MAREA DE TORMENTA #7
Asentí. Un hombre vestido con elegancia, como si estuviera a punto de asistir a una cena importante, salió a nuestro encuentro.
—Pasen, por favor —nos invitó.
—Gracias —respondimos.
—Me presento: soy Juan Camilo Proal. Mucho gusto.
—Igualmente —dije, estrechando su mano con firmeza—. Soy Miguel Rodríguez y ella es la señorita Lisa Montor. Buscamos a Juan Pablo.
Evité usar rangos militares; después de todo, estábamos en una visita privada.
—Estaba por aquí hace un momento. —indicó Juan Camilo.
—Ya lo busco, creo que fue a la cocina. ¿Les ofrezco algo de beber? —preguntó Luis.
—Nada, gracias.
—Un café, capitán, ¿a poco no lo extraña? —insistió Luis con una sonrisa.
Esbocé una media sonrisa.
—Está bien, Luis. El café sí te lo acepto.
La teniente Montor me miró de reojo.
—No tardo. Le avisaré a Juan Pablo que están aquí. La señorita Cris está en su estudio desde hace rato; también le informaré a ella.
—Déjalo... —quise detenerlo, pero Luis ya se había alejado.
—Sí, Cristina se retiró a su estudio después de la cena —comentó Juan Camilo—. Tomen asiento.
—Esperamos de pie, gracias —respondió la teniente cuando notó que yo me limitaba a medir con la mirada a aquel hombre. No recordaba que Cristina lo hubiera mencionado jamás.
—Licenciado, ya estoy aquí —una voz desde el muelle interrumpió el duelo de miradas.
—Víctor, qué bueno. Te estaba esperando.
—Aquí traigo su maleta y lo que me encargó.
—Gracias. Déjala ahí y puedes irte a descansar. Nos vemos mañana temprano aquí para ir a la fiscalía.
—Enterado. Con permiso, buenas noches.
Juan Camilo bajó al muelle por sus pertenencias. Las palabras «licenciado» y «fiscalía» se quedaron grabadas en mi mente. Entonces apareció Juan Pablo.
—Capitán, teniente, qué bueno tenerlos por aquí. Imagino que vienen por sus cosas.
—Así es —la teniente se adelantó y le estrechó la mano—. Le pasé su recado al capitán y, como estábamos cerca, decidimos pasar de una vez. No hay inconveniente, ¿verdad?
—Para nada. Luis ya trae su café. Usted, teniente, ¿no gusta nada? Aquí la especialidad es el café y los sueros, ¿le preparamos uno?
—Bueno, está bien, me convenció.
Me pregunté si la teniente estaba coqueteando con él o si solo intentaba relajar el ambiente. El licenciado pasó junto a nosotros con su equipaje y un simple: «Con permiso». Dormiría en mi antiguo camarote. Aquello me tensó los puños.
—En seguida se los traigo —dijo Juan Pablo—. Capitán, sus cosas están en el estudio. Si me espera, iré por ellas.
—No te preocupes, yo voy rápido. Tenemos que regresar pronto a la base.
Lo que realmente quería era confirmar dónde se instalaría el licenciado. Caminé por el pasillo tratando de calmarme; no tenía derecho a reclamar nada, pero la presencia de ese hombre en el barco me resultaba intolerable. Solté un suspiro de alivio al ver que se dirigía hacia el área de invitados.
Seguí hacia el estudio y los camarotes principales.
Mi intención era recuperar mis cosas y marcharme, pero la necesidad de pedirle una explicación a Cristina sobre el abogado me quemaba por dentro.
Toqué la puerta del estudio por pura cortesía, convencido de que no habría nadie.
Entré y encontré el lugar en penumbra; solo una lámpara de pie proyectaba una luz tenue.
Al encender la luz principal para buscar mis pertenencias, una voz me sobresaltó.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —la voz de Cristina venía desde el sillón. Giré la vista hacia ella de inmediato.
—Perdón, soy Miguel.
Cristina se levantó de golpe, entre dormida y asustada. Vestía la misma ropa deportiva que llevaba aquel día en Acapulco; tenía el cabello recogido, aunque varios mechones se le escapaban sobre el rostro.
—¿Qué haces aquí? ¿Pasó algo malo? —se frotó los ojos, tratando de espabilarse.
—No, todo está bien. Toqué, pero nadie contestó.
—Estaba dormida, no escuché nada. Me asustaste horrible; siento que se me va a salir el corazón.
Alargué la mano y tomé la suya.
—Déjame tomarte el pulso.
Ella intentó retirar la mano, pero no la solté.
—Por favor —dije con tono firme, fijando mi mirada en la suya.
Se quedó quieta y me permitió continuar.
—Está alto, pero es normal por el susto. Es importante que descanses; ayer apenas dormiste.
—Sí, eso intentaba hacer antes de que alguien me despertara —respondió con ese sarcasmo que tanto me gustaba. A pesar de todo, seguía siendo ella misma.
—Por cierto —añadió en voz baja—, gracias por la manta de ayer.
—De nada.
Un silencio incómodo se instaló entre los dos, una barrera invisible que ambos intentamos romper al mismo tiempo.
—Migu…
—Cris… tú primero.
Una media sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios.
—Solo te quería decir que tus cosas están en ese cajón —indicó, señalando un mueble cerca de la entrada.
Caminé hacia allí, abrí el cajón y saqué mis pertenencias, que estaban guardadas dentro de una bolsa. Ella no me siguió con la mirada; mantenía la vista clavada en el mapa de migración que colgaba de la pared, como si las rutas de las ballenas fueran lo más importante del mundo en ese momento.
