Marea MAREA DE REFLUJO #7
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MAREA DE REFLUJO #7

12. Modo eléctrico. 5:14 a. m.

En el fondo, no sabía para qué le seguía contestando.

¿De dónde viene el viento? 5:14 a. m.

Del noroeste, limpio… unos 15 nudos. 5:16 a. m.

Aparecieron los tres puntos. Escribiendo…

Desearía estar ahí contigo. 5:16 a. m.

Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas de repente. Ya no, Miguel… por favor. Solo quiero olvidar. Pensé en dejarlo en visto, en cerrar la puerta definitivamente, pero la rabia y el dolor ganaron la partida. Tal vez eso era lo único que me quedaba por decirle.

Yo desearía nunca haberte conocido. 5:20 a. m.

El teléfono empezó a sonar casi al instante. Era él. No iba a contestar; ya no tenía nada más que decir y me faltaban fuerzas para lidiar con el dolor que me recorría el cuerpo al escucharlo.   Apagué el celular y lo metí en uno de los compartimentos del tablero, ocultándolo de mi vista.

El viento comenzó a llevarse mis lágrimas hacia el mar, como si el océano fuera el único capaz de cargar con todo lo que yo ya no quería llevar a cuestas. Solo quería eso: que las corrientes se las llevaran y me permitieran encontrar, por fin, un puerto seguro.

—Cris… aquí te traigo tu té y un poco de avena con frutos rojos.

La voz de Juan Pablo rompió el silencio de la cabina.

—Gracias… me muero de hambre. Pon la avena ahí, por favor, y pásame el termo.

—¿Te pasa algo? ¿Por qué lloras? —La preocupación era evidente en su tono.

Bajé la mirada un segundo, intentando recomponerme.

—Estoy bien… —mentí—. Es solo nostalgia. Pensaba en lo mucho que mi papá disfrutaría esta travesía.

Juan Pablo no respondió de inmediato, conocía mis silencios demasiado bien.

—¿Quieres que me quede contigo… o prefieres estar sola?

Negué apenas con la cabeza, buscando un cambio de tema que me sacara del abismo.

—Mejor cuéntame… ¿cómo se portó el Marea mientras no estuve?

Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

—Bien. Piero ya le está agarrando el pulso a la navegación; empieza a leer el viento y la corriente. El Marea no solo navega, siente el mar.

Asentí, reconfortada por sus palabras. Seguimos hablando entre sorbos de té y el murmullo constante del oleaje, hasta que el cielo empezó a transformarse. Primero apareció una línea tenue en el horizonte, luego otra, y poco a poco el sol comenzó a asomarse a nuestras espaldas.

—Puente de mando, cambio… —la voz de Pancho por la radio interrumpió la calma.

—Adelante, Pancho —respondió Juan Pablo de inmediato. —Tenemos movimiento a babor…

Giré la vista hacia el costado de inmediato.

—¿Qué es? —pregunté, soltando el timón que Juan Pablo tomó al instante para mantener el curso.

No tardó ni dos segundos en confirmarlo.

—Ya lo tengo en el sistema… los hidrófonos están registrando una señal acústica muy fuerte.

Sonreí por primera vez en el día.

—¿Distancia? —Menos de una milla… vienen hacia nosotros.

El corazón me cambió de ritmo, pero esta vez no era por angustia, sino por puro reconocimiento. Tomé los binoculares y enfoqué hacia donde señalaban los instrumentos. Y entonces, el mar respiró. Un lomo oscuro rompió la superficie, seguido de un soplo alto, limpio y perfecto.

—Ahí están… —susurré emocionada—. Jorobadas. —confirmó Juan Pablo.

—Reduce la velocidad —ordené sin apartar los ojos de ellas—. Modo eléctrico total.

—Reduciendo a ocho nudos.

El Marea obedeció casi en un susurro absoluto. Como si el barco mismo supiera que esos momentos no se invaden, sino que se acompañan con respeto.

—Cris… ¿qué pasa?

La voz de Fredy me hizo voltear. Venía descalzo, medio dormido, con la sudadera mal puesta y los ojos entrecerrados por el sueño. Le sonreí con ternura.

—Ven aquí.

Se acercó despacio y le señalé el horizonte. Tardó un segundo en enfocar, pero cuando lo hizo, sus ojos se abrieron de par en par. Lo vio.

—¡Wow!

No dijo más; no hacía falta. Fredy se quedó a mi lado, mudo de asombro. Nos quedamos así, en silencio, contemplando la danza de los gigantes sobre el espejo de agua.

Y por un momento… todo estuvo bien.

Las lágrimas volvieron a asomarse, pero ya no dolían de la misma forma. Porque aquí, rodeada de la inmensidad del océano y bajo el soplo de las ballenas, nunca tenía que explicarme. Aquí, el mundo no me pedía pruebas, ni declaraciones, ni justificaciones.

Solo me pedía ser.

Miguel

Había amanecido lloviendo, así que mi intención de correr en el Parque La Mexicana terminó en la caminadora del gimnasio de mi condominio.

Tenía que estar a las 6:30 a. m. en casa de Julián, en Coyoacán.

Era el único lugar donde podíamos hablar con total libertad; ayer, por más que lo intenté, siempre estuvimos rodeados de gente y, a estas alturas, ya no confiaba en nadie.

Estaba revisando cuánto me faltaba para completar los diez kilómetros cuando mi reloj vibró con una notificación de WhatsApp.

Gracias. 5:10 a. m.

Era Cristina. Casi me tropiezo. Detuve la caminadora de golpe, tomé el celular con las manos sudadas y contesté de inmediato. No supe ni lo que escribía, el impulso le ganó a la estrategia.

