Marea MAREA DE TORMENTA #10
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MAREA DE TORMENTA #10

—Dejé la camioneta en un estacionamiento a una cuadra. Espérenme aquí —dijo la teniente, que venía prácticamente sosteniendo a Juan Pablo.

—No, vamos contigo —lo ayudé a caminar.

Era mi pretexto perfecto para verla. De pronto, sus palabras el día de la jardinera regresaron a mi mente como una película de terror: «No, Miguel… déjame explicarte».

«¿Qué me vas a explicar? ¿Que tu nobleza es tan grande que quieres salvar ballenas con dinero sucio?».

Mis propios reclamos se repetían en mi cabeza mientras nos dirigíamos a la marina. Me sentía despreciable. Mi mente volvía una y otra vez a la herida en sus ojos cuando le recriminé. Juan Pablo se quedó dormido en el trayecto; tuvimos que sacudirlo para que bajara del vehículo.

—No se hubieran molestado, yo puedo solo desde aquí. Muchas gracias, Lisa.

—Te acompañaremos hasta el muelle —insistí.

—Pero escóndanse, porque el abogado le prohibió a Cristina hablar con usted.

—Ah, ¿sí? Con que esas tenemos —mascullé—. Pues que me lo diga el abogado a la cara.

—Capitán, sería mejor hacer caso —advirtió Montor.

—Tranquila, solo quiero saber que está bien; eso es todo.

—Capitán, Juan Pablo, ¿todo bien? —el chef Diego caminaba hacia nosotros.

—Diego, vinimos a traer a Juan Pablo.

—¿Se te subieron las copas, brother? Y nosotros esperándote para irnos.

—¿Irse? ¿A dónde? —pregunté alarmado.

—La señorita Cris se puso mal y el licenciado se la llevó a México junto con Fredy.

Solté a Juan Pablo de golpe; casi se cae si no es porque la teniente lo sostuvo.

—¿Qué le pasó, Diego?

—Estaban en el estudio en una videoconferencia cuando el abogado salió pidiendo alcohol porque la señorita se había desmayado.

Bajamos todos a ayudarla, pero no reaccionaba.

Al final despertó, pero estaban todos muy preocupados, especialmente la abuela, que dio órdenes desde la pantalla para que se la llevaran a la capital de inmediato.

Ya sabe que ella es la única a la que la jefa obedece sin chistar.

En menos de una hora ya estaban en el aeropuerto.

Se llevaron a Fredy; la orden para nosotros es continuar la expedición hacia Guerrero Negro en cuanto tú llegaras.

Mi reloj marcaba las 5:55 a. m. Seguía en la misma posición desde que había salido de la regadera de agua helada.

Sin secarme ni vestirme, me tiré en la cama a mirar el techo.

Necesitaba que el frío me templara el fuego que me recorría el cuerpo.

Por mi mente desfilaba toda la semana, desde el momento en que pisé Acapulco hasta el muelle de la marina, una y otra vez; como si yo fuera un espectador y no el protagonista de una tragedia griega. Tenía que actuar.

Entré a terapia intermedia con otra perspectiva: no como médico, ni como capitán de fragata, sino como Miguel, el hombre. Ese mismo al que Cristina me había pedido dejar a un lado, pero que en ese momento era el único que regía mis emociones.

—Buenos días, doctor —dijo la enfermera mientras revisaba los signos vitales y escribía en la bitácora para el cambio de guardia—. Ha estado un poco inquieto toda la noche; prácticamente no ha descansado.

—Puede retirarse. Me quedaré con él hasta que llegue el relevo.

—Con permiso, doctor Rodríguez.

Al escuchar mi nombre, Alfredo abrió los ojos. Me quité el cubrebocas y me planté frente a los pies de la cama, sujetando el barandal con fuerza.

Era un hombre de cincuenta y cinco años, de estatura media, con un evidente sobrepeso y con deterioro generalizado.

Permanecía inmóvil, con las piernas amoratadas por la falta de circulación.

Sus brazos delgados contrastaban con el torso hinchado, y todo su cuerpo seguía sometido a sondas, monitores y líneas intravenosas que registraban cada una de sus debilidades.

Respiraba con dificultad, asistido por la mascarilla que lo ayudaba a respirar y lo mantenía consciente.

Me acerqué despacio y, sin apartar la vista de sus ojos, le retiré la mascarilla de un movimiento seco.

Alfredo intentó incorporarse de inmediato. Su mano se levantó con desesperación en busca del plástico, pero el esfuerzo le cortó el flujo y un jadeo agónico se le atoró en la garganta.

—Tranquilo —dije, con una calma gélida que no sentía—. No se mueva.

Él intentó alcanzar el oxígeno de nuevo, pero se lo impedí con una sola mano, presionando la suya contra el colchón.

—Usted y yo vamos a hablar antes de que vuelva a respirar tranquilo.

Sus ojos se abrieron con alarma. Quiso articular una palabra, pero el aire no le alcanzó; solo movió los labios, frustrado, mientras el pecho se le elevaba con violencia en un intento fútil por inhalar.

—Cristina pasó años aprendiendo a vivir con el daño que usted le causó. —dije, inclinándome sobre él hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo.

Él negó débilmente, un gesto patético de negación. Su mano tembló una vez más en su lucha por el oxígeno.

