Marea MAREA DE REFLUJO #6
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MAREA DE REFLUJO #6

Cuando el agente del Ministerio Público comenzó a pasar lista de los presentes y pronunció mi nombre, noté el cambio.

La respiración de Alfredo se alteró; el ritmo del monitor registró un ligero aumento en la frecuencia cardíaca.

Nada evidente para los demás, pero para mí fue suficiente.

Me dio satisfacción saber que me recordaba.

El interrogatorio se extendió por más de cuatro horas.

En varias ocasiones tuvimos que suspenderlo debido al precario estado clínico del detenido.

Yo me limité a observar y a escuchar. Sus abogados sabían exactamente lo que estaban haciendo.

Lo relevante, sin embargo, no fue lo que declaró sobre empresas, cuentas o nombres —puesto que todo eso ya lo teníamos documentado—, sino la petición que lanzó al final.

Cuando el fiscal le explicó las opciones de colaboración, Alfredo dejó de mirar al techo y me buscó. Me sostuvo la mirada de forma directa, como si yo fuera quien tuviera el poder de dictar su sentencia.

—Yo coopero —dijo, con la voz apenas sostenida—. Diré lo que tenga que decir… pero a mi esposa la dejan fuera de esto. Arresto domiciliario, arraigo… como quieran llamarlo. Ella no decidió nada.

Las miradas se cruzaron sobre la cama entre fiscales y abogados.

Yo no intervine; no era mi función negociar.

Pero no pude ignorar el peso de esa palabra: esposa.

Y todo el lodo que arrastraba consigo. El fiscal general no hizo ninguna promesa explícita; no hacía falta.

Por primera vez desde su detención, Alfredo estaba dispuesto a hablar, y su moneda de cambio era ella.

Al salir de la habitación, el estruendo del pasillo me golpeó de frente: abogados murmurando, indicaciones cruzadas y enfermeras abriéndose paso entre carpetas y bandejas. Era un caos controlado.

—Mi capitán —la voz de la teniente Montor me alcanzó antes de llegar al elevador—. Ya tengo la parte completa del interrogatorio y las anotaciones para la UIF. Se lo haré llegar en cuanto regresemos del Reclusorio Norte.

Asentí, pero mi cabeza estaba en otra parte. Estaba en el vidrio de la fiscalía y en el eco de su voz “con mis propios recursos”. Todavía me ardía la herida de mi propio juicio.

—Teniente —la detuve antes de que continuara—, necesito que hable con Juan Pablo, el marinero de Cristina.

Ella levantó apenas una ceja.

—¿Algún problema con él, mi capitán?

—Ninguno. Al contrario. Quiero que le pida un favor: que consiga un número de contacto directo con la señorita Cristina Sánchez.

La frase sonó peor en voz alta de lo que había imaginado; lo supe en cuanto terminé de pronunciarla.

—Es importante que tengamos una línea de comunicación directa con ella —añadí, tratando de recuperar el tono oficial—, por el bienestar del menor… y por lo que ella pueda aportar a la investigación.

Montor sostuvo mi mirada un segundo más de lo normal. No dijo nada, pero su silencio fue elocuente.

—Entendido, mi capitán. Me pondré en contacto y le haré llegar el número en cuanto lo tenga.

Cristina

El zumbido constante del avión y el vaivén suave entre las nubes me daban una paz extraña. Fredy, a mi lado, se había quedado dormido poco después del despegue. Su respiración tranquila me anclaba a algo simple y real, lejos del caos que dejábamos atrás.

Aunque habíamos podido escoger cualquier asiento porque volábamos solos, él decidió sentarse junto a mí. Así como yo para él, Fredy era mi faro en medio de esta oscuridad.

Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos un momento.

Todo había pasado demasiado rápido. La fiscalía, el interrogatorio, la voz que no se quebró —aunque por dentro me estuviera desmoronando— y, finalmente, Miguel.

Volverlo a ver, una vez más acudiendo a mi rescate, se estaba convirtiendo en una constante en nuestros encuentros.

Respira. Aguanta la ola. Siempre volvía a lo mismo.

Abrí los ojos y giré ligeramente hacia la ventana.

El cielo de la noche, que apenas comenzaba, se veía limpio e inmenso; nada que ver con el aire pesado que había dejado atrás.

Me urgía llegar a Los Cabos. Al salir del despacho de los Proal, logré contactar a Piero para que me esperara y así poder embarcarme con ellos de inmediato.

Por eso no dudé en aceptar el avión privado.

No me gustaban ese tipo de favores, pero volar en una aerolínea comercial habría retrasado demasiado mi regreso al mar.

Mis ballenas. Mi Marea.

Había dedicado tanta pasión al diseño y la fabricación de mi catamarán que se había convertido en mi único hogar verdadero.

Allí sí sabía quién era. Allí no tenía que demostrarle nada a nadie.

Bajé la mirada hacia Fredy. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia mí, completamente ajeno al caos del mundo.

Sonreí sin darme cuenta y acomodé la manta sobre su hombro.

Ojalá todo fuera así de simple. Cerré los ojos otra vez y, por primera vez en días, el cuerpo empezó a soltarse.

