MAREA DE REFLUJO #2
—Buenos días, mi amor. ¿Qué te pareció la historia de este muchacho? —se sentó a los pies de la cama y comenzó a masajearle los dedos—. Cuando me asomé estaban con esos términos políticos que tanto les gustan, pero escuché el nombre de Cristina y ya no me moví. Ahora continúa: ¿qué pasó con ella?
—Su abogado ya interpuso una apelación para que declare el lunes en la Ciudad de México —me costó admitirlo—. Me imagino que ya debe estar allá preparando su defensa.
—¿Y tú? ¿Crees que sea inocente o que realmente usó los recursos de su padrastro?
Escuchar ese título me irritaba. Quería contarle lo que Juan Pablo me había revelado sobre el abuso, pero sentí que no me correspondía traicionar esa intimidad.
—Eso ya no importa. Mañana veremos cómo se defiende —apoyé los codos en las rodillas, perdido en mis pensamientos. ¿Qué creía yo realmente? ¿Qué quería creer?
—La quieres.
Subí la mirada lentamente para encontrarme con sus ojos. No sabía si era una pregunta o una afirmación; solo sabía que la verdad dolía. El iPad de mi padre emitió un sonido:
DETENIDO
Él quería que continuara con el informe oficial.
—Ah, sí. Me imagino que escucharon la conferencia de prensa. Los involucrados están en...
—Yo los dejo —interrumpió mi madre—. Miguel, ¿vas a pasar el día con nosotros?
—Me quedo.
—Qué alegría. Mi amor, ¿te gustaría que te lleváramos a la sala? El día está precioso.
Mi padre bajó los párpados en señal de asentimiento. Ella lo besó, me dio un beso a mí y sentenció: —Te veo en las caballerizas.
La encontré más tarde entre el olor a heno y cuero. Montamos en silencio durante un buen rato. El trote del caballo me relajaba los hombros; el ruido de los cascos era lo único que acallaba el ruido en mi cabeza.
—Miguel —dijo al fin, sin mirarme—, no quiero detalles de expedientes. Solo dime una cosa: ¿Qué vas a hacer con esa muchacha?
El golpe me tomó desprevenido. No supe qué dolía más: si la forma en que la llamó o el darme cuenta de que no tenía una respuesta.
—No lo sé. A veces pienso que no debimos conocernos; las cosas habrían sido más sencillas para los dos.
—¿Fuiste feliz con ella?
—Sí —respondí, sin dudar un solo segundo.
Ella asintió, sin presionarme más. Cambiamos de tema, hablamos del rancho de mis hermanos, de cualquier cosa que no tuviera que ver con medusas, operativos ni fiscalías. Fingimos normalidad por el resto del día.
Al caer la tarde entré a mi cuarto de siempre.
Me refugié en mi habitación, ahí me dejé caer en la cama, con la ropa de montar todavía puesta. Cerré los ojos un segundo, solo uno, y el teléfono vibró sobre el buró.
Un mensaje de la teniente: Notificación:
Fiscalía General de la República.
Asunto: C. Cristina …
Audiencia de declaración: lunes 09:00 h, CDMX.
Debajo, otro mensaje, esta vez con el nombre en la parte superior. “Julián”.
Me quedé con el celular en la mano, sin fuerzas para abrir el mensaje.
Podía repetir que me preocupaba el operativo y las audiencias del lunes, pero ya no me creía ni yo.
Mi mente solo pensaba en volver a verla, en cómo iba a poder enfrentarla después de todo lo que sabía ahora…
y apostando, por primera vez sin dudar, a que era inocente.
Cristina
Estaba terminando de arreglarme frente al tocador.
Me había secado y planchado el pelo; noté qué largo lo tenía y qué diferente me veía.
No era la misma mujer de hacía apenas unas horas.
Me maquillé con lo mínimo necesario. El traje sastre que mi abuela había elegido para mí me quedaba espectacular, tenía que aceptarlo: el blazer entallado, el pantalón a la medida y una blusa beige de escote en V debajo creaban una imagen de autoridad.
Solo me faltaban los tacones a juego con la bolsa —en lo que mi abuela había insistido con vehemencia— y completar el atuendo con el reloj Blacpain de mi papá.
La imagen que me devolvía el espejo de cuerpo completo no tenía nada que ver con la Cristina en bikini y pareo de la semana pasada.
Me sentía envuelta en una armadura ajena, pero necesaria.
Era como si me hubiera puesto encima la fuerza de todas las mujeres de mi familia que alguna vez tuvieron que plantarse delante de alguien que dudaba de ellas.
—A ver… —dijo mi abuela, asomando primero la cabeza y luego todo su juicio. Se apoyó en el marco de la puerta y me miró de arriba abajo, sin prisa. Su ceja derecha se arqueó apenas.
—Tu papá, donde quiera que esté, te aseguro que está muy orgulloso de ti —sentenció, acercándose despacio—. No porque estés guapa, que siempre lo has sido, sino porque, por fin, traes puesta la cara de quien no se va a dejar doblar.
Se colocó detrás de mí y, a través del espejo, vi sus manos acomodar un mechón rebelde detrás de mi oreja.
—¿Lista, corazón? —preguntó. En su voz no había duda, solo empuje.
Tragué saliva.
—No lo sé… pero ya no puedo, ni quiero, seguir escondiéndome.
Ella sonrió apenas.
—Vámonos, llegó el día de que ese hombre responda por sus delitos.
