MAREA DE REFLUJO
Miguel
Salí de terapia intermedia con la adrenalina recorriéndome el cuerpo. Había deseado acabar con su miserable vida, pero no se la iba a poner tan fácil; tenía demasiadas deudas, y la más importante era lo que le había hecho a Cristina.
También seguía presente el reclamo de Juan Pablo por haberla involucrado.
Nadie me quitaba de la cabeza que alguien del gabinete de Julián estaba metido en esto.
Tenía cuatro nombres en mi lista principal de sospechosos; tendría que involucrar a la teniente Montor para llegar al fondo.
Pero primero necesitaba correr para sacar todo aquello de mi sistema y recuperar la capacidad de pensar. Este asunto requería cabeza fría.
Al regresar de correr, recibí un mensaje de Julián:
Miguel, en diez minutos quiero que te conectes a la videoconferencia de mi rueda de prensa. Darás un breve informe médico y tienes que comprometerte a que el traslado del paciente se realizará hoy mismo. 7:50 am
Enterado, señor. 7:52 am
En la oficina asignada me conecté a la transmisión.
Después de Julián siguió el secretario de la Defensa, explicando el operativo conjunto con la Secretaría de Marina; el secretario de Marina también rindió su informe.
Por último, el secretario de Seguridad Pública presentó el móvil de la investigación y me cedió la palabra.
Estaba nervioso; nunca me habían gustado las cámaras, y menos aparecer a nivel nacional.
Comencé explicando las condiciones en las que se había recibido al paciente, el procedimiento realizado y el diagnóstico actual.
—El traslado del detenido se realizará durante las siguientes veinticuatro horas, priorizando su estado de salud, que ante todo es lo más importante para mí como su médico. Con permiso y gracias.
Me desconecté de inmediato.
—Pero, capitán, ¿es seguro trasladarlo? —preguntó Montor.
—No es lo más recomendable, pero no creo que tengamos complicaciones si tomamos las precauciones necesarias. Y, ¿sabe qué, teniente? Ya necesitamos regresar a nuestra base, ¿no cree?
—Capitán, creo que no es el momento y me da un poco de pena decirle esto, pero usted me ha dado la confianza para hacerlo.
—Hable ya, teniente, me está asustando.
—Besé a Juan Pablo —soltó Montor, sin más.
—¿Juan Pablo…? ¿Cuál Juan Pablo? —no estaba procesando bien la información.
—Pues ¿cuál otro conoce?
—Pero ¿cuándo? Explíquese sin rodeos.
—Cuando usted se salió de la cantina. Él no dejaba de insultarse a sí mismo y comenzó a llorar. Me acerqué a abrazarlo, estaba llorando con tanto sentimiento… y ahí sucedió. Tampoco querrá que le dé detalles minuciosos, ¿o sí?
—Claro que no. Agradezco la confianza, pero… ¿y eso fue todo?
—Pues "y eso fue todo", no sé a qué se refiera, pero solo fue un beso. Hoy por la mañana me escribió disculpándose. Creo que es suficiente con eso que usted sepa.
—Ahora sí me sorprendió, Montor. Juan Pablo es un gran ser humano, es lo único que puedo decirle.
—Tengo una duda: en teoría él no es parte del caso y yo no tengo ninguna restricción legal, ¿verdad?
—Supongo que no, pero podemos averiguarlo. Y hablando de averiguar, me gustaría que, antes de irnos, investigue de dónde salió la información que vinculaba a Cristina con el caso.
—Enterada. Yo ya lo había pensado, porque en todo lo que hemos recabado jamás se había mencionado nada sobre ella.
El traslado de los detenidos comenzó durante la tarde-noche del sábado. Alfredo y Liliana fueron trasladados conmigo en la ambulancia aérea, mientras que los otros implicados, incluido Teo, fueron custodiados por elementos de la Marina.
Aterrizamos en el AIFA minutos antes de la medianoche y, desde allí, continuamos en una ambulancia terrestre hacia el Hospital Naval de Especialidades en Coyoacán.
Durante el trayecto no hubo complicaciones médicas, pero cuando entré a terapia intermedia para preparar a Alfredo para el movimiento, su ritmo cardiaco comenzó a elevarse.
Me dio satisfacción; precisamente eso quería: que me tuviera miedo. Tuvimos que sedarlo.
Liliana era una mujer difícil de descifrar.
Arrogante y déspota habían sido mis primeras impresiones, pero al verla con su marido se mostraba sumisa y devota.
Luego estaba lo poco que sabía de su faceta como madre de Cristina y Fredy.
En cierto momento del traslado tuvimos que sedarla levemente porque sufrió un ataque de ansiedad.
Me recordó a Cristina, a las veces que la auxilié en situaciones similares.
Ahora podía comprender mejor su vulnerabilidad.
Antes, mi egoísmo me había hecho pensar que su ansiedad era por mí, cuando en realidad era por el peso de las personas con las que compartía la ambulancia.
Las palabras de mi padre resonaron en mi mente: “Las decisiones importantes nunca se deben tomar durante la tormenta, siempre en la calma”.
En cuanto el paciente estuvo instalado, ordené a la teniente Montor que asistiera a Liliana con lo básico.
