Marea MAREA DE TORMENTA #8
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MAREA DE TORMENTA #8

La llamada de mi madre no tardó en llegar. Alfredo había despertado y quería que Fredy estuviera ahí, así que nos preparamos de inmediato. Juan Pablo me acompañó. Piero decidió salir a navegar para recopilar información; aunque no era lo que yo esperaba, al final todo sumaba.

Mi madre estaba adentro con Alfredo cuando llegamos, así que la enfermera preparó a Fredy para que entrara. Yo preferí esperar afuera del hospital con Juan Pablo para evitar encuentros indeseados. Estábamos hablando sobre el abastecimiento del catamarán cuando entró la llamada de Juan Camilo.

—Cristina, ¿dónde estás? —su voz sonaba alarmada.

—En el hospital. Mi padrastro despertó y trajimos a Fredy. Pero todo bien, te escucho agitado.

—Voy saliendo de la fiscalía hacia allá. No te muevas de ese sitio; no hables con nadie sin que yo esté presente. No contestes nada hasta que yo llegue, ni siquiera a Miguel o a la teniente. ¿Entendido?

—Me estás preocupando. ¿Pasó algo?

—Ya nos estamos encargando. Solo hazme caso. Te dejo, estoy en línea con el despacho en México.

Me colgó. Me quedé mirando el teléfono, estupefacta.

—¿Qué pasó? —Juan Pablo alcanzó a sujetar mi celular, que casi se me resbalaba de las manos.

—No tengo idea —le repetí lo que me había dicho mientras empezaba a sudar frío. La tranquilidad que Juan Camilo mostró por la mañana no tenía nada que ver con su preocupación actual.

—Vamos a tranquilizarnos. ¿Quieres algo de la cafetería? ¿Voy por agua?

—No me quiero mover de aquí y no quiero que me dejes sola. Tengo miedo, Juan Pablo.

—¿Y si le marcas a tu abuela?

—No quiero preocuparla. Vamos a esperar.

—Tienes razón. Estamos en buenas manos.

Nos sentamos en unas bancas bajo unos árboles desde donde podíamos vigilar la entrada.

Vimos entrar a los mismos agentes de ayer y, a lo lejos, divisé a Miguel junto a la teniente Montor.

Juan Camilo llegó quince minutos después, acompañado de otro señor.

Vestía un traje sastre azul, sin corbata, con el pelo perfectamente peinado hacia atrás y un portafolio en la mano mientras hablaba por teléfono.

Verlo me inspiró una seguridad inmediata; su sola presencia me hizo sentir que, al menos por ahora, no permitiría que nada me pasara.

En cuanto me vio, cortó la llamada y se acercó. Mi respiración comenzó a acelerarse y los ojos se me llenaron de lágrimas.

—Tranquila —dijo, poniendo una mano sobre mi hombro—. ¿Has hablado con alguien?

Negué con la cabeza; las palabras no me salían.

—Perfecto. Escúchame y quita esa cara. No estás sola. Todo el despacho está trabajando para ti en este momento.

Solo pude asentir con la cabeza.

—Fui a la fiscalía para que quedara debidamente asentado que Fredy permanecerá contigo mientras sus padres están bajo investigación. Sin embargo, uno de nuestros contactos allí supo que habían abierto una línea de investigación en tu contra. Pretenden citarte a declarar.

—Pero ¿quién? —El nombre de Miguel fue el primero que cruzó mi mente; no podía creerlo.

—Licenciado, ¿no será Teo, el capitán que está detenido? —sugirió Juan Pablo.

—Ahora no importa el quién, sino el por qué y el para qué.

—Licenciado —intervino su acompañante—, aquí está el documento. Creo que la comitiva de la derecha viene hacia acá.

Todos volteamos. En efecto, los dos agentes, Miguel y la teniente, se dirigían hacia nosotros. Juan Camilo se paró frente a mí, levantó mi rostro y fijó su mirada en la mía.

—Escúchame bien: esto es algo que se previno desde que cumpliste dieciocho años, así que no te preocupes te tenemos blindada. Déjame hablar a mí. ¿Confías en mí?

No quería volver a confiar en nadie, pero me limité a asentir y a armar esa coraza que había aprendido a perfeccionar con los años.

—Buenas tardes. Venimos buscando a la señorita Cristina Sánchez Conde —dijo uno de los agentes.

—Buenas tardes. Soy el licenciado Juan Camilo Proal, abogado de la señorita Sánchez —respondió él con firmeza—. Capitán, un gusto saludarlo nuevamente. ¿Nos pueden informar en qué podemos ayudarles?

Miguel no me quitaba la vista de encima, y yo no pensaba bajar la mirada. La indignada era yo; él mantenía el ceño fruncido, impecable en su uniforme. Tenía que confiar en Juan Camilo. Me mordía el interior de la mejilla para no llorar; lo de ayer ya había sido suficiente.

—Necesitamos que la señorita Sánchez Conde nos acompañe para rendir declaración —contestó uno de los agentes.

—Aquí está el documento —dijo Juan camilo extendiendo el papel a Miguel—. Que ampara a mi cliente para no comparecer ante esta fiscalía, tomando en cuenta que se trata de un asunto federal, ¿no es así, capitán?

Juan Camilo obligó a Miguel a desviar la mirada hacia el papel.

—Así es —respondió Miguel con una voz que me resultó desconocida.

—Por lo tanto —prosiguió mi abogado—, cualquier declaración deberá rendirse en la Ciudad de México.

