MAREA DE TORMENTA #6
Sentí un alivio genuino. En medio de tanto caos, al menos contaba con una cara conocida del pasado en quien podía confiar.
—¿Le ofrecemos algo de tomar, señor? —preguntó Luis.
—Un suero, por favor, para aclimatarme al calor —respondió Juan Camilo.
—Acompáñame al estudio —le señalé el pasillo—. Ahí podremos hablar con la calma que este asunto requiere.
Lo conduje hacia mi estudio mientras él observaba cada detalle con ojo clínico.
—En el despacho supimos de la compra del catamarán —comentó Juan Camilo—, pero verlo en persona es otra cosa. Ahora entiendo perfectamente por qué te aferraste tanto a este proyecto.
—Navegando es todavía mejor; te deja sin palabras —respondí con una media sonrisa, sintiendo un leve rastro de orgullo en medio de la tormenta.
Nos sentamos a revisar los documentos preliminares. Su habilidad para desmenuzar la situación y la confianza que inspiraba me sorprendieron gratamente; no quedaba rastro del niño impulsivo de las regatas.
—Perfecto, Cristina. Con esto que hemos platicado, creo que tenemos una base sólida para comenzar. La situación jurídica actual de los padres de Fredy nos favorece —sentenció él con seguridad—, pero de todas maneras debemos armar el caso con pinzas para que sea incontestable.
—Entonces, ¿qué sigue? —pregunté, sintiendo todavía un nudo de aprehensión en el estómago.
—He decidido que me quedaré hoy en Manzanillo —continuó—. Mañana mismo me daré una vuelta por la fiscalía para averiguar más sobre el caso de tu capitán de Marea y veremos qué elementos podemos usar a nuestro favor.
—Gracias. Escucharte me devuelve un poco de esperanza —admití con sinceridad—. No sé si ya tengas hotel, pero si lo prefieres, puedes quedarte aquí; tenemos un camarote de huéspedes disponible.
—Te tomo la palabra, muchas gracias —asintió él—. La verdad es que pensaba regresar a la Ciudad de México y el avión me estaba esperando, así que no había reservado alojamiento.
—Excelente. De nuevo, gracias por venir hasta acá y siéntete como en tu casa. Le pediré a Juan Pablo que te instale; cualquier cosa que necesites, puedes verla directamente con él.
—Gracias a ti por la hospitalidad. Nos vemos en un rato —dijo antes de salir del estudio.
Me quedé sola en el silencio de la cabina, procesando la magnitud de lo que vendría a partir de la mañana siguiente. La tregua se había terminado; la guerra estaba a punto de comenzar.
Miguel
Revisé el monitor: presión estable, frecuencia cardíaca dentro del rango y sin arritmias nuevas. El ventilador trabajaba con parámetros bajos y el paciente llevaba varias horas sin sobresaltos. Alfredo ya no necesitaba una cama de terapia intensiva, sino una vigilancia estrecha.
—Vamos a trasladarlo a terapia intermedia —ordené al intensivista de guardia—. Que mantengan la monitorización continua y me avisen de inmediato ante cualquier cambio.
Firmé la indicación y me quedé un momento más junto a la cama, observando el rostro inmóvil de Alfredo. Luego, salí al pasillo.
—Señora Liliana —la llamé desde la puerta—. Hay noticias sobre el estado de su esposo.
—¿Todo bien? —se levantó sobresaltada, con la angustia reflejada en el rostro.
—Sí. Vamos a trasladarlo a terapia intermedia —lo correcto habría sido explicarle las condiciones con más calma, pero no estaba de humor para sutilezas—. Podrá pasar a verlo en cuanto completemos el traslado.
—Gracias, doctor —su agradecimiento me sonó forzado, casi fingido.
La teniente Montor me encontró de camino a la oficina. Necesitaba hablar con Julián; había algo que me daba vueltas en la cabeza desde la mañana y me urgía aclararlo.
—Capitán, buenas tardes. Traté de localizar a Juan Pablo para recordarle que usted quería hablar con él. Por teléfono entra el buzón, pero me respondió un mensaje diciendo que ya se habían retirado de la base. Disculpe, capitán, no me percaté del momento en que se fueron.
—No se preocupe. Si puede, averigüe dónde se están quedando o si siguen a bordo del catamarán.
—Claro que sí, capitán. ¿Hay alguna razón en especial?
—Sí, teniente. Quiero pedirle a Juan Pablo las cosas que dejé en el barco. Si se comprueba que el dinero de esa embarcación provino de las cuentas del padrastro, lo van a incautar, y no me parece correcto que mi guerrera de gala se quede ahí junto con otras pertenencias mías.
—Tiene toda la razón, capitán. Investigaré ahora mismo y recogeré sus cosas.
—Averigüe primero y luego me informa cómo proceder. Iré a la oficina, necesito hacer unas llamadas.
—Enterada, capitán —se despidió con el saludo militar, pero con una sonrisa que apenas podía ocultar. Me di cuenta de que haber sido sincero con ella sobre Cristina estaba empezando a volverse en mi contra.
Ya en la oficina, envié un mensaje al celular privado de Julián pidiéndole que se comunicara conmigo cuando estuviera solo. Aproveché la espera para marcarles a mis padres. Mi madre contestó al quinto tono, justo cuando estaba por colgar.
—Miguel, Miguel, ¿estás ahí?
—Sí, madre. ¿Cómo estás?