El aviso del piloto me despertó:

—Señorita Cristina, en unos minutos comenzaremos nuestro descenso hacia el aeropuerto internacional de Cabo San Lucas…

Parpadeé, desorientada por un segundo. Fredy seguía dormido.   Mientras el avión perdía altitud, sentí ese leve cambio de presión en el pecho. Fue instintivo, como si algo estuviera a punto de moverse de nuevo en mi interior.

Ya en la pista, quité el modo avión para avisar de mi llegada. El teléfono tardó unos segundos en reaccionar y luego vibró. Tenía un mensaje de un número desconocido con una imagen adjunta. La abrí. El estómago se me tensó al verla.

Ahí estaba yo. De espaldas al atardecer, con el pelo agitado por el viento y el mar de fondo; ese momento que alguien había decidido detener en el tiempo. El catamarán, la cena, aquel instante...

Debajo de la imagen, apareció un mensaje:

Te debía la foto. 7:40 pm

Tragué saliva. Inmediatamente llegó un segundo texto:

Y también te debo una disculpa. 8:03 pm

El mundo, por un segundo, se quedó en pausa.

Ojalá podamos hablar. 8:10 pm

Mi celular comenzó a vibrar con una llamada entrante. Decidí ignorarla; no era el momento.

—¡Ya llegamos, Cris! ¡Estoy muy emocionado! —La voz de Fredy me devolvió a la realidad.

—Sí, campeón —respondí con esfuerzo. La mano me temblaba mientras guardaba el celular como si me quemara.

—Señorita Cristina, su transporte ya está en la pista —anunció un asistente—. En un momento suben su equipaje. ¿No olvida nada?

—No, nada... muchísimas gracias, de verdad.

Subimos a la camioneta en automático y tomamos rumbo a la marina. No dije mucho en el camino; no hacía falta. El mar empezó a asomarse entre los muelles y, con él, algo dentro de mí empezó a acomodarse. Cuando lo vi a lo lejos, el humor me cambió por completo.

Ahí estaba el Marea. Imponente, silencioso, esperándome como si nunca me hubiera ido. Bajé del vehículo antes de que el chofer terminara de frenar. No caminé, regresé a la vida. Subí por la pasarela sin mirar atrás, sintiendo cómo cada paso me devolvía a mi esencia.

—¡Capitana! —Las voces se me vinieron encima junto con los abrazos de la tripulación. Sonreí de verdad.

—A mí me da más gusto estar de regreso que a ustedes, pero ya... suficiente bienvenida —los miré a todos: mi equipo, mi familia—. ¿Estamos listos o falta algo?

—Todo listo, capitana —respondió Luis—. Solo la esperábamos a usted.

Asentí con firmeza.

—Entonces, zarpamos.

—¡Ya oyeron! ¡A sus puestos! ¡Suelten amarras! —gritó Piero.

El movimiento empezó de inmediato. Cuerdas soltándose, pasos firmes sobre la cubierta y el sonido del mar recibiéndonos otra vez.

Me quedé de pie, observando cómo el Marea volvía a ganar el canal de navegación.

Entonces sentí esa calma, esa certeza absoluta.

Aquí era donde yo era yo. El Marea no consumía el mar, navegaba con él. Y yo también.

Las lágrimas me llenaron los ojos, pero estas sí sabía de dónde venían.

E l sonido de una alarma me despertó horas más tarde.

Me costó trabajo ubicarme, pero en cuanto mi cerebro reconoció el olor a salitre y el vaivén de las olas, recordé dónde estaba y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

Había bajado al estudio a revisar unos pendientes antes de la cena y me había quedado profundamente dormida.

El reloj marcaba las 04:44 am Me tocaba la guardia de las cinco de la mañana. Tomé mi celular, me puse una sudadera y subí al puente de mando. El clima era favorable, aunque a esa hora el viento soplaba con un frío cortante.

—Buenos días, Pancho. ¿Alguna novedad?

—Buen día, señorita Cris. Todo en orden. Me da gusto tenerla de regreso.

—A mí más, Pancho. ¿Qué información recabaron en estos días?

—Tengo unas tomas y grabaciones muy buenas. Cuando pueda, revíselas en la aplicación; si no, al terminar su guardia las vemos juntos. Ya bajé todo a la base de datos.

—Perfecto… ¡qué emoción!

—Descanse, Pancho. Yo me quedo —le dije, tomando el relevo en el mando.

—Sí, gracias. Ahorita le suben su té y algo de desayunar… que ayer no cenó nada.

Solo le respondí con el saludo de capitán, una señal de respeto que él entendía bien.

Agradecía infinitamente todas esas atenciones; ellos eran la familia que yo había elegido, el refugio que me quedaba además de mi abuela y Fredy.

Había estado dudando si contestarle o no a Miguel, pero no quería verme "ardida" o infantil guardando un silencio que gritara más que mis palabras.

Abrí la aplicación. Ahí estaba: la llamada perdida justo después de su mensaje.

Desde el puente podía ver el lugar exacto donde él me había tomado aquella foto, donde había estado él…

y recordé todo lo que había pasado después.

Escribí un simple:

Gracias. 5:10 a. m.

No había salido del chat cuando llegó su respuesta inmediata.

¿Qué haces despierta a esta hora? 5:11 a. m .

Solté el aire por la nariz con una mezcla de fastidio y sorpresa. Que manera de contestar, como si hubiera estado esperando frente a la pantalla.

En guardia. 5:13 a. m.

¿A cuántos nudos van? 5:13 a. m.