MAREA DE REFLUJO #5
Regresé a la sala. El vidrio unidireccional seguía ahí, ocupando toda la pared. Del otro lado, solo veía mi propio reflejo deformado por la luz. Sabía que no estaba sola. Sabía que él estaba ahí detrás. Podía sentirlo, igual que en el pasillo, igual que en el mar.
Me senté de nuevo. Juan Camilo acomodó las carpetas delante de mí. El fiscal dijo algo sobre retomar la declaración donde la habíamos dejado, pero yo no lo miré a él. Miré al frente. Al vidrio. A la mujer que me devolvía la mirada.
—Podemos continuar. Hay algo que quisiera dejar claro —dije, sin apartar la vista del cristal.
La agente del Ministerio Público levantó una ceja.
—Adelante, señorita.
No le hablé a ella. Le hablé a mi reflejo y a lo que se ocultaba detrás de él.
—No estoy aquí para dar lástima —empecé—. Ni para demostrar mi inocencia, porque de eso no hay duda; y ustedes lo sabrían si hubieran hecho bien su trabajo.
Juan Camilo volteó a verme como si me hubiera salido otra cabeza, pero no me detuve.
—Estoy aquí para exigir la justicia que se me ha negado ya en varias ocasiones: a mis catorce años, cuando desestimaron mis declaraciones ante la agresión que el señor Alfredo Sánchez cometió en mi contra; a los dieciocho, cuando fui víctima de intento de robo de identidad y activos por la misma persona, lo que dio origen al fideicomiso para evitar que mi nombre volviera a ser utilizado.
Y hoy, que estoy aquí imputada por una denuncia “anónima” que, me queda claro, solo está entorpeciendo su investigación.
—Señorita… —intentó interrumpir el fiscal.
—No he terminado, si me permite —fijé mi vista en el vidrio—. Solo quiero dejar claro que mi pasión por las ballenas no viene de mi “nobleza”.
Esperé un momento, queriendo que Miguel recordara sus palabras exactas.
—Viene de la conciencia de poder ayudar a especies que no se pueden defender. Y, como pudieron constatar… está financiado íntegramente con mis propios recursos.
El corazón me iba a explotar. No reconocía del todo a esa mujer en el reflejo, pero me gustaba. Nadie iba a volver a dudar de mí.
Salí de la fiscalía con la cabeza en alto. El pasillo, que antes se había sentido interminable, ahora era solo un tramo más hacia la salida.
—No te reconocí ahí dentro —dijo Juan Camilo con una sonrisa de auténtica admiración—. ¿Segura que no quieres ser abogada?
—Prefiero salvar ballenas que personas —respondí, sintiendo una determinación renovada—. Aunque hoy lo dudé por un segundo.
Juan Camilo asintió y me abrió la puerta hacia el exterior.
—Bueno, hoy demostraste que puedes con todo. Y creo que alguien del otro lado del vidrio también se dio cuenta.
No respondí. Mi mirada estaba puesta en el siguiente paso.
Pasado el mediodía, nos reunimos en la sala de juntas del despacho Proal no era culpa, todavía no, pero se le parecía demasiado.
Cada segundo que pasaba, la distancia entre nosotros se hacía más grande. Y lo peor no era eso; lo peor era saber que, en algún punto, ella había intentado explicármelo y yo había decidido no escuchar. Cuando dijo: “con mis propios recursos”, supe que ese mensaje no era para el fiscal.
No pude seguir ahí. Salí de la sala de observación sin decir nada.
El pasillo ya no se sentía igual. O tal vez era yo el que caminaba distinto: más rápido, más rígido, como si el cuerpo intentara adelantarse a lo que la cabeza todavía no terminaba de procesar.
—Capitán —me llamó el fiscal a mis espaldas—. Nos movemos al hospital. Vamos a comenzar con la declaración de Alfredo.
No me detuve, pero lo escuché continuar.
—Creo que nos hicieron perder el tiempo con esta denuncia anónima —añadió—. Como nos acaba de restregar la muchacha… la bióloga.
Hizo una pausa significativa.
—O fue una muy buena distracción.
Ahí estaba la clave. Asentí sin voltear porque ya no me quedaba duda: alguien más sabía de Cristina y de lo que había entre nosotros. Sus comentarios, sumados a mi propia lógica, me dejaron la sangre fría.
El traslado fue corto, el tiempo justo para intentar poner cada pieza en su lugar.
O eso creí. El hospital me recibió con ese olor inconfundible a desinfectante que siempre me había infundido tranquilidad, orden y lógica.
Sin embargo, esta vez no entraba como médico; entraba como parte de una investigación criminal, y eso lo cambiaba todo.
A simple vista, nada era distinto: pasillos blancos, luces frías y gente moviéndose con una prisa medida.
Pero lo que realmente estaba ocurriendo no cabía en esas paredes.
Esta operación llevaba meses gestándose.
Desde el inicio del sexenio habíamos detectado inconsistencias financieras y movimientos atípicos que, en conjunto, apuntaban a una estructura mayor.
Alfredo había sido nuestro punto de entrada. Sus empresas y negocios presentaban estructuras fáciles de seguir; demasiado fáciles. Lo habríamos podido detener meses atrás, pero nuestro objetivo nunca fue él.
Lo que ya no me cuadraba era la aceleración de los eventos: el informe de nuestro infiltrado, el chantaje a Julián, la amenaza directa sobre mi cabeza y la ejecución precipitada del operativo.
Había demasiadas piezas moviéndose al mismo tiempo.
A partir de ahora, mi enfoque tenía que ser otro: estratégico, lógico y sin interferencias. Sin ella.
Tenía clara la ruta a seguir: primero, las declaraciones de los detenidos; luego, una reunión a solas con Julián.
Después de eso, no habría margen de error.
Tendría que encerrarme con la teniente Montor y el equipo para revisar todo desde el principio.
Porque si algo había aprendido en esta investigación era que, cuando todo empieza a cuadrar demasiado bien, es porque alguien más ya va un paso adelante.
Los abogados de los detenidos ya esperaban en la sala, junto con la señora Liliana.
Su semblante había cambiado drásticamente en veinticuatro horas: ya no interpretaba el papel de esposa abnegada; ahora se percibía como una mujer en total control de la situación.
Discutía con uno de los abogados, el más joven del grupo.
La teniente Montor se acercó a saludar en cuanto me vio entrar.
—Buenas tardes, capitán Rodríguez, señor fiscal.
—Teniente, buenas tardes. ¿Alguna novedad?
—Sí, capitán. Ya tengo el reporte de las últimas treinta y dos horas; en seguida se lo hago llegar. Los abogados de los detenidos ya tuvieron su primera reunión en privado, conforme a lo estipulado, y están en espera de que la fiscalía inicie la toma de declaración.
—Enterado, teniente. Estamos pendientes.
Sentí la mirada de la señora Liliana clavada en mí en cuanto detectó mi presencia. Ya no había rastro de la mujer sumisa que vi en la ambulancia; sus ojos me analizaban con una frialdad que confirmaba que la verdadera partida apenas comenzaba.
En el cuarto asignado al detenido Alfredo Sánchez nos encontrábamos dos de sus abogados, el fiscal general, el representante del Ministerio Público y el fiscal de oficio designado para el interrogatorio.
Alfredo no lucía muy distinto a como lo había dejado la madrugada anterior; solo destacaba el tono cenizo de su piel, un matiz que no me gustó en absoluto.
Sin embargo, mi papel allí no era el de médico.