MAREA DE REFLUJO #8
Se hizo un silencio espeso, solo interrumpido por el golpeteo rítmico de la lluvia contra los vidrios.
—¿Te lo dijo ella? —preguntó Julián finalmente.
—Me lo escribió —respondí con la voz seca—. Me dijo: “Yo desearía nunca haberte conocido”.
Julián soltó un largo suspiro, comprendiendo el peso de esas palabras.
—Ay, cabrón… esa sí dolió.
Sonreí sin ganas ante el comentario de Julián.
—Más que un disparo.
—¿La quieres?
No supe qué decir de inmediato. Me tomó unos segundos procesar el nudo que sentía en la garganta.
—Lo que sé es que, desde que la conocí, todo se me desacomodó. Y ayer confirmé que pude ser tan cruel como los criminales que perseguimos.
—No eres como ellos —dijo él, recuperando la seriedad—. Pero te estás castigando como si lo fueras.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.
—Aprende de esto. Si la vida te la vuelve a cruzar, llega distinto. Y si no… —se encogió de hombros—. Por lo menos no te mientas.
Lo miré en silencio. Me sentí pequeño por un instante.
—Con todo lo que tenemos encima, y yo aquí hablando de esto.
—Una mujer que está en tu caso, en tu cabeza y, por lo que veo, en tu sistema nervioso —bromeó para aligerar la tensión—. Créeme: prefiero veinte minutos de esto a que te me desmorones en plena crisis operativa.
No pude evitar reír. Por primera vez desde que leí aquel mensaje de Cristina, sentí que podía respirar.
Julián miró el reloj de pared y retomó su tableta.
—Bueno —dijo, recuperando su tono de presidente—, ya te desahogaste. Ahora sí, capitán, cuéntame cómo va a terminar esto de Alfredo.
Respiré hondo. Guardé a Cristina en el único lugar donde todavía podía protegerla: muy adentro y muy aparte.
—Con vida y en el reclusorio —respondí—. Lo demás ya no depende de mí.
Los días siguientes fueron una espiral de complicaciones.
Demasiados careos, demasiadas líneas de investigación abiertas que parecían no tener fin.
Para el viernes, Julián ordenó que el traslado de Alfredo al Reclusorio Norte se realizara ese mismo día.
Había tomado la decisión para evitar que el movimiento ocurriera mientras él estuviera fuera del país; esa misma noche partía en visita de Estado a Canadá, antes de la cumbre en Washington.
Por más que lo había evitado toda la semana, ese día tuve que verlo.
Debía prepararlo para el traslado. Me lavé las manos en el área estéril, más por costumbre que por protocolo.
El agua fría sobre mi piel no lograba disipar la tensión que me acompañaba desde el amanecer.
Algo no cuadraba. No era una cuestión médica; era algo más profundo, un instinto de supervivencia que se encendía.
Entré a la habitación. Alfredo estaba despierto; demasiado despierto. Poseía esa clase de lucidez que no proviene del cuerpo, sino de una mente que ya ha trazado su siguiente jugada.
—Veo que ya nos vamos —dijo, con una media sonrisa que no alcanzaba a sus ojos.
No respondí de inmediato. Revisé el monitor, el suero y los parámetros vitales. Todo estaba en orden.
—Estás estable —dije al fin—. Casi listo para el traslado.
—Qué eficiente —respondió—. Casi parece que tienen prisa.
Le sostuve la mirada con firmeza.
—No juegues conmigo, Alfredo.
Él sonrió, y esta vez la expresión fue completa y cargada de veneno.
—¿Sabes qué es lo más interesante de todo esto, capitán? Ver qué va a ser más importante para Cristina: si sus ballenas o tú.
Sentí cómo se tensaba cada músculo de mi espalda.
—Te advertí que no la nombraras —dije en voz baja, pero con un tono que no admitía réplicas.
Su sonrisa creció mientras inclinaba ligeramente la cabeza.
—¿Por qué? ¿Te incomoda… o te importa demasiado?
Di un paso hacia él, invadiendo su espacio personal.
—No la metas en esto.
El aire en la habitación se volvió denso, casi irrespirable. En ese momento, la puerta se abrió y una enfermera entró con una bandeja.
—Doctor, aquí está lo que solicitó.
No aparté la mirada de Alfredo hasta el último segundo.
—Esto no se queda así —sentencié antes de salir.
El pasillo se sintió más largo de lo normal, más estrecho y mucho más frío. Caminé directo hacia el estacionamiento, buscando aire fresco, cuando una voz me detuvo en seco. No era nadie de mi equipo, ni era una voz médica. Era una voz institucional.
Giré. Dos elementos de la Fiscalía me esperaban.
—Miguel Rodríguez Cruz —dijo uno de ellos, formal y seco—. Queda usted detenido por su probable participación en los delitos de asociación delictuosa y operaciones con recursos de procedencia ilícita. Tiene derecho a guardar silencio y a solicitar un abogado.
El mundo no se detuvo, pero algo cambió para siempre. No me opuse; estaba convencido de que se trataba de una confusión monumental. Caminé con ellos hasta la camioneta oficial, pero al llegar, vi algo en el reflejo del vidrio tintado. Había dos figuras dentro de un vehículo, observando, esperando.