El tráfico de la mañana nos envolvió en un silencio que solo se rompía con la música clásica, la favorita de mi abuela.
En mi mente repasaba una y otra vez los puntos clave de la junta de la tarde anterior con los abogados.
Había sido mucha información; sobre todo, descubrí cuánto había callado mi abuela para protegerme y que hoy, finalmente, debía salir a la luz.
Vimos el edificio de la Fiscalía acercarse a lo lejos, blanco y enorme. La camioneta se orilló frente a la entrada y el motor quedó en un ronroneo bajo.
—Hasta aquí llegamos nosotros —dijo mi abuela, apretándome la mano sobre la rodilla—. Lo demás te toca a ti. Y puedes hacerlo. Confía en ti, todo va a estar bien.
Las palabras que mi padre me dijo en aquel sueño volvieron a mí. Me incliné hacia ella y la abracé con fuerza.
—Te quiero, abuela.
Desde que salimos de casa veníamos escoltadas por la camioneta del despacho y otra unidad de seguridad privada.
La puerta a mi derecha se abrió y una ráfaga de aire frío me golpeó las piernas.
Bajé primero, con cuidado, sintiendo cómo los tacones buscaban equilibrio en el pavimento.
Juan Camilo me tendió la mano; la tomé no porque me faltara balance, sino porque necesitaba un soporte emocional.
—Buenos días, Cristina. No debería decirlo, pero estás preciosa.
Me sonrojé; no supe si por el frío o por su mirada.
—Buenos días. ¿En qué quedamos, licenciado? —respondí. No es que me molestara, pero realmente no estaba para coqueteos en ese momento.
—Sí, una disculpa, pero no podía evitarlo. En cuanto crucemos esa puerta —añadió mientras caminábamos con dos abogados detrás de nosotros— soy tu abogado, y mi único trabajo es demostrar que eres inocente.
Cruzamos el filtro de seguridad entregando nuestras identificaciones. Nos indicaron que el fiscal y la agente del Ministerio Público ya nos esperaban. Faltaban cinco minutos para las nueve.
—¿Estás bien? —preguntó Juan Camilo.
—Sí… pero olvidé mi agua en el coche.
—No te preocupes, aquí hay máquinas, vamos por una.
—Conoces bien el lugar, por lo que veo.
—Así como tú conoces las rutas migratorias de las ballenas, yo conozco los juzgados, fiscalías y penales.
Sonreí ante la ocurrencia.
—No me encanta tu comparación, pero entiendo el punto.
—Desde los dieciocho años empecé a trabajar en el despacho —continuó él mientras introducía las monedas—. Empecé siendo el que hacía los recados y sacaba las copias.
—Disculpe, licenciado Proal, ya nos llamaron —interrumpió Víctor, el abogado que habíamos conocido en Manzanillo.
Juan Camilo me pasó la botella de agua aún fría.
—Bebe un poco y vámonos.
Entramos a un cuarto gris, perfectamente cuadrado.
Una mesa metálica ocupaba el centro, con tres sillas de cada lado.
En una de las paredes había un gran cristal oscurecido; de esos que siempre había visto en las series policiacas y que nunca pensé tener frente a mí.
Fingí que no me intimidaba, pero sentía la nuca expuesta, como si alguien estuviera observando desde el otro lado.
Respiré hondo. Era hora de contar mi historia con la misma firmeza con la que, hasta ahora, solo la había narrado en mi cabeza.
—Buenos días —dijo Juan Camilo con ese tono neutro de abogado que no pide permiso, pero tampoco busca pleito—. Licenciado, agente.
Me senté cuando él me lo indicó; el estruendo de las sillas al arrastrarse retumbó en las paredes desnudas. La agente del MP levantó la vista hacia mí.
—Nombre completo, por favor.
—Cristina… —tragué saliva— Cristina Sánchez Conde.
Escuché el rasguño de la pluma contra el papel mientras lo anotaba.
—Señorita Sánchez —intervino el fiscal, sin mirarme todavía, concentrado en el expediente—, hoy está aquí en calidad de imputada por su presunta participación en el desvío de recursos públicos a través de cuentas a su nombre y de la empresa de su padrastro, Alfredo Sánchez.
La palabra "imputada" me cayó encima como un balde de agua helada, aunque ya la hubiera leído mil veces en las notificaciones. Asentí, más para mí misma que para él.
—Antes de comenzar —añadió la agente—, le recuerdo sus derechos: tiene derecho a guardar silencio, a declarar o no sobre los hechos que se le imputan, a que se presuma su inocencia mientras no se demuestre lo contrario y a estar asistida por su defensa. ¿Entendió?
—Sí.
Sentí que comenzaba a faltarme el aire. Tomé la botella de agua y le di un trago largo, fijando la vista en el vidrio polarizado.
—¿Desea declarar? —preguntó el fiscal.
Juan Camilo me miró de reojo; esa mirada bastó para darme la señal. Habíamos practicado esa respuesta mil veces.
—Sí —respondí—. Quiero declarar.
El fiscal por fin levantó la mirada. Sus ojos no tenían la dureza de un villano de película ni la compasión de un terapeuta; se veían, simplemente, cansados.
—Empecemos por lo básico —dijo, pasando una hoja—. ¿A qué se dedica usted?
Pude haber contestado con alguna de las etiquetas elegantes que otros usaban para mí, pero recordé el consejo de Juan Camilo: "Di la verdad simple".