MAREA DE REFLUJO #3
—Soy bióloga marina. Lidero un proyecto de investigación sobre rutas migratorias de ballenas y su impacto ambiental.
La pluma de la agente se movió con rapidez.
—¿De qué vive, señorita Sánchez?
Llegamos a la parte que habíamos ensayado hasta el cansancio.
—De un fideicomiso constituido por mi padre biológico antes de morir —contesté sin titubeos—. Es mi fuente única de ingresos. De ahí provienen mis gastos personales, mis estudios, la compra del catamarán y el financiamiento de mi investigación.
Juan Camilo asintió de forma casi imperceptible y deslizó una carpeta hacia el centro de la mesa.
—Aquí está la documentación del fideicomiso: contrato, estados de cuenta y registros de egresos —aclaró—. Todo está integrado en la carpeta, pero queremos que conste en actas que el estilo de vida de mi clienta se sostiene exclusivamente con estos recursos.
El fiscal tomó la carpeta y hojeó algunas páginas.
—Según esto, hablamos de varios millones de euros administrados a lo largo de los años —comentó sin levantar la vista—. Con ese nivel de recursos, explíqueme algo, señorita Sánchez Conde: ¿por qué habría necesitado recibir dinero del señor Alfredo Sánchez?
Sentí la pregunta como un dardo, pero también como la oportunidad que estábamos esperando.
—Porque nunca lo recibí —respondí, clavando la mirada en él e instintivamente, hacia el vidrio—. Quiero que eso quede asentado con toda claridad: jamás he recibido dinero para uso personal de Alfredo Sánchez. Él no paga mis viajes, no pagó mi catamarán y nunca ha financiado mi vida.
—¿Por qué, entonces, aparecen en la denuncia señalamientos de que usted recibe dinero del señor Sánchez?
Abrí la boca para responder, pero Juan Camilo se adelantó con calma profesional.
—Con el debido respeto, licenciado, precisamente por eso estamos aquí —dijo—.
Para desestimar una denuncia que, por lo que entendemos, fue presentada de forma anónima ante la Fiscalía de Manzanillo y que parte de una premisa falsa.
Esta documentación demuestra lo contrario: ella no necesita ni ha recibido dinero de él.
El fiscal lo observó unos segundos y luego asintió brevemente.
—Que conste —dictó la agente— que la defensa señala el origen anónimo de la denuncia y sostiene la inexistencia de beneficio económico.
—Si me permite, señor fiscal, quisiera presentar esta carpeta adicional que contiene la denuncia por violencia y abuso del año dos mil doce contra la señorita Sánchez, así como el peritaje psicológico y la resolución de custodia a favor de la abuela de mi cliente, la señora María Concepción Murillo Sáenz —dijo Juan Camilo—.
Solicitamos que se integre formalmente a esta investigación.
No podía apartar la mirada de Juan Camilo; la manera en que estaba dejando sin palabras al fiscal y a la agente demostraba que sabía exactamente lo que hacía. La agente del Ministerio Público tomó la carpeta sin mostrar sorpresa.
—¿La escritora? —preguntó ella.
Yo solo alcancé a asentir con la cabeza. El aire me estaba faltando de nuevo.
—Que se agregue como antecedente —ordenó el fiscal al escribiente—. Quedará registrado que, desde entonces, la compareciente fue reconocida formalmente como víctima del señor Sánchez.
Juan Camilo no se detuvo ahí; sabía que tenía el impulso a su favor y no pensaba soltarlo:
—Además, señor fiscal, dejamos desde este momento a salvo el derecho de mi clienta de ejercer las acciones legales que correspondan por denuncia falsa y difamación.
Esto, en caso de que, una vez integrada esta carpeta con todos los antecedentes, se confirme que las imputaciones en su contra carecen de sustento.
No pedimos un trato especial —continuó con voz firme—, solo que la misma seriedad con la que se recibió una denuncia anónima se aplique ahora para corregir el daño que esa calumnia ya le ha causado.
Tampoco buscamos que esto se vuelva mediático; lo último que necesita una víctima es ver su historia convertida en un espectáculo.
Solo queremos que el expediente cuente la verdad completa.
—El caso será revisado con detenimiento, licenciado —respondió el fiscal, visiblemente más cauto.
—También quisiera anexar…
La voz de Juan Camilo comenzó a desvanecerse en mis oídos.
Sentí un zumbido agudo, como si alguien hubiera cerrado una puerta pesada dentro de la sala, dejándome en un vacío sordo.
Las palabras “denuncia falsa” y “difamación” rebotaron en las paredes grises antes de caerme encima con el peso del plomo.
El aire, de pronto, se volvió espeso, casi sólido.
Intenté tragar saliva, pero la garganta se me había cerrado por completo.
Me di cuenta de que estaba apretando la botella de agua con demasiada fuerza cuando escuché el crujido del plástico bajo mis uñas.
Inspiré hondo, o al menos creí hacerlo, pero el pecho se sentía encadenado.