—Ya veo que sabe perfectamente a qué me refiero, desgraciado. No se preocupe —murmuré, mi voz apenas un susurro cargado de veneno—. No voy a dejar que se muera. Todavía no.

Lo observé un segundo más, dejando que el peso de mi silencio y la falta de aire lo asfixiaran más que el propio daño físico.

—Lo quiero vivo para que cargue con lo que hizo. Yo personalmente me voy a encargar de volverle la vida un infierno en la cárcel donde se va a pudrir.

La alarma del monitor, indicando que el ritmo cardíaco se desplomaba, comenzó a emitir un pitido lento y constante. Solo entonces le coloqué la máscara. Tras una bocanada torpe y desesperada, volvió a respirar.

—No se le olvide que Cristina es intocable —sentencié antes de enderezarme—. Y que, tu vida está en mis manos.

Cristina

¿En qué momento cambió mi rumbo tan drásticamente? Según la derrota original, hoy deberíamos estar recalando en Guerrero Negro, y en lugar de eso, me encontraba en la Ciudad de México.

Por lo que me contaron después, el conocimiento me abandonó durante la videoconferencia.

Cuando desperté, el estudio era un caos: Diego me empapaba en alcohol, mi abuela dictaba órdenes con voz de mando desde la pantalla y Fredy lloraba, sostenido por Pancho, mientras intentaba acercarse a mí.

Mi abuela ordenó mi traslado inmediato a su casa, y con ella no había margen de negociación.

Al aterrizar en Toluca, la camioneta de mi abuela ya nos esperaba en la pista del hangar privado.

También estaba el vehículo que se llevaría a Juan Camilo y a Víctor.

Nos despedimos rápidamente; les agradecí profundamente haberme rescatado de aquel torbellino legal y emocional.

Fredy y yo subimos al auto con mi abuela.

En cuanto la abracé, supe cuánto necesitaba su contención; ella siempre había sido mi único puerto seguro.

Y aquí estaba: 5:55 a. m., en mi habitación de casa de mi abuela.

Alguna vez fue el cuarto de mi padre cuando era niño y, aunque con los años incorporé detalles más femeninos, seguía siendo un santuario de sus recuerdos: sus trofeos de regatas, sus medallas de natación y aquel esquí de madera con el que mi abuelo aprendió a esquiar, que aún colgaba de la pared.

Fredy dormía a mi lado. Me angustiaban los cambios tan violentos en su vida; me recordaba demasiado a mí misma a su edad.

Tenía exactamente sus años cuando mi padre murió y todo se transformó en una marejada implacable: el daño que me infligió Alfredo, la incredulidad de mi madre, Juan Pablo buscando desesperado a mi abuela...

Ella enfrentando la situación, descubriendo que mi madre mantenía una relación con ese monstruo y, finalmente, la encarnizada batalla por mi custodia.

Durante mis años de terapia, logré entender que el rechazo que sentía hacia los hombres no nacía solo del abuso, sino de todo lo que perdí en aquel instante: mi inocencia, mi seguridad y la vida que conocía hasta entonces.

Y, sin embargo, Miguel había encontrado la grieta.

Atravesó una puerta que yo misma juré que permanecería cerrada para siempre.

¿Por qué él sí pudo entrar? Esa era la pregunta que me atormentaba en el silencio de la madrugada.

El leve crujido de la puerta me sacó de mis pensamientos. Era mi abuela, asomándose con cautela.

—¿Puedo pasar, bella durmiente?

—Claro, abuela. ¿Qué hora es? ¿Y Fredy? —al mirar el reloj y notar el hueco vacío en la cama, me incorporé de golpe.

—Son casi las 12 del día, Fredy ya desayunó y está jugando futbol en el jardín con los perros.

Mi abuela seguía viviendo en la casa de su familia en Reforma con un jardín hermoso, que disfrutaban sus perros, por ellos no se cambiaba, dos viejos pastor inglés, que ya llevan generaciones con ella, eran descendientes de Frosty su primer perro cuando era niña.

—Me desperté temprano, pero me quedé dormida tan profundamente que no sentí cuando Fredy se levantó —admití, despabilándome.

—Es normal, has estado expuesta a mucho estrés. ¿Quieres que te traigan el desayuno a la habitación?

—Ahorita... pero primero siéntate aquí conmigo.

Me hice a un lado al centro de la cama para darle espacio. Ella se quitó los zapatos y se sentó; automáticamente, recargué mi cabeza en sus piernas y ella comenzó a hacerme "piojito". No importaba la edad que yo tuviera, ese seguía siendo nuestro momento especial.

—Estar en este cuarto me hizo recordar mi obsesión por las princesas de Disney. Seguro debo tener varias cosas guardadas por ahí... ¡Ya vi que no tiras nada!

—Son recuerdos que nos hacen felices, ¿cómo los voy a tirar? Además, espacio sobra. Para tu papá siempre fuiste su Sirenita, y él era el Tritón, por supuesto.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas sin que pudiera frenarlas.

—Y cómo olvidar tu época de "Bella Durmiente" en el internado —continuó ella con nostalgia—. Triana y tú con sus vestidos de princesas en aquel castillo en Suiza donde celebraron sus quince años.

Reímos las dos al recordarlo. Nadie de nuestros compañeros del internado invitados entendía por qué tanto despliegue. Mi vestido era rosa y el de Triana era azul, porque ella era la Cenicienta.