¿Qué haces despierta a esta hora? 5:11 a. m.

Contuve la respiración. Me sentía como un adolescente. No aparecían los tres puntos en pantalla… ¿y si no me contestaba, como el día anterior? Después de un minuto que se sintió eterno, aparecieron. Solté el aire acumulado cuando llegó su respuesta:

En guardia. 5:13 a. m.

¿A cuántos nudos van? 5:13 a. m.

Mientras escribía, me la imaginé perfecta en el puente de mando, con el cabello amarrado en lo alto y algunos mechones sueltos a merced del viento. Era un masoquista; quería reconstruirla en mi cabeza con cada detalle.

12. Modo eléctrico. 5:14 a. m.

¿De dónde viene el viento? 5:14 a. m.

¿Había sido una pregunta estúpida? No me estaba contestando. Mi mente iba más rápido que mis dedos, tratando de imaginar su entorno y pensando qué decir después para no perder el hilo de seda que nos unía.

Del noroeste, limpio… unos 15 nudos. 5:16 a. m.

Ya no pude más. Era todo o nada.

Desearía estar ahí contigo. 5:16 a. m.

Porque realmente lo deseaba con una intensidad que me asustaba. Los recuerdos del Marea llegaron en ráfagas: la guardia compartida, el primer atardecer, el beso sobre la tabla de paddle… el momento exacto en que supe que estaba perdido por ella. Una sonrisa se me dibujó sin que pudiera evitarlo.

Y entonces llegó el golpe.

Yo desearía nunca haberte conocido. 5:20 a. m.

Lo leí varias veces, esperando que las palabras cambiaran de orden. Sentí un impacto directo en el estómago. Marqué su número al instante. No contestaba.

—¡Carajo! —solté, caminando sin rumbo por el gimnasio vacío.

El tono de llamada se repetía una y otra vez, hasta que me mandó a buzón.

El enojo y la frustración me subieron como una descarga de adrenalina, pero detrás llegó algo mucho más pesado: la voz de mi propia conciencia.

Recordé la oportunidad que yo no le di a ella.

Cerré los ojos, derrotado. Tenía que reconocerlo: la había perdido.

Solo me quedaba aceptar la derrota y esperar que el universo, o lo que fuera que mueve los hilos del destino, nos volvieran a cruzar.

La casa de Julián había pertenecido a sus abuelos paternos: una casona de mediados del siglo pasado en el corazón de Coyoacán. La calle de acceso estaba flanqueada por árboles que empezaban a espesarse para dar paso a la primavera. La seguridad comenzaba desde varias calles atrás.

Patricia, su esposa, se había negado rotundamente a mudarse a la residencia oficial cuando él asumió la presidencia.

Decía que ya eran suficientes cambios para sus hijos y que la estabilidad emocional de la familia era lo primero.

Julián no tuvo más remedio que aceptar. Doce años de matrimonio y dos hijos, uno de diez años y otro de siete, eran su prioridad.

Entré por la puerta de servicio, como solía hacerlo desde que éramos niños, solo que ahora me escoltaba un elemento de seguridad hasta el umbral. Otra regla de Patricia: nada de escoltas dentro de la casa. Ella siempre había sido el eje de Julián.

—¡Buenos días! ¿No llego en mal momento? —pregunté entrando directo a la cocina.

—¡Mike! Qué gusto verte. Ahora sí nos has tenido abandonados —dijo Patricia mientras terminaba de preparar el desayuno de los niños.

—A mí también me da gusto, Paty. ¿Ya están listos para la escuela?

—Ya casi bajan. Julián te espera en el despacho. ¿Quieres que te lleven un café?

—No te molestes, ahorita paso por uno. Así saludo a Pato y a Iván.

—En un momento te lo llevan —sonrió ella—. Los niños pasarán a despedirse de su papá antes de irse; es de los pocos momentos en que lo ven. Ya me urge que termine este sexenio.

—Dímelo a mí… te veo en un momento.

Toqué la puerta del despacho, que estaba entreabierta.

—Adelante, Mike.

Julián estaba sentado frente a su escritorio con el iPad en la mano, revisando noticias, ya impecablemente vestido para su agenda.

—¿Qué dice el mundo? Por fin te encuentro solo.

—Han sido semanas muy pesadas, Mike —dejó la tablet a un lado y suspiró—. Hasta me dan ganas de que me hagas un chequeo; siento que me va a dar un infarto en cualquier momento.

—Si sigues desayunando estrés, te va a dar algo —respondí, dejándome caer en la silla frente a él.

—Pero no vine como cardiólogo, aunque te voy a agendar una cita de todas formas.

Julián me miró por encima de sus lentes. Esa mirada la conocía desde la primaria; sabía leer mis estados de ánimo antes de que yo abriera la boca.

—A ver, Mike… esa cara no es de un informe de Seguridad Nacional. ¿Qué pasa?

Abrí la boca para hablar del operativo en Manzanillo, de la declaración de Alfredo y de las filtraciones en la fiscalía. Pero lo que salió fue algo mucho más personal.

—La regué con alguien.

Él levantó una ceja, intrigado.

—¿Ese "alguien" tiene nombre?

Dudé un segundo antes de soltarlo.

—Cristina Sánchez. La bióloga del catamarán.

Julián se recargó en su silla de piel.

—La misma que está en medio del desastre de Alfredo Sánchez.

Asentí con amargura.

—La traté como si fuera parte de lo mismo… como si fuera cómplice de Alfredo. Y no lo es.