía hambre, pero sabía que debía parecer que sí.
Apoyé los antebrazos en la mesa, dejando que el uniforme beige se pegara un poco al concreto, y miré alrededor sin mover demasiado la cabeza.
Caras cansadas, rutinas aprendidas; gente que sabía exactamente cuánto duraba cada comida y cada silencio.
—¿Libre?
La voz venía de mi derecha. Levanté la vista. Teo estaba de pie junto a la banca, charola en mano, con la gorra oficial del reclusorio mal puesta sobre el cabello alborotado. Detrás de él, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, estaba Simón.
—Siéntense —dije sin rodeos.
Teo se dejó caer a mi lado. Simón ocupó el lugar de enfrente, como si hubieran ensayado la formación. Por un segundo, el estruendo del comedor pareció bajar de volumen.
—Sí que se extraña el café del Marea —comentó Teo, dando un sorbo a su vaso.
Solo asentí. No pensaba darles conversación trivial.
—Capitán —dijo Simón, dirigiéndose a mí por primera vez—. ¿Cómo es eso de que usted es el novio de la señorita Cristina? —Su voz sonaba más a amenaza que a pregunta.
Clavé mis ojos en los suyos. No iba a levantar la voz ni a provocar un disturbio.
—No la nombres —respondí—. Ya se lo advertí también a tu jefe. Con ella no se metan.
Mi tono no dejó espacio a dudas. Simón bufó.
—Y yo que no le creí a Teo cuando lo vimos en los interrogatorios.
—Te lo dije, cabrón, pero no me creíste —replicó Teo—. Él viajó con nosotros desde Acapulco hasta Manzanillo, donde ustedes me bajaron.
—Pues escúcheme bien, capitán —dijo Simón, entrelazando las manos sobre su barba y fijando su vista en mí—. El que le va a advertir que no se le ocurra hacerle daño a la patrona soy yo a usted. Yo la conozco desde que dio sus primeros pasos.
Algo no cuadraba en mi cabeza.
—Ya te digo que no creo que tuvieran mucho tiempo de hablar de ellos —remató Teo.
Mi reacción fue instintiva: tomé a Teo por el cuello de la camisa y lo acerqué a mí.
—No estoy jugando, Teo. Te advertí…
—Nada de pleitos, cabrones, o los mando a la celda de castigo —intervino un custodio que se había parado detrás de nosotros.
Solté a Teo despacio. Simón asintió, sin apartar la mirada, como si intentara descifrarme.
—Usted me gusta, capitán. Como le decía antes de que este pendejo de Teo nos interrumpiera: yo comencé a trabajar hace veintisiete años con el papá de la señorita Cristina. Llegué cuando ella todavía no cumplía un año.
Ahí entendí finalmente lo que Juan Pablo había intentado decirme.
—A todos nos dolió mucho su muerte —siguió Simón—. Era un gran hombre y adoraba a su niña. Y al mar donde le tocó morir.
Un timbre sonó, anunciando el fin del desayuno. Me puse de pie y extendí la mano.
—Soy Miguel.
Él la tomó con firmeza.
—Simón, para servirle. Nos vemos al rato para seguir conversando. Ya vi en sus ojos que la quiere bien.
Asentí sin decir nada y me dirigí a la salida que el custodio señalaba, entre el estrépito de charolas y murmullos.
Terminé de nuevo en mi celda, sentado en la litera inferior con la espalda contra la pared fría.
El ruido de los otros módulos llegaba amortiguado.
Cerré los ojos para ordenar todo lo que había escuchado: Alfredo, Teo, Simón, Cristina.
En algún punto, el cansancio me venció. No supe en qué momento exacto la cabeza se me fue hacia adelante.
—Rodríguez.
Al principio creí que era parte de un sueño.
—¡Rodríguez, arriba!
Abrí los ojos de golpe. Había un custodio en la reja con el manojo de llaves colgando del cinturón.
—Preséntese en locutorios. Tiene visita.
¿Visita? No había firmado todavía con ningún abogado. Montor no había logrado verme el día anterior y Julián seguía fuera del país, aunque quizá había enviado a alguien. Me puse de pie, sintiendo la protesta de mis músculos por la mala noche, y salí al pasillo.