Una punzada fría me cruzó la espalda y las luces blancas del techo se estiraron, borrosas, como si la realidad se estuviera desprendiendo de sus ejes.
El mundo se inclinó un milímetro hacia un lado y yo me quedé ahí, suspendida en el centro de mi propio naufragio.
Miguel
La camioneta iba tragándose los kilómetros entre Tulancingo y la Ciudad de México; dos horas de asfalto que se sentían más cortas que la noche que pasé en vela.
Dejé el rancho antes del amanecer: ducha fría, uniforme perfectamente planchado por mi madre, botas lustradas y el café que mi nana me había preparado en un termo.
La tarde anterior había corrido y montado a caballo un buen rato, solo para despejarme.
Cuando ya no me quedaron excusas para seguir dando vueltas alrededor de los mismos miedos, regresé con mi padre.
Como imaginé, ya tenía en su iPad el libro de Meditaciones de Marco Aurelio abierto; giró la pantalla hacia mí y señaló un párrafo subrayado en amarillo: «Tienes poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos.
Date cuenta de esto y encontrarás la fuerza».
Ese libro había sido nuestra manera de comunicarnos desde que yo era niño, y ahora era la única.
Mientras la entrada a la ciudad se abría frente al parabrisas y los letreros anunciaban la salida hacia la Fiscalía, repetía la frase como un ritmo de marcha: poder sobre mi mente, no sobre lo que hoy iba a suceder. La declaración de Cristina. Volverla a ver.
Más allá de eso, estaba el mensaje que Julián me envió ayer, recordándome que hoy, sin falta, Alfredo tenía que rendir sus primeras declaraciones.
Era el primer movimiento real para esclarecer todo esto.
Desde el principio supimos que Alfredo solo era un alfil en este tablero; importante, sí, pero movido por una mano más grande.
Alguien más poderoso movía las piezas desde la sombra.
Ese era el "Rey", y ese era nuestro verdadero objetivo.
La oficina del fiscal general de la República quedaba en el último piso, con una vista privilegiada hacia el estacionamiento oficial y la entrada principal.
Me mantuve de pie junto al ventanal, con las manos cruzadas detrás de la espalda como si siguiera en formación.
Llevábamos más de una hora organizando la estrategia para tomar las declaraciones de los detenidos, tanto en el hospital como en el Reclusorio Norte, a donde habían sido trasladados Teo y Simón.
Ahora entendía mejor la relación de ellos con Cristina; había piezas que empezaban a encajar, como el hecho de que Teo se hubiera quedado en Manzanillo protegiendo el terreno.
El reloj de pared marcaba las 8:35 a. m. cuando vi entrar la primera camioneta, seguida por dos más, deslizándose como fichas gemelas hacia el acceso principal. ¿Sería ella? Desde aquella altura, las personas no tenían rostro, solo eran trajes, carpetas y prisas.
Se inició un despliegue propio de un alto mando, lo que me hizo dudar. Primero descendieron los escoltas del último vehículo. Luego abrieron la primera camioneta y bajó un hombre que no tardé en reconocer: el licenciado Proal. Caminó directo hacia la segunda camioneta sin mirar a nadie más.
Vi el momento en que abrió la puerta y contuve la respiración.
Sucedió en cámara lenta: él extendió la mano, no para saludarla, sino para sostenerla.
Sus dedos rodearon los de Cristina con una naturalidad que se me clavó en el estómago como un estilete.
Desde el ventanal, el contacto fue apenas un punto de encuentro entre dos siluetas, pero la escena se reprodujo en mi cabeza como si estuviera allí abajo: el apretón breve, la mirada que buscaba calmarla, el pulgar del abogado rozando el dorso de su mano en un gesto que no tenía nada de profesional.
Cristina respiró hondo, bajó la cabeza y asintió, como si esa simple presión bastara para darle seguridad.
La frase de Marco Aurelio volvió a mí sin pedir permiso: Poder sobre mi mente, no sobre los acontecimientos. Podía repetirla mil veces, pero eso no cambiaba el hecho de que, mientras yo esperaba en el piso de arriba, era otro hombre quien la sostenía en el momento en que más miedo tenía.
—¿Me acompaña, capitán? Es hora de que comience la acción —dijo el Fiscal, saliendo primero y dejándome solo con el eco de su última frase:
«Acción».
Tomé aire, acomodé la gorra bajo el brazo y lo seguí por el pasillo hasta el elevador exclusivo. El descenso fue corto, pero se sintió como un cambio de altitud en pleno vuelo: el cuerpo se ajusta, pero la cabeza tarda un poco más en equilibrarse.
La sala de observación quedaba al fondo de un corredor angosto y sin ventanas.
El vidrio unidireccional ocupaba casi toda la pared frontal; del lado de acá, solo había una mesa larga, tres sillas, los aparatos de grabación y el zumbido constante del aire acondicionado.
Me coloqué de pie a un metro del cristal, dejando que el personal asignado hiciera su trabajo, como si el vidrio fuera otra línea que no debía cruzar.
La vi entrar antes de que alguien anunciara que estaban listos.