Salí del hospital y, sin pasar por mi departamento —que llevaba más de una semana vacío—, tomé la carretera hacia Tulancingo, Hidalgo, donde estaba el rancho de mis padres.
Mandé un mensaje rápido a Julián con mi informe, le avisé que iba rumbo al rancho y apagué el celular.
Estaba sobrepasado, un sentimiento que en mis treinta y seis años nunca había experimentado.
Necesitaba volver a mi centro, y mi centro siempre había sido mi familia.
Llegué dos horas después, justo antes del amanecer. La vida en el campo comenzaba temprano, así que no me extrañó encontrar movimiento. Pío, el encargado desde hacía más de veinte años, me recibió con su característica tranquilidad.
—Joven Miguelito, qué alegría tenerlo por aquí. Los patrones se van a alegrar mucho, porque me imagino que no saben que venía.
Me conocía desde niño. Mi padre lo había conocido recién ingresado a la Marina; Pío tuvo un accidente que le afectó una pierna y se dio de baja, así que mi padre lo buscó para trabajar en el rancho.
—Te imaginas bien. Aterricé hace unas horas y en cuanto pude me vine para acá. ¿Cómo está todo?
—Sin novedad. Ayer lo miramos en la televisión. Su nana Dominga se preocupó; dice que algo traía usted en la mirada, y todos le dijimos que se deje de cosas, que usted es un hombre importante.
Qué bien me conocía mi nana. La encontré en la cocina junto al enfermero de mi padre, preparando el desayuno y las medicinas.
—Buenos días, ¿habrá café para mí?
—¡Mi niño! —Dominga soltó la espátula, se limpió las manos y me esperó con los brazos abiertos.
Dejé el maletín en el piso y fui a abrazarla. Dominga apenas medía metro cincuenta, así que mi cuerpo la cubrió por completo.
—Qué bueno tenerte aquí. Estaba preocupada por ti; ven acá, agáchate.
Obedecí. Me tomó el rostro con sus manos ásperas; su olor me transportó de inmediato a la infancia, una mezcla de mantequilla y flores. Clavó sus ojos negros en los míos, sin esconder su edad ni su amor.
—Tú no estás bien. Estás sufriendo —sus palabras atravesaron mi coraza y sentí que los ojos se me humedecían—. Ya estás aquí, y te vamos a curar.
—No estoy enfermo, nana. Y, además, aquí el médico soy yo.
Bajó una de sus manos hasta mi pecho, justo sobre el corazón.
—Hablo de aquí, y lo sabes bien. Pero basta de pláticas. Siéntate, que te voy a preparar café con pan.
Con ella nunca había podido ocultar nada; siempre fui un libro abierto.
Entré a la habitación de mi padre junto con el enfermero. Había aprendido a lidiar con la impotencia de no poder curarlo y a aceptar verlo postrado.
—Almirante, a sus órdenes —hice el saludo militar.
Una sonrisa se dibujó en su rostro al reconocerme. Me acerqué a la cabecera, ayudé a acomodarlo y aproveché para revisarlo. Hace cinco años sufrió un infarto cerebral que lo dejó con un síndrome de enclaustramiento parcial: estaba lúcido y entendía todo, pero apenas podía mover el cuerpo o hablar.
Su voz ahora era un iPad.
El enfermero se retiró. Me senté al lado de la cama y él comenzó a teclear con esfuerzo y paciencia:
OPERATIVO
Recargué los codos en las rodillas y empecé a hablar desde el principio: cómo sospechamos desvíos de recursos desde el inicio del gobierno de Julián, cómo infiltramos gente y descubrimos los detalles.
Llegué a la parte de Acapulco. Fue inevitable contarle sobre su homenaje y los saludos que le enviaban.
Sus expresiones cambiaban; incluso sus ojos se llenaron de lágrimas.
Había sido un hombre de pocas palabras, y ahora hablaba con los gestos.
La escena de la medusa y el nombre de Cristina provocaron un cambio en sus facciones; su pecho comenzó a agitarse.
—¿Se está riendo, almirante? —sonreí con él.
Continué el relato porque me di cuenta de que necesitaba soltarlo, por él y por mí. Estaba narrando cuando la fiscalía llegó al hospital buscando a Cristina, cuando un sonido en la puerta me hizo voltear. Era mi madre.
—¡Madre! —me puse en pie de inmediato. Al acercarme, vi que tenía lágrimas en los ojos. Nos abrazamos con fuerza.
—¿Qué pasa, señora linda? Ya no llore, ya estoy aquí….
—Miguel… —me apretó más fuerte—. ¿Realmente Cristina es culpable?
No esperaba esa pregunta. Mi cuerpo se tensó. Mi madre era una mujer elegante y alta, quizá tanto como Cristina. Se mantenía en forma gracias a su pasión por los caballos. Tenía el cabello de un negro intenso que siempre admiré, aunque ahora seguramente ocultaba canas. Nuestros ojos eran idénticos.
—Madre… ¿qué alcanzó a escuchar?
—Anda, ven, vamos con tu papá y terminas de contarnos. Necesito saber cómo acaba esto.
Caminamos hacia la cama. Mi madre saludó a mi padre, le dio la bendición y lo besó con ternura. Ella era quien más había perdido; mis hermanos y yo teníamos nuestras vidas, pero ella estaba anclada al rancho por el hombre que amaba.