MAREA DE REFLUJO #4
Cristina avanzó y se detuvo frente a la mesa.
Tenía las manos entrelazadas sobre su bolso, sosteniendo una botella de agua.
El cabello, que en Acapulco llevaba suelto y enredado por el salitre, ahora caía perfectamente controlado hasta la mitad de la espalda; parecía que alguien se había tomado el tiempo de peinarla con infinita paciencia.
El maquillaje era discreto, pero suficiente para marcarle más los ojos y ocultar las ojeras que yo le conocía.
Pensé en las primeras veces que la vi: en traje de baño, con la piel húmeda y la cara lavada.
Vulnerable, en shock, rota… y, aun así, hermosa de una forma que no tenía nada que ver con la ropa.
Ahora era distinto. Seguía siendo ella, pero estaba armada.
No era la Cristina descalza del catamarán, era una mujer que había decidido presentarse entera frente al sistema que pretendía aplastarla.
Y, para mi desgracia, me gustaba igual o más.
El licenciado Proal se inclinó hacia ella para susurrarle algo al oído.
Ella asintió, se acomodó en la silla, jugueteó con la botella y se humedeció los labios.
Ese gesto mínimo me teletransportó al atardecer en el mar: el sol cortándome la vista, el agua golpeando el casco y su voz quebrada pidiéndome que paráramos.
Poder sobre mi mente, no sobre los acontecimientos.
Repetí la frase mientras ella levantaba la mirada hacia el frente, ignorando que, detrás de ese espejo, yo estaba allí, intentando que no se me notara en la cara todo lo que me provocaba verla tan distinta y tan jodidamente familiar al mismo tiempo.
—El despacho de abogados que la representa es uno de los mejores del país —la voz del fiscal general me devolvió a la realidad del cubículo—. ¿Serán los mismos que defienden a los detenidos?
—Lo desconozco —respondí, aunque ahora sabía que era imposible.
Había imaginado este momento de muchas formas, pero ninguna incluía la punzada de celos que me subía por el pecho cada vez que él se acercaba demasiado a ella.
No era nada evidente: un gesto para acomodar una carpeta, una mano apoyada en el respaldo de su silla.
Profesional, me dije. Nada más que profesional.
Pero el cuerpo no entiende de argumentos legales.
El interrogatorio comenzó con la parte técnica.
El fideicomiso. Las transferencias. Las declaraciones fiscales.
Escuché al fiscal mencionar su estilo de vida; antes me había parecido imposible que ella no estuviera involucrada.
Ahora, oyéndola explicar la estructura y las denuncias que nunca fueron sustentadas, todo empezaba a acomodarse de una forma que me hacía sentir como un imbécil.
Ella había intentado explicármelo. Yo decidí juzgarla de todas formas. Demasiado tarde.
La voz de Cristina sonó firme al principio, pero clara.
Reconocí ese tono que usaba cuando quería mantenerse entera a toda costa.
Intenté recurrir a Marco Aurelio otra vez, pero no sirvió de nada.
Porque lo que estaba viendo del otro lado era a la mujer que había intentado sostener el mundo mientras yo me convencía de que era más fácil desconfiar.
Luego apareció la carpeta. La que nunca pude abrir.
La clasificada. La que intenté investigar sin llegar a nada hasta que Juan Pablo habló.
Entonces todo encajó. Bajé la vista un segundo, apoyando las manos en el respaldo de una silla para no perder el equilibrio.
Cuando volví a mirarla, noté que algo iba mal.
El licenciado mencionó el año 2012; estaba seguro de que era la información que la teniente Montor me había reenviado hacía unas horas y que yo había decidido ignorar. En el rancho había tomado la decisión de creer en ella por instinto, no por papeles.
La vi inhalar un segundo más largo de lo normal.
Desde mi posición era fácil notar lo que otros pasaban por alto: el movimiento errático de sus dedos sobre la botella, la rigidez en los hombros, el parpadeo acelerado.
El cuerpo siempre avisa antes que la cabeza.
El abogado también se dio cuenta; se inclinó hacia ella y murmuró algo.
Cristina negó con la cabeza, fingiendo que estaba bien, pero no lo estaba.
—Señorita, ¿se encuentra en condiciones de continuar? —preguntó el fiscal sin levantar la vista.
—Sí… —respondió ella, pero la voz ya se le había quebrado.
Sentí cómo se me tensaban los músculos de la espalda. Instinto puro. Eran años viendo a la gente quebrarse justo ahí, en el punto exacto donde todavía creen que pueden sostenerse solos. Cristina llevó la mano al borde de la mesa, buscando un anclaje. Respiró hondo. Demasiado hondo.
—Cristina —dijo Juan Camilo en voz baja—, mírame.
Ella levantó la vista hacia él, pero no logró sostenerla. Parpadeó varias veces, desorientada. El fiscal dejó de escribir, notando finalmente el colapso.
—Vamos a hacer una pausa…
No esperé a que terminara la frase. Salí del cuarto de observación antes de darme tiempo para razonar. El pasillo se me hizo más corto de lo que recordaba. Cuando empujé la puerta de la sala de interrogatorios, todos los presentes voltearon al mismo tiempo, sorprendidos por la irrupción.