En ese instante lo entendí todo: esto no era un accidente. Era una emboscada perfectamente ejecutada.
El portón metálico del Reclusorio Norte se cerró detrás de nosotros con un estruendo seco que vibró en mi estómago.
No era la primera vez que entraba en aquel lugar, pero sí la primera en la que lo hacía en el asiento trasero, con las muñecas marcadas por el acero de las esposas.
Qué distinto se sentía estar del otro lado de la moneda.
El aire cambió incluso antes de que me bajaran del vehículo; adentro olía a humedad vieja, a sudor acumulado y a cloro diluido.
—Rodríguez Cruz, Miguel —leyó el custodio en la planilla, sin siquiera levantar la mirada—. Ingreso preventivo.
“Preventivo”.
Sabía exactamente lo que aquello significaba: horas, quizá días, de entrevistas, filtros, pasillos, rejas y escritorios antes de que ocurriera algo realmente útil para el caso.
Me hicieron bajar del vehículo y el primer pasillo se sintió mucho más angosto de lo que recordaba.
Cada puerta tenía una ventanilla enrejada; detrás de algunas se escuchaban voces distorsionadas, radios viejas y televisores sintonizados en noticias que nunca decían nada nuevo.
Mientras avanzaba, miré de reojo el reloj del guardia: las 9:54 p. m.
Hice el cálculo de forma instintiva. A esa hora, el avión presidencial ya debía de estar sobrevolando el norte del país rumbo a Canadá.
Imaginé a Julián con su traje oscuro, leyendo un briefing en lugar de dormir, concentrado en discursos, acuerdos y líneas de negociación.
Y yo estaba allí, reducido a un número de expediente.
Me llevaron a un cuarto pequeño, de paredes grises y con una mesa atornillada al piso. Había una cámara en la esquina y un foco blanco, demasiado fuerte, que castigaba la vista. Me senté y apoyé los antebrazos sobre la superficie fría, esperando.
El agente del reclusorio comenzó con el guion que ya traía escrito, sin una pizca de duda.
—Nombre completo.
—Miguel Rodríguez Cruz.
—Cargo.
—Capitán de fragata, Servicio de Sanidad Naval. Cardiólogo.
—¿Sabe por qué está aquí?
Porque a alguien le convenía que yo no estuviera donde debería estar, pensé. Pero no lo dije.
—Prefiero responder cuando llegué mi abogado —respondí con voz neutra.
El agente ni siquiera pestañeó. Seguía el formulario con la vista clavada en el papel, ignorando mis ojos.
Sentía cada minuto como una fuga de energía mal calculada: mientras más tiempo me tuvieran encerrado respondiendo lo mismo, menos tiempo tenía yo para entender quién había movido las piezas y quién estaba disfrutando de aquello desde la comodidad de una oficina.
—En lo que llega su abogado, se queda aquí —informó el custodio, cerrando la puerta por fuera con un golpe seco.
No era claustrofobia lo que sentía; era algo mucho más amargo. Era la certeza de que no estaba allí por un error administrativo, sino por diseño. Mientras más vueltas me hicieran dar adentro, más tiempo ganarían ellos afuera.
De pronto, pensé en Cristina. Allá, en algún punto del Pacífico, siguiendo el rastro de las ballenas. Sus últimas palabras regresaron para golpearme en la soledad de la celda: «Ojalá nunca te hubiera conocido».
Cerré los ojos un segundo y respiré hondo, recuperando la disciplina militar. Si ellos querían que perdiera el tiempo, yo no iba a regalarles mi cabeza.
Cristina
Había sido una buena semana; de esas que se sienten completas.
El mar se había mostrado generoso y las ballenas también.
Desde el primer día, todo fluyó como si el océano hubiera decidido, por fin, ponerse de nuestro lado.
Los registros eran claros, constantes y casi perfectos.
Las rutas coincidían, los patrones se repetían y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que la investigación avanzaba sin tener que pelear cada paso.
El Marea se movía con suavidad, como si el barco mismo supiera que todo estaba en su lugar.
Habíamos tenido avistamientos diarios: jorobadas, grises, orcas y hasta una ballena azul, el imponente gigante de los mares.
Vimos madres con sus crías y presenciamos saltos que nos dejaron a todos en un silencio reverencial; de esos momentos que no se explican, simplemente se quedan grabados en el alma.
Piero no dejaba de emocionarse con los datos, adulando la riqueza natural de México y la importancia de protegerla. Los hidrófonos registraban secuencias limpias, largas y sin interferencias. Cada sonido en la pantalla era una confirmación de que estábamos exactamente donde debíamos estar.
Y yo… yo también me sentía en casa. Por primera vez en días, no estaba pensando en la fiscalía, ni en declaraciones, ni en todo lo que había dejado atrás.
Miguel, sin embargo, no era tan fácil de olvidar; lo sentía en cada rincón del catamarán que habíamos compartido.
Pero, a pesar de ese fantasma, aquí en el mar todo volvía a ser claro, simple y verdadero.
El viento soplaba constante, el sol subía y el Marea avanzaba firme, cortando el agua con esa elegancia que siempre me hacía sonreír.
Aquí no tenía que demostrar nada. Aquí solo tenía que ser.