MAREA DE TORMENTA #9
—No te pueden implicar realmente —respondió Juan Camilo a mi lado—.
Desde que se formó ese fideicomiso, tú no puedes formar parte de ninguna otra empresa ni recibir un solo peso que no pase primero por el control de este.
Por eso estamos seguros de que las acusaciones son falsas; la institución bancaria transparenta cada recurso.
—¿Y por qué no les dijiste eso a los de la fiscalía? —pregunté, pensando en el mal trago que nos habríamos ahorrado.
—Mi contacto dice que esa acusación entró ayer por la noche, un minuto antes del cierre y sin fundamentos. Tenemos dos opciones: la primera es que quieran desprestigiarte momentáneamente para retrasar lo de la custodia.
—Pero eso no lo sabía nadie más que nosotros cuatro —objetó mi abuela.
—Y la constancia se presentó apenas hoy —añadió Camille—. La segunda opción es que alguien quería “darte una lección” y que pasaras todo el fin de semana detenida. No habríamos podido hacer nada hasta el lunes, y menos con el gobierno de este estado.
—Miguel —su nombre escapó de mis labios casi como un grito.
—¿Quién es Miguel, Cris? —escuché a mi abuela a lo lejos, pero ya no pude más.
Miguel
—Es toda la información que se solicitó.
Llevábamos una hora en la oficina revisando cada detalle del caso, buscando desesperadamente la conexión que explicara por qué Cristina había sido implicada.
Durante casi un año habíamos liderado esta investigación y el nombre de Cristina, al igual que la compra del catamarán, nunca nos habían llamado la atención; ¿por qué aparecían precisamente ahora?
En ninguna de las empresas fantasma que habíamos rastreado figuraba ella.
El abogado pedante había asegurado que se trataba de algo local. Recordar cómo caminaba junto a ella, protegiéndola, me provocaba un impulso irracional de querer arrancarla de sus brazos.
—Ya tengo la respuesta de la UIF —anunció Montor mientras leía en su iPad. Yo, desde mi computadora, repasaba lo recopilado.
—¿Qué dice? ¿Tenemos algo sólido?
—Es un fideicomiso que se formó en noviembre de 2019.
Hablan de muchos millones, capitán; mire —me mostró la pantalla, pero mi cerebro no estaba para registrar cifras—.
Invierten en bolsa, oro y comercio electrónico.
En 2020, con la pandemia, casi quintuplicaron sus activos.
La UIF califica la procedencia como favorable; tienen todos sus impuestos en regla tanto en México como en Suiza.
—Ayer, al ver el catamarán, pensé que era un lujo excesivo —comentó la teniente—, pero tras ver el dinero que maneja, creo que Cristina se vio modesta.
—Teniente, por favor —la corté.
¿Quién eres, Cristina?, me preguntaba una y otra vez. Esa duda era una constante que no dejaba de rondar mi cabeza. El vibrar de un celular me sacó de mis pensamientos.
—Capitán, es Juan Pablo, el marinero. ¿Le contesto?
—Sí, pero no le mencione que estoy con usted. —la teniente puso el altavoz.
—Diga.
—Lisa, soy Juan Pablo.
—Sí, buenas tardes. ¿Qué pasó? ¿En qué puedo ayudarte?
—Necesito hablar urgente con tu capitán.
—Puedo buscarlo y pasártelo, si quieres.
—Tiene que ser en persona, pero no quisiera hacerlo en la base. ¿Crees que sea posible?
Montor me miró buscando una respuesta; yo realmente quería oír más que solo evasivas. Asentí.
—Está bien, déjame hablar con él y te aviso.
—No te tardes, por favor, no tengo mucho tiempo.
—Te aviso en dos minutos.
Colgaron y la miré con severidad.
—¿Mucha confianza, teniente? ¿No cree?
—Con todo respeto, capitán, en teoría usted no estaba escuchando —respondió ella con astucia—. Además, no todos somos tan formales como usted. Pero ¿qué dice? ¿Quiere verlo?
—Sí. Él es una parte importante en la vida de Cristina. Si está dando el primer paso, debemos escuchar.
Cambiamos nuestros uniformes por ropa civil y salimos en la camioneta hacia la ubicación acordada. El sol comenzaba a ocultarse.
—Creo que es ahí, capitán. Ese hombre de espaldas. Déjeme estacionar y bajo con usted.
—Quédese en el vehículo, no creo tardar.
Caminé hacia él observando cada movimiento a mi alrededor. Se giró justo antes de que lo llamara.
—Sí vino, capitán.
En efecto, se veía extremadamente nervioso.
—¿Pasó algo con Cristina? ¿Ella está bien? —fue lo primero que pregunté.
—Ella no sabe que estoy aquí, y si lo supiera, me despediría. Si hay algo que ella valora es la lealtad... Espero no estar cometiendo un error.
Sentí sus palabras como un golpe directo al pecho. ¿Lealtad a quién?, pensé.
—Aquí al fondo hay una cantina donde podemos hablar. Sígame —dijo, y caminó sin esperar respuesta.
Era un local pequeño con apenas seis mesas; solo una estaba ocupada. En cuanto nos sentamos, el mesero se acercó.
—¿Les ofrezco algo?
—Un tequila doble —pidió Juan Pablo—. Lo necesito para aclarar ideas aquí —se tocó la cabeza— y aquí —se señaló el corazón.
—Para mí otro; creo que también lo necesito.
Esperamos a que trajeran las copas en un silencio tenso. Juan Pablo se bebió la mitad de su tequila de un solo trago.