Nadie dijo nada al verme entrar. El uniforme, parecía otorgarme un pase de impunidad, o quizás el silencio era simplemente el resultado del impacto.
—Permiso —dije, sin mirar a nadie más que a ella.
Cristina tenía la vista perdida en algún punto de la mesa, pero su cuerpo estaba gritando. La respiración era corta, irregular, ese silbido sordo que precede al colapso.
Ataque de pánico. Lo reconocí de inmediato.
Me acerqué despacio, con esa cadencia profesional que usaba con cualquier paciente, la misma que había usado con ella tantas veces.
—Cristina, mírame —dije, manteniendo la voz baja, buscando ese anclaje que antes solíamos compartir—. Respira conmigo, ¿sí?
Sus ojos se movieron hacia mí. Tardaron un segundo eterno en enfocar y, cuando lo hicieron, algo se rompió definitivamente.
El reconocimiento fue inmediato, pero no trajo la calma.
Trajo el rechazo. Se echó hacia atrás en la silla con una violencia instintiva, como si en lugar de mi mano le hubiera acercado fuego.
—No… —susurró primero, una palabra rota que apenas alcanzó a salir.
Traté de dar un paso más, intentando que el médico ganara la batalla contra el hombre.
—Tranquila, estás hiperventilando. Solo necesito que...
—¡No te acerques! —el grito cortó el aire de la sala, seco y cortante.
La habitación se sumió en un silencio sepulcral. Las cámaras, el cristal, el fiscal... todo desapareció. Solo quedamos nosotros tres. Cristina giró la cabeza con desesperación, buscando un refugio que ya no era el mío.
—Juan Camilo… —dijo, con la voz quebrada por la angustia—. Juan Camilo, sácame de aquí… por favor.
Sentí el impacto en el pecho, más fuerte que cualquier golpe físico. Verla buscar auxilio en él, verla pronunciar su nombre como una tabla de salvación, me dejó sin aire.
El abogado reaccionó al instante. Dio un paso al frente, interponiéndose entre nosotros, y puso una mano firme sobre su hombro.
—Aquí estoy, Cristina. Ya, tranquila —luego, con una voz cargada de una autoridad que me irritó hasta la médula, se dirigió a la autoridad—. Señor fiscal, si me permite, vamos a salir un momento.
—Adelante. Tomemos un receso de cinco minutos —concedió el fiscal, cerrando su carpeta.
Ella se aferró al brazo de Proal con una fuerza nacida del miedo, sin volver a mirarme ni una sola vez. Se dejó guiar hacia la salida, buscando la distancia como quien huye de un peligro inminente.
Me quedé allí plantado, en medio de la sala gris, con las manos suspendidas en el vacío. Me tomó varios segundos entender la realidad: ya no tenía permiso para tocarla. Ya no era su puerto seguro; ahora, yo era la tormenta.
Cristina
Salí de la sala sin recordar en qué momento me había levantado. Solo sentí el frío del pasillo pegándose a mi piel sudada y la luz blanca clavándose en mis ojos como alfileres. Juan Camilo hablaba con alguien detrás de mí, pero su voz era un murmullo lejano.
Lo sentí antes de verlo, era Miguel.
No giré la mirada; no hacía falta. El sonido de sus botas y la forma en que el aire cambiaba cuando él estaba cerca eran señales que mi cuerpo reconocía mucho antes que mi cabeza. Pasó a mi lado, cerca. Demasiado cerca.
—Cristina, ¿quieres un té? —alcancé a oír a Juan Camilo—. Vamos a sentarnos un momento.
Negué con la cabeza y seguí caminando. No quería la mirada de lástima de nadie, ni una mano en el hombro, ni el té tibio en vaso de plástico que siempre aparece cuando el mundo se desmorona en un edificio gubernamental.
El pasillo se me hizo interminable. O tal vez fui yo la que caminó más despacio, concentrada en no perder el control otra vez.
Respira. Aguanta. La ola pasará.
Alguien abrió una puerta y me metí sin preguntar. Baño de mujeres. Azulejos fríos, olor a cloro y jabón barato. Me agarré del lavabo y levanté la vista. Ahí estaba: la versión de mí que acababa de casi desmayarse frente a un fiscal, un abogado, una agente… y Miguel.
¿Cómo se atrevía a presentarse delante de mí después de ser el culpable de que yo estuviera en esa situación?
En vez de estar escuchando el canto de una ballena, tenía que estar oyendo a un fiscal dudar de mi integridad.
El rímel había aguantado mejor que yo. Tenía los ojos rojos, la piel de la nariz irritada y el pelo todavía en su lugar, como si al menos mi peinado se negara a aceptar la derrota.
Apoyé las palmas en la cerámica fría y cerré los ojos.
Entonces, el eco de sus palabras en el hospital volvió a golpearme:
«¿Qué me vas a explicar? ¿Que tu nobleza es tan grande que quieres salvar a las ballenas con dinero sucio?»
Sentí cómo se me tensaba la mandíbula. Abrí los ojos y mi reflejo me sostuvo la mirada. Respiré hondo, esta vez llenando los pulmones por completo.