MAREA DE TORMENTA #11
—Debo tener el álbum de fotos que les hicieron en la biblioteca —comentó mi abuela.
—Se lo voy a enseñar a Fredy. Aunque, desde que salió Moana, esa ha sido mi favorita hasta la fecha.
—Mi princesa favorita eres tú —sentenció ella con dulzura.
—Abuela, me vas a hacer llorar más.
—Cris… ¿Quién es Miguel?
Me tensé y volteé rápidamente para encontrarme con sus ojos.
—¿Cómo lo sabes?
—Fue lo último que pronunciaste antes de desmayarte.
—Ay, abuela…
Poco a poco, entre lágrimas y risas, fui contándole todo, incluso los sentimientos que me había negado a aceptar. Ella solo me pedía que siguiera hablando, emocionándose conmigo y sin juzgarme; podía verlo en su mirada.
—…y no puedo creer que él haya sido quien me metió en la investigación —concluí con amargura.
—La vida me ha enseñado que las cosas no siempre son lo que parecen. Vamos a dejar que el tiempo las acomode, ¿te parece?
—Sí, es lo mejor. Debo quedarme con lo bueno.
—Claro. Viviste cosas muy bonitas con él y, lo más importante, ya descubriste lo hermoso que es sentir esas "mariposas en la panza", por decirlo decentemente.
—¡Abuela! —exclamé, levantándome de sus piernas.
—Anda, vamos a apurarnos, que necesitamos ir de compras. Fredy no tiene ropa y tú tienes que presentarte en un juzgado el lunes. Si ese Miguel piensa estar ahí, tiene que sufrir al ver lo que se perdió.
Pasamos toda la tarde recorriendo Masaryk.
Fredy estaba en esa edad complicada en la que ya no le gustaba la ropa de niño, pero la de adulto todavía le quedaba grande.
Sin embargo, en las tiendas de deportes fue el más feliz; decidió que se vestiría de un equipo diferente cada día y mi abuela lo secundó en la ocurrencia.
A mí, mi abuela me obligó a entrar a todas las boutiques hasta que eligió un traje sastre de un azul profundo.
Cuando me vi en el espejo del probador, el tono me recordó irremediablemente a los ojos de Miguel.
Por más que le insistí en que prefería el color café, terminé saliendo con el traje azul en la mano.
Con la cajuela llena de bolsas, nos fuimos a cenar a uno de los restaurantes favoritos de mi abuela: Mr. Chow.
Íbamos caminando hacia nuestra mesa cuando vi a Juan Camilo cenando con una mujer rubia que estaba de espaldas. En cuanto él nos vio, se puso de pie para saludarnos.
—Buenas noches, señora Conchita. Cristina, qué gusto verlas.
—Muchacho, el gusto es nuestro.
—Hola, Fredy —dijo Juan Camilo, sacudiendo el pelo del niño—. ¿Cómo te sientes, Cristina?
—Mejor, gracias. Ya descansé, lo necesitaba.
—No las interrumpo más, veo que iban a su mesa. Nos vemos mañana.
—Gracias, provecho —dijimos mi abuela y yo al mismo tiempo.
Mientras caminábamos a nuestro lugar, mi abuela me susurró en secreto para que Fredy no oyera:
—¿Crees que sea su novia?
—No lo sé, abuela, y no creo que deba importarnos.
—Es una lástima...
—¿Qué es una lástima? —preguntó Fredy, siempre atento.
—Nada, creo que la abuela se está confundiendo de persona.
La miré con los ojos muy abiertos; sabía perfectamente por dónde iba su comentario. Nos trajeron la especialidad, el pato laqueado, que estaba delicioso. Fredy hizo muecas al verlo, pero mi abuela lo obligó a probarlo utilizando su frase infalible:
—Fredy, es importante que pruebes todo. Cuando te inviten a casa de tu novia, tienes que saber comer de cualquier cosa.
—Voy al baño, con permiso —dije aprovechando la distracción.
En el pasillo recibí mensajes de Piero y de Juan Pablo, cada uno con sus respectivos reportes. Decidí contestarle primero a Piero y estaba escribiendo cuando la voz de Juan Camilo a mis espaldas me sobresaltó.
—Cristina, espérame —dijo. Di un pequeño brinco.
—Perdón, no era mi intención asustarte.
—No te preocupes, venía distraída contestando un mensaje de Piero.
—¿Y todo bien en el barco?
—Al parecer sí. Ya están llegando a Mazatlán; han tenido el viento a favor. Mira la foto del atardecer que me mandaron —le mostré la pantalla de mi celular.
—Está espectacular.
—Lo sé... tengo FOMO.
—¿Cómo que tienes qué?
—¿Cómo que no sabes? ¿Pues cuántos años tienes? No eres mucho más grande que yo.
—Tengo treinta.
—Pues parece que tu novia no te enseña los nuevos modismos —el comentario sonó más celoso de lo que pretendía y no quería que lo malinterpretara.
—No es mi novia —me corrigió de inmediato—, es solo una amiga.
—Está bien, no tienes que aclarármelo.
—Pero quiero hacerlo. Me importa lo que pienses.
—Te agradezco que me tomes en cuenta, pero creo que por el momento lo mejor es que mantengamos el enfoque profesional —respondí tratando de recuperar mi coraza.
—Sí, perdón. Tienes razón.
—No te preocupes. Por ahora, tú encárgate de sacarme de estos líos legales para que yo pueda regresar a Marea y dejar de tener FOMO.
—Pero ¿qué significa eso?
—Te lo dejo de tarea. Nos vemos mañana, mi abuela me dijo que irás para organizar todo. Te dejo, necesito pasar al sanitario —no le di tiempo de decir nada más.
—Nos vemos mañana —alcancé a oír mientras cruzaba la puerta de los baños.
«Lo que me faltaba... y seguro mi abuela y su mamá estaban detrás de esto», me dije frente al espejo mientras me lavaba las manos. Lo que menos necesitaba en este momento era un pretendiente y unas celestinas.
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