Los agentes se miraron entre sí. Miguel apretó la mandíbula antes de sentenciar:

—No tiene nada que decir, señorita.

Intenté hablar, pero Juan Camilo me detuvo con un gesto imperceptible.

—Mi clienta no está obligada a responder ninguna pregunta fuera de las formalidades del procedimiento.

Además, hago entrega del documento en el que consta que la señorita tiene la custodia provisional del menor mientras se resuelve la situación de sus padres.

Agradezco su amabilidad. Si nos disculpan, iremos por el niño; un hospital no es lugar adecuado para él.

Nos vemos en los juzgados federales, señores. Con permiso.

—Propio —fue lo único que alcancé a oír de los agentes. Juan Camilo me sostuvo por la espalda, obligándome a caminar hacia la entrada del hospital.

—Ya puedes respirar, Cristina —me susurró. Solté el aire que llevaba contenido.

—¿Qué vamos a hacer ahora?

—Por lo pronto, salir de aquí con tu hermano e irnos a la Ciudad de México.

En ese momento, nuestros teléfonos comenzaron a sonar al unísono.

—Es mi abuela —dije.

—Y seguro es mi mamá. Les enviaré un mensaje diciendo que seguimos en el hospital y que les marcamos en cuanto estemos en el coche.

—Voy rápido al baño —le avisé.

—Te espero aquí afuera.

Al entrar al baño, me encontré a la teniente Montor lavándose las manos. Me coloqué a su lado y nuestras miradas se cruzaron en el espejo.

—Qué ironía —le dije con amargura—. Hace menos de veinticuatro horas estaban aquí mismo diciéndome que yo era importante para él, y ahora descubro que todo era parte de una investigación.

Fui una estúpida. Pero sepa una cosa, teniente: de lo único que se me puede acusar es de que mi madre esté casada con ese señor, y no creo que eso sea un delito.

—Me acerqué más al lavabo, sin apartar la mirada del espejo.

—Para la próxima, sugiérale a su capitán que haga mejor su trabajo antes de inculpar a alguien sin una sola prueba. Con permiso.

Salí de allí sintiéndome más fuerte. No tenía nada que esconder, y ese hombre —Alfredo— finalmente pagaría por sus crímenes. Eso era lo que realmente importaba.

Rumbo a la marina, el silencio pesaba dentro del vehículo.

Traer a Fredy con nosotros había provocado un escándalo protagonizado por mi madre.

Me había acusado de querer robarle a su hijo, tal como mi abuela hizo conmigo, gritando que ahora ella tenía el mismo poder que nosotros y que nos iba a aplastar.

—Señorita Cris, ¿habrá algún problema si me quedo por aquí? Quisiera hacer unos mandados —intervino Juan Pablo.

Había estado actuando de forma extraña, escribiendo sin parar en su teléfono. No podía negarme; quizá tenía un problema familiar y yo, sumida en mis propios conflictos, no me había dado cuenta.

—¿Todo bien? Claro que puedes quedarte. ¿Dónde quieres bajar?

—Donde sea por aquí está bien.

—Deje que me orille en la siguiente esquina, joven —Víctor se detuvo rápidamente.

—Con permiso, los veo al rato en la marina —se despidió Juan Pablo. Al alejarnos, alcancé a ver que seguía escribiendo en su celular, parado en la acera. Le preguntaría más tarde en el catamarán.

—Cristina, mi mamá y tu abuela esperan que nos conectemos a una videoconferencia. ¿Te importa si lo hacemos al llegar?

—Claro, diles que no tardamos.

En cuanto llegamos, nos acomodamos en mi estudio y conectamos la computadora al televisor para verlas mejor. La pantalla mostró a mi abuela y a la licenciada Proal.

—¡Ay, muchachos! Nos tenían muy preocupados a todos —mi abuela fue la primera en hablar.

Lucía elegante, como si asistiera a una visita de Estado.

La licenciada Proal, aunque más joven, era igual de distinguida; nadie diría que era una de las abogadas más temidas del país.

Yo solo alcancé a saludar con la mano; odiaba causarles estos disgustos.

—Buenas tardes, señora Conchita, mamá —saludó Juan Camilo—. Les haré un resumen para ponerlas en contexto.

Juan Camilo explicó lo sucedido, los cargos y los documentos presentados. Del otro lado, la abogada le explicaba a mi abuela los detalles técnicos.

—Pero todos aquí sabemos que es mentira que Cristina haya usado dinero de esas personas. Es imposible recibir una transferencia así; ella está blindada.

Era la segunda vez que usaban esa palabra. Necesitaba entenderlo.

—Abuela, ¿a qué te refieres con eso? Juan Camilo dijo lo mismo.

Las dos se miraron y luego observaron a Juan Camilo.

—Cristina —comenzó Camille—, cuando cumpliste dieciocho años, tuviste acceso a la herencia de tu padre, la cual no se había tocado en cuatro años porque tu abuela cubrió todos tus gastos.

—Sí, lo sé. Por eso se hizo el fideicomiso.

—Precisamente. Ese fideicomiso se formó porque detectamos a tiempo que Alfredo Sánchez y Liliana Conde pretendían crear una empresa fantasma utilizando tu nombre y tu capital como respaldo.

—¡Pero yo nunca autoricé eso! Es ilegal.

—Claro que lo es. Y de haber sucedido, hoy sí estarías implicada en un caso de lavado de dinero.

Me empezó a doler la cabeza; no podía comprender tanta avaricia y maldad.

—¿Y por qué me están implicando entonces?