Marea MAREA DE REFLUJO #9
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MAREA DE REFLUJO #9

Al mediodía, Juan Pablo y yo estábamos en el estudio revisando las provisiones.

Necesitábamos saber si era suficiente para aguantar unos días más antes de regresar a Los Cabos.

Yo tenía que irme pronto; el juzgado de lo familiar nos había notificado que Fredy y yo debíamos presentarnos el lunes a primera hora en la Ciudad de México.

No quería retrasar el proceso de custodia.

Habíamos acordado con el despacho de Juan Camilo que, por la noche, volaríamos desde el aeropuerto de Guerrero Negro hacia Toluca.

No quería irme, pero Fredy era mi prioridad absoluta. Sabía por mi abuela que mi madre había conseguido el arraigo domiciliario y que Alfredo sería trasladado al Reclusorio Norte en esos días… si es que no lo habían hecho ya. Por fin sentía que la justicia empezaba a asomarse.

—¿Cómo ves esto, Cris? ¿Crees que sea suficiente? —preguntó Juan Pablo, señalando la lista.

—Perdón… me perdí. Traigo demasiadas cosas en la cabeza.

—Sí, tranquila. No pasa nada.

En ese momento, el teléfono de Juan Pablo empezó a vibrar. Alcancé a ver un nombre en la pantalla antes de que él rechazara la llamada: “Lisa”. El aparato volvió a sonar casi de inmediato.

—Contesta —le dije—. No hay problema.

—No… luego le regreso la llamada.

Fruncí el ceño, intrigada por su nerviosismo.

—¿Quién es Lisa? Perdona, no es que me importe, pero pareces apurado.

Dudó apenas un segundo, antes de soltarlo.

—Lisa es la teniente Montor.

Me quedé en silencio, procesando la información.

—¿Tú y ella…? —señalé el teléfono, que seguía vibrando con insistencia.

—Es largo de contar —sonrió apenas—, pero hoy temprano me escribió para decirme que Miguel había sido detenido e ingresado al Reclusorio Norte. Estaba muy preocupada.

La información no terminaba de encajar en mi cerebro.

—¿Y por qué te habla a ti? No entiendo nada.

—Porque hablamos todos los días —se encogió de hombros—. Nos gustamos…

No lo dejé terminar.

—¡Dame eso!

Le arrebaté el teléfono y contesté en el acto.

—Qué bueno que me contestas, Juan Pablo —la voz de la teniente sonaba muy distinta a la rigidez que le conocía; estaba rota.

—Teniente Montor, soy Cristina.

Hubo un silencio breve del otro lado.

—Perdón, señorita, pensé… le pido una disculpa.

—No se preocupe. Juan Pablo está conmigo y estás en altavoz —dije, sintiendo que mi propia voz temblaba más de lo que me gustaría. Tuve que tomar aire—. Explíqueme qué es eso de que Miguel está detenido.

—Lo detuvieron ayer por la noche —soltó ella casi sin respirar—. Lo ingresaron al Reclusorio Norte, pero esto es una trampa. El presidente ya declaró y…

—¡Lisa, para, por favor! —la interrumpí—. Vamos desde el principio. Lento.

Escuché cómo inhalaba, intentando calmarse.

—No me han permitido hablar con él todavía.

Lo que sé es por lo que he podido averiguar por mi cuenta.

Ayer, viernes por la tarde, el capitán fue al hospital naval a revisar al detenido Alfredo Sánchez para el traslado.

Habíamos quedado de vernos más tarde en la oficina, pero nunca llegó.

No contestaba el celular ni los mensajes.

Busqué en mi memoria.

Él me había hablado hace una semana.

—Continúa —dijimos Juan Pablo y yo al unísono.

—Fui esa misma noche al hospital y ahí encontré su camioneta.

Los de seguridad me dijeron que se había ido con unos agentes de la fiscalía.

No me pareció raro al principio, pero algo no me cuadraba.

Hablé con un contacto y me confirmó el rumor de una orden de aprehensión.

Hoy temprano pude confirmar que lo ingresaron ayer mismo al Reclusorio Norte.

Sentí un frío repentino en el pecho.

—¿Pero por qué? ¿De qué se le acusa?

—Todo se está manejando con mucho hermetismo, pero logré ver los cargos extraoficialmente: tráfico de influencias, asociación delictuosa y operaciones con recursos de procedencia ilícita.

Se me tensó el cuerpo por completo.

—Y lo peor —añadió Lisa— es la “prueba” que están usando. El expediente plantea que el capitán y su padrastro llevan más de un año haciendo negocios. Dicen que él se acercó a usted porque ya conocía a Alfredo, y que su relación fue solo una estrategia.

—¿Qué? —exclamé indignada—. ¿De dónde sacan semejante mentira?

—No lo sé, señorita. Y hay algo más: hay dos detenidos que usted conoce, Simón y Teo. Yo estuve en sus interrogatorios y estoy segura de que saben más de lo que dicen. Sobre todo, Simón.

El golpe fue certero. No lo esperaba, pero supe de inmediato lo que tenía que hacer. Yo no me iba a comportar como él; yo sí le iba a dar el beneficio de la duda.

—Vamos a hacer algo, Lisa —dije al fin—. No te muevas de ahí e intenta ver a Miguel.