—¿Qué daño le hizo Cristina para que se ensañe así con ella, Miguel?
Pronunció mi nombre con una rabia que no le conocía.
—¿A dónde quieres llegar con esto Juan Pablo?, te respeto y agradezco el trato que me brindaste en el mar, pero mi situación con Cristina no es algo que pretenda discutir contigo. Si me disculpas...
Saqué dinero para pagar y dar por terminada la reunión.
—Guárdese su dinero, que no hemos terminado —sentenció él, apurando el resto de su copa—. ¿Usted cree que es de hombres colgarle delitos a una mujer con la que compartió la cama?
—Estás cruzando una línea que no te corresponde —le advertí, sintiendo que la sangre me hervía—. Y yo no le estoy colgando nada a nadie.
—Pues aquí alguien miente. Porque antes de venir a hablar con usted, fui a buscar a Teo.
—¿Al capitán del barco?
—El mismo. El que está detenido. Él jura que nunca mencionó a Cristina ante la fiscalía. Así que... fue usted —me señaló con el dedo.
—Yo jamás mencioné a Cristina. No entiendo de qué me estás acusando. Yo también necesito respuestas; por eso estoy investigando.
—¿Y ya encontró algo que la culpe?
—No.
—Y ni lo va a encontrar.
—Pero si no fui yo, alguien más tuvo que ponerla en la mira de la fiscalía.
—Solo hay cinco personas que sabían del parentesco y del catamarán —comenzó a contar con los dedos—.
Uno, Teo, y le creo cuando dice que no habló.
Dos, Simón, que moriría antes de hacerle daño.
Tres, el desgraciado del padrastro, que estuvo en coma hasta hoy.
Cuatro, la madre, que no se ha separado del hospital. Y cinco... usted.
—¿Qué ganaría yo haciéndole daño a Cristina, Juan Pablo? —bebí lo que quedaba de mi tequila.
—Su investigación —escupió él.
—Pero Cristina no formaba parte de... —me detuve en seco. La llamada de ayer. Ahí estaba la clave. Se me revolvió el estómago—. Tráigame otro tequila doble, por favor.
—Que sean dos —añadió Juan Pablo.
—Sé que no tienes por qué creerme —dije después de un rato—, pero Cristina me importa más de lo que debería admitir. Jamás quise herirla. Cuando la vi en el hospital, todo indicaba que era la hija del hombre al que llevo un año investigando. Solo después la teniente descubrió que era su padrastro.
—Pero usted lo sabía... Cristina se lo contó, usted sabía lo del padrastro.
—¿Qué se supone que debería saber yo?
—Sobre la agresión cuando era niña. Sobre su trauma.
Sentí que la cabeza me daba vueltas, y no era por el alcohol. Apoyé las manos en la mesa para estabilizarme, pero lo hice con tanta fuerza que los vasos tambalearon y los clientes de la otra mesa se giraron a vernos.
—¿De qué me estás hablando, Juan Pablo? Con eso no se juega.
—Y no estoy jugando. Yo se lo dije aquel día en el puente de mando: yo estuve ahí, lo vi todo y no pude defenderla. Solo alcancé a sonar la alarma.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Apretó el caballito con tanta fuerza que temí que estallara entre sus dedos. Yo estaba absorto, procesando una verdad que me desgarraba por dentro; no me había dado cuenta de que me estaba clavando las uñas en las palmas de las manos.
—¿Usted... usted no sabía que era él?
Negué con la cabeza; las palabras se me habían quedado atoradas en la garganta.
—Soy un estúpido —se golpeó el pecho—. Júreme que nunca le dirá a Cristina que yo se lo conté. Júrelo, Miguel. Ella es como una hermana para mí. Desde aquel día juré cuidarla, y mire la estupidez que acabo de cometer.
—Te juro, Juan Pablo, que de ahora en adelante vamos a cuidarla juntos. Y pensar que yo le salvé la vida a ese miserable...
—Ahora entiende por qué ella jamás aceptaría un peso de ese hombre. Ella solo volvió por Fredy; de no ser por eso, nunca pisaría un lugar donde él estuviera cerca.
—Pero... —mi mente era un caos.
—Además, no lo necesita. Ella les compró terreno y casa a mis padres, le paga la universidad a mi hermana.
—Ya no digas más, soy un estúpido —el aire empezó a faltarme—. Pensar que la perdí sin siquiera haberla tenido realmente.
—No, capitán —me corrigió Juan Pablo con amargura—. Lo peor es que sí la tuvo. Y la perdió.
—¡Aquí están! No los encontraba —la teniente Montor se acercó a la mesa. Nos miró a ambos como si fuéramos niños regañados.
—Siéntate, Lisa. ¿Quieres algo? —Juan Pablo se levantó y le ofreció su silla.
—Capitán, ¿se encuentra bien?
—No. Necesito aire —me puse de pie con brusquedad—. Teniente, pague la cuenta. Los espero afuera. No se tarden.
Salí a la calle. La brisa marina me rozó el rostro, pero era incapaz de llenar mis pulmones.
Estaba mareado por el tequila y por la opresión en el pecho, como si una corriente me hubiera atrapado y me arrastrara mar adentro, lejos de cualquier orilla segura.
Saber la verdad sobre su padrastro no cambiaba el conflicto profesional: mientras yo estuviera a cargo del caso, lo nuestro era un imposible.
Pero le debía una disculpa; la había juzgado y ofendido de la peor manera.
Necesitaba pedirle perdón, aunque no podía traicionar la confianza de Juan Pablo.