—¿Quién es? —pregunté mientras bajábamos las escaleras metálicas.
—Un licenciado y una mujer de uniforme —respondió sin voltear—. Eso me dijeron.
El corazón me cambió de ritmo. El camino a locutorios fue un laberinto de rejas y puertas que se cerraban con golpes secos. Al final, llegamos a la nave de visitas: cabinas de acrílico, teléfonos colgados y bancos atornillados. El custodio me señaló una cabina.
—Ahí.
Me acerqué. Del otro lado estaban la teniente Montor, con el uniforme impecable, pero con ojeras que el maquillaje no lograba ocultar, y Juan Camilo Proal, de traje oscuro y corbata sobria.
Por primera vez desde que crucé el portón, sentí que tenía un ancla del lado correcto.
Tomé el teléfono y ellos hicieron lo mismo. Juan Camilo habló primero.
—Capitán Rodríguez, no necesito presentarme, ¿verdad? —Esbozó una media sonrisa—. Ya nos conocemos bastante bien.
Asentí. No estaba en posición de discutir.
—Estoy aquí para representarlo —continuó—. Desde este momento soy su abogado defensor. La señorita Cristina Sánchez me contrató para…
—Capitán, yo se lo pedí —lo interrumpió la teniente Montor. Me sorprendió su tono; no era la oficial rígida de siempre. Había urgencia en su voz.
—Gracias —alcancé a decir—. Teniente, ¿no ha tratado de comunicarse con Pedro?
Ella sabía que me refería al secretario de Julián.
—Sí, desde que me enteré, pero nada. Están de gira. Además, ya hubo una declaración hace unas horas.
—Miguel, ¿te puedo tutear? —intervino Juan Camilo.
—Sí, claro. Eres mi abogado, debe haber confianza.
—¿Ni rencores? —dijo con esa sonrisa astuta.
—Ni rencores. Díganme de la declaración.
—Hace unas horas —explicó—, el presidente declaró desde su visita oficial que, aunque eres su amigo y hombre de confianza, no va a intervenir ni a entorpecer la ley.
—¡Carajo! —golpeé la mesa, haciendo vibrar el acrílico.
—Compórtese, Rodríguez, o se acaba su tiempo —advirtió el custodio.
—Sí… entendido —murmuré.
Lo que más me preocupaba eran mis padres.
Seguramente ya lo sabían todo. Solo esperaba que aquello fuera para las cámaras y no una forma de lavarse las manos.
Durante la siguiente media hora hablamos de las pruebas y de los primeros pasos legales.
Me sorprendió que ninguno de los dos dudara de mí en ningún momento.
—Teniente, hay algo que no me deja de dar vueltas desde que me detuvieron en el estacionamiento —dije al final.
—Dígame, capitán.
—Había una camioneta negra con dos personas que no identifiqué, pero estoy seguro de que vigilaban mi detención.
—Saliendo de aquí pediré las cámaras del hospital —respondió—. Diré que se me cayeron las llaves; tengo un conocido ahí. Y ya que lo menciona, pedí la lista de visitas de Alfredo Sánchez y hubo algo sospechoso. Investigaré por ahí.
—Gracias a los dos —dije. Hubiera querido pedirles que agradecieran a Cristina, pero sentí que eso me correspondía a mí.
—Cuídese, por favor. Nada de esto tiene buena cara —advirtió Montor.
—Ya encargué a uno de mis abogados que arreglé su seguridad dentro del penal —añadió Juan Camilo.
—No creo que sea necesario….
—No se confíe —replicó él—. Usted lleva un año conociendo a su enemigo; en nuestro despacho llevamos más de trece. Conocemos sus mañas. Déjese cuidar.
—Teniente, mi madre ya debió comunicarse con usted. Tranquilícela, por favor.
—No había querido contestarle hasta hablar con usted, pero lo haré en cuanto salga —prometió.
Se fueron. Me quedé con el teléfono en la mano hasta que el custodio me escoltó de regreso. Ahí, solo, entendí que no estaba perdido, sino en medio de corrientes que apenas empezaban a moverse.
Y la marea acaba de cambiar.