—He estado intentando todo el día —respondió ella—. Además, he tratado de hablar con el secretario del Presidente, pero no me toma la llamada. Entiendo si usted prefiere no involucrarse…

—Yo no he dicho eso —la corté—. Si está en mis manos, ayudaré. Sé que eso de los fondos es mentira.

—Yo también lo sé —respondió ella rápido—. Trabajo con él desde el primer día y tengo acceso a todo. Él no es así… y creo que usted lo sabe mejor que nadie.

Cerré los ojos, sintiendo el peso de la decisión.

—Voy a hablar ahora mismo con Juan Camilo para que su despacho se encargue. Que entren ya al caso.

—Gracias… de verdad —la escuché suspirar aliviada.

—Y una cosa más, Lisa —añadí—. No voy a ayudar por Miguel. Quiero ayudar porque sé que esto huele a Alfredo Sánchez, y no voy a dejar que se salga con la suya.

—Entendido, Cristina. Gracias.

—Tranquila, Lisa. En un rato te marco —intervino Juan Pablo—. Desearía estar ahí contigo.

—Y yo, que estuvieras aquí —respondió ella con un tono completamente distinto.

La llamada se cortó. Desearía estar ahí contigo. Así me habría gustado contestar a mí, pero nuestro momento ya había pasado. Ahora tocaba actuar. Respira. Aguanta la ola, Miguel.

La llamada con Juan Camilo fue más rápida de lo que esperaba.

Él ya estaba al tanto de la declaración del presidente y no me cuestionó; al parecer, la única que seguía dudando era yo misma.

Solo me pidió el teléfono de la teniente Montor y me aseguró: “Nosotros nos encargamos. Tú tranquila, te veo en México”.

Colgué el teléfono.

Miré fijamente a Juan Pablo, que me observaba esperando una señal.

—¿Vienes conmigo a México? —le pregunté. Él no dudó ni un segundo. —Siempre.

Asentí en silencio. Eso era todo lo que necesitaba escuchar. Respiré hondo, sintiendo cómo la determinación le ganaba la batalla al miedo.

Miguel

Había perdido la cuenta de las horas, pero el cuerpo sabía que ya llevaba demasiado tiempo sin ver un reloj ni una ventana.

La celda de ingreso era un rectángulo de concreto con una litera metálica, un sanitario al fondo y una luz blanca que nunca se apagaba del todo.

El olor era una mezcla espesa de cloro, humedad y sudor viejo.

Nadie entró en toda la noche: ni mi abogado, ni el Ministerio Público, ni la teniente Montor.

Solo aparecía un custodio cada cierto tiempo, asomándose por la ventanilla para verificar que siguiera ahí, como si temiera que fuera a evaporarme.

Cuando por fin sentí el cambio de turno —pasos distintos, voces más graves en el pasillo—, uno de ellos golpeó la reja con su macana.

—Rodríguez. Arriba.

Miré el piso un segundo, respiré hondo y me incorporé.

—Son las seis —añadió el custodio, como si eso explicara el mundo—. Cambio de ropa.

Me llevaron por un pasillo aún más frío hasta un cuarto donde otros hombres esperaban en silencio.

Algunos ya vestían el uniforme beige del reclusorio; otros, como yo, seguíamos con la ropa de la calle.

Una mesa larga de plástico dividía el espacio.

Detrás, había cajas con pantalones y camisas del mismo color, apiladas por tallas.

—Nombre —pidió el interno que ayudaba con la entrega.

—Miguel Rodríguez Cruz.

Buscó en una lista, marcó un renglón y lanzó sobre la mesa un pantalón y una camisa de tela áspera. Recordé de golpe el reglamento: los arrestados e indiciados pueden usar su propia ropa si la autoridad lo permite. Aquí, claramente, habían decidido que no. El custodio se cruzó de brazos.

—Vístase.

Me quité la camisa con la que había salido del hospital y los pantalones, quedando un segundo en ropa interior bajo la luz cruda.

No era pudor; era la consciencia extraña de estar entregando, prenda por prenda, la última capa que me quedaba de mi vida afuera.

Me puse el uniforme. El pantalón me quedaba un poco corto y la tela me raspaba la piel.

—Siguiente —ordenó el custodio.

Nos formaron de nuevo en el pasillo, esta vez ya uniformados. Al fondo, otra reja se abrió con un estruendo metálico.

—Traslado a área general —anunció alguien.

No sabía si me dirigía a locutorios, a clasificación o a algún módulo preventivo. Caminamos en fila, con el eco de nuestras pisadas rebotando en los muros. Fue ahí cuando lo escuché.

—Capitán.

La voz venía de la derecha. Me giré apenas.

En una celda más adelante similar a la mía, pero con más gente dentro, estaba Teo.

El mismo Teo que había visto al timón del Marea, con aquel gesto de dueño del mar.

Ahora llevaba el mismo uniforme beige que yo, una barba de varios días y una mirada que no le había visto nunca en cubierta.

—Teo… —fue lo único que alcancé a decir.

Él sonrió de lado, con ironía.

—Le dije que el mar era más noble que tierra firme, mi capitán —murmuró, apoyado en los barrotes—. Pero mire dónde nos vinimos a encontrar.

El custodio me empujó ligeramente en la espalda para que siguiera avanzando.

—Nada de pláticas —advirtió—. Sigan caminando.