Lo sensato habría sido decir adiós y marcharme, pero no podía cerrar la puerta dejando las cosas así.
—Cristina —esperé a que volteara, pero sabía que no lo haría—. Me hubiera gustado que las cosas no terminaran así entre nosotros, pero el destino nos jugó en contra.
Ella permanecía inmóvil, sin siquiera pestañear.
—Agradezco tu hospitalidad y la de tu tripulación —añadí, buscando alguna reacción.
—De nada —respondió, todavía de espaldas.
Yo no quería decir lo que seguía sin verla a la cara, pero no me quedaba otra opción. La situación era crítica.
—Cristina… lo que pasó entre nosotros no puede salir a la luz.
—¿Qué? —se giró de golpe, y la frialdad en sus ojos me golpeó con una intensidad que no esperaba.
—Consúltalo con tu abogado. Existe un conflicto de intereses evidente y no quiero que un desliz personal complique el caso legal.
—¿Con Juan Camilo? —la familiaridad con la que pronunció su nombre me irritó más de lo que estuve dispuesto a admitir—.
No te preocupes, no necesito consultarlo con nadie; lo tuve claro desde el momento en que te vi en el hospital.
Y, si me disculpas, necesito descansar. Y no porque un doctor me lo recomiende.
Se dio la vuelta y caminó con paso firme hacia su camarote. Antes de entrar, se detuvo con la mano puesta en la manija y giró apenas el rostro hacia mí. Sus ojos brillaban bajo la luz tenue, y no supe si era por las lágrimas contenidas o por la rabia pura que emanaba de ella.
—Y ahora confirmo que lo “nuestro” formó parte de tu investigación. Adiós doctor.
La puerta se cerró y me quedé quieto, con la sensación de que ese adiós pesaba más que esa simple despedida.
Cristina
El sueño debió de haberme vencido; pensé que nunca iba a dejar de llorar.
Llegó un momento en que ya no lloraba por Miguel; lloraba por mi padre, porque si él estuviera aquí, nada de esto estaría pasando.
Lloraba por mi madre y el rumbo que había tomado su vida.
Lloraba por Fredy, porque por más que me ilusionaba tenerlo conmigo, yo sabía lo que era crecer sin padres y no se lo deseaba a nadie.
Hasta por las ballenas terminé llorando, por tener que pausar mi investigación y retrasarme en mi misión de ayudarlas.
Desperté cuando ya estaba clareando, con un punzante dolor de cabeza y con Fredy a mi lado. Seguro se había pasado la noche conmigo. Sabía exactamente lo que necesitaba: el mar. Me puse el traje de baño, me anudé un pareo y salí a cubierta.
—Buenos días, señorita Cris —saludó Luis, que ya estaba acomodando todo para el desayuno.
—Buen día, Luis. ¿Me ayudas con una tabla de paddle, por favor?
—En seguida.
Remé y nadé por casi una hora. La temperatura del agua era baja, más a esa hora, pero necesitaba la paz y la libertad que el océano me otorgaba: sumergirme, intentar alcanzar el fondo, observar el reflejo de los primeros rayos solares al filtrarse, llevar mis pulmones al límite y nadar de regreso a la superficie, sabiendo que el esfuerzo valía la pena al tomar esa primera bocanada de aire y regresar a la vida.
Cuando venía de regreso, alcancé a ver a Fredy y a Juan Camilo desayunando.
—¡Cris! —me saludó Fredy agitando las manos, como si llevara días sin verme.
Me subí a la plataforma y me enjuagué el agua salada. Tenía frío, así que me envolví rápidamente en la toalla que me acercó Luis.
—Gracias —le dije.
—Ya está su té y su desayuno en la mesa, señorita.
—¿Por qué no me llevaste, Cris? Yo quiero aprender todo lo que tú haces —me recibió Fredy sin haber terminado de tragarse el bocado.
—Buenos días. Estabas dormido cuando me fui. Y acuérdate de no hablar con la boca llena, podrías ahogarte.
—Sí, sí...
—Buenos días, Cristina. Veo que con los años no has perdido tu habilidad en el mar.
Juan Camilo se había levantado para ayudarme con la silla.
—No es presunción, pero podría decirte que incluso la he perfeccionado. El mar es mi vida.
—Ya lo veo. Yo, en cambio, me he dejado absorber por las leyes y la oficina. Mi único contacto con el mar es cuando llevamos a algún cliente al yate en Acapulco o, como ahora, que me toca trabajar aquí.
—Yo prefiero mil veces la vida de Cristina, Juan Camilo —el comentario de Fredy nos hizo reír a ambos.
—Yo también. Y hablando de eso, es momento de irme a trabajar.
Se levantó, dejó la servilleta sobre el plato y acomodó la silla. No quería compararlo con Miguel; Juan Camilo era atractivo, pero de una forma varonil y sofisticada, muy distinta. Debía dejarme de tonterías y abordar los problemas reales.
—¿Podemos hablar rápido en privado? —le pregunté.
—Sí, claro. Te veo en tu estudio antes de irme.
En el estudio, traté de explicarle a grandes rasgos la situación con Miguel.
Me comentó que lo había conocido la noche anterior y me pidió que estuviera tranquila; él estaría pendiente de cualquier eventualidad relacionada con el caso.
También me recomendó cortar toda relación personal con Miguel y comunicarle cualquier asunto estrictamente por la vía formal.