—Ay, qué gusto me da oírte. Espera, déjame ponerte en altavoz para que tu padre también te escuche.
—Sí, madre, espero —sabía que para ella no era fácil lidiar con la enfermedad de mi padre; aunque contaba con enfermeros, vivía anclada en el rancho, alejada de todo.
—Listo, ya te escuchamos los dos. ¿Qué nos cuentas? ¿Por dónde andas?
—Todo bien por acá, sigo en Manzanillo. ¿Y ustedes cómo están?
—Aquí seguimos, muy picados con unas series turcas. ¿Cuándo vas a venir? No es reclamo, hijo, pero ya te extrañamos.
—Y yo a ustedes. Les prometo que en cuanto pueda, estaré por allá.
La realidad era que, desde mis años de estudiante, los veía muy poco, y desde hacía un año, menos aún. Conversamos un poco sobre pendientes del rancho que ella quería que revisara en mi próxima visita, hasta que me entró un mensaje de Julián: Me llamaría en cinco minutos.
—Los tengo que dejar. Me va a entrar una llamada de Julián y es importante.
—Sí, no te preocupes. Salúdamelo mucho y dale las gracias de nuevo por el homenaje. Te amo, hijo; tu padre y yo estamos muy orgullosos de ti.
—Gracias, madre. Yo también de ustedes.
Colgué y traté de ordenar mis ideas; los minutos en privado con Julián eran valiosos. La llamada entró y contesté al primer tono.
—Mike, ¿cómo va todo? ¿Qué novedades hay? —Julián siempre iba directo al grano, y yo debía hacer lo mismo.
—El paciente está mejorando. Lo pasamos a terapia intermedia y esperamos que despierte en las próximas veinticuatro horas —informé con precisión—. Veo viable realizar el traslado el domingo.
—Me alegra escucharlo, porque la noticia ya llegó a la prensa y esto se está convirtiendo en un circo mediático. Necesitamos interrogarlo y descubrir quién es su contacto aquí dentro.
—La fiscalía interrogó a la esposa por la mañana, pero no parece saber mucho. Me comentaron que los detenidos durante el operativo tampoco han aportado gran cosa.
—Sí, recibí el informe del secretario de Seguridad Pública hace unos momentos —comentó en tono pausado, como si leyera un documento—. Tengo entendido que la hijastra también está ahí.
—Sí, estuvo aquí... de hecho, de eso quería hablarte esta mañana, cometí el error de mencionarla con demasiada familiaridad —no podía reclamarle que me hubiera puesto en altavoz frente a terceros horas antes.
—Sí, traté de arreglarlo después, pero creo que ya tenemos suficientes problemas como para preocuparnos por enredos familiares.
Él tenía razón, y yo debería pensar igual que él.
—Tampoco entendí qué hacía el secretario de Medio Ambiente involucrado en este caso —añadí—. Pensé que se manejaba con total hermetismo.
—Llegó muy temprano pidiendo una reunión conmigo y se fue prácticamente después de la llamada contigo. Le dije que no tenía espacio en mi agenda y lo mandé con el secretario de Gobierno.
No me quedé del todo tranquilo, pero al menos él no estaría involucrado directamente.
—Mike, te dejo. Encárgate de traer al paciente sano y salvo el domingo; yo me ocuparé del resto con el comité de seguridad. Gracias.
—A tus órdenes, Julián. Seguimos en contacto.
Colgué y me sentí más inquieto que al principio. Sin embargo, mi prioridad seguía siendo la salud del detenido. Pasé la tarde revisando documentos incautados y monitoreando a Alfredo. Finalmente, decidí salir a correr para despejarme. No llevaba ni diez minutos cuando la teniente Montor me alcanzó.
—Venía a buscarlo, capitán —dijo ella, vestida también con ropa deportiva y algo agitada.
—¿Todo bien? ¿Pasó algo en el hospital?
—No, todo bien. Logré hablar con Juan Pablo —respondió mientras recuperaba el aliento.
—¿Y bien? —mi paciencia estaba al límite después de un día tan largo.
—Ya sé dónde están. Atracaron el catamarán en la Marina Las Hadas. Me pidió que lo disculpara, pero dice que su jefa le prohibió hablar con usted.
—¿Cómo que se lo prohibió?
—Así tal cual. Le dije que solo queríamos sus pertenencias y me respondió que, si gustaba, fuera por ellas o que él me las entregaba después. Me aclaró que no era nada personal contra nosotros, pero que «primero estaba ella».
—Teniente, ¿tenemos algún vehículo no oficial disponible?
—Sí, capitán. Una Suburban negra en el estacionamiento. ¿Qué necesita?
—Vaya por las llaves. Vamos a salir.
—Pero déjeme ponerme el uniforme...
—No es necesario. Esta no es una salida oficial.
Tardamos apenas veinte minutos en llegar a la marina. Localizar el Marea fue sencillo. La teniente Montor me seguía el paso en silencio; sabiamente, no hizo comentarios innecesarios. Mi humor no estaba para charlas.
—Buenas noches —saludamos desde el muelle. No había mucho movimiento en la cubierta; solo un hombre trabajaba de espaldas frente a una computadora.
—¡Capitán, qué gusto verlo! —exclamó Luis desde la cubierta superior—. Pasen, ya bajo a ayudarlos.
Luis nos recibió en la plataforma y nos invitó a subir. El hombre de la computadora nos saludó con discreción. Le pregunté en voz baja a la teniente si era Piero.
—No es él. No lo reconozco